La guerra contra la infelicidad
Zygmunt Bauman
Citando la opinión del poeta checo Jan Skácel acerca de la condición del poeta (quien, según Skácel, sólo descubre los versos que "siempre estuvieron allí, en lo profundo"), Milan Kundera comenta: "para el poeta, escribir significa derribar el muro detrás del cual se oculta algo que siempre estuvo allí". En este sentido, la tarea del poeta no difiere de la del historiador, que también descubre en lugar de inventar: el historiador, como el poeta, revela, en situaciones siempre nuevas, posibilidades humanas que antes estaban ocultas.
Lo que el historiador hace naturalmente es un desafío, una tarea y una misión para el poeta. Para estar a la altura de esa misión, el poeta no debe someterse a las verdades ya conocidas y gastadas, a verdades que ya son obvias porque han sido sacadas a la superficie y han quedado flotando allí. No importa si esas verdades "dadas por sentado de antemano" son consideradas revolucionarias o disidentes, cristianas o ateas... o si se las ha considerado nobles, correctas o adecuadas. Sea como fuere, esas "verdades" no son "eso oculto" que el poeta está llamando a revelar, sino que son, más bien, parte del muro que el poeta debe derribar. Los voceros de lo obvio, lo autoevidente y "lo que todos creemos ¿no es cierto?", son, según Kundera, falsos poetas.
Pero ¿qué tiene que ver -si es que tiene que ver- la vocación del poeta con la tarea del sociólogo? Nosotros, los sociólogos, raramente escribimos poemas. Y, sin embargo, si no queremos compartir el destino de "falsos poetas" y aborrecemos ser "falsos sociólogos", debemos aproximarnos tanto como los poetas a esas posibilidades humanas ocultas; por ese motivo debemos traspasar los muros de lo obvio, de la moda ideológica del momento, cuya circulación generalizada funciona como prueba de sentido. Demoler esos muros es tarea del sociólogo tanto como del poeta, y por la misma razón: las posibilidades ocultas tras el muro disfrazan las potencialidades humanas e impiden las revelaciones genuinas.
(...) Crear (y por lo tanto descubrir) siempre implica transgredir una norma; seguir una norma es mera rutina, más de lo mismo, no un acto de creación.
(...) Michel Maffesoli califica el mundo que todos habitamos actualmente de "territorio flotante" en el que los "frágiles individuos" se topan con la "realidad poderosa". En ese territorio sólo pueden encajar cosas o personas fluidas, ambiguas, en un perpetuo estado de devenir, en un constante estado de autotransgresión.
Tras compararnos a todos -los habitantes del mundo actual- con nómades, Jacques Attali señala que, aparte de viajar livianos y ser amables, amistosos y hospitalarios con los extraños que se cruzan en su camino, los nómades deben estar constantemente alertas, sin olvidar que sus campamentos son vulnerables, ya que carecen de muros o trincheras para detener a los intrusos. Sobre todo, los nómades, que luchan por sobrevivir en un mundo de nómades, necesitan acostumbrarse a un estado de constante desorientación, a viajar por caminos cuya dirección y duración desconocen, sin mirar más allá de la próxima curva o encrucijada; necesitan concentrar toda su atención en el tramo de camino que deben recorrer antes del anochecer.
"Frágiles individuos" condenados a vivir dentro de una "realidad poderosa": suena como patinar sobre hielo delgado, comentó Ralph Waldo Emerson en su ensayo Prudence, "la seguridad radica en la velocidad". Los individuos, frágiles o no, necesitan, reclaman, buscan seguridad, y por eso se esfuerzan por hacer todo a la mayor velocidad posible. Cuando uno corre junto a corredores veloces, no esforzarse implica ser dejado atrás; cuando se patina sobre hielo delgado, no correr rápido implica la amenaza de ahogarse. La velocidad, por lo tanto, ocupa el primer puesto de la lista de los valores de supervivencia.
Sin embargo, la velocidad no conduce a pensar, ni a pensar a largo plazo. El pensamiento requiere pausas y descansos, exige que "nos tomemos nuestro tiempo", que recapitulemos los pasos que hemos dado, observando cuidadosamente el lugar al que arribamos y evaluando la sensatez (o la imprudencia, según el caso) que nos llevó hasta allí. Pensar nos distrae de la tarea del momento, que es correr y mantener la velocidad. Y en ausencia del pensamiento, la carrera sobre el hielo delgado que es la suerte de los individuos frágiles en un mundo poroso puede confundirse con el destino.
