El extraño matrimonio entre la política de Defensa y la antropología forense

Curzio Moore

La cuestión militar amenaza con ser la piedra en el zapato de este gobierno. Amenaza agrandarse mucho más allá de lo que merece, porque somos un pequeño país con necesidades urgentes y la exigencia de planificarnos e imaginanos a largo plazo. En este contexto las picazones de los generales y de algunos coroneles deberían importarnos bien poco. Además de tener buena parte del mango de la sartén, este gobierno tiene la obligación de analizar y reformar tanto la poítica de defensa como a sus brazos ejecutores.

Los Oficiales Generales actuales están en su mayoría tocados, carne de cañón de la dictadura. Algunos de ellos están más allá del perdón y de pedir perdón. En los "años de plomo" un gran número de ellos no eran meros tenientes, eran 2dos o Jefes de batallones o sus equivalentes, y constituían el grueso de los Estados Mayores de Divisiones y Brigadas, además de comandar alguna de las infinitas reparticiones que tienen las Fuerzas Armadas ahora y de las clandestinas de entonces. Hay muchos que saben y ahora callan.

Los recursos que como sociedad dedicamos a las Fuerzas Armadas son importantes, casi con seguridad excesivos, y además se corre el riesgo de que parezcan pitanzas que les lanzamos a los lobos para que nos dejen en paz. El problema es que aquí no hay lobos sino instituciones del Estado con claras aunque a menudo cuestionables atribuciones y asignaciones de recursos. Esto no es patria ni pundonor militar ni saludar a lo que se mueve y pintar lo que está quieto. La reforma del Estado debe tener como uno de sus pilares una seria reflexión sobre el valor de lo que recibimos a cambio del dinero que gastamos en defensa.

No es sólo que gastemos más de lo prudente en mantener unas Fuerzas Armadas, sino que lo gastamos mal. Este no es un tema menor, porque este país todavía dedica una parte inexplicablemente importante de sus recursos a mantener "batallones" de una u otra arma en cada pueblo, a veces con la denigrante excusa de que ayuda a mantener malandras entrenados en el uso de la violencia lejos de las calles. Perlas como ésta, por más que sean parte de un collar, no constituyen los ladrillos de una política de defensa.

Los ladrillos inferiores son hipótesis de conflicto que sean creíbles para la clase política, primero, y para los ciudadanos, quizás después. No las hipótesis de conflicto que vienen de las FFAA, porque estamos en su chacrita y porque todos los intelectuales militares pasaron por el Colegio Interamericano de Defensa. A partir de las hipótesis de conflicto, que son más bien pálidas, vienen otras hipótesis de todo tipo que no viene al caso tratar ahora, excepto para decir que no tienen nada que ver con enterramientos clandestinos.

El tema de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura no debe convertirse en eje del debate sobre nuestra política de defensa. La suerte de los desaparecidos (por no hablar de la de los injustamente destituídos, encarcelados, torturados) es un tema del cual debe ocuparse la justicia, y le corresponde al poder político que así sea. Tarde o temprano quedará en evidencia que el general Bertolotti, por más que quiera sinceramente que aparezcan los restos de los ciudadanos asesinados por el Ejército, forma parte de un sistema que no permite recordar nada sobre esos tiempos.

La solidaridad del cuerpo con sus camaradas delincuentes no debe conmovernos. Recuerda, en todo caso, a una escena de la película El Padrino II, en la que el testigo clave de la comisión parlamentaria que investigaba a la familia Corleone se desdice de todos sus dichos ante la presencia en sala de su hermano, traído de Sicilia con ese fin. Quebrar la omertá frente a su propio hermano era, para este mafioso, un "crimen" que no quería cometer. Tenemos Oficiales Generales en nuestro ejército que han mandado matar personas y enterrarlas clandestinamente, y que prefieren callar. Aunque saben que la ley los protege, igual callan. Callan por vergüenza propia, y por vergüenza ajena, calla el Ejército.

El gobierno sabe que debe resolver el tema militar a corto plazo porque es un tema destructivo. El problema es que no parece saber en qué consiste el "tema militar". Lo confunde con las miserias del pasado. Por momentos uno desearía que hubieran dos ministros de Defensa, uno para el presente y otro para el pasado.

El debate sobre la política de defensa no debería limitarse a especular sobre dónde les pica a los generales, sino considerar también a qué aspiran los tenientes. Luego, por supuesto, de haber debatido qué es lo que nos conviene a los ciudadanos. Sería saludable para el Ejército, para los ciudadanos y, de yapa, para el Gobierno.

Publique una respuesta


Please enter the security code you see here