Desafío al corazón

Voltaire

solidaridad I.jpg El lamento por la pérdida de valores como la solidaridad, el altruismo y la tolerancia y la denuncia del individualismo y la desenfrenada búsqueda del éxito se han convertido ya en lugares comunes. No por extendida la queja deja de ser llamativa, ya que no hay causa humanitaria que no concite masivos fervores solidarios: desde las víctimas de desastres naturales como el tsunami y los huracanes del Caribe hasta los genocidios en países remotos pasando por causas domésticas como la construcción de hospitales o escuelas. Miles, millones de personas en el mundo donan abrigos, alimentos, concurren a conciertos de rock, apoyan campañas de solidaridad, se asocian a una ONG o simplemente entregan un cheque para llevar consuelo o ayuda.

Hay en apariencia una contradicción entre la indignada denuncia del egoísmo contemporáneo y la desinteresada disposición a ayudar a los semejantes. Estas constataciones se me hicieron evidentes tras la muerte de ochos personas en Young (Uruguay) precisamente durante una jornada para conseguir fondos para el hospital público de la ciudad.

Entendámonos: no pretendo establecer ninguna relación causal entre ese fervor solidario, el “exceso de amor”, como lo calificó alguien, y la tragedia. Mucho menos, entregarme a la extendida costumbre de señalar a un culpable o descubrir conspiraciones. Las tragedias a veces ocurren; no necesariamente son provocadas por operaciones de marketing como la que había detrás de este “Desafío al corazón”. No tengo nada importante que agregar sobre esas terribles muertes, pero sí algo sobre la naturaleza del extendido humanismo filantrópico, que tal vez pueda contribuir a desentrañar esa aparente contradicción, no demasiado diferente a la que existe entre el elogio de la democracia y la generalizada apatía política o entre los llamados a participar en los asuntos públicos y el culto al individualismo.

A pesar de los dolientes anuncios sobre la definitiva “pérdida de valores”, no es fácil que el ser humano se desembarace totalmente de un mínimo fundamento moral, de toda idea de bien y de mal. La amoralidad total y absoluta no es para cualquiera. Quizás por eso la cultura hedonista no logró expulsar todo sentido moral de la vida de los individuos, aunque sí modificarlo sensiblemente. La nueva ética de la solidaridad debe llevarse bien con la privatización de la vida, la despolitización de los problemas y la cultura individualista. Como corresponde a la sensibilidad de estos tiempos, está despojada de cualquier idea de justicia e igualdad (aspiraciones que remiten ineludiblemente a la política), purgada de imperativos categóricos, pues, en primer lugar, no debe incordiar la vida de ninguno de los “solidarios”, debe estar hecha al gusto y a la medida del altruista. Se trata de una ética indolora, como la llamó alguien, mínima, compatible con la supremacía del yo.

El motor que pone en marcha esas solidaridades particulares no es la razón (demasiado densa para una época líquida, casi gaseosa), sino la emoción, siempre volátil y cambiante, como la vida posmoderna, su impulso no proviene de la persecución de un propósito, sino de la mera incomodidad que provoca la evocación del sufrimiento en vivo y en directo.

Salta a la vista el contraste con el deber absoluto propio de tiempos no tan lejanos, en los que para ser morales había que tener comportamientos heroicos y estar férreamente comprometidos. Que no haya que lamentar la decadencia de ese deber –que de tan estricto que era invitaba a ignorarlo a cada paso– no significa alimentar la creencia de que siempre es posible tener un comportamiento ético sin el menor sacrificio, sin la menor renuncia al propio deseo o al propio interés, como a menudo se imaginan los niños.

No deja de ser paradójica esta moralidad sin desprendimientos, ya que si los dilemas éticos a los que nos vemos enfrentados cada día no implicaran la eventualidad de tener que renunciar al propio interés, o de poner al otro antes que a uno mismo, no estaríamos en el campo de la moral o de la ética, sino en el del mero cálculo egoista. Si sólo decido reaccionar frente a una injusticia cuando estoy seguro de que esa reacción no comportará el menor inconveniente o riesgo para mi persona, entonces me sitúo fuera de la ética, como ocurre cuando antes de tomar una decisión me pregunto “¿y yo con esto qué gano?”. Pero la ética en esta época en la que la autolimitación y la renuncia son malas palabras se las ingenia para resultar amena, divertida y con costos mínimos. No soportaría que fuera de otra manera. El humanitarismo políticamente correcto hace lo indecible por no resultar aburrido y exigente. ¿Cuánta gente hubiera estado dispuesta a concurrir a una manifestación para exigir que aparecieran los recursos necesarios para dotar de calefacción al hospital de Young? No tengo dudas de que muchísima menos que la que concurrió a la “fiesta” organizada por el canal de televisión para jalar de la locomotora. Es lo que tiene la política: no puede eludir el conflicto y destruye la ilusión de que algo se puede conquistar sin costos ni riesgos, en total armonía.

