Relatos a la carta (sobre los años 70)
Jorge Barreiro
Las reflexiones que siguen fueron provocadas por las preguntas de mis hijos sobre lo ocurrido durante la dictadura y en particular sobre las violaciones de los derechos humanos, cuya irrevocable actualidad les suministra la prueba de que la dictadura existió, de que en la denuncia de sus atrocidades no hay una pizca de exageración, como sospechan que hay en muchas evocaciones de los adultos para darle un toque de heroísmo a sus supuestas hazañas. En sus interrogaciones hay una simplificadora aspiración a identificar el bien y el mal (sorprendente en un tiempo en el que la virtud y la perversidad son asuntos relativos, palabras intercambiables), pero descarto, por razones obvias, que la vaga representación que se hacen de “los tiempos de la dictadura y los Tupamaros” obedezca, como sucede con la mayoría de los relatos acerca de lo sucedido en aquellos años, a un intento de justificar conductas pasadas o que esté al servicio de un quehacer político en cuyo altar todo se puede sacrificar, incluida la verdad histórica.
Como no tienen ningún preconcepto, están dispuestos a creer. El resultado
de su credulidad, ay, es una enorme confusión, que obviamente se alimenta de lo que oyen sobre lo que ocurrió en los años setenta. Narraciones vagas, brumosas, inasibles, en estado gaseoso, es decir capaces de adoptar la forma del recipiente que las contiene, que en el caso que nos ocupa son las estrategias a cuyo servicio están puestos esos relatos. Se ha dicho, con razón, que nada cambia más que el pasado. El pasado es un campo de batalla e incluso quienes sostienen que no hay que tener los ojos en la nuca no están dispuestos a ceder un palmo de terreno en la guerra por la re-construcción del pasado.
Para mis hijos hubo algo así como una “época de los militares y los Tupamaros”, en la que “había mucho quilombo, se cagaron a tiros y los militares se pasaron de rosca, torturaron, desaparecieron gente” e instauraron una dictadura feroz. De extenderse esos relatos, pronto creerán -y los libros de historia lo certificarán- que aquí se instauró una dictadura para terminar con la guerrilla. Como esa versión no puede ser avalada por ningún dato histórico serio (entre otras cosas, las propias Fuerzas Armadas anunciaron oficialmente en noviembre de 1972 que la guerrilla había sido derrotada), esos relatos necesariamente tienen que detenerse en la anécdota pintoresca, casi novelada (hace poco una periodista le preguntó a Lucía Topolansky “¿tú, personalmente, mataste a alguien?”) o sacar sin miramientos de la narración cualquier dato que no se avenga a la “teoría de los dos demonios”.
Los principales beneficiarios de ese relato, obviamente, son las Fuerzas Armadas, que
así aparecen enfrentadas a un grupo guerrillero -que en realidad ya estaba diezmado al momento del golpe de Estado- y no a un pasado de crímenes brutales, torturas y desapariciones de activistas sociales, militantes de partidos de izquierda, sindicalistas, estudiantes, periodistas independientes, es decir de aquella parte de la sociedad que no se sometió a los planes del capital y los imperativos de la Guerra Fría, que fueron los que llevaron a los militares al poder en 1973. Digamos de paso que la idea de que todo el “heroico pueblo oriental” resistió a la dictadura también es un mito, que ignora que otra parte de la sociedad clamaba por orden y autoridad, inconsciente de los demonios que desataría ese pedido.
Es muy diferente que a los dictadores se les enrostre haber cometido crímenes contra la humanidad que haber combatido a un “enemigo” que se levantó en armas contra la República. Claro que para que ese relato adquiera la credibilidad necesaria como para formar parte del “sentido común”, es necesario alterar fantásticamente los acontecimientos, suprimir del relato todos aquellos sucesos que interpelen la propia interpretación de ese pasado, en fin, hilar lo más grueso posible, no ponerse puntilloso a la hora de analizar el pasado. En pocas palabras, simplificar hasta la caricatura: “La violencia fue generalizada, las responsabilidades compartidas”, vienen a decir estos relatos, además de otras banalidades que ocultan más de lo que revelan, confirmando así que la historia no es lo que ocurrió en el pasado, sino lo que los historiadores seleccionan, con guantes de cirujano, de lo que ocurrió en el pasado. Y tal parece que en estos tiempos son muchos los líderes políticos con vocación de historiadores. El mito viene a decir que unos violentistas se levantaron en armas contra la democracia y luego otros, encargados de reprimirlos y conservar el orden, se extralimitaron e hicieron lo que hicieron. El comandante de la Marina, Tabaré Daners, quiso oficializar estas últimas semanas ese relato cuando propuso una mesa de diálogo “entre los protagonistas de aquellos hechos”. Me pregunto si habrá un lugar lo suficientemente amplio como para juntar a tanta gente, porque, ya sea en papeles estelares o como extras, víctimas o verdugos, lo cierto es que los protagonistas de la dictadura fueron unos cuantos más de los que el famoso cuentito pretende. Pero si alguien precisamente no fue protagonista durante los años de la dictadura, ese alguien fue el MLN, cuyos miembros estaban presos, muertos o en el exilio. Por ese motivo, no habrá cónclaves ni reuniones entre “ex combatientes” capaces de cerrar las heridas abiertas por la dictadura.
