365
Voltaire
Y el gobierno de izquierda cumplió, finalmente, su primer año. No se sopló ninguna velita, no hubo torta ni saladitos, pero el paso del tiempo es irrevocable. Dispone de 365 días menos para poner en práctica sus promesas de cambio, que nadie sabe en qué consistieron, porque el programa electoral del Frente Amplio fue un programa de fantasía, maleable como un chicle. Es difícil, pues, comparar lo que se dijo con lo que se hizo.
A juzgar por las siempre dudosas encuestas sobre el nivel de popularidad del presidente y del gobierno, parecería que el pueblo oriental no está tan disgustado con el resultado de este primer año de gestión frenteamplista. El rasero con el que el pueblo llano juzga las virtudes y defectos de sus gobernantes suele ser casi exclusivamente el bienestar material. Para quienes batallan diariamente para abrirse paso en la jungla, que son la inmensa mayoría, la libertad o el bienestar en otros órdenes de la vida social que no sean susceptibles de medirse en pesos contantes y sonantes ocupan un lugar casi insignificante a la hora de hacer el balance. Y el juicio que a cada uno le merecerá la comparación entre lo que esperaba y lo que obtuvo dependerá de la situación en la que cada uno se hallaba antes del advenimiento de la “nueva” era. En términos estrictamente económicos, la mayoría no está peor y acaso esté un poquito mejor, a juzgar por los indicadores económicos y sociales. La desocupación no quiere moverse de donde está hace ya un par de años, pero los salarios mejoraron mínimamente tras la última negociación colectiva y, para quienes estaban en la ruina, no seguir cuesta abajo en la rodada ya es un “triunfo” y 1.300 pesos de ingreso ciudadano son todo un botín, que agradecen a las nuevas autoridades. Sin embargo, en una economía regida por las fuerzas ciegas del mercado, las virtudes (y culpas) de los gobernantes son muy relativas. Cuando a un presidente le toca estar en el trono en momentos de crisis tendrá que soportar la ira de los ciudadanos y cuando le toque estarlo durante el ciclo expansivo recibirá elogios y palmas. ¿Se imaginan si el Frente Amplio hubiera ganado las elecciones de 1999 y hubiera tenido que lidiar con la crisis del año 2002? Pero la masa no se anda con sutilezas a la hora de atribuir méritos o expresar malhumor: al que me da algo le retribuyo (o le tengo paciencia), como corresponde en una cultura mercantil en la que todo lo que se recibe es a cambio de algo. De modo que la paciencia popular se comprende.
Lo que ya se comprende menos es la rabiosa decepción que experimentan algunos izquierdistas que parecen haber descubierto en estos días que la revolución que aguardaban faltará con aviso, que el 1 de marzo de 2005 no arrancó el año cero de una nueva era. ¿Pensarían que el FA iba a asaltar el Palacio de Invierno y entregar todo el poder a los comités de base? ¿Soñarían con algo semejante a la revolución cubana o con un chavismo vernáculo? Hay que reconocer que los dirigentes no tuvieron el coraje de llamarle al pan pan y al vino vino. La transición discursiva llevará, pues, su tiempo, y aunque se aceleró mucho desde que la izquierda llegó al poder, todavía se perciben algunos restos raídos de la moribunda cultura de izquierda, una retórica algo maltrecha consistente en adosar el adjetivo progresista, por ejemplo, a cualquier iniciativa, aunque se trate de una de la mayor estirpe ortodoxa. Si los decepcionados fueran personas que no leen ni el diario, se podría uno compadecer de ellos, pero los anuncios de lo que se venía estaban a disposición de quien quisiera verlos. La izquierda real del mundo entero ya ha hecho la transición: se llama “asumamos lo inevitable”, corrijamos los detalles más molestos de este mundo y proclamémonos socialdemócratas.
Lo peor de los desencantados –además de proponernos imitar a Chávez o a Fidel, cuya religiosa celebración es uno de los grandes misterios políticos de nuestro tiempo– es que ponen el listón de lo aceptable tan alto que podría decirse que están condenados al desencanto. Es algo así como la crónica de una decepción anunciada, con la que además justifican su indiferencia frente a cualquier mejora, que siempre juzgan ínfima en comparación con los males de este mundo (y tal vez lo sean si se repara en la magnitud de estos últimos). Lo grave no consiste en aspirar a cambiar más radicalmente lo existente, sobre todo si hay una disposición social a hacerlo y las razones para negarse parecen más coartadas de mediocres y timoratos. Lo grave son las ideas que acechan detrás de esa decepción, que de tan insistentemente mentada, diríase que fue recibida como tormenta de verano, con alivio. Una de ellas es la que pretende, como se dijo, que a la voz de “ahura” se fundará una nueva civilización, que a partir de ese hipotético año cero todo será diferente. De otro modo no se comprende tanta rabieta. La experiencia histórica indica que eso no ocurrió casi nunca y que quienes creyeron con las mejores, o peores, intenciones que se estaban poniendo a la cabeza de una revolución de ese tipo terminaron engendrando experimentos monstruosos. Porque desde el poder (o el gobierno) no se puede imponer por decreto una transformación radical de la sociedad que ésta no desea… como todo indica que no desea, salvo que se piense que aspirar a vivir mejor supone un deseo de transformación radical de la sociedad. Definitivamente, no vivimos tiempos heroicos, como todos desearíamos tras constatar la insignificancia y fragilidad de nuestras existencias.
