La adoración del pasado

Voltaire

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Tengo la sospecha de que la pasión por revivir el pasado que ponen de manifiesto la proliferación de artículos y programas de televisión dedicados a la historia reciente y remota, la inclinación de la moda y el diseño por el revival, los llamados a conservar la memoria, por citar apenas algunos ejemplos de lo que bien podría llamarse cultura del recuerdo, no son una mera casualidad.

Este gusto por el pasado en una sociedad que rinde tanto culto a la novedad no es, sin embargo, la única paradoja que percibo. Otra, acaso tan chocante como la anterior, es que la izquierda –otrora defensora del cambio, de las transformaciones sociales y económicas y portadora de un discurso abierto al futuro– parece haber quedado en apariencia en el lugar de los que quieren conservar el mundo amenazado por la globalización, y la derecha en el de quienes quieren “seguir adelante”, manteniendo el actual rumbo, eso sí.

Ya es un lugar común afirmar que, gracias a los medios de comunicación, vivimos en un eterno presente, que los acontecimientos terminan y empiezan en sí mismos, que no se establecen vínculos entre ellos, que sería la única manera de hacerlos inteligibles. Algo de eso hay, pero también existe otro hábito muy arraigado en la cultura contemporánea: la adoración del pasado y en particular la desesperada intención de “capturarlo”. Desde la masificación del uso de las cámaras digitales para inmortalizar incluso los episodios más triviales hasta el aumento de los programas de televisión y artículos de prensa en los que se conmemoran o recuerdan hechos del pasado, pasando por la moda que, de tanto buscar la novedad, también parece volver la vista atrás para inspirarse. Por no hablar, en este país, de la “noche de la nostalgia” o la permanente perorata sobre la necesidad de volver a nuestras raíces. La celebración de aniversarios de gestas gloriosas (o trágicas), las biografías, la historia ficcionada, los fascículos de grandes batallas o de antiguas fotografías urbanas, los diseños de bares y hogares y de cualquier artefacto de consumo masivo imitando la estética de tiempos pretéritos también hablan de lo mismo. Sí, los hombres siempre se ocuparon del pasado, pero la sustancia de este fenómeno que describo no es la genuina curiosidad historiográfica. Me parece que ahora se vuelve al pasado como se vuelve a pasar por delante de un escaparate, para ver si no apareció algo nuevo que nos interese, guste o aplaque la ansiedad.

Esa costumbre viene acompañada por un no siempre disimulado desprecio de la razón (que para esta sensibilidd sería la madre de todas las calamidades) y cuya reaparición en escena sería el mayor pecado cometido por los modernos. Proliferan los discursos que hacen el elogio de paraísos premodernos en los que el hombre habría vivido en comunión con la naturaleza, entregado a una vida sin las tiranías de las normas sociales. Lo que sobrevino con la era industrial y la modernidad en general habría sido lo peor que nos pudo ocurrir.

Intuyo que esa obsesión por recordar no es totalmente ajena al hecho de que ni el presente ni el futuro parecen satisfacer las expectativas que alguna vez depositamos en ellos. El presente parece “no pertenecernos”. Mientras se lame las heridas, la izquierda de nuestros días nos avisa que los superpoderes locales y mundiales nos han sustraído la capacidad de decidir y la derecha de todo la vida nos advierte que si no mantenemos el actual rumbo sólo nos queda esperar lo peor. En cualquiera de los dos casos, ni el presente ni el futuro estarían ya en nuestras manos. Si ambas afirmaciones son ciertas, estamos destinados a convivir con el eterno retorno de lo mismo. Sin embargo, el más vulgar de los empirismos nos indica otra cosa. Me parece que si estuviéramos obligados a emplear dos palabras para caracterizar al futuro que nos espera, la mayoría no dudaría en recurrir a la incertidumbre y el riesgo, que pueden tener tantas acepciones como se quiera, pero ninguna de ellas nos remite a la idea de final de juego, de petrificación de lo real, contra la que rebotaríamos (¿hacia el pasado?) cada vez que queremos trascenderla, como pretenden la resignada cosmovisión de la izquierda y la interesada advertencia de la derecha.

Dado que ni el presente ni el futuro estarían en nuestras manos, sino en las de “otros” (se llamen el “sistema”, ese arcano que al parecer no nos es dado comprender, o “la realidad”, en cuya construcción no intervendría la voluntad de los seres humanos), no debería sorprender que hayamos dejado de preguntarnos qué queremos para interrogarnos acerca de quiénes somos. Con toda lógica, hay que decirlo, ya que esta última cuestión nos remite al pasado, mientras que la primera nos remite al presente: a nuestras iniciativas y acciones, que al parecer serían inútiles, impotentes.

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Pero sería demasiado fácil endilgarle la responsabilidad de nuestro descreimiento en las posibilidades de modificar lo real con nuestra intervención y de nuestra nostálgica búsqueda de respuestas en el pasado a eso que llamamos izquierda y derecha. Porque, vivimos, por así decirlo, en medio de un fenómeno cultural al que no nos es fácil sustraernos: a diferencia de las generaciones que nos precedieron, para nosotros el futuro es, como se ha dicho, sinónimo de incertidumbre, de riesgo y, por ende, de angustia, regidos, como estamos, por el principio de “arréglese cada uno como pueda”. Ya nada es seguro, las certezas que regían las vidas de nuestros padres y abuelos han desaparecido: ni el trabajo para toda la vida ni la familia feliz, por citar dos asuntos emblemáticos, constituyen ya un horizonte cierto; todo tiene un aire de provisionalidad y percibimos las señales que provienen del mundo más como amenazas que como potencialidades. Es como si nada (bueno) pudiéramos esperar del futuro. Y aunque la incertidumbre y el riesgo son los compañeros inseparables de un futuro abierto en el que poder intervenir para darle el rumbo que mejor nos parezca (porque si es verdad que ese futuro ya está diseñado por el “sistema” o impuesto por “la realidad” sólo cabe esperar la eterna repetición, la clausura de la libertad humana, en suma), hay personas a las que ese horizonte sólo les provoca pánico y, en consecuencia, claman por seguridad (la más extendida de las reivindicaciones del ciudadano/consumidor en nuestras sociedades contemporáneas). Aunque no lleve a ninguna parte, este enrabietado clamor por certezas y seguridades, se comprende perfectamente, como intento demostrar un poco más abajo.

Si la hipótesis –de que la permanente evocación del pasado guarda relación con el hecho de que en parte hemos sido despojados de nuestro presente y en parte hemos renunciado resignadamente a él– no es disparatada, algo que no habrá que descartar, hay que decir que la misma puede aplicarse no sólo a la parte más conservadora de la sociedad. Demasiados revolucionarios de antaño también han perdido las certezas en el futuro (no hace falta explicar por qué) y lo único cierto que les queda es el pasado, al que en vano vuelven recurrentemente como si allí estuvieran las respuestas a nuestras perplejidades.

Una de las consecuencias (¿o de las causas?) de la idea de que nada podemos hacer para modificar el actual orden de cosas –porque sería una mera ilusión, cuando no una temeridad– es la des-responsabilización del individuo respecto a su propia capacidad decisoria. Se me disculpará esta obsesión propia, que es apenas una de las aristas del asunto, pero no puedo evitar referirme a esa otra cara del supuesto carácter “inevitable” de la realidad social y política en la que vivimos: la victimización e