Después del fin del trabajo

Michel Wieviorka

chaplin.jpg Durante toda la época industrial, el trabajo gozó de una posición incomparable. Se hallaba en el fundamento de la vida social y en el corazón de un conflicto donde las dos partes pretendían controlarlo: los obreros, que afirmaban poder prescindir de los patronos para organizarse, y los dueños de las fábricas, que pretendían por el contrario que sin ellos la producción dejaría de estar asegurada en condiciones satisfactorias.

Para numerosos pensadores –no sólo Marx, en esto heredero directo de Hegel–, el trabajo era la actividad creadora por excelencia, una fuerza de liberación, de progreso para la humanidad, de autorrealización para los individuos. Era, además, el medio de asegurarse la propia existencia, lo cual justificaba en algunos la idea de un derecho al trabajo reconocido y garantizado por el Estado (una idea que provoca urticaria a los liberales). Ahora bien, decían los marxistas, el trabajo está alienado debido a la propiedad privada de los medios de producción; es necesario liberarlo, desalienarlo, o incluso reducir su duración.

En el siglo XX, el trabajo industrial se sometió masivamente a unos principios de organización científica que moldearon la imagen de la gran empresa donde se codeaban los obreros profesionales, desposeídos de sus conocimientos, y los obreros especializados reducidos al trabajo en migajas, de quienes Charlot ofreció en Tiempos Modernos una célebre versión cinematográfica. Luego, a partir de los años setenta, el taylorismo declinó, se implantaron modos de organización más humanos, más participativos, y se empezó a hablar del fin de la división del trabajo e incluso del fin del trabajo, como indica el propio título de un importante libro de J. Rifkin, The end of work (Nueva York, 1995). Todo trabajador podría tener ya un punto de vista global sobre su actividad, pensaban por ejemplo los sociólogos Horst Kern y Michael Schumann (La fin de la division du travail? La rationalisation dans la production industrielle, París, 1989), y, de forma más radical aún, algunos como Dominique Méda (Le travail. Une valeur en cours de disparition, París, 1995) se preguntaron si no había que “desencantar el trabajo”, acabar con el encanto que ejercía esa noción sobre nosotros y “preguntarnos de qué otro modo podríamos permitir a los individuos tener acceso a la sociabilidad, la utilidad social, la integración, cosas que el trabajo ha podido y podrá seguir dando, pero está claro que ya no de manera exclusiva”.

En efecto, ya no estamos en la época del taylorismo, por más que siga siendo una realidad en muchas empresas. Sin embargo, las reflexiones sobre el fin del trabajo no impiden interrogarnos sobre su utilidad social y, al mismo tiempo, regresar a la cuestión de la alienación.

De hecho, quizá lo más importante sea aquí el declive histórico de la gran empresa taylorizada y la aparición o la extensión de dos tipos de realidades que, junto con otras, obligan a reconsiderar la cuestión de las formas revestidas hoy por la dominación en el trabajo. Por una parte, en las sociedades llamadas avanzadas se desarrollan por todas partes modalidades de flexibilización y externalización de la economía, que abandona la empresa clásica –donde el empleo está protegido y los trabajadores han adquirido derechos– en provecho de un modo de producción más o menos rayano en la ilegalidad, que sólo ofrece a los trabajadores unas condiciones de explotación muy duras, a veces sumergidas o clandestinas, siempre precarias, y acompañadas de una sobreexplotación en la vida cotidiana, empezando por la vivienda. Y por otra parte, la empresa capitalista moderna (por ejemplo, en el ámbito de las nuevas tecnologías) aparece a menudo como un espacio donde, a pesar de la aparente modernidad de las relaciones vigentes, los empleados muestran un sufrimiento a veces intenso, dados los considerables estragos que causan el estrés y la depresión.

En el primer caso, estamos ante una formidable regresión respecto a todo lo conquistado a lo largo de las luchas obreras de los siglos XIX y XX; el trabajo prescinde del derecho, las condiciones más elementales de la dignidad y el acceso a los recursos están prohibidos a los trabajadores: antes de hablar de fin del trabajo lo más urgente aquí es volver a dar un carácter decente a ese trabajo. Y, en el segundo caso, lo más impresionante es sin duda el hecho de que el asalariado que sufre y se convierte en víctima no se define ya por la dominación directa debida al trabajo, sino por los ataques que padece en su ser moral, por la presión que constituye el ser desechable a voluntad, como un kleenex que se puede tirar sin preocupación, o también por un acoso, sexual o de otro tipo, que no tiene nada que ver con el trabajo propiamente dicho. Los asalariados ya no están sometidos aquí al poder visible, frío y técnico, de los responsables de la organización laboral en la empresa tayloriana, ni tampoco al de los ejecutivos, cuya empresa se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX y que podían –sobre todo en los años ochenta y noventa– apelar a la cultura empresarial y a la participación de todos. Los asalariados se encuentran subordinados sobre todo a las exigencias impersonales de los accionistas, distantes e insensibles; viven en una empresa que, bajo las apariencias de una gran modernidad, es una selva donde cada uno actúa en su provecho y donde la personalidad se corrompe de tan incompatibles que son sus valores imperantes con los del humanismo, como bien muestra Richard Sennett en su libro La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo (Anagrama).

El sufrimiento del trabajador, aquí, su depresión, su vergüenza quizá, no están inscritos en las relaciones laborales, sino en la pertenencia a un universo brutal, implacable; constituyen otros tantos cuestionamientos de su integridad como persona y no una explotación o una alienación debida al trabajo; constituyen ofensas que no son ya sociales, sino personales, subjetivas. Y al final se encuentra degradado.

Tanto en un caso como en otro, el sindicalismo está superado. Si se trata de la pequeña unidad económica de trabajo más o menos ilegal o clandestino, no tiene posibilidades de implantarse, y si se trata de la empresa del nuevo capitalismo, está tan dominada por el individualismo que tampoco puede encontrar su espacio en ella. En este segundo caso, además, no se encuentra equipado para enfrentarse al estrés, la vergüenza, el sufrimiento individual que no dependen directamente de una relación de trabajo. Y a todas luces en ambos casos el problema no es proclamar el fin del trabajo, sino devolver su dignidad, asegurar unas condiciones decentes de existencia y de autoestima a unas personas para quienes la experiencia del trabajo es a la vez central y desesperante.

Es posible que el trabajo ya no sea un valor tan central como antaño. Sin embargo, entre aquellos que se encuentran privados de él por la exclusión y el desempleo, y aquellos para quienes constituye una realidad muy dolorosa, vemos bien que la cuestión del fin del trabajo es tan ideológica como la del fin de la historia.

M. Wieviorka es profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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