A esta ética indolora, a esta moral sin inconvenientes le caen, pues, como anillo al dedo la colaboración mensual con Greenpeace para que proteja el medio ambiente, el peso para el Iname cuando vamos a pagar en la caja del supermercado, el consumo responsable que colabora con causas humanitarias, el arrastre de la locomotora en Young para conseguir el dinero para el hospital público, la compra de hamburguesas para ayudar a los niños con cáncer, el envío de mantas y alimentos para los afectados por inundaciones, la asistencia a un concierto de rock para ayudar a los seropositivos de Africa. Cualquier causa es susceptible de sedar la indignación, porque la indignación se aplaca con analgésicos livianos. La única condición es que la solidaridad sea libre, ocasional y a la medida de mis necesidades particulares, que no implique un involucramiento, que no me comprometa a nada más. Después de la intervención humanitaria todo sigue “en su lugar”, lo que además de tranquilizarnos, “confirma” las sospechas de que nada puede modificarse. Hay quienes llegan a decir incluso que esta ética liviana y poco exigente además embellece artificiosamente lo real… que no es nada bello.

Apelar a la mera indignación, desafiar al corazón, eso es lo que funciona con el nuevo individualismo. Las hambrunas, el sida, los desastres naturales antes que nada emocionan, apuntan a lo epidérmico. “Es una identificación superficial con el otro, debido a la repugnancia del espectáculo del sufrimiento; es un compromiso nómada y parcial, moderado y distanciado”, afirma el filósofo Daniel Innerarity. Un fenómeno propio de la era del crepúsculo del deber. Y los medios de comunicación ayudan mucho, porque exponen la infelicidad humana pero desdramatizan el sentido de culpa; la velocidad propia de los medios emociona pero al mismo tiempo diluye esos sentimientos.

Expulsada la política del escenario, sólo quedan individuos aislados, que ayudan, se solidarizan, ponen el corazón, la plata o lo que sea, pero siempre a su leal saber y entender, en los tiempos y formas que consideran adecuados a sus necesidades y comodidad. No hay derechos ni deberes, no hay reglas ni imperativos categóricos. Cuando las injusticias y los derechos humanos no son asuntos de los ciudadanos, es decir de la política, sólo queda la buena voluntad de los individuos particulares, la corrección, las buenas maneras y la buena voluntad de cada cual. El corazón, en suma.


Respuestas

Es muy interesante que a la solidaridad intermitente vos le opongas la solidaridad por compromiso, que casi no existe. Me doy cuenta de que yo tampoco tengo mucha fe en el retorno de esta solidaridad (bah, de la solidaridad... que tengamos que agregarle 'compromiso' es ya parte del problema), porque cuando posteé sobre el tema sólo se me ocurrió pensar en la imposición estatal, en 'solidaridad por obligación'.

La comparación 'solidaridad espectacular'/ comicios electorales me parece acertadísima, además.

Exactamente eso es lo que pretendía poner en evidencia: no que ahora no haya la más mínima "solidaridad", sino la naturaleza de la nueva "solidaridad". Y esa nueva solidaridad es totalmente descomprometida: es a la carta, cuando quiero, puedo, si me gusta, si no me molesta ni me jode. ¿Qué tiene de ética esa solidaridad si tiene tantas exigencias para existir, si está sometida a tantos cálculos?

Es lo opuesto a la intervención política/ciudadana, cuyo impulso original también es ético (salvo que se piense, en términos muy marxistas soviéticos, de que hay una "ciencia" que nos indica que debemos abogar por la justicia y la libertad). Una de las muchas diferencias entre esta nueva ética indolora y la participación política convencional es que la segunda sí nos compromete, no puede ser a la carta, cuando uno se mete en política lo hace con otros, de modo que no puede depender exclusivamente de “sus” necesidades, tiempos y comodidad. La primera, a diferencia de la actividad política (casi en extinción, como bien decís vos) no me compromete a nada más que a eso, es puntual, distante, descomprometida, light y, sobre todo, no nos amenaza con embarcarnos en conflictos. Toda ella es pura armonía: cómo iba a ser de otra manera si yo solito soy quien la puede emprender y detener a voluntad, soy yo quien decide cuándo, cómo y qué hago.

No sé si comprendí bien lo que afirmás sobre la “solidaridad por obligación”. Sería una contradicción en los términos hablar de solidaridad por obligación, si por obligación entendemos la existencia de una “fuerza externa” a nosotros que nos amenaza con pegarnos si no nos comportamos solidariamente. Sería absurdo. Pero no me asustaría tanto la palabra obligación, si por ella entendemos un mandato ético (interno). No lo veo tan terrible, aunque sé que en estos tiempos no faltarán quienes después de leer este post me acusen de calvinista o cristianuchi. No me sorprendería porque, tal como digo en el artículo, la sensibilidad propia de infantes que tienen los ciudadanos de este siglo XXI, rechaza horrorizada cualquier cosa que evoque remotamente a las palabras renuncia, sacrificio, entrega. Como digo, todo tiene que ser divertido (ja, ja), lindo, cómodo y antes que nada, que no me exija renunciar a nada. ¿Qué puede ser más “copado”, man, para un individuo de esta época que ayudar a los hambrientos de Africa concurriendo a un festival de rock? Un ejemplo puede ser perfecto para ilustrar todo esto: estoy dispuesto a dar plata para los pobres (cuando, como y de la forma que yo elija), pero luchar por el impuesto a la renta, por ejemplo, NOOOOOOOOO, señores, una norma política que me obligue –sí que me obligue– a entregar el mismo dinero que yo estaría dispuesto a entregar voluntariamente, noooo, eso es cosa de comunistas trasnochados. La idea de un pacto político de la sociedad para remediar la injusticia, he aquí lo peor de lo peor, según la nueva ética indolora.

