365 (II)

Voltaire

Un resumen sumario de este primer año de gobierno de izquierda sugeriría que la política económica es un terreno en el que resulta evidente el continuismo con el gobierno precedente. “El gobierno ha optado por impulsar una estrategia económica que comprende cuatro aspectos fundamentales: la promoción de inversión productiva; el desarrollo del crédito indispensable para dicha inversión; una reforma tributaria acorde a los fines del crecimiento; y, no por último menos importante, la generación de un escenario de confianza y estabilidad para que la inversión se concrete y avance", dijo hace poco Tabaré Vázquez en una entrevista. ¿No es exactamente esto lo que proponían Bensión, Alfie y Atchugarry? Y si no era esto, cuáles son las diferencias (o la diferencia, al menos una) con las políticas precedentes. El lema de este gobierno es “generar el clima” para que los inversores arriesguen sus capitales en esta tierra. En el actual contexto internacional esa estrategia supone competir con otros gobiernos para ver cuál le otorga más ventajas al capital errante (zonas francas, bajos impuestos, leyes laborales benignas, garantías de buenos negocios, en suma). Una política que de izquierda tiene bien poco, a pesar de que se nos promete que después de llegadas las inversiones y aumentado el pastel, habrá para todos en el festín (“téngannos fe, que por algo somos de izquierda”). Sin embargo, ¿no es también esto lo que dijo, y a menudo hizo, la derecha de toda la vida?

Lo que sugiere el gobierno es que no hay alternativa, que esto es lo único posible si queremos evitar lo peor. En el mundo globalizado, sugieren los expertos progresistas, el margen de maniobra es exiguo. Las diferencias posibles respecto de los gobiernos más ortodoxamente neoliberales son de matices, de detalles, de acentos. No es difícil coincidir con el gobierno en que en un país de tres millones de habitantes, endeudado hasta el cuello, sin recursos y con capitalistas que se comportan como todos los capitalistas del mundo (es decir que están a la búsqueda del territorio más rentable, que no necesariamente es el propio) es un despropósito pensar en cortar amarras con el mundo capitalista (“No pagar la deuda externa”, por ejemplo) sin convertirnos en algo parecido a la Albania de Enver Hoxa.

Dos reparos, sin embargo, se pueden formular a esta política. El primero es que no están llamando a las cosas por su nombre. No dicen con todas las letras de qué se trata, no dicen que las diferencias entre una política económica de izquierda y una de derecha serían las que están a la vista, es decir más bien magras, sino que siguen apelando a los eufemismos y amparándose en el adjetivo progresista, que ya no significa prácticamente nada.

Las racionalidades del mercado y de la democracia son opuestas. Y como parece que conviviremos con el mercado por un buen tiempo, es imperioso no perder de vista que si el mercado reina sin contrapesos, si nos inclinamos ante todas sus exigencias, es posible que también perdamos algunos pedazos de democracia y tal vez hasta algunos derechos humanos por el camino. Si la última palabra la tiene el criterio mercantil (ese que dice que nadie debe recibir nada si no es a cambio de entregar un valor equivalente) no deberíamos extrañarnos de que los que no trabajan no puedan ejercer el más elemental de los derechos, el derecho a la vida. Si les parece una exageración, pongamos otro ejemplo: hace unos años se armó la gorda en este país, porque el PIT-CNT quiso organizar una manifestación en Punta del Este. ¿Cuál era el argumento de los que se oponían a ella? Que iban a espantar a los turistas, y con ello arruinarían a una de las industrias más pujantes de este país. La pregunta que se imponía era de cajón: ¿entonces los derechos democráticos, de manifestación, de reunión y, hasta la propia constitución, no rigen en Punta del Este?

El segundo reparo es, pues, que aunque el margen de maniobra sea exiguo, existe y es imprescindible que un gobierno de izquierda apueste a extenderlo. Y aunque aquí hay que reconocer que hubo verdes y maduras, la sensación con la que uno se queda es que las nuevas autoridades siempre tienen entre labios una palabra de cautela, que están más inclinadas a pedir moderación que a ampliar los límites de lo posible. En casi todos los temas controvertidos, el primer, o segundo, argumento que han esgrimido los exponentes más notorios del gobierno frenteamplista ha sido que tales o cuales medidas conspiran contra el clima de negocios.

