Democracia deliberativa

Adela Cortina

En el mundo político hacen fortuna a veces rótulos que en el lenguaje académico tienen un cierto contenido y, sin embargo, al pasar a la vida corriente ven difuminarse sus contornos hasta no saber ya bien qué significan. Éste está siendo actualmente el de "democracia deliberativa". Cierto que en su larga historia la democracia se ha visto acompañada de calificativos como directa, indirecta, representativa, elitista, participativa, congregativa o consocional, pero el que hoy está de actualidad, en la vida académica y en la política, es el de deliberativa.

Lo cual está muy bien, sólo que cabe preguntar si una tal forma de democracia no está tan lejos de la que tenemos que es imposible encarnarla, incluso es hasta descabellado perseguirla como ideal. Y no porque resulte indeseable, o porque no sea una forma de democracia auténtica, incluso la más auténtica. Sino porque para tejer ese cesto se necesitan unos mimbres tan distintos de los que tenemos que sus pretensiones no pueden ni admitirse a trámite.

Curiosamente, el término "deliberación" nació en la vida política antes que en la vida personal. Los ciudadanos atenienses deliberaban en la asamblea antes de tomar decisiones, ponderaban públicamente los pros y contras de las alternativas posibles en las distintas cuestiones, como expresará más tarde el verbo "deliberar", del latino "libra", es decir, balanza. Delibera quien "considera atenta y detenidamente el pro y contra de los motivos de una decisión antes de adoptarla, y la razón o sinrazón de los votos antes de emitirlos". Ahora bien, ¿sobre qué se delibera?

En política, según la tradición aristotélica que más tarde prolonga el republicanismo, ante todo sobre lo justo y lo injusto. Y en esto consiste esencialmente la política, en que los ciudadanos deliberen sobre lo justo y lo injusto, porque lo otro, la coacción, la violencia y la imposición no son todavía política, sino prepolítica. De donde se sigue que con el rótulo "democracia deliberativa" nos referimos a la entraña misma de la democracia, porque si ha de ser el demos, el pueblo, el que gobierna, tiene que hacerlo a través de la deliberación, no de la agregación de votos, menos aún de la imposición.

En efecto, el punto de partida en una sociedad libre es el desacuerdo de preferencias o de convicciones, y no hay sino tres caminos para llegar a una decisión común: la imposición, que no es un procedimiento democrático; la agregación de preferencias o de intereses, que se suman en público y se sigue lo que decida la mayoría; o la deliberación, que pretende transformar públicamente las diferencias para llegar a una voluntad común. Como bien dice el politólogo David Crocker, el "agregacionista" está convencido de que los ciudadanos forman sus preferencias e intereses en privado, y después en público no pueden hacer sino sumarlos y optar por la voluntad de la mayoría; mientras que el "deliberacionista" cree posible formar una voluntad común a través de la deliberación, no sobre todas las cuestiones, pero sí sobre algunos asuntos de justicia ineludibles.

El deliberacionista entiende entonces la deliberación como una piedra filosofal capaz de transformar afirmaciones como "yo prefiero esto" o "me interesa aquello" en "queremos un mundo en que tal cosa sea posible". Es el paso del "yo" al "nosotros" a través de la formación democrática de la voluntad. Por eso, a la hora de tomar decisiones vitales que afectan a todos, quien defiende la democracia deliberativa valora sobre todo el momento de las propuestas, el intercambio de argumentos y justificaciones para avalarlas, el acuerdo entre las partes acerca de qué compromisos adquiere cada una para llevar a cabo lo que le corresponde y actuar conjuntamente; mientras que el defensor de la política agregativa incide sobre todo en la decisión final, que normalmente se toma por votación.

Hablando de estos asuntos estábamos, durante un curso en la UIMP de Santander, y recordando que hoy defienden la política deliberativa autores como Habermas, Gutmann, Barber o Crocker, cuando se planteó el pequeño problema de si cambiar o no de aula. Argumentos había para los dos gustos y tiempo escaso, con lo cual el conserje me preguntó: "¿Por qué no votan?", y acabó de un plumazo con el discurso deliberativo.

Necesita tiempo la deliberación, de eso no hay duda, y el tiempo suele ser un recurso escaso. Pero en la vida política necesitaría muchas cosas más: un Parlamento y un Senado convertidos en cámaras deliberativas, donde el intercambio de propuestas argumentadas en temas nucleares pudiera llevar a cambiar las posiciones iniciales y llegar a una voluntad común; partidos acostumbrados a la deliberación interna, y dispuestos en la externa a no ser "electoreros", a no tomar un punto de vista en cada asunto -el que sea con tal de que difiera del contrario- y defenderlo a toda costa para conseguir votos, generando en cada tema esa "construcción partidista de la realidad", del "conmigo o contra mí", que destroza la vida pública. Y necesita también la política deliberativa ciudadanos capaces de participar en las discusiones, con las mismas oportunidades de hacerlo, con los conocimientos suficientes como para tomar posiciones bien informadas, y dispuestos a asumir la tarea que les corresponda en la decisión común. Amén de una opinión pública que les sirva de foro de debate, cuando la nuestra es la "era de la imagen" que acaba reduciendo el número de interlocutores a quienes tienen ya una imagen hecha.

