De uniformes y uniformidades

Manuel Cruz

surrea14.jpg El convencimiento generalizado e indiscutido de que vivimos en la era de la globalización ha comportado, entre otros efectos teóricos, que se hayan convertido en tópicos las referencias a la homogeneización del mundo, a la uniformización de lo que antes era diversidad o, con los términos más al uso, al aplastamiento de las diferencias. Valdría la pena no apresurarse en considerar como evidente alguno de estos lugares comunes. Porque del hecho de que en cualquier rincón del planeta podamos ya encontrar las mismas marcas comerciales, consumir idénticos productos o ver las mismas películas, todavía no se desprende por sí sola la conclusión de que estemos asistiendo al ocaso de la diversidad. En realidad, si uno echa la vista atrás y examina cómo era la vida cotidiana en las sociedades de nuestro entorno hace algunas décadas, comprueba que lo que había en aquel momento en ellas sí era auténtica y férrea uniformización, en el doble sentido del término. Porque entonces no había grupo, colectivo o profesión que fuera sin uniformar: curas, militares, taxistas, colegiales, serenos, conductores de tranvía... Incluso podría llegar a decirse que los que no iban expresamente uniformados seguían con tal fidelidad, disciplina y docilidad los criterios estéticos dominantes, que prácticamente no se permitían la más mínima variación sobre los patrones dominantes. Basta con ver las películas de los años 40 y 50 para comprobar hasta qué punto todos los hombres parecían llevar el mismo traje, ir peinados de la misma forma, fumar con ademanes extremadamente parecidos, etcétera.

En cambio hoy, como han señalado diversos autores, gracias entre otras cosas al fenómeno de la moda, se abre la posibilidad de un auténtico estallido de las diferencias externas. Disponemos de múltiples y cambiantes posibilidades para llevar a cabo una auténtica construcción de la propia apariencia. Y, a pesar de eso, se encuentra muy extendida la sensación a la que he empezado refiriéndome, según la cual ya no hay espacio para las diferencias. Quizá lo que realmente esté ocurriendo es que aquella presunta disyuntiva inicial entre uniformización y diversidad admita un tertium. Quizá lo que se esté produciendo sea una trivialización (o banalización) de las diferencias, proceso que la misma moda se encarga de mostrar bien a las claras, en la medida en que las utiliza junto con otros elementos de muy diverso signo como motivo o tema, absolutamente gratuito, para definir el signo de lo que se llevará en la próxima temporada.

El resultado de esta utilización meramente ornamental de lo diverso es que ya nada hay en la indumentaria que alcance a tener una función revulsiva, iconoclasta. Al término de cualquier espacio televisivo de sobremesa es frecuente que podamos contemplar un reportaje sobre moda en el que aparecerán hermosas modelos vestidas (o casi) con lo más insólito o extravagante –transparencias, vestidos metálicos, sombreros imitando animales salvajes al lado de referencias ecologistas, motivos indígenas o guiños de ojo a una presunta estética homosexual...– sin que ello provoque más reacción en el ama de casa espectadora que un comentario pragmático acerca de lo poco llevable que es esa ropa. La apariencia ha dejado de ser espacio u ocasión para conflicto o provocación alguna. Tras ser banalizada, ha quedado neutralizada. Tener una apariencia diferente o, regresando a lo que importa, mostrar la propia diferencia a través de las apariencias parece haberse convertido en algo perfectamente irrelevante.

Pero repárese en que estas últimas afirmaciones en modo alguno avalan la tesis de la desaparición de las diferencias, sino que hacen referencia únicamente a nuestra desenfocada percepción de ellas. Cuando vamos a las cosas mismas –como diría el clásico–, con lo que nos encontramos es con una irreductible diversidad, con una tozuda heterogeneidad que en modo alguno se deja subsumir bajo claves uniformizadoras. Hace tiempo que sabemos que lo global y lo local no se dejan pensar por separado, que lo universal y lo particular, aisladamente considerados, consiguen dar cuenta de la inagotable riqueza de lo real. Precisamente por ello, resulta curioso ese empecinamiento actual en hacer pasar nuestra incapacidad para percibir las diferencias por desaparición definitiva de las mismas. Quizá constituya la deriva que se sigue, inevitable, de haberlas colocado en el lugar que no les correspondía o, por decirlo de una vez, de haberlas convertido en un fin en sí. Cuando lo que constituyen, en realidad, es indicio, señal, síntoma, y como tales deben ser consideradas. O acaso sea que el lenguaje de la globalización y de lo planetario ha terminado por jugarnos una mala pasada, promoviendo analogías y paralelismos equivocados. No se trata de alentar y proteger las diferencias en la sociedad como el que se aplica en el ámbito de la naturaleza a salvaguardar la rica diversidad de las especies, la fauna y la flora del planeta. Cuando hablamos de personas, tal vez todas las diferencias importen en general, pero sin duda unas importan más que otras: importan especialmente aquéllas en las que está en juego la igualdad, aquellas que son vehículo o pretexto para alguna injusticia. El resto les confieso que me trae sin cuidado.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona

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