Menciono apenas tres asuntos paradigmáticos, que no son estrictamente de política económica, en los que “lo posible” resulta como mínimo controvertido y discutible: la ley de fueros sindicales, el proyecto de reforma impositiva y los consejos de salarios. Los tres, digámoslo de entrada, constituyen en mi opinión un avance respecto a la situación precedente. La ley de fueros sindicales devuelve a los trabajadores unos derechos elementales que jamás debieron perder y los ubica en mejores condiciones en sus relaciones con el capital. La reforma impositiva también constituye un avance, más modesto, pero avance al fin: la mayoría de los que no pagaban impuestos van a pagar cuando entre en vigor y habrá más justicia a la hora de contribuir al esfuerzo colectivo. La convocatoria a los consejos de salarios, finalmente, permitió una pequeña recuperación del salario real después de varios años de estrepitosa caída.

En los tres casos (aunque menos en el de la reforma impositiva) el resultado final estuvo determinado por las presiones y concesiones de quienes estuvieron dispuestos a intervenir en el asunto, convencidos de que la balanza se podía inclinar para un lado o para el otro. Entre ellos no estaban, por supuesto, los que siempre proponen dejarlo todo en manos de los “expertos progresistas” y confiar en el “gobierno popular”. Tampoco los que ya estaban desencantados el 1 de marzo de 2005.

La ley de fueros sindicales no merece casi reparos, a pesar de que a último momento la histeria de los empresarios logró que se le quitaran algunas cláusulas que supuestamente conspiraban contra el “clima de inversión” (aunque, de atenernos a los anuncios apocalípticos de la derecha y el empresariado, toda la ley es una calamidad). El proyecto de reforma impositiva, en cambio, ya nace un poco más averiado. Es un progreso incuestionable que se implante el impuesto a la renta de las personas físicas y que tributen algunos sectores que antes no lo hacían, como los que percibían rentas de capital. Pero parece que entre la “justicia tributaria”, por un lado, y la “promoción de las inversiones”, “la desdolarización de la economía”, “la reducción de incertidumbres y vulnerabilidades” y las “señales claras hacia los mercados”, por otro (todo eso se propone, aunque usted no lo crea, la reforma impositiva y no sólo que quien tiene más pague más), la balanza terminó inclinándose un poco más hacia los objetivos mencionados en segundo término. Un análisis crítico de este proyecto se puede encontrar en este mismo sitio, así que no abundaré más en el asunto. Claro que hay que decir que apenas 600 ciudadanos se tomaron el trabajo de intervenir en el debate, porque la mayoría prefirió dedicarse a sacar cuentas de cuánto más, o menos, tendrá que pagar tras la aprobación de la ley y no a reparar en la justicia, o la injusticia, de la misma.

En lo que atañe a los consejos de salarios, el “mérito” del gobierno reside en haberlos convocado después de años de imperio del “mercado libre” de trabajo, lo que permitió a los trabajadores negociar en mejores condiciones que hasta ahora. Que la recuperación del salario real haya sido modesta no es atribuible al gobierno, sino a una relación de fuerzas entre trabajadores y patronos que es la que es. Con todo, hay que recordar que en este año de gobierno del Frente Amplio aumentó enormemente el número de trabajadores sindicalizados y se puede presumir que no son ajenas a ese fenómeno las nuevas reglas de juego laborales.

Unas líneas sobre el Plan de Emergencia. Sí, es un plan asistencialista, como dicen algunos. Pero me animo a quebrar al menos una lanza por él: envía un mensaje que podría representar toda una revolución cultural, si el gobierno lo defendiera más activamente en lugar de balbucear justificaciones frente a los apóstoles del mercado. Ese mensaje para mí consiste en que el principio mercantil no puede llevarse por delante los derechos de las personas, que una sociedad que sea tal y no una mera suma de individuos atomizados y atentos a su interés egoísta, no puede dejar a los “perdedores” abandonados a su suerte. El Observador dirá que algunos de los beneficiarios se gastan la exuberante suma de 1.300 pesos en vino o pasta base, pero yo digo que es un imperativo categórico (sí, ese del que hablaba Kant) impedir que en este país siga habiendo un 50% de niños viviendo en la pobreza y que para eso no podemos esperar a que la torta crezca.

