¿A quién pertenecen las víctimas?

Manuel Cruz

desaparecidos.jpgLo fácil -facilón, en realidad, en el límite mismo de la demagogia- hubiera sido cargar contra filósofos, escritores e intelectuales de todo tipo que han convertido el holocausto en el objeto privilegiado, casi exclusivo, de su actividad. Sin embargo, resultará clarificador en mayor medida buscar ejemplos más incómodos, incluso a riesgo de suscitar malentendidos o incluso de herir susceptibilidades (pero, ¿acaso hay pensamiento sin asumir ese riesgo?). Pensemos en el caso de la deriva que a partir de un determinado momento tomó en Argentina el movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo, generando con sus reclamaciones una novedad que, a mi entender, nunca fue suficientemente resaltada. Me refiero al hecho de que -al margen de la información y de las medidas legales a las que, en tanto que allegados de los desaparecidos, tuvieran derecho- el movimiento fue evolucionando -al menos a ojos de un observador externo, alejado en miles de kilómetros del lugar de los hechos- en el sentido de que a la relación con esas víctimas se añadió una determinación distinta, según la cual éstas pertenecían desde el punto de vista político a sus familiares.

De ser cierta esta percepción, se comprenderá que la califique de novedad. Apenas hará falta recordar que no siempre había sido así. A lo largo de la historia -y esto resulta especialmente claro si pensamos en la historia más reciente- los muertos lo eran de y por una causa, esto es, por un ideal. Hasta el punto de que los diferentes grupos ideológicos o políticos se sentían autorizados a reclamarlos como propios: eran, en el límite, sus mártires. Esto es, aquéllos que, con el sacrificio de sus vidas, avalaban la bondad del proyecto y la necesidad de su triunfo final. Pues bien, el proceso complejo y a ratos confuso que desembocó en el hecho de que tales víctimas quedaran huérfanas de causa alguna que las reclamara como propias creó también las condiciones de posibilidad para que se produjera esa situación -un auténtico efecto indeseado, como con toda probabilidad lo denominaría un sociólogo actual-, según la cual algunos familiares pasaron a considerarse revestidos de legitimidad política para hablar en nombre de aquéllas (a la manera en que en alguna ocasión, por poner un ejemplo ciertamente llamativo, lo hizo Hebe de Bonafini, manifestándose, como se recordará, a favor del ataque a las Torres Gemelas con argumentos como el de que su hijo hubiera visto el atentado con simpatía, y otros análogos).

Pero la novedad no es un valor en sí misma. La novedad importa en la medida en que constituya el indicio de una transformación significativa. Como parece haber sucedido en este caso, en el que no nos encontraríamos ante un mero cambio o relevo de los protagonistas, sino ante una auténtica reconsideración de la lógica de funcionamiento interno de las esferas. Dicha reconsideración habría afectado de lleno a una de ellas, a la de la política, proponiendo la revisión de uno de sus mecanismos estructurales de funcionamiento, el de la representación. Se habría pasado a dar por supuesta la obsolescencia de la forma que había adoptado dicho vínculo en el pasado, al tiempo que se habría deslizado implícitamente la necesidad de su sustitución por un vínculo distinto, supuestamente natural (¿quién, sino los familiares para tomar el relevo de los que ya no están? vendría a ser el razonamiento subyacente), que no se contrapondría sino que heredaría en apariencia las bondades de las antiguas causas colectivas. Sólo en apariencia, habría que añadir, porque lo que la práctica ha demostrado es que la función que de hecho lleva a cabo esa invocación, meramente formal, a las viejas ilusiones compartidas es la de alejarlas de nuestro horizonte de expectativas.

Regreso al punto de partida. Como he intentado dejar claro desde las primeras líneas, lo último que quisiera con las anteriores consideraciones es entrar, cual elefante en cacharrería, en un asunto que es probable que a algunos lectores argentinos de este diario les haga revivir episodios en extremo dolorosos. Yo también pienso que el dolor es sagrado, pero, precisamente por ello, les confieso que me irrita sobremanera la sensación de que pueda ser utilizado para fines espurios (algo que, por desgracia, ocurre en demasiadas latitudes). Y sólo una palabra más: no se imaginan ustedes cuánto me gustaría estar equivocado.

Manuel Cruz es catedrático de filosofía de la Universidad de Barcelona

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