No sé si me explico, Sigmur. La seguimos

Las relaciones entre el altruismo y el egoismo en los individuos es un tema especialmente espinoso. Creo que Voltaire confunde más que aclara. La solidaridad es componente de nuestras sociedades.Es una relación, al menos entre dos, el que "dona" y el que recibe el bien donado. No es meramente una emoción y menos aún "volátil". Sin solidaridad no habría vida en comunidad. La solidaridad no es solamente un sentimiento o una emoción. Es un comportamiento basada en algunos cálculos racionales. El asunto es complejo y ha generado mucha tinta entre los teóricos del "racional choise" o elección racional y los teóricos comunitaristas. No existen individuos absolutamente egoistas e individuos absolutamente solidarios o "éticos". Y hay elementos de un comportamiento mezclados en el otro. Para decirlo rápido: la economía de mercado y el capitalismo (como paradigmas del comportamiento individualista) necesita una comunidad ética y por tanto de comportamiento ético. Para la economia de mercado la extensión de estos valores hace que no se deba recurrir permanentemente a los tribunales para hacer cumplir las transacciones comerciales. Seria muy costoso. Necesita que la gente sea honesta al intercambiar bienes y servicios y que solo se deba recurrir a las sanciones cuando hay desviaciones. Las cosas funcionan así. El asunto de las relaciones entre altruismo y egoismo es complicado. Probablemente lo que predomine sea aquello de ser "altruista en el corto plazo" y "egoista en el largo plazo". Esto vendria a explicar como funciona el altruismo, es decir, que finalmente no existiria un altruismo puro, sino un altruismo reciproco. Es decir que somos altruistas pero esperamos que este comportamiento nos reporte algun retorno, no inmediato ni directo (eso seria un intercambio mercantil) pero si a largo plazo (en términos de reconocimiento, de prestigio, de aparecer como "ético" frente a los demás. Pero este razonamiento no supone desmerecer este comportamiento. Para algunos esto seria especulativo y por tanto no tendria valor moral. No es así. Incluso la solidaridad que tenga detrás algun tipo de razón de conveniencia para el solidario, provee de solidez al comportamiento solidario. A riesgo de parecer extremo la idea seria: "soy solidario porque me conviene serlo". Reducir la pobreza en el mundo significa aumentar la seguridad en las sociedad ricas, disponer de un entorno más estable o incluso más, aumentar las capacidades de consumo de los que ayudamos a salir de la pobreza. No es que los solidarios hagan este tipo de razonamiento de forma continua y que siempre lo tengan "in mente" cuando realizan actos de solidaridad. Pero como se postula en la teoria del "capital social" (o capital relacional) no existe altruismo puro (sin ser reciproco) o quizas solo exista en las relaciones familiares, entre los miembros de una familia. Por tanto, contraponer egoismo y altruismo no es nada sencillo. Es dificl separarlos.
El otro asunto es sobre la solidaridad como "ayuda" a los débiles o a los pobres, como una emoción que apunta a lo epidérmico. Es decir, se hace una crítica a los malos seres humanos que no se comprometen lo suficiente. Pero aqui también el asunto no es sencillo. En todo caso, y para ir terminado, pienso que no es mala cosa que mientras el enfermo no se cura, porque la enfermedad es complicada de curar, reciba medicamentos para calmar el dolor.

Mis discrepancias con Espino son totales y absolutas. Da la impresión de que su preocupación es cuán funcionales o no funcionales son el egoísmo y el altruismo al buen funcionamiento de la economía de mercado. Puede que en ESE terreno las cosas sean como dice Espino, no lo sé. No es lo que estaba discutiendo.

Parece que el capitalismo y el mercado son categorías intocables, presupuestos casi naturales del razonamiento de Espino. Altruismo y egoísmo son dos términos que utilizo apenas de pasada. Para mí se trata centralmente de la idea de justicia, un concepto que está significativamente ausente de las líneas de Espino. El altruismo y la caridad contemporáneos (lo que llamo la ética indolora, una moral sin obligación ni sanción) son, a mi juicio, sucedáneos de la justicia. De lo que hablo en el texto es de la oposición entre la "arcaica" política como opción para acercarnos a la justicia (que implica la intervención en un ámbito colectivo, el pacto con los demás ciudadanos, un asunto aparentemente “pasado de moda”) y la tendencia actual a obviar la justicia (porque eso supone intervenir en asuntos políticos), a entregarse al humanitarismo filantrópico (un asunto absolutamente privado, que no comporta exigencias de ningún tipo y que depende de mis ganas). La primera es un asunto maléfico para la cultura contemporánea, el segundo casa mejor con el individualismo desatado de este tiempo. Espino habla de yogur diet y yo de carne vacuna. Sí, ambos son alimentos, pero guardan una relación lejana.

“Somos altruistas pero esperamos que este comportamiento nos reporte algún retorno”, dice Espino. No sé si eso es cierto o falso, pero ¿qué tiene que ver eso con la ética y la justicia? Se parece más a un cálculo mercantil que a otra cosa. Yo, por el contrario, creo que la justicia sólo puede llegar a través de la política, aunque es un impulso ético el que me lleva a preferir la justicia a la injusticia, no una teoría aprendida en la Universidad. La solidaridad a la carta, distante y puntual puede “ayudar” al prójimo (me parece respetable), pero no me digas que tiene algo que ver con la justicia. La justicia, por definición, termina con las relaciones injustas, el humanitarismo las perpetúa.