Si en materia económica el gobierno puede reclamar cierta paciencia y benevolencia de los ciudadanos, no ocurre lo mismo en otros terrenos, en los que las transformaciones llegan en cuentagotas. Aquí las cosas no dependen en absoluto de determinaciones que el gobierno no pueda controlar.

En el terreno de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura se creó una expectativa muy superior a los resultados. De todas formas, sería absurdo negar que, a pesar de haberse encontrado únicamente los cuerpos de tres de los casi 200 desaparecidos (e identificado a dos de ellos), la sola iniciativa del gobierno creó una situación nueva, diferente al muro de silencio con el que se toparon durante veinte años quienes reclamaron verdad y justicia. Sin embargo, nuevamente aquí, la actitud del gobierno parece ser la de “sí, pero no”. ¿Quién mandó parar la ley interpretativa de la ley de Caducidad que redactó un grupo de legisladores del FA y que hubiera servido para superar las justificaciones de nuestros magistrados para no procesar a torturadores y genocidas? ¿Por qué no se deroga lisa y llanamente la ley de Caducidad? ¿Se va a deteriorar el clima de inversión? ¿Cómo es posible que el presidente no haya destituido a los comandantes de las tres armas que hace unos meses presentaron unos informes sobre la represión bajo la dictadura que eran una explicación/justificación vergonzosa de lo sucedido, llena de eufemismos y medias verdades? ¿Qué explicación hay para que siga en su cargo un comandante de la Fuerza Aérea que admitió que condujo un avión que trasladó detenidos desde Argentina a Uruguay y que hoy están desaparecidos? ¿Por qué el gobierno de izquierda no plantea el debate acerca de qué hacer con las Fuerzas Armadas de este país? ¿Para qué las necesitamos, por ejemplo, si es que las necesitamos?

Parecería que el gobierno está más atento a los previsibles reproches que le formularán quienes perdieron las elecciones que a quienes le dieron el voto para que gobernara. Eso se nota en la llamada Ley de Humanización del Sistema Carcelario, cuyo único propósito es respetar los derechos de las personas detenidas y los compromisos asumidos por Uruguay al firmar el Pacto de San José de Costa Rica, que entre otras cosas obliga a poner en libertad a los presos que llevan más de dos años detenidos sin condena. La histeria reinante en materia de seguridad nuevamente “licuó” el proyecto inicial, que era más ambicioso, pero es la primera vez en años que escucho a una autoridad del ministerio del Interior diciendo que el problema no se resuelve construyendo más cárceles ni aprobando leyes más represivas y que el Estado no puede seguir violando los derechos humanos de miles de detenidos.

Hay algunas otras áreas en las que mi conocimiento superficial de lo hecho hasta aquí me impide hacer un juicio ecuánime, aunque no parece que me esté perdiendo nada extraordinario. Al menos en terrenos como el de la educación y la salud, en los que la izquierda había prometido grandes y justicieras reformas. Otro tanto sucede con la democratización de los medios de comunicación, en los que no se avizora el menor cambio. Con las excepciones de algunos bodrios de Telesur y el nombramiento de una nueva directora en el canal estatal, tal vez en agradecimiento a los servicios prestados durante la campaña electoral (pues otros méritos no se le ven), lo que se aprecia en los medios son las mismas dunas erectas del desierto de siempre. Entretenimientos dudosos y espectáculos a granel para suscitar emociones. Educar y reflexionar, jamás. Es que con el monopolio de ciertos grupos económicos en la TV, y La República como “alternativa”, no se debería esperar nada diferente.

Finalmente, hubo cosas francamente penosas, como la ya indisimulable apuesta a encontrar algún acuerdo de libre comercio con Estados Unidos en detrimento del MERCOSUR. Dado que el MERCOSUR pasa por horas bajas, no hagamos nada para reanimarlo, enterrémoslo definitivamente, y con ello cualquier atisbo de que este país insignificante pueda siquiera hacer escuchar su voz en el escenario internacional.