Confundir la suerte con el destino, tal como lo señalara Max Scheler en su Ordo amoris, es un grave error: "el destino del hombre no es su suerte. Suponer que el destino y la suerte son lo mismo merece ser llamado fatalismo". Más aún, aunque la suerte no es resultado de la libre elección, particularmente de la libre elección del individuo "se construye a partir de la vida de un hombre o de un pueblo". Para advertir la diferencia entre suerte y destino, y para escapar de la trampa del fatalismo, se necesitan recursos que no se consiguen fácilmente mientras uno patina a toda velocidad sobre hielo delgado: "tiempo para pensar", y una distancia que permita ver muy lejos. Scheler observa que "la imagen de nuestro destino sólo cobra relieve por medio de las huellas dejadas cuando tomamos distancia de él". El fatalismo, sin embargo, es una actitud de autocorroboración: hace que "tomar distancia", esa condición sine qua non del pensamiento, parezca algo inútil e indigno de esfuerzo.
Tomar distancia, tomarse tiempo -para separar el destino de la suerte, para emanciparlo de la suerte, para darle la libertad de enfrentar y desafiar la suerte- : ésta es la tarea.
Ulrich Beck lo plantea en su libro Políticas ecológicas en la edad del riesgo: la posibilidad de que la democracia "empiece donde el debate y la toma de decisiones se abran y puedan preguntar si deseamos una vida con las condiciones que se nos ofrecen".
(...) El punto, sin embargo, es que para lograr la clase de democracia de la que habla Beck hace falta algo más que la libertad formal de hablar y tomar resoluciones. También necesitamos saber de qué hay que hablar y qué resoluciones tomar. Todo eso hay que hacerlo dentro de una sociedad como la nuestra, en la que la autoridad de hablar y decidir está reservada a los expertos, quienes tienen el derecho exclusivo de decidir la diferencia entre realidad y fantasía, y dividir lo posible de lo imposible. (Podríamos decir que los expertos son casi por definición personas que "acomodan los hechos", los aceptan tal como son y piensan la manera menos riesgosa de vivir con ellos).
Entender la propia suerte significa ser consciente de que es diferente del destino. Y también es conocer la compleja red de causas que produjeron esa suerte, y su diferencia con respecto al destino. Para funcionar en el mundo (distinto de "estar en función de él") hay que conocer el funcionamiento del mundo.
(...) La causa de la sociedad autónoma puede beneficiarse junto con la causa del individuo autónomo, que sólo puede ganar o perder junto con otros individuos. Para citar a Cornelius Castoriadis: "Una sociedad autónoma, una sociedad verdaderamente democrática, es una sociedad que cuestiona todo lo predeterminado y que, en el mismo acto, libera la creación de nuevos significados. En una sociedad así, todos los individuos son libres de crear para sus vidas los significados que quieran (y puedan)".
La sociedad es verdaderamente autónoma cuando "sabe que no hay significados seguros, que vive en la superficie del caos, que ella misma es un caos en busca de forma”. (...)
Vivir entre una multitud de valores, normas y estilos de vida conflictivos, sin una garantía confiable de estar obrando bien, es riesgoso y tiene un alto costo psicológico. No es raro, entonces, que la respuesta que propone esconderse de la responsabilidad ejerza tanto atractivo. Soñamos repetidamente con una simplificación; nos asumimos en fantasías regresivas inspiradas en la imagen del vientre materno y el hogar amurallado. El anhelo de refugio ha reemplazado a la rebelión.
Hacer y escribir sociología pretende revelar la posibilidad de una vida social diferente, con menos miseria: una posibilidad de la cual se duda o se descree a diario. Su revelación no predetermina su uso; además, una vez conocidas, esas posibilidades tal vez no logren infundir confianza suficiente como para que sean puestas a prueba en la realidad. La revelación es el principio, no el fin de la guerra contra la infelicidad humana. Pero no es posible entablar esta guerra seriamente, sin una posibilidad de éxito parcial, si no se revela y reconoce la escala de la libertad humana, para que se la pueda emplear en la lucha contra las fuentes sociales de todas las miserias, incluso las más individuales y privadas.