No quise sentar en el banquillo de los acusados a esta moral sin obligación ni sanción, sino demostrar (intentar demostrar al menos) que la misma tiene más seguidores en esta época que la “aburrida” y exigente política porque casa mucho mejor con el individualismo contemporáneo... y por otros motivos que no trato en el artículo ni ahora y que tienen que ver con el escepticismo que provoca la actividad política entre los ciudadanos.

"Soy solidario porque me conviene serlo", dice Espino. Es la racionalidad instrumental llevada al paroxismo. Para Espino no existe la idea de justicia como fin en sí mismo. En realidad no existe la palabra justicia en ningún momento de todo su texto. De lo que se trata es de ayudar a los pobres ¿Esa es la idea de justicia para Espino? ¿Vivimos en una sociedad justa? Espino ni se lo pregunta, da por hecho que esto es lo que hay, valor. Y si no vivimos en una sociedad justa, por decirlo un poco simplificadamente, la forma de hacerla más justa pasa por la política (perdoname esta antigualla). Las solidaridades individuales pueden ser encomiables pero son otra cosa.

Tampoco termina de persuadirme Espino cuando desmerece mi afirmación de que es la emoción la que dispara la solidaridad individual. Sí, en efecto, creo que es una mera incomodidad frente al sufrimiento ajeno el motor de esos actos filantrópicos. La política es por definición universalista, racional, aunque sería estúpido no reconocer que la emoción se ha colado en la política hasta tal punto que casi la ha copado totalmente, como demuestra el episodio del conflicto con Argentina… (y así van las cosas, claro).

No tengo nada contra “calmar el dolor”, como quiere Espino (en esto un genuino representante de los portadores de la ética indolora), pero mi idea de justicia –si la cosa va de metáforas– se parece más a curar la enfermedad (que ya sé que no es fácil, pero hace demasiado tiempo que venimos intentando calmar dolores… sin demasiado éxito por cierto).

He intentado apuntar algunas respuestas a un tema que Voltaire menciona en su escrito, como es la de la relación entre el cáculo egoista y el altruismo, pero veo que sin suerte. Porque en esta compleja relación está uno de los factores centrales de las sociedades modernas y democráticas. Pero Voltaire está más preocupado por discrepar total y absolutamente como enuncia en la primera línea de su escrito. A buen seguro que hay que salir en defensa de la política, como actividad que regula los intereses y hace de los individuos ciudadanos de la polis. Pero la politica debe encontrar en los valores éticos y cívicos de la sociedad un pilar que le permite funcionar. La política sin una sociedad civil vibrante y comprometida, que participa en los asuntos colectivos, será débil. Por eso los valores cívicos y solidarios de la gente no deben ser despreciados o desvalorizados diciendo que el tema de la justicia lo resuelve totalmente la politica. Para que haya justicia la politica es condición necesaria... pero no suficiente. Se pueden establecer las mejores leyes y reglamentos sobre la equidad y la no discriminación, pero si la sociedad no dispone de valores y de comportamientos en favor de la equidad, poco conseguiremos o la aplicación de la ley será menos eficaz y más ardua. Convengamos, en todo caso, que la politica y los valores cívicos y solidarios de los ciudadanos se complementan en favor de una sociedad más justa. Sin duda que la solidaridad, en términos políticos es, por ejemplo, disponer de un sistema fiscal redistributivo y justo respecto a las diferencias de ingresos o los desequilibrios entre diferentes zonas de un país. Esto es solidaridad, en tanto que política y acción colectiva. Pero creer en ello no supone deshauciar al altrusimo (que no la caridad, con la que Voltaire lo confunde) o diferentes valores como la solidaridad o la donación que parecen ser despreciados como "poco políticos" segun Voltaire. Las donaciones y la solidariad con los demás son un componente central de nuestras sociedades, son como un cemento o pegamentos que las cohesionan. No significa esto oponer estos comportamientos individuales o de grupo a la política, todo lo contrario, complementan a la politica, y la politica lo agradece, porque la completa en tanto que acción colectiva. Sigo pensando que las relaciones entre altruismo y egoismo es una de las claves del asunto. No voy a volver ahora sobre esto, solamente decir que no está tan claro que no puedan ser compatibles. Puedo ayudar a los demás (altruismo) y, al mismo tiempo y sin contradecir o negar lo anterior, ayudarme a mí mismo (egoismo). Voltaire dice no saber si esto es cierto o falso. En todo caso parece no importarle. Sobre lo del mercado y si esta es una categoria natural, pienso que al menos es consustancial con la democracia (no puede existir democracia sin mercado). Los intentos por eliminar de raíz el mercado ya sabemos como han terminado: con la forma más brutal de eliminación de la libertad y la democracia). El mercado es libertad. Otro asunto es que la sociedad y la politica debe poner límites cuando el mercado contradice la justicia y los derechos de los ciudadanos. Si el altruismo o el egoismo son "funcionales" a la economia de mercado, no está dentro de mis preocupaciones. Porque no creo en lo de la funcionalidad. La funcionalidad o disuncionalidad en los sistemas, hablando en términos de sociologia, es un concepto poco afortunado y hoy en desuso. A lo que me refiero es a lo que menciono más arriba en este post, es decir, la complementariedad positiva entre los valores individuales de altruismo, de confianza en los demás, de subordinación de los intereses individuales inmediatos a los colectivos, con la politica y con la acción del Estado. Me parece un error oponerlos, como hace Voltaire al decir que solo la politica se ocupa de la justicia. La politica decide que la justicia reine, la hace general y la establece como regla o norma. Y eso es así y debe ser así , como un componente básico de nuestro progreso social. Pero siendo una condición necesaria no es una condición suficiente. Es necesario que se encuentre con una sociedad cívica.

