El mal

Michel Wieviorka

La ocupación estadounidense y británica de Iraq ha dado lugar a un escándalo mayúsculo. Los testimonios son abrumadores para las tropas: la tortura ha añadido el descrédito moral al encenagamiento militar y político en una guerra presentada en un principio como una lucha del bien contra el mal.

¿Cómo explicar el recurso tan nítido a la atrocidad? Las explicaciones espontáneas insisten casi siempre en el carácter funcional de la tortura y a continuación sencillamente vacilan al fijar el nivel de las responsabilidades. ¿Surgen las crueldades de manera espontánea sobre el terreno como un recurso entre otros para realizar con éxito las operaciones?; ¿para conseguir, por ejemplo, informaciones que otros métodos no permitirían obtener? ¿No se encuentran, más bien, inscritas en la estrategia, pensadas y queridas desde muy al principio por unos jefes militares para quienes resultan inevitables y útiles en este tipo de guerra?

Podemos buscar así una racionalidad en los hechos. Ahora bien, el cálculo no lo explica todo. ¿Por qué tienen que encontrar un lugar, en tales atrocidades, ciertas dimensiones de violencia por la violencia? ¿Qué es lo que se libera cuando la tortura, más allá de sus dimensiones instrumentales, se convierte en sadismo, cuando de modo manifiesto el placer puntúa y acompaña las crueldades, cuando se trata de destruir a unos seres humanos en su integridad, sino física al menos moral por el simple placer de hacerlo? ¿Por qué, además, hay que fotografiar o filmar los momentos más repugnantes, aquellos en que la degradación de la víctima llega al máximo, en que la humillación se vuelve sexual, en que se juega a remedar el asesinato, y por qué, llegado el caso, convertir esos documentos en recuerdos en que el culpable no sólo aparece, sino que muestra su placer? A lo largo de la historia ha ocurrido que las víctimas se esfuercen por fijar en fotografías las marcas de su calvario e incluso, lo hemos visto por ejemplo en Auschwitz, que dediquen a ello toda su energía. Sin embargo, aquí, como en muchas otras experiencias de sadismo, son los verdugos quienes están en el origen de las imágenes.

La guerra es propicia a tales excesos, que no evitan los ejércitos ni siquiera cuando proceden de países democráticos. Así, en la historia reciente, las tropas estadounidenses se han entregado constantemente a graves violencias en tiempos de guerra. Como muestra John W. Dower en un notable libro sobre la Segunda GuerraMundial en el Pacífico (“War without mercy. Race and power in the Pacific war”, Pantheon Books, 1986), los soldados estadounidenses arrancaban trofeos (orejas, muelas de oro, cabelleras, penes) de los cuerpos del enemigo; y de ello dio testimonio el célebre aviador Charles Lindbergh, entre otros. Lindbergh siguió durante varios meses las tropas estadounidenses en Nueva Guinea como observador civil y anotó en su diario las atrocidades que cometían. Cuenta que de regreso a Hawai los aduaneros le preguntaron si llevaba huesos humanos: “Una pregunta de rutina”, según le dijeron. Más cerca de nosotros, en la matanza de My Lai, en Vietnam, en marzo de 1968, una unidad estadounidense infligió un trato terrible a los civiles, bebés incluidos; un fotógrafo estaba presente e hizo público el asunto, y el escándalo fue inevitable. ¿Cómo no evocar aquí las imágenes de 1993 de las escenas de humillación sexual a las que se entregaron las tropas estadounidenses (y otras) en Somalia antes de ser expulsadas de ese país?

El Pacífico, Vietnam, Somalia, Iraq... tres condiciones favorecen la barbarie, con algunas variaciones de grado de una experiencia a otra. La primera es la convicción de la impunidad: los responsables se encuentran ahí, si no para alentar, al menos para cerrar los ojos; no hay en principio testigos. La segunda es el condicionamiento previo, que prepara a los soldados para deshumanizar al enemigo. El racismo, las imágenes que lo presentan como un subhombre, un animal, y al mismo tiempo como un superhombre dotado de poderes diabólicos (por ejemplo, sexuales) son inculcadas desde arriba y en tiempo real por la propaganda y los medios de comunicación. ¿Acaso no se libra en Iraq el combate contra el mal absoluto, el terrorismo, y contra árabes, musulmanes, unas poblaciones rápidamente racializadas? Por último, una tercera condición favorable al paso hasta la barbarie es el miedo, aquí el de los soldados que se encuentran mal preparados en un entorno hostil, homicida, imprevisible, donde el bando contrario está dispuesto a todo en una lucha sin piedad, incluso a la autodestrucción de los atentados suicidas: las sevicias infligidas a los detenidos resuelven en parte una angustia que se vuelve obsesiva.

Sin embargo, que existan condiciones favorecedoras no basta para explicar ciertos aspectos de la barbarie, tanto más misteriosa por cuanto comporta dimensiones de placer y sadismo. ¿Cómo explicar el carácter aparentemente gratuito de ciertas prácticas de una crueldad que sólo parece destinada a humillar y vejar a la víctima? No puede tratarse de locura o delirio, los casos de los que se tiene constancia son demasiado numerosos y diversificados. Más vale dirigirse a una explicación que relacione el verdugo y la víctima, teniendo en cuenta la especificidad de la tarea del primero. En su último libro (“Los hundidos y los salvados”, El Aleph, 1989), Primo Levi escribió algunas líneas decisivas sobre este punto preciso. Al interrogarse sobre la crueldad de los guardianes nazis en los campos de la muerte, descubre que uno de los “elementos esenciales del hitlerismo” se basaba en un principio: “antes de morir, la víctima debe ser degradada para que el asesino sienta menos el peso de su falta”.

Generalicemos esta idea: la violencia por la violencia, regocijante, cruel, pone de manifiesto un mecanismo según el cual el cumplimiento de una tarea inhumana alienta al encargado de realizarla, para poder soportarse a sí mismo, para poder conservar de sí una imagen de humanidad, a tratar a su víctima como un no humano, un animal, un objeto. En esa perspectiva, hay que envilecer al detenido, extraer de él toda humanidad, para poder seguir pensándose uno mismo como ser humano, como sujeto. Triste resultado de una guerra que se quería un combate moral antes incluso que militar: sobre el terreno, las fuerzas del bien se abandonan al mal. La democracia (estadounidense, pero también británica) no puede hacer otra cosa que reaccionar y exigir cuentas. Sin embargo, una eventual buena salud democrática será incapaz de reparar y borrar los destrozos causados por unas exacciones que pesan tanto más por cuanto ponen en cuestión lo más personal, lo más íntimo, la integridad moral de individuos, de sujetos singulares, y al tiempo parte interesada en unos procesos geopolíticos decisivos en
términos históricos.

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