Otra idea que acarician los desencantados es que algún día reinará sobre la Tierra algo que con propiedad podrá llamarse LA libertad, LA justicia, y todas aquellas cosas que sin las mayúsculas lucen triviales a la vista de los partidarios de la perfección. Algo así como el reino de la felicidad, de donde habrán desaparecido el conflicto y la necesidad. De otra manera no se entiende tanto desprecio por cambios “menores”.
Si aceptamos, en cambio, abordar las cosas bajo otra perspectiva, tal vez algunos cambios no nos parecerían tan despreciables. Otro tanto podría afirmarse de nuestras propias biografías. Si en lugar de abandonarnos al patético ejercicio de compararlo todo con la juventud, ese momento mítico en el que supuestamente tuvo lugar la vida verdadera, tal vez lo que nos está ocurriendo hoy empezaría a tomar otro color (perdónenme esta breve excursión por las ramas del artículo). Si la atención se pone más en la orientación de ciertas transformaciones, hacia dónde se dirigen esos cambios, en el discurrir y no en la meta tal vez algunas de ellas adquirirían un valor que no estábamos dispuestos a darles inicialmente. Lo mismo que si se abandona la creencia en que esos mayúsculos edenes son un lugar al que se llega de una vez y para siempre para quedarnos allí cómoda y definitivamente instalados. La historia sí tiene marcha atrás y no está diseñada de antemano. Por eso, si llegado el caso las conquistas se frenan, no vale alegar “¿viste a dónde nos condujeron tus miserables mejoras?”.
En otra época esta polémica tenía un nombre altisonante: revolucionarios versus reformistas. Pónganle el nombre que quieran, pero sigue siendo muy importante. Es importante para que aquellos que no hacen el elogio de lo real, que no creen que utopía sea una palabra pasada de moda o una vaga tierra prometida, sino simplemente aquello que aún no existe pero puede llegar a ser, no se dediquen a pasear la decepción de la que hablaba o, peor, que en nombre de esa ingenua decepción se dediquen a hacer dinero, denunciar a los supuestos “traidores” (y a la “juventud descarriada”), alegando que ellos ya hicieron en su momento lo que tenían que hacer (ruido de whisky con hielo de fondo). Es importante, en segundo lugar, porque, a diferencia de lo que afirma cierto neopositivismo vulgar, que se refiere a la sociedad y a la economía sobre todo como si de fenómenos naturales se tratara, las transformaciones que tengan lugar también dependen de lo que los ciudadanos –incluidos los decepcionados– estén dispuestos a hacer. La decisión y el coraje, o el miedo y la búsqueda de seguridad, son ingredientes que no se pueden ignorar a la hora de identificar lo posible y lo imposible. Se puede decir más brutalmente: el problema no son los inconsecuentes o traidores, el problema es lo que quiere la masa. O más simplificadoramente aun: este gobierno será tan (o tan poco) de izquierda como lo quiera la mayoría de los ciudadanos de este país.
Y en tercer lugar es importante, porque lo que hasta aquí está escrito no es un prólogo al anuncio de que lo hecho en este primer año de gobierno de izquierda “es lo que hay, valor. Y a no criticar, que criticar es fácil”. Todo lo contrario. Reprochémosle al gobierno lo que haya que reprocharle, pero no en nombre de que estamos lejos del paraíso. Reprochémosle los despropósitos que ha cometido, la mojigatería, el temor a ir un poco más allá de lo aconsejable (¿por quién?). Ahí hay un vasto territorio a explorar y, sobre todo, en el que intervenir… porque, de nuevo, lo que hagan los ciudadanos cuenta, a pesar de cierta inclinación a decretar su inocencia.
Hubo cosas de terror, de las que ni siquiera se puede decir que constituyeron un modesto paso adelante, en algunas se puede hablar hasta de retroceso, pero sería necio no reconocer que también hubo de las otras. En todo este resbaladizo asunto me internaré, con los riesgos que supone, en la segunda parte.
Respuestas
Una pregunta! Existe alguna sección para poner enlaces o textos que no tengan que ver con el texto expuesto?
La web está realmente interesante!
Saluti
Autor: Ulises | Marzo 13, 2006 9:42 PM
Ulises, si querés enviarnos algún texto podés hacerlo a:
voltaire@criticaresfacil.com
curzio@criticaresfacil.com o
quejas@criticaresfacil.com
Por el momento nos reservamos el "derecho de admisión". Es decir que este sitio tiene una determinada impronta y no somos taaan "democráticos" que dejemos que cada uno publique lo que se le cante... sobre todo si eso que se le canta a cada uno a nosotros nos parece horroroso. De todos modos, recibiremos con gusto cualquier colaboración y eventualmente podemos publicarla.