Creo que las posturas de cada uno (y las discrepancias) están más o menos claras. Es lo que me parece y no vale la pena repetirse. En ningún momento afirmé que había que mandar a la pira a la gente altruista. Espino dice que el altruismo y las solidaridades particulares se complementan con la política. Yo había dicho (muy esquemáticamente) que en esta época los primeros más bien sustituyen a la segunda. El compromiso de los ciudadanos pasa ahora por esa colaboración descomprometida. Espino habla de una “teoría” de las relaciones entre política y altruismo individual; yo hablo de una cultura social imperante en este tiempo, que otros, no yo, bautizaron, muy acertadamente a mi juicio, como “ética indolora”.

Lo que no puedo dejar pasar por alto es la idea de que el mercado “es una categoría natural”, y “consustancial con la democracia (no puede existir democracia sin mercado)”. Lo primero es lisa y llanamente una barbaridad. Cualquiera que sepa algo de historia sabe que el mercado no existió desde el comienzo de los tiempos. Que la ‘democracia realmente existente’ haya coexistido siempre con el mercado, no significa que en el futuro no pueda haber democracia sin mercado. Eso por un lado; pero por otro, lo que sí está claro es que tuvimos mucho mercado sin democracia… hasta antes de ayer coexistieron con el mercado los regímenes más autoritarios y genocidas. Diría más, fue su santificado capitalismo el que trajo esos regímenes. De modo que la democracia no es inherente al mercado. ¿Qué me dice de lo que pasa en China? ¿Cómo hace la explicación de Espino para salir indemne de lo que está sucediendo en China?

No sólo no es inherente al mercado, sino que a mi juicio tienen racionalidades opuestas. En el mercado rige la ley del más fuerte, la competencia entre individuos desiguales; la democracia, por decirlo de alguna manera, “suspende” esa desigualdad inherente a la economía capitalista: en una democracia de verdad todos somos ciudadanos con los mismos derechos. El principio que rige la economía capitalista es el intercambio mercantil (el intercambio de valores equivalentes, esto es: para recibir algo hay que entregar algo equivalente; dicho más salvajemente: el que no cobra un salario, o no vende mercancías, no come). La racionalidad de la democracia es la opuesta: los individuos tienen derechos inherentes a su condición, al margen de que trabajen o no trabajen, vendan o no mercancías en el mercado, su dignidad humana así lo exige. Esa condición humana no tiene nada que ver con su condición de homo economicus. “Otro asunto es que la sociedad y la política deben poner límites cuando el mercado contradice la justicia y los derechos de los ciudadanos”. Pues bien, amigo Espino, usted mismo lo ha dicho: el mercado contradice los derechos de los ciudadanos. Sí, ya sé, me dirá usted que escribió “CUANDO el mercado contradice…”. Para mí el mercado contradice esos derechos a cada paso, a cada hora, a cada minuto. Pero incluso ese simple “cuando” demuestra que usted está de acuerdo conmigo en que el mercado al menos puede darse de narices con la democracia y los derechos humanos, que éstos y aquella no son INHERENTES al mercado. Si dejáramos que el mercado reine sin cortapisas la gente se moriría de hambre cuando no tienen trabajo. ¡¡¿Qué digo?!!! ¿Moriría? ¿No es acaso lo que efectivamente sucede en aquellas sociedades donde LA POLITICA NO INTERVIENE PARA CONTRADECIR LAS LEYES ESPONTANEAS DEL MERCADO?

Estamos de acuerdo en eso, estimado Espino, en que la democracia y el mercado se rigen por lógicas opuestas (esto no lo dijo usted, claro, y le horrorizará la conclusión, pero es lo que se debe deducir de su certera afirmación de que al segundo, si lo dejamos a su libre albedrío, es capaz de llevarse por delante la justicia y los derechos ciudadanos). Sí, LA DEMOCRACIA, LA POLITICA, LA SOCIEDAD, o lo que usted quiera, debe intervenir porque espontáneamente el mercado no es muy respetuoso que digamos de esos derechos.
En ese contexto, afirmar que “el mercado es libertad” suena a chiste, a humor negro diría. Libertad de mantener la falta de libertad, libertad de mantener la desigualdad, libertad de mantener la injusticia.

