Dos ideas para defender la pertinencia de los impuestos

Félix Ovejero Lucas

impuestos.jpg Conviene recordar la anatomía moral de la crítica conservadora a los impuestos. Ésta descalifica a los impuestos por dos razones. La primera apela a la justicia: los impuestos son condenables porque nos arrebatan "lo que es nuestro". La segunda invoca la libertad: "el Estado se entromete en nuestras vidas". Ni una ni otra, miradas de cerca, resultan tan claras como parecen. La primera crítica asume que la distribución correcta, la justa, es la que se produce a través de salarios y beneficios, la del mercado. Los individuos ofrecerían sus servicios y a cambio recibirían lo que merecen por su participación en la producción. La injusticia empezaría más tarde, cuando "lo que es de cada uno le es arrebatado por los impuestos". El supuesto fundamental de esta argumentación es que "el mercado distribuye justamente". Con eso se quiere decir que el mercado está en condiciones de reconocer y retribuir "la capacidad de cada cual", en donde "capacidad" unas veces se entiende como esfuerzo y otras como talento.

Casi todo lo que supone esa crítica presenta problemas. En primer lugar, no es seguro que una distribución que atienda a los talentos o al esfuerzo sea, sin más, justa. Después de todo, nuestros talentos son en buena medida resultado de un buen azar genético o social, de haber nacido con ciertas capacidades o en determinada clase social. Nada que tenga que ver con esfuerzos personales o con elecciones responsables. Por otra parte, lo que consideramos "talento" es cosa bien mudadiza que se aviene mal con los rasgos de imparcialidad que asociamos a la idea de justicia: los "talentos" que justifican pagar una fortuna a un futbolista hoy resultaban irrelevantes hace cien años. Pero es que, además, resulta discutible que, en la realidad, la distribución del producto social tenga que ver con talentos o esfuerzos. No podemos pensar que son cambios en el esfuerzo o el talento los que explican que mientras en 1980 un director ejecutivo ganaba 42 veces lo que un trabajador de una fábrica, hoy gane 475 veces.

Quizá la mejor prueba de que la distribución nada tiene que ver con las distintas capacidades es la generalización de ese tipo de distribución, hasta ahora reservado a las estrellas de la música y el deporte, que los economistas llaman "el ganador se lo lleva todo": entre individuos que realizan parejas actividades, entre ellos los altos ejecutivos, hay unos pocos que consiguen verdaderas fortunas y los más, no muy diferentes de los primeros, se concentran en el otro extremo de la escala retributiva. En todos esos casos las abismales diferencias de ingresos poco tienen que ver con el esfuerzo o el talento. Si hoy se hace lo mismo que ayer y se paga diferente, antes o ahora, en algún momento, algo no funciona.

La tesis de la "maldad de los impuestos" parece asumir una visión según la cual a una distribución "justa y natural" del producto social, la que se produce por el mercado, se le impondría una suerte de carcasa institucional, de leyes e intromisiones, que malbarataría el normal y correcto orden del mundo. Nada más falso. Los procesos de producción, las retribuciones o los intercambios no existen en un vacío legal. Son ellos mismos marcos institucionales que rigen el acceso a la propiedad, las condiciones de trabajo y la distribución de producto social. Constituyen un paisaje tan "artificial" como cualquier otra institución humana y, por ende, tan susceptible de ser valorado como justo o injusto.

Y con eso ya estamos en el otro pie de la objeción conservadora, la que critica los impuestos porque suponen intromisiones en nuestras vidas, porque atentan contra nuestra libertad. Según el ideal conservador, uno es libre mientras no es objeto de interferencias, mientras nadie le prohíbe hacer lo que quiere. El Estado, cuando me quita lo que "es mío", me impide hacer lo que yo quiero y, por ello, limita mi libertad. Cuando la izquierda de otra hora recordaba que aunque a los pobres nadie les impide ir al restaurante más caro a cenar, no por ello son libres para hacerlo, la derecha replicaba que eso es confundir las cosas, confundir la libertad con el poder de hacer, dos asuntos bien distintos: nadie diría que tengo limitada mi libertad porque no puedo viajar a una velocidad superior a la de la luz.

Pero también ahora la argumentación conservadora resulta menos convincente de lo que parece. El problema fundamental radica en que es falso que la redistribución de riqueza no tenga nada que ver con la libertad, incluso en ese sentido conservador de "libertad como ausencia de intromisiones". Mi libertad para entrar en tu casa se ve "interferida" por la ley. Si te compro la casa, podré entrar cuando quiera y la prohibición desaparecerá. El dinero es una suerte de licencia para actuar que nos permite eliminar muchas de las prohibiciones que limitan nuestras acciones. Entre ellas, los derechos de propiedad que, de hecho, son intromisiones que prohíben ciertas cosas y permiten otras. En ese sentido, cuando se redistribuye riqueza, lo que se hace es igualar el acceso a la libertad entre los ciudadanos.

Al suscribir estos argumentos, la izquierda se juega algo más que unos resultados electorales. Es innegable que a nadie le gusta pagar impuestos. Pero de ahí no se sigue que para ganar las elecciones hay que prometer rebajas fiscales. Los ciudadanos no sólo tienen preferencias acerca de su vida, sino que también tienen preferencias acerca de la vida colectiva. Y las que aparecen en las elecciones son estas últimas. En el caso Lewinsky, las encuestas mostraron que, aunque los norteamericanos podían tener un interés morboso por la vida privada de los políticos, ello no era incompatible con preferir una sociedad en donde esté regulada la explotación informativa de la vida privada. Podemos experimentar pereza a la hora de adoptar elecciones personales ambientalistas, pero ello no nos impide tener preferencias públicas a favor de penalizar comportamientos antiecológicos. Podemos tener poca disposición a pagar impuestos o a ayudar personalmente a un indigente, pero eso no es incompatible con tener ideas de justicia que nos hacen preferir un sistema institucional que obligue a todos a ayudar a los que están peor. En todos esos casos, en realidad, lo que queremos son diseños institucionales que no nos exijan comportamientos heroicos, que nos hagan fácil comportarnos como mejores personas.

La tragedia de Madrid nos recordó, además de la importancia de unos servicios públicos que funcionen, de unas instituciones que planifiquen y coordinen, la existencia de unas energías cívicas que, bien canalizadas por las instituciones, son capaces de enfrentar retos de enorme envergadura. Unas enseñanzas a no olvidar en estos tiempos de críticas sin razones de "lo público" de apologías urgentes de las "soluciones de mercado".

Félix Ovejero Lucas es profesor de Etica y Economía de la Universidad de Barcelona

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