Para criticar, elogiar, putear incluso, acordar o disentir está este espacio.
Autor: voltaire | Marzo 14, 2006 1:33 PM
Voltaire, esto lo tiré en el blog: http://www.opinionesnoconstructivas.blogspot.com/
Progresismos y Pragmatismos
A un año y poco del gobierno autoproclamado como progresista, creo que vale la pena detenerse en el adjetivo "progresista" o en el sustantivo "progreso" que le precede.
Más allá de que el presidente de la república sea expresidente del Club Progreso de La Teja y que por ahi podría andar la cosa, busquemos las definiciones, real academia mediante.
Progreso.
1. (Del lat. progressus. ) m. Acción de ir hacia adelante.
2. Avance, adelanto, perfeccionamiento.
Progresista:
1. (De progreso. ) adj. Aplícase a un partido liberal de España, que tenía por mira principal el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas.
2. Perteneciente o relativo a este partido. Senador, periódico PROGRESISTA . Apl. a pers. , ú. t. c. s. Un PROGRESISTA ; los PROGRESISTAS .
3. Dícese de la persona, colectividad, etc., con ideas avanzadas, y de la actitud que esto entraña. Apl. a pers., ú. t. c. s.
Podríamos convenir entonces que un gobierno progresista, es aquel que procura el perfeccionamiento, la mejora, el avance de sus gobernados, al tiempo que procura realizarlo en forma liberal, con un rápido desenvolvimiento de las libertades públicas e ideas avanzadas. Esto último puede no quedar muy claro pero creo que nos entendemos.
Hasta ahora todo muy obvio y esto se está pareciendo demasiado a un editorial de El País. Pero sigamos.
La primera pregunta que se me ocurre a la luz de lo mencionado más arriba es: Es nuestro presidente un gobernante progresista?
En mi opinión no lo es. Más allá de sus innegables intenciones acerca de su búsqueda de mejorar las condiciones de sus gobernados (de caminos empedrados de intenciones ya se ha hablado bastante), Vazquez no parece sustentar ideas avanzadas ni parece gobernar en forma liberal. A manera de muestra de esto, considérese sus opiniones acerca del aborto, su idea de vetar leyes parlamentarias, su forma de imponerse por decretos (caso del cigarrillo), sus coqueteos con la iglesia, etc.
La segunda pregunta es si la coalición de gobierno es progresista. Hard to answer, dado que está integrada por varios sectores. Algunos parecen sí serlo, otros de izquierda más dura no tanto. Lo que me lleva a la tercera pregunta:
Es la izquierda progresista?. Esta es más jodida porque tendríamos que definir apropiadamente el término izquierda. Aca pido disculpas porque tengo que simplificar un poco para que esta cháchara no sea eterna.
Si lo asociamos con el marxismo puro y duro, la respuesta obvia es no. No parece que imponer dictaduras (sean del proletariado, de colectividades o de individuos) sea consistente con eso del desenvolvimiento de las libertades públicas. Por otra parte, a la vista están los resultados de las experiencias de las sociedades donde se ha impuesto este régimen. Varias colectividades dentro del frente apuestan a esto por definicion (PCU, PS y otros de menor porte). Otras colectividades funcionales al frente también están en esto (PIT-CNT y su presidente Juan Castillo a manera de ejemplo)
Si lo asociamos con algo un poco más blando, que involucre por ejemplo imposición de colectivización/socialización de los medios de producción o darle poder efectivo sobre la sociedad en su conjunto a grupos u organizaciones que no eligió nadie tampoco parece demasiado progresista. Si nos remitimos a la experiencia, nuevamente esto no ha llevado en ningun país al perfeccionamiento de los individuos pertenecientes al mismo. Por otro lado si reconocemos a la propiedad como un derecho, quitar derechos no parece caminar por el lado de respetar las libertades individuales. Varios grupos dentro del frente están en esta línea (gente del MPP, V.A.). Incluso gente dentro de estos grupos es afin a la militarización para afincar poderes(senador Saravia, senador Fernandez Huidobro, quien ademas de haber negociado con militares en su época de cowboy (vease CX36) es otro que además se definió publicamente contra el aborto).
Lo que queda entonces de izquierda progresista es aquella izquierda bastante más pragmática, reconocedora de los derechos de los individuos y que busca, sin que medien ideologías que la aten, el bienestar de los individuos. Aquella izquierda de cabeza abierta que ha dejado por el camino conceptos que se dan de lleno contra la libertad. De esos también hay en el frente, aunque me da la impresión que son los menos.
En resumen, al país le ha hecho bien que asuma un gobierno de izquierda, porque van a decantar aquellos grupos que si son progresistas en la definición de más arriba, quienes son los que creo van a perdurar.
Autor: Brian Contreras | Marzo 15, 2006 2:16 PM