“Los intentos por eliminar de raíz el mercado” no fueron, al contrario de lo que afirma Espino, la causa de los monstruosos regímenes totalitarios que se erigieron en Europa del Este y en Cuba en el siglo XX. No me voy a explayar en este asunto, porque llevaría demasiado tiempo y espacio y terminaría demasiado lejos de este “Desafío al corazón”, que es lo que nos convocó. Pero baste con decir que, también al contrario de lo que pretendió la versión apologética de esos regímenes y como pretenden Espino y la ideología de que el mercado es libertad (porque la hipótesis les viene como anillo al dedo), ni en la Unión Soviética ni en Cuba se suprimió el mercado. Se suprimió la libre competencia, pero no el mercado, los medios de consumo y producción siguieron siendo (salvo en un brevísimo período en los años 20) mercancías que se compraban y vendían en el mercado; la fuerza de trabajo nunca dejó de ser una mercancía. Que hubiera un solo comprador de esa fuerza de trabajo y un solo vendedor de mercancías en general (eso en la URSS porque en el resto de los países del Este el mercado operaba de forma bastante más parecida, aunque no idéntica, al capitalismo occidental). Los llamados Planes Quinquenales de la ex URSS eran planes de fantasía, remedos de una supuesta economía planificada: eran adaptaciones a los imperativos del mercado, que se corregían una y otra vez en función de las presiones del mercado, que se colaban, una vez sí y otra también, en las mentes febriles de los burócratas. Hasta que Gorbachov se rindió y dijo: terminemos con esta tontería.

¿El mercado es libertad? ¿Para eso te pagamos los estudios terciarios, Espino, para que repitas como un loro?

Tato: Es que lo prometí a papá que cuando terminara la universidad me ocuparía de las empresas de la familia.

Estimado Voltaire:
Creo que seria saludable no extendernos demsasiado por las ramas, respecto al tema que motivó el debate. En todo caso decirle que las cosas se pueden mirar desde diversos ángulos. En el mercado también predominan los más emprendedores, los que se esfuerzan más, los más innovadores. No solo los más fuertes. Y es lógico (y creo que sano) que entonces el mercado "premie" esas virtudes. O esas características no diferencian a los individuos entre sí? No lo cree usted? Sobre la democracia y el mercado. Lo que sí digo es que no hay democracia si no hay mercado. La ecuación inversa no es tan obvia.Ha habido dictaduras con economias de mercado. Pero democracias sin economia de mercado, (al menos en la época contemporánea) no recuerdo ninguna, a no ser que usted me informe de alguna. El caso de China es interesante y difícil de definir. En todo caso creo que si los chinos continuan por el camino económico elegiado, la política tendrá que ir cambiando aunque tarden un siglo. Porque el mercado significa libertad económica, es decir la posibilidad de que los seres humanos organicen su actividad económica, cambien de empleo, tengan iniciativas, vendas sus productos, ganen dinero con su esfuerzo, etc. El derecho a la iniciativa económica es también un derecho humano. Por eso creo que los estados, sobre todo en los países pobres, deben asegurar que ese derecho a la iniciativa económica se cumpla y se haga efectivo. No se trata de sustituir la economia de mercado por...(????) no se sabe qué. Se trata de mejorarla, de hacer que funcione como un mundo de oportunidades, de impedir los monopolios, las prácticas ilegales, las discriminaciones, el expolio de los recursos, etc. Usted me dirá que esto no es posible porque la maldad es "inherente" a la cosa. Pero tengamos un visión un poco más dinámica. La realidad existente es también así porque la humanidad ha sido capaz de introducir mejoras, porque existe un estado de bienestar (no en todos lados, es cierto) que corrige y compensa, porque la misma economia de mercado ha ido cambiando. Sobre las ex-economias soviéticas, ese seria otro debate muy largo ahora. Pero seguro que si hay un solo comprandor y un solo vendedor, entonces no hay mercado posible o libertad de mercado (que es lo mismo). Si esto no es lo mismo entonces no sé a que se refiere cuando habla usted de mercado. Creo que en los debates sobre el desarrollo, y en particular en A.Latina, estamos llegando a un cierto consenso sobre la necesidad de una nueva relación o equilibrio entre estado y mercado, más alla´del intervencionismo proteccionista y del "todo mercado" que se han ido sucediendo en el continente. Este sí que es un debate que valdria la pena desarrollar.

Qué es el mercado, me pregunta Espino. Una economía de mercado es aquella en la que toda la organización de la producción está orientada a producir bienes y servicios para intercambiarse, no DIRECTAMENTE para satisfacer necesidades. Es una producción “ciega” destinada a compradores anónimos, al intercambio, y con la condición de que esa producción y venta le reditúen un beneficio a ese productor/vendedor. Una cosa puede ser socialmente necesaria, pero una economía de mercado no la producirá si ello no comporta un beneficio para el productor/vendedor. Es una economía en la que los productos del trabajo humano asumen la forma de MERCANCIAS, es decir que se compran y venden (hay mercado cuando alguien vende y otro compra aunque todas las ventas estén monopolizadas por una persona o por el Estado). Esto quiere decir que el motor de la producción no es la satisfacción DIRECTA de las necesidades humanas y a veces ni siquiera indirectamente como muestran el despilfarro inherente a la economía de mercado, la sobreproducción de mercancías que a veces nadie compra ni consume, ni más ni menos que como ocurría en la ex Unión Soviética. Esto es difícil de comprender para quien ha naturalizado el mercado, ya que no le entra en la cabeza la posibilidad de que todo el metabolismo económico de una sociedad no esté mediado por la compra-venta de los productos del trabajo humano (me refiero naturalmente a la posibilidad teórica, no política, porque es evidente que los ciudadanos no se proponen, ni siquiera se imaginan esa posibilidad): sencillamente que no se produzca para vender, sino para satisfacer las necesidades de los humanos. Y no se me diga que el capitalismo es un modo de producción que tiende a satisfacer necesidades, porque usted puede tener una necesidad pero si no tiene dinero no accederá a lo que necesita.