Este nada desinteresado relato, que tal vez termine haciendo que los jóvenes de este país consuman la leyenda de “la violencia de ambos bandos” sin preguntarse siquiera de qué bandos estamos hablando (porque bandos hubo, eso está claro) viene adquiriendo de un tiempo a esta parte cada vez más credibilidad, gracias a la confusión que aportan los propios Tupamaros. El ministro José Mujica insiste en que “esto se va a acabar cuando nos muramos todos los protagonistas”. Primera coincidencia con el relato hegemónico: uno de los máximos dirigentes del MLN piensa -o lo dice aunque no lo piense- que los protagonistas fueron ellos y los militares, que aquí hubo una guerra entre dos bandos, que ya es hora de que quede en el pasado... salvo en lo que atañe a los desaparecidos (como si los crímenes de la dictadura pudieran resumirse en las desapariciones). Su compañera, la senadora Topolansky, afirmó la semana pasada ante cámaras que ella “no pedía clemencia” (cito de memoria), que ella “había combatido y había perdido” y no se quejaba por las heridas recibidas. Aquí hubo una guerra, viene a decir el relato tupamaro, perdimos y nos la bancamos (imposible no recordar aquí el respeto –muy propio de soldados, por cierto- que suscita en muchos tupamaros el hecho de que el capitán y torturador Tróccoli se la “jugara por sus ideas”). La moraleja con la que concluye el relato es que hay que dejar atrás el pasado, que todos tenemos el culo un poco sucio y, en coincidencia con ella, los Tupamaros –no hace falta ser un fino analista para percibirlo– no han hecho del tema de las violaciones de los derechos humanos un eje de su quehacer político.
Hay más coincidencias: las intervenciones públicas de los Tupamaros, al igual que las demás, oscurecen en lugar de arrojar luz, dejan que el relato adquiera vida propia, ambiguo, gaseoso, confuso para que no sea del todo fácil separar la paja del trigo... “Sí, hubo una guerra, hubo tiros, sufrimos cárcel durante la dictadura. Si alguien quiere deducir que hubo una relación directa entre Tupamaros y dictadura, y quedarse con una idea simplificadora acorde con su pereza mental, ¿qué podemos hacer nosotros? No es culpa nuestra”. Y, en efecto, no resulta fácil endilgarle a los Tupamaros que estén contribuyendo a engordar esta versión simplificadora de lo que ocurrió en los años 70, porque efectivamente nada de esto han dicho explícitamente. Pero el problema consiste justamente en lo que no dicen. Esas palabras no dichas generan un vacío que es llenado por el ambiguo relato imperante. Interpelados en público sobre su pasado, no es usual que los dirigentes tupamaros digan: “Un momento, señor (el “no sea nabo” es optativo), aquí los dos bandos no fuimos 'nosotros' y los militares, aquí efectivamente hubo un conflicto, pero fue una guerra de los aparatos armados del Estado, que practicaron el terrorismo de Estado, contra una parte de la sociedad que se opuso a sus planes; la gran mayoría de las víctimas de la dictadura no fueron tupamaros ni simpatizaba con nosotros. Es más, 'nosotros' estábamos presos o exiliados, de modo que no establezca con tanta ligereza un vínculo entre nuestra guerrilla y la dictadura” (Si los dirigentes tupamaros sufrieran una súbita vocación por el rigor histórico, podría admitirse que aclararan en nota a pie de página que efectivamente hubo una “guerrita” entre ellos y las fuerzas represivas allá por los años 1969-72, es decir antes de la dictadura, y de paso aclararan por qué organizaron en este país un foco guerrillero en tiempos tan tempranos como el año 1963, aunque ahora algunos comiencen a divulgar una versión que, de no ser patética, podría calificarse de chiste: que el MLN nació para detener un probable golpe de Estado.). “No digamos, pero dejemos que se piense, que combatimos a una dictadura, dejemos que el relato siga haciendo su camino, en medio de una espesa nube de humo, que así también evitamos tener que responder a unas cuantas preguntas incordiantes”.
Una narración más apegada a los hechos pondría en su justo lugar el famoso “protagonismo” del MLN, tan importante en las concepciones de los grupos militaristas y en el relato mediático como insignificante durante la dictadura. He aquí un beneficio impensado de esta historia a la carta, a gusto del consumidor: es inocua para todos y todos extraen beneficios de ella. Su chocante falsedad, sin embargo, parece no inquietar a ninguno de sus “protagonistas”.
(publicado en Brecha el 18 de noviembre de 2005)
Respuestas
Voltaire: fue un verdadero placer leer este post. Me impresionó mucho (tal vez por que las ciencias sociales no me resulten muy atractivas) esa oración que ponés: "Se ha dicho, con razón, que nada cambia más que el pasado".
Y ahora que empezaron a "aparecer" los desaparecidos: no sería hora que, aunque sea el MLN, reconociera la verdad?
Por que los "aparecidos" eran militantes del Partido Comunista, nunca mencionado por los "protagonistas" cada vez que son interrogados por los periodistas.
Autor: la petisa | Marzo 24, 2006 6:40 PM
Me alegro, Petisa, que mi ocurrencia de postear este artículo te haya dado placer. Creo que hace falta recordar estas cosas (y a medida que pase el tiempo hará más falta). No me parece, en cualquier caso, que el MLN mienta. Lo que me parece es que deja que otros lo hagan, que digan que hubo una guerra entre dos bandos... y no aclaremos de qué bandos se trataba... que ni falta hace, que hay que terminar con esto de una buena vez.
Autor: Voltaire | Marzo 29, 2006 6:50 PM