Pero hubo peores. Si en algo estábamos relativamente bien en este país era en la muy moderna y laica separación entre Estado y religión. Una buena tradición liberal de este país es (¿era?) la arraigada idea de que en asuntos religiosos y morales, las leyes no tienen nada que prescribir ni imponer. Cuando en otros países las personas estuvieron y están cortándose el cuello o pegándose tiros en la nuca en nombre de sus respectivos dioses, y cuando en otros las leyes están inspiradas en la Biblia o el Corán, uno piensa: ‘después de todo, al menos en esto no estamos tan mal’. Hasta que llegó fray Tabaré y empezó a poner estatuas del Papa, envió a la primera dama al Vaticano para asistir a funerales pontificios y, lo peor de lo peor, anunció que así caigan rayos y centellas, en este país no se legalizará el aborto, con el peregrino argumento de que él está en contra porque tiene sus convicciones científicas y morales y que si la ciudadanía no lo entiende, peor para ella. Esas iniciativas, como la cruzada contra el cigarrillo, tienen la impronta personal del presidente, y a pesar de que algunos de sus compañeros de ruta murmuran alguna protesta, terminan tragando saliva y haciendo la venia como soldados. De modo que debemos esperar que esta moralina reaccionaria vaya in crescendo. De la izquierda de otras latitudes (incluso de la más radicalmente socialdemócrata) uno espera cierta actitud libertaria en lo que atañe a usos y costumbres y a terminar con las cortapisas al ejercicio de las libertades en asuntos que no afectan a terceros (consumo de drogas, matrimonio homosexual y cualquier otro comportamiento “desviado”). De la izquierda doméstica, en cambio, sería temerario esperar algo semejante.

Este apretadísimo resumen no pretende agotar los temas tratados, pero sí sacarlos del pantano de la discusión puramente ideológica. Sé que de los asuntos que he abordado se puede decir mucho más y que hay otros a los que ni siquiera me he referido, porque en comparación con los primeros me parecen insignificantes, como la participación en las maniobras Unitas o el envío de tropas a Haití… a pesar de que muchos se rasgaron las vestiduras a causa de estas súbitas mutaciones de la izquierda y un diputado socialista hasta renunció por esos motivos, al parecer porque en ello le iba su “identidad”. Lo único que cabría agregar a propósito de ambos temas es que se echa en falta una explicación de por qué la mayoría del Frente Amplio cambió tanto respecto a cuando estaba en la oposición (lo que no supone sentarla en el banquillo de los acusados por el hecho mismo de haber cambiado de postura, que después de todo es un síntoma de inteligencia cuando las circunstancias así lo ameritan).

Respuestas

Me parece que necesitás clases de economía YA. Muchas, muchas clases...

Mi opinión del gobierno del Frente Amplio:

Si apoyás al Frente o lo votaste - un desastre de punta a punta. Si esto es el tan esperado "cambio", entonces la izquierda desde antes de 1971 hasta ahora no ha sido más que una estafa, la más grande en la historia del país. Hasta el tupamaro más radical debería admitirlo.

Si no votaste o apoyás al Frente - Es un gobierno pasable, definitivamente mediocre, que no será recordado en la historia por más que por haber desacelerado el crecimiento económico y haber retrasado la reforma del país por una década y media, más o menos.

Pablo está tan colonizado por la idea de que la economía de mercado es parte de la naturaleza, como los ecplises o las inundaciones, que no me extraña que ni siquiera pueda entender mi argumentación. El gobierno del Frente Amplio no desaceleró ni dejó de desacelerar el crecimiento económico. En una economía de mercado, en la que predominan fuerzas ciegas y espontáneas, nadie desacelera o acelera a voluntad el crecimiento. ¿Alguien conoce a algún sabio ministro de Economía que haya logrado detener (o provocar) una crisis económica, por ejemplo?

Yo necesitaré clases de economía, pero Pablo necesita YA información económica de primera mano: porque el gobierno no pudo haber provocado algo que sencillamente no ocurrió, el PBI creció en Uruguay desde que el FA está en el gobierno... lo que --y esio está claro en el artículo-- no debe atribuirse a un mérito del gobierno.