Me adelanto a un reparo que me va a poner Espino: además de ser una mercancía, ese producto del trabajo humano debe satisfacer la necesidad de algún consumidor, es decir que además de ser un valor de cambio o mercancía, ese objeto o servicio debe ser un valor de uso para algún comprador, de lo contrario nadie la adquirirá en el mercado… pero la satisfacción de esa necesidad se realiza indirectamente, mediante un rodeo, precisamente a través del mercado, el capitalismo no es un régimen de producción orientado DIRECTAMENTE a la satisfacción de las necesidades humanas. Esa satisfacción le tiene sin cuidado, lo que le importa al productor/vendedor en el mercado es la realización de un beneficio. La satisfacción de una necesidad es la condición de la producción y el intercambio mercantiles, no su fin. Si la producción se organizara con el propósito de satisfacer directamente las necesidades sociales y no la realización de una ganancia, no haría falta el dinero que media esos intercambios y que permiten realizar esa ganancia, porque nada se intercambiaría, porque los productos del trabajo humano no serían mercancías, sino valores de uso. La sociedad pensaría y decidiría democráticamente qué necesita, lo produciría y lo distribuiría entre sus miembros a los que se les exigiría que contribuyeran de acuerdo con sus posibilidades al esfuerzo colectivo necesario para producirlos. Sé que para quien la economía de mercado es parte de la “naturaleza” esta eventualidad –no producir mercancías, sino bienes para satisfacer directamente las necesidades humanas, democráticamente decididas– le debe parecer ciencia ficción.

Una definición telegráfica, pues, diría que una economía de mercado es aquella que produce mercancías, valores de cambio, no para satisfacer necesidades… independientemente de si el vendedor de todo es el Estado o una miríada de empresarios que compiten entre sí. Para Espino, en cambio, sólo hay dos posibilidades el mercado competitivo o el no-mercado, cuyo exponente más claro habría sido el llamado socialismo real (al que yo llamo capitalismo de Estado). La tercera posibilidad, una economía no mercantil es para Espino lisa y llanamente impensable, literalmente impensable. No digo que esta tercera opción haya existido en la época moderna. Pero es necesario ser demasiado positivista para no concebir siquiera que lo que no existe tampoco PUEDE llegar a existir. La dificultad de realizar esa potencialidad no reside en ningún impedimento “natural”, sino en un asunto puramente cultural: no entra en el horizonte de la gran mayoría de los ciudadanos en la actualidad.

Voltaire se refiere a la teoria no a la política. Acabáramos!! Haber empezado por ahí. Para mí, una economía no mercantil no es que sea impensable, es que es indeseable. Y si no entra en el horizonte de la gran mayoria de los ciudadanos, no es porque los ciudadanos estén alienados y no entiendan cuales son sus verdaderos intereses (me imagino que a eso se refiere Voltaire cuando dice que es un asunto puramente cultural), sino porque han integrado socialmente la cultura del intercambio como la forma menos mala de asignar recursos escasos. Después dice que "la sociedad pensaría y decidiría democráticamente qué necesita, lo produciría y lo distribuiría entre sus miembros a los que se les exigiría..., etc., etc." Como es eso de que la sociedad pensaria y decidiría (???) De qué forma, a través de que organización: un parlamento, un consejo ciudadano, un soviet? Decidir democráticamente me imagino que significa decidir por mayoria. Y si la mayoria cambia? Volvemos a la economia mercantil si la sociedad decide esto más adelante? No me cabe la menor duda de que si la humanidad fuera por el camino que usted propone, se llegaria a una sociedad más injusta que la actual (aunque la intención fuera la contraria, no lo dudo). Que significa "que contribuyeran de acuerdo con sus posibilidades". Quien fija cuales son las posibilidades de cada uno? Uno mismo? En todo caso, puede suceder que no todos contribuyan de la misma manera a la producción de los bienes públicos (que es lo que serian ahora en lugar de mercancias)y que haya profundas discrepancias sobre las contribuciones de cada cual. Bueno, no sigo. Habia olvidado que se trataba de un divertimento teórico sin relación con la realidad. Voltaire: me ha decepcionado acudiendo al marxismo más ramplón para explicar lo que sucede en el mundo a inicios del siglo XXI.

Yo, en cambio, pensé que para Espino pensar era algo más que rendirse, cual fanático positivista, ante lo existente. Pero no, parece que afirmar que no todo lo real está condenado a reproducirse eternamente es marxismo ramplón o pasatiempos lúdico. No deberían sorprenderse los lectores si afirmo que el que más coincide --en este punto al menos-- con el marxismo ramplón es Espino: ambos sostienen que en la Unión Soviética y en Cuba NO había ni hay economía de mercado. Por cierto, no fue Marx el único ni el primero en pensar que no todo se resumía en lo dado.

