Células madre y células eclesiales

Javier Sádaba

obispo.jpg Según publica la revista "Science", y recogiendo las investigaciones de un equipo de científicos coreanos, se habría logrado clonar un embrión humano que ha llegado hasta el estadio de cien células. Es entonces cuando es posible usar las ya célebres células madre. Y a través de experimentos paralelos sabemos que con tales células podríamos ir creando tejidos. De esta forma repararíamos nuestras neuronas, enfermedades cardiovasculares y un largo etcétera. Habríamos entrado en la espectacular era de la medicina regenerativa. Si la biomedicina continúa, con suerte, por este camino nuestros cuerpos tendrían a su disposición un material reparador nunca soñado. No es extraño, por ejemplo, que los enfermos diabéticos hagan una piña alrededor de Bernat Soria quien, a lo que parece, ha conseguido, en ratones, obtener islotes pancreáticos desde las mencionadas células madre. Es ésta la situación desde el punto de vista científico-médico. Pero inmediatamente surgen voces que se oponen a la utilización del embrión como instrumento o medio que dé vida a otras personas. Quienes de esta forma se expresan consideran que en ese amasijo de células embrionarias existe una persona como usted o como yo; y que, en consecuencia, el uso, por muy reparador que sea, de ese embrión es tanto como suprimir una vida. Sería, incluso, un crimen. Es exactamente lo que han dicho, de una manera brutal e insensata, algunos obispos siguiendo las normas vaticanas. Tenemos, por tanto, ante los ojos la enésima reedición de la disputa entre ciencia y religión. Esto, que en términos generales es verdad, requiere, sin embargo, alguna precisión.

En primer lugar, no hay una sino miles de religiones y no todas son iguales a la hora de medirse con lo que sucede en este mundo. En segundo lugar, no es lo mismo la estructura jerárquica de las iglesias que la actitud de cada uno de los creyentes. Y, en tercer lugar, no siempre la iglesia se ha opuesto a la ciencia. Esto último ha dependido del contexto histórico y de si los descubrimientos le eran favorables. Por poner un ejemplo cercano, Pablo VI veía con simpatía la hipótesis del Big-Bang como origen del universo. Debía de pensar que tal hipótesis es un dato a favor de la creación del mundo y no de que éste sea eterno. Aunque si seguimos poniendo ejemplos cercanos habría que recordar también, y en sentido contrario, que hasta el año 1950 la iglesia se oponía a la científicamente aceptada teoría de la evolución. O que todavía siguen oponiéndose al poligenismo; es decir, a la idea, bien establecida también, de que procedemos de distintos troncos y no de unos privilegiados Adán y Eva. Pero ¿por qué hoy la iglesia se enfrenta con uñas y dientes a las ciencias biológicas?

Un estudio exhaustivo de por qué la iglesia es tan beligerante con los nuevos descubrimientos genéticos y sus aplicaciones biotecnológicas nos llevaría muy lejos. Eso deben pensar los que, confiados en las células madre, se indignan, con razón, ante los insultos eclesiales. Más que analizar con cuidado las razones de la dureza eclesial suelen hacer catálogo de errores, casi todos ellos de bulto y crueles, de la iglesia. Por ejemplo, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera, el filósofo Vanini acabó de la misma forma y Galileo visitó la cárcel. Estos ejemplos, que sólo son una mínima indicación, los ofrece en uno de sus últimos libros el teólogo H. Küng. Y si alguien piensa que la lista es antigua, la podemos hacer engordar con Darwin, cuya teoría de la evolución se condenó como mal de males o con el inventor del pararrayos, Franklin; y es que se veía en éste la impía voluntad de derrotar a Dios. A lo que parece lo habían confundido con Júpiter. Por mi parte y limitándome a días más recientes y en cuestiones relacionadas con la genética, puedo aportar estas perlas tomadas de representantes cualificados del Vaticano: «La clonación es la bomba atómica de la biotecnología». «Investigar con embriones tiene algo de demoníaco». Esta última merece que se la destaque aparte: «En vez de preservativos, la solución es la castidad». Si miramos a África, esto sí que suena criminal.

Las citas podrían multiplicarse. Se necesita, decía antes, un análisis más detallado. Y añadía que tal análisis nos llevaría muy lejos. Por eso, y ciñéndonos al momento fascinante de la revolución genética, tal vez convendría sacar alguna conclusión que, más desarrollada, nos daría un cuadro de lo que está sucediendo y de lo que tendría que suceder. Antes de nada, al creyente de a pie, el mismo que se moviliza contra la guerra y a favor de los pobres, habría que pedirle que actúe en consecuencia en este momento. Porque lo que está en juego es la vida de muchas personas, la calidad de otras y la posibilidad de que la vida buena, que por el cuerpo empieza, no se someta al dictado de una concepción que choca contra la racionalidad secular. Dos cuestiones adicionales.

La primera tiene que ver con el tapón que está siendo la actitud eclesiástica (y sus muchas ramificaciones, sobre todo políticas) respecto a los problemas morales que son propios de los ciudadanos. Es un hecho que tenemos morales distintas. Y, así, a algunos les parece intolerable el aborto mientras que otros pensamos lo contrario. En estos casos no hay más remedio que discutir sin recurrir a una instancia superior extramundana. Y si no llegamos a un acuerdo, el consenso habría que buscarlo en el respeto recíproco. Quiere esto decir que ante cuestiones en las que unos creen tener toda la razón y el contrario ninguna, no hay más remedio que una permisividad controlada. Aplicado a nuestro caso, no hay más remedio que tolerar el uso de las células madre embrionarias con el requisito de que se sepa qué se está haciendo y a quién beneficia. La segunda cuestión atañe al problema político siempre inserto en estos casos. Dicho problema me parece mucho más importante que los píos cantos a favor de lo que sólo existe en potencia o el supuesto horror de que nos convirtamos en los hermanos de Frankenstein. Y es que queremos que los bienes que descubrimos y acumulamos sean para todos y no para unos pocos. De ahí que los avances de la medicina que se anuncian tengan que ser contemplados como un depósito de vida para todo el género humano. Y no sólo para los que más tienen, que es lo que siempre ocurre. Es ahí en donde paganos y cristianos deberíamos poner el dedo. Y reivindicar transparencia, información y, cosa importante, reparto justo.

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