Pero ni hay tiempo suficiente para todo esto -se dirá-, ni las Cámaras están pensadas para el debate, sino para la votación en bloques sin fisuras, ni los partidos van a cambiar sus estrategias internas y externas, ni los ciudadanos pueden acceder en pie de igualdad a la opinión pública, ni están dispuestos a asumir la parte que les correspondería en los acuerdos. Por eso los deliberacionistas siguen citando los mismos experimentos (Porto Alegre, en Brasil; Villa del Rosario, en Perú, y algún otro), todos en países en desarrollo y en lugares con dimensiones manejables, pero no hay modelo deliberacionista para Estados nacionales, ni siquiera para comunidades autónomas. ¿Qué quieren decir entonces quienes siguen proponiendo en la vida política una democracia deliberativa? A mi juicio, pueden querer decir dos cosas al menos, bastante diferentes entre sí.

Por una parte, pueden querer decir que, a la hora de tomar decisiones, conviene aumentar las negociaciones con los sectores más afectados, y potenciar debates sobre diversos temas en la esfera pública; pero sin modificar el funcionamiento de las Cámaras, ni tampoco las estrategias de los partidos o la incidencia de los ciudadanos en la vida política. Con lo cual se da por bueno que la política agregativa es insuperable, que los diálogos pueden ser a lo sumo negociaciones de intereses en conflicto y no un medio de transformar preferencias privadas en metas comunes. De donde se sigue que puede haber a lo sumo "poliarquía", como decía Robert Dahl, pero no democracia, y que el republicanismo es una palabra vacía.

Pero es posible también seguir creyendo en que los ciudadanos pueden hacer algo más que sumar intereses y atenerse a la mayoría, que son capaces de convertirse en un pueblo con aspiraciones compartidas y propósitos comunes en cuestiones de justicia. Y para convencerse de ello es preciso ir a las bases, cuando hay en ellas experiencia de deliberación: a los comités y comisiones de ética en las distintas esferas de la vida social, cuando tratan de encontrar con argumentos lo mejor para sus beneficiarios; a los hospitales y centros de salud, a las universidades y centros escolares, a la acción de los jueces, a los comités de las empresas, a las comisiones de medios de comunicación, a los ayuntamientos, a las asociaciones profesionales; a todos estos lugares cuando se toman en serio las metas por las que existen, y no las traicionan contentándose con la negociación y la suma de intereses.

Potenciar la deliberación en todos ellos permite hacerla creíble y mostrar con hechos que ése debería ser el procedimiento habitual en la vida cotidiana para decidir con justicia en cuestiones vitales que afectan a todos. Que debería convertirse en costumbre el diálogo de quienes están dispuestos a argumentar y también a dejarse convencer con argumentos, y lo otro, el recuento de votos sin auténtico diálogo, debería ser lo excepcional, no digamos ya la imposición. Una convicción semejante tendría que alcanzar poco a poco a las Cámaras y los partidos, si el rótulo "democracia deliberativa" quiere significar algo operativo en la vida política.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