¿Se imaginan lo que hubiera sido de la historia de la humanidad si los hombres hubieran razonado desde siempre como Espino? No habría habido progreso político y social de ningún tipo, pues lo real, según este singular punto de vista, no tendría la menor posibilidad de transformarse. Con toda seguridad los Espinos del siglo XVIII en Francia, por ejemplo, respondieron a los que proponían aprobar los derechos del hombre o soñaban con la democracia: "Oh, mes petits, ya estáis con vuestros jueguitos teóricos, no tenéis conciencia de 'la real realidad'. ¿No os dais cuenta de que 'lo que existe' son los privilegios feudales, las aduanas interiores, la monarquía, los privilegios eclesiásticos y la sociedad estamental?, ¿que esta es la estación terminal de la historia?".

No debería otorgar usted con tanta ligereza y arrogancia certificado de eternidad a lo real. Me parece demasiado temerario. Ni Fukuyama lo hace ya (¿no se enteró?).

Denuncia Espino (como si el resto de los lectores no hubiéramos notado las herramientas de su antagonista): "Voltaire: me ha decepcionado acudiendo al marxismo más ramplón para explicar lo que sucede en el mundo a inicios del siglo XXI."

Espino que en unas pocas oraciones has despachado en todo su alcance la tuya: no creo que tengas autoridad para ramplonizar la de nadie.
Le/nos preguntas con arrogancia y un rastro de temor por la existencia de alguien más dispuesto a imaginar otro mundo posible:
"Como es eso de que la sociedad pensaria y decidiría (???) De qué forma, a través de que organización: un parlamento, un consejo ciudadano, un soviet? Decidir democráticamente me imagino que significa decidir por mayoria. Y si la mayoria cambia? Volvemos a la economia mercantil si la sociedad decide esto más adelante?"
Que significa "que contribuyeran de acuerdo con sus posibilidades". Quien fija cuales son las posibilidades de cada uno? Uno mismo?En todo caso, puede suceder que no todos contribuyan de la misma manera a la producción de los bienes públicos (que es lo que serian ahora en lugar de mercancias)y que haya profundas discrepancias sobre las contribuciones de cada cual."
Tus respuestas invariables y luminosas: ¿cómo pensaría?: como el mercado, ¿dónde decidiría?: en el mercado, ¿quién juzgaría?: el mercado.
Tu fe en el Gran Arquitecto te hace comparable solo a los Superiores Desconocidos.

Voltaire dice que me rindo como como fanático positivista a lo existente. Eso es tergiversar o manipular mis anteriores comentarios. Le pido que me identifique alguna frase o párrafo que indique esa rendición. Ni siquiera se puede deducir, a no ser que se tenga mala fe. O a no ser que del hecho de no proponerme destruir todo vestigio de mercado, pueda deducirse que uno se pasa el día agradeciendo a la providencia lo fantásito que es el mundo en el que vivimos. Un poco de seriedad y un poco menos de dogmatismo le pido, Voltaire. Me acusa de sostener que lo real no tiene ninguna posibilidad de transformarse. ¿Dónde afirmo semejante cosa? ¿O de cual de mis razonamientos deduce usted esto? ¿O usted piensa que todos los que luchan por un mundo más justo, menos riesgoso, con mayor bienestar social y más sostenible, están, además, firmemente comprometidos con destruir la economia de mercado, como unica manera de conseguir lo antedicho? Por suerte no es así, y muchos pensamos que es posible transformar en un sentido progresivo y progresista, nuestras sociedades sin que ello suponga tener que destruir la economia de mercado. Decirle finalmente que no me responde a ninguna de las criticas que yo apuntaba en mis ultimos dos posts, en cambio se dedica a las definiciones teóricas sobre que es el mercado (nota anterior) o a acusarme de no quiero que nada se mueva (ultima nota).

Lo que Espino llama mis "definiciones teóricas del mercado" en mi penúltimo post las hice porque Espino así me lo pidió (“¿qué es para Voltaire el mercado”?: es que estaba azorado de que yo afirmara que la URSS era y Cuba es una economía de mercado. Una economía de mercado es aquella en la que todo se compra y se vende, mediado por el dinero. ¿Tan extraño le resulta?

¿Por qué digo lo que digo sobre los post de Espino? Porque frente a mi idea de que el mercado no es parte de la naturaleza y que los hombres podrían superarlo (SI SE LO PROPUSIERAN), sobre todo en un tiempo en el que la riqueza material ha alcanzado niveles jamás conocidos en la historia, Espino califica esa posibilidad de: “divertimento teórico sin relación con la realidad”. Es una deducción, sí, pero no me digan que es traida de los pelos. De modo que creer que el mercado no es parte de la naturaleza y que se podría superar es un "divertimento teórico". ¿Qué tiene en contra de la teoría? La teoría, no lo digo yo, siempre anticipó cosas que no ocurrían en la sacrosanta 'realidad'. Las teorías permitieron a los hombres imaginar, trascender lo real.

Hay otra afirmación que también me dio para decir lo que dije. A la pregunta de si piensa que el mercado es parte de la naturaleza, Espino se escurre un poco: “sobre lo del mercado y si ésta es una categoria natural… pienso que al menos es consustancial con la democracia”. O sea, no responde si es o no parte de la naturaleza. No dice categóricamente: NO es parte de la naturaleza. Que quiere que le diga, me generan muchas dudas sus afirmaciones, pero si lo de fanatismo positivista le causa tanta urticaria, retiro lo dicho. No es mi estilo andar lanzando adjetivos…. como los marxistas ramplones y los liberales dogmáticos.

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