La economía de mercado *es* parte de la naturaleza, porque es la única que equipara a todos los miembros de la misma. Surge naturalmente en las sociedades por tratarse de la administración racional de los recursos, en su calidad de escasos. Se basa en una sóla premisa, que se encuentra casi que soldada en el psiquis humano: mientras más único o escaso sea algo, más valor tendrá. Así de sencillo. De ahí derivan, por ejemplo, los diez principios de la economía. Cualquier intervención o distorsión, particularmente del Estado, en esta dinámica lo único que hace es restar eficiencia y achicar la "torta". Los equilibrios micro y macroeconómicos a los que llega una economía desregulada son la más eficiente y única forma de lograr el pleno empleo y niveles de ahorro e inversión suficientes como para crecer y desarrollarse.

El gobierno del Frente Amplio gobernó durante apenas un año. Difícilmente pueda afectar a la economía en solamente un año, pero en cinco sin duda que lo hará. Las alzas de impuestos necesarias para expandir el Estado socialista asistencialista que tenemos desde los 1930s y que el Frente simplemente quiere agrandar son atentados directos contra e l empleo y el crecimiento económico.

La ley de fueros sindicales afecta directamente la oferta de empleos: la reduce. Como consecuencia, el desempleo aumentará. El aumento de impuestos, incluyendo el salvaje impuesto a la renta, reduce la capacidad de inversión y de contratación de los privados - esto aumenta el desempleo. Las políticas del Frente Amplio sobre las inversiones extranjeras (que varía entre "las apoyamos" y "apenas las toleramos") generan desconfianza en el inversor extranjero. Las políticas de ocupaciones del gobierno también atentan contra el empleo, pues fomentan la inseguridad a la hora de contratar y hasta de TENER fábricas. Podría seguir un buen rato, pero el cuadro es fácil de entender.

"En una economía de mercado, en la que predominan fuerzas ciegas y espontáneas, nadie desacelera o acelera a voluntad el crecimiento. ¿Alguien conoce a algún sabio ministro de Economía que haya logrado detener (o provocar) una crisis económica, por ejemplo?"

Sí, yo: cualquier ministro de economía que en los últimos ocho años haya devaluado la moneda en Brasil, Argentina y Uruguay. Es cierto que los agentes económicos privados no afectan las variables económicas, pero el Estado es otro asunto - particularmente en una socialdemocracia ortodoxa como es Uruguay, en donde el Estado controla casi un cuarto (o más) de la economía. Política cambiaria (que en este caso es correcta), tasas de interés, colocaciones de bonos, leyes, decretos, expansiones estatales, aumentos de salarios públicos, impuestos...son todas medidas disponibles al gobernante que impactan directamente sobre el nivel de actividad económica. El Frente no va a fundir a Uruguay ni sumirlo en una crisis económica. Pero sí va a pasar a la historia, como dije ayer, como un gobierno socialdemócrata más: mediocre, estatista, que tuvo niveles bajos de crecimiento económico, que no redujo la injerencia del Estado, que en definitiva se perdió el tren del siglo XXI hacia la prosperidad. No descartaría que sobre el final del gobierno le pasase lo que a Sanguinetti y tuviese niveles más altos de paro y hasta quizás una recesión.

De modo que la economía de mercado es parte de la naturaleza... Ni el más pintado apologista del actual orden de cosas tendría la osadía de afirmar lo que afirma Pablo. ¿Y cuándo se creó esa "naturaleza", Pablo? Porque cualquiera que sepa algo, no mucho, de historia sabe que economía capitalista no hubo desde el principio de los tiempos.

Lo tuyo, Pablo, francamente es demasiado previsible. Es una repetición (sin eufemismos ni contemplaciones) del verso que venimos escuchando desde hace décadas. Esperaba algo más sofisticado, te confieso.