Respuestas

Quisiera contestar a algunas de las opiniones vertidas por Adela Cortina sobre la democracia deliberativa. Su razonamiento es cínico, y ello no estaría nada mal si además fuese acertado. Pero no lo es. Tan parcial es su juicio sobre las posibilidades de la deliberación, como su prudente defensa de la democracia pluralista, que él asocia al pensamiento de Robert Dahl pero que yo vincularía más claramente con Joseph Schumpeter. Me gustaría decir brevemente varias cosas: en primer lugar, quienes defienden el ideal deliberativo no son nada ingenuos; saben que la toma de decisiones políticas requiere de un tiempo limitado y que hay cuestiones que deben ser resueltas con urgencia. Esto esta bien claro en autores como Habermas, Guttman y Thompson, y Carlos Nino. Cortina debería leer con más detalle estas obras. Lo que la democracia deliberativa no acepta es la votación sin deliberación, incluso aunque sepamos que el tiempo no alcanza para forjar una deliberación plena. La deliberación no sólo hace más probable la toma de decisiones políticas correctas, sino que tiene una saludable virtud democrática: torna viable uno de los principios básicos de la democracia representativa, según el cual los ciudadanos delegan el poder a los representantes pero ese poder no incluye el que éstos puedan manipular la información o esconder las razones por las que se toman las políticas públicas. Además, la democracia deliberativa no acepta que en la deliberación no participen, de algún modo, quienes son afectados por la decisión. Rechaza por lo tanto que la última palabra institucional quede en manos de organismos que no representan a nadie, como los tribunales constitucionales. Rechaza la posibilidad, por ejemplo, de que el tribunal constitucional español tenga legitimidad para anular la ley de matrimonios homosexuales. La democracia deliberativa no es un ideal utópico; sino que tiene propuestas pragmáticas claras y rotundas: propone que los medios de comunicación no sean el reflejo de quienes tienen más dinero y poder, propone que en cada asunto de política pública que se difunde por los medios se contrasten diversas opiniones sobre la corrección de esas políticas, de manera que el ciudadano pueda forjar sus propias convicciones, propone que la deliberación que se da en nuestras instituciones representativas esté sujeta a unos parámetros bien estrictos. Esos parámetros excluyen la invocación de razones "perfeccionistas" (como por ejemplo, alegar que se prohíbe fumar en los salones públicos porque el estado cuida de la salud de cada persona, o que se prohíben las relaciones homosexuales porque son sencilamente "inmorales", sin demostrar cómo esas conductas pueden afectar a terceros), excluye la descalificación personal y la obstrucción violenta de la comunicación, por nombrar sólo algunas cuestiones. Y esto por no mencionar las típicas propuestas que suelen propiciar los deliberativistas: la creación de audiencias públicas para que los ciudadanos deliberen con los legisladores, el establecimiento de canales más eficientes para que los ciudadanos hagan valer propuestas en el Congreso. Y todavía más, algunos deliberativistas proponen medidas mucho más atrevidas, tendientes a rectificar las circunstancias fortuitas de los ciudadanos (aquellas que no han elegido) para que estén en unas condiciones de igualdad dentro del diálogo público: ello compromete a los deliberativistas con muchas políticas públicas de corte igualitario, como el establecimiento de cuotas para minorías étnicas y culturales dentro de los partidos políticos, o la consagración de un sistema tributario de corte progresivo. Es fácil aceptar el "status quo" cuando se pertenece al grupo cuyos "intereses" son protegidos. Lo difícil es justificar esos intereses frente a quienes están excluidos del sistema. Cualquier sistema privilegia unos intereses por sobre los de otros, pero un sistema más justo debe decirle a los que pierden que ello tiene algún sentido. Un sistema político que haga lo uno sin hacer lo otro, un sistema que de con una mano el pan a unos y calle con la otra mano a los hambrientos, será siempre más injusto que uno que diera los mismos resultados desiguales pero en el que todos tuvieran oportunidad de hablar y sentarse a la mesa.

La Democracia Deliberativa ¿es lenta?
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Se verá que no, que no es lenta. El tiempo que se requiere para tomar una resolución social es muy variable. Existen casos que hay que resolver en unas horas y en otros que se dispone de días, o meses, o años. Siempre existirá un tiempo óptimo que no es ni el mínimo ni demasiado largo. Ahora, los tiempos los manejan los poderes del Estado en Argentina, el Poder Ejecutivo generalmente. Nuestros representantes, que muy poco nos representan, se avienen a las necesidades políticas del ejecutivo. ¿Qué significaría introducir elementos de Democracia Deliberativa en nuestra república parlamentaria?
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Se facilitará mucho cuando el gobierno decida implementar la dirección de email estatal (vea: http://horaciointernet.blogspot.com/ ). El ciudadano no puede ser anónimo con ese sistema, y aún si quiere serlo el sistema puede permitirlo en algunos casos. Todos los ciudadanos pueden anotarse para deliberar en los diferentes problemas del país. Las opiniones ciudadanas estarían accesibles para el resto de los ciudadanos. Es claro que hay mucho para organizar, pues expertos y legos se reunirían allí y habría que ver como se le da lugar a todos. El sistema HAY que implementarlo para luego ir perfeccionándolo en base a las mismas opiniones ciudadanas. El sistema NO sería lento sino que inmediatamente y simultáneamente, una gran cantidad de ciudadanos pueden ponerse a trabajar sobre un asunto.
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Esta forma es tecnológicamente posible y socialmente muy conveniente por una cantidad grande de ventajas, de varios tipos. Yo creo que nadie se larga a implementarla por 1)la poca imaginación reinante, 2)el desconocimiento, y 3)el hecho que se rompería con algunos intereses creados.
Horacio (http://www.blogger.com/profile/33378315)

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