Dejemos al mercado que actúe con total libertad, no le pongamos cortapisas, no introduzcamos "distorsiones" porque se va todo a la mierda. No me vengan con boludeces de derechos sindicales y justicia social. Si para preservar el clima de inversión hay que perder algunos pedazos de democracia por el camino, no os preocupéis, que lo único que importa es el dinero y al final de este caminito de hadas todos vamos a tener más y comeremos perdices. Es tan salvaje lo tuyo, estás tan aturdido por la desnuda razón económica, que no te reconozco. No me imagino que esta misma persona sea el humanista que se subleva frente a la legalización del aborto.

Sí señor, la economía de mercado es parte de la naturaleza porque canaliza de la forma más perfecta posible los talentos e individualidades de las personas. La clave de la eficiencia reside en la especialización voluntaria. Sólo la economía de mercado, sin intervenciones, permite esto - y los correspondientes precios, salarios y costos. Los subsidios, los impuestos, las detracciones, los aranceles y toda esa serie de herramientas de política económica no hacen más que distorsionar estas realidades y premiar al ineficiente o convergentemente castigar al eficiente. El resultado siempre es en detrimento del consumidor (¡vos!) que termina pagando más por algo que no lo vale. En el caso de Uruguay y las economías socialdemócratas o socialistas, es mucho peor: directamente se elimina la posibilidad de elegir entre varias ofertas (véanse los monopolios, los consejos estatales, etc.) Además, y esto es algo que los izquierdistas siempre ignoran, la regulación de la economía siempre perjudica más al que tiene menos, porque disminuye el nivel de empleo y golpea negativamente a los salarios. Todo esto lo podrías aprender en un curso básico de Economía, ¿sabías?

Respecto a la naturaleza de las cosas, se podría afirmar que la democracia no es natural al hombre, puesto que hasta las revoluciones liberales, y salvo experimentos en Grecia y pequeñas ciudades italianas y holandesas, nunca había existido. Siempre habíamos tenido tiranías. ¿Significa esto que está en la naturaleza del hombre el ser gobernado por tiranos, o que hasta entonces el desarrollo filosófico y militar de la realidad había incentivado dicho tipo de gobierno? Lo mismo ocurre con la economía. Las personas naturalmente tienden a especializarse, a querer elegir entre varios productos o lugares de trabajo, a querer viajar, a querer saber qué se hace con sus impuestos, y toda una serie de cosas que - ¡oh sorpresa! configuran un cuadro de una economía liberal clásica. Las distorsiones vienen desde el gobierno, desde el abuso de la posición de autoridad, sea en el plano político o en el económico. Esa es la historia de la humanidad resumida en dos oraciones.

"si para preservar el clima de inversión hay que perder algunos pedazos de democracia por el camino, no os preocupéis, que lo único que importa es el dinero y al final de este caminito de hadas todos vamos a tener más y comeremos perdices."

Ah, vos sos uno de los que equiparan el asistencialismo estatal con la "democracia". ¡Bravo! Locke, mientras, se revuelve en su tumba. Sé de sobra que es un argumento favorito de los izquierdistas, y te invito a que lo expongas así me divierto un rato. Ah, ¿qué es la "justicia social"? O más fácil: ¿qué es la injusticia social? (el supuesto status quo para ustedes)

Es perfectamente compatible mi posición en la economía con la del aborto. Se llama liberal: maximizar las libertades de las personas sin infringir en las de las otras. El Estado como una pequeña y eficiente máquina que permita a las personas vivir sus vidas en paz y prosperidad sin generarles costos innecesarios y sin sobrepasar los límites del contrato social original que lo creó. Esto implica tanto defender la vida (incluida la de los no nacidos en mi caso) como no meterse con el dinero de la gente. Es perfectamente coherente. Te recomiendo que confíes más en la gente. La gente sabe mejor que vos, que yo y ciertamente que el Estado qué hacer con su propio dinero. Además, aún si no lo supiese, igual no tenés ni tenemos derecho a tomarlo y redistribuirlo como nos parezca, por la sencilla razón de que no es nuestro: cada uno se lo gana con su trabajo. Naturalmente que siempre habrán impuestos, porque hay que pagar por cosas como la policía, las escuelas, algún ministerio por aquí, y ese tipo de cosas. Pero ambos sabemos que lo que vos tenés en mente es algo radicalmente distinto.

Ah, todo esto es en el campo de la teoría. Podría pasar horas demostrándote el éxito de las economías liberales (USA, Reino Unido, Irlanda, Australia, Corea, Japón, en su momento la Europa continental) y los fracasos de las economías colectivizadas (demasiado fácil) o de las socialdemocracias (Uruguay, la Europa continental de hoy, etc.). Sin embargo, sé por tus escritos que sos una persona informada, y que sos conciente de todo esto. Por lo tanto, me pregunto...¿cómo harás para explicar esa diferencia entre quién prospera (sobre todo a largo plazo, para dentro de veinte años a partir de ahora) y quién no?

Donde dice "consejos estatales" debería en realidad decir "consejos de salarios". Disculpas.

Voltaire tiene serios problemas con el mercado. Son verdaderas perlas su afirmación de que la democracia y el mercado tienen racionalidades opuestas.Al contrario, van por la misma senda, la de la libertad. La otra perla es referirse al "principio mercantil" Como si el mercado fuera una creación intelectual, de algun ideólogo del capitalismo. El asunto es que durante un cierto tiempo, (que de hecho fue una anomalia pasajera de 70 años, poco y nada en la historia contemporánea) se quizo establecer una supuesta competencia entre dos sistemas. Resulta que eso fueron puros fuegos artificiales ideológicos como se fue viendo. La economia de mercado o el capialismo no es la creación de una fuerza politica, al mismo nivel que el el socialismo sí lo fue. Lo más importante que el socialismo soviético de no mercado abolió no fue ni el mercado, ni la democracia, fue la política. El mercado, como bien dice Pablo, es la forma de intercambio propia de los seres humanos desde que están sobre el planeta, desde que generaron una división del trabajo y cierto nivel de producción. Y el mercado es la forma rapida de generar progreso social y riqueza. Otra cosa es que debamos poner límites al mercado en ciertas circunstancias. Pero poner límites no supone "eliminarlo" o hacer que no funcione. Lo que tenemos que conseguir es que funcione bien, que cumpla su papel, no reducirlo a cenizas. Ya se hizo esa experiencia, Voltaire.

¿Como deberia ser una política económica de izquierda? La que le reclama Voltaire al FA y que éste no cumple al seguir haciendo lo mismo que los gobiernos anteriores. Quisiera que me lo explicara en términos prácticos, es decir, como generar inversión, empleo, crear riqueza de forma sostenida y, por tanto progreso para los uruguayos a largo plazo, desde la izquierda. Gracias.

Mi respuesta a Espino está en en la polémica que mantuvimos debajo del artículo "Desafío al corazón".

Perico: mis reparos a la política del gobierno del Frente Amplio no residen en que no termina con el capitalismo, una tarea hercúlea que no creo que esté en las manos de un gobierno de un país insignificante y de 3 millones de habitantes, como Uruguay. Me parece que eso está claro en los dos artículos (365 y 365 II), sino en los tributos que parece estar dispuesto a pagar y que guardan relación con la polémica con Espino: qué relación se establece entre las exigencias del mercado (la gestación del "clima de inversión" como se dice ahora) y los derechos humanos y la justicia. Creo que lo que modestamente puede plantearse una política de izquierda es no dejar que la última palabra en todo la tengan los imperativos del mercado, como han hecho los gobiernos anteriores.

Un ejemplo: plantas de celulosa, Ok. ¿Pero las plantas de celulosa a cualquier precio?, ¿con todas las condiciones que impone Botnia?, ¿con zona franca, sin pagar impuestos? ¿con un tratado de inversiones con Finlandia que obliga al Estado a pagar por daños y perjuicios a la empresa en caso de manifestaciones?

No me pongas en el lugar del defensor del socialismo soviético porque fallas el tiro. Puedes ir a golpear a otra puerta con esa crítica... que las hay.

Pero si ese modelo fue un desastre, ¿no corresponde interrogarse también acerca de los resultados de esa fábula que pretende que con las inversiones de las grandes empresas viene la resolución de todos los problemas sociales y tal vez la felicidad humana? La teoría del derrame no parece haberse verificado en la práctica. Nuevamente, la política tiene algo que decir en todo esto.

Publique una respuesta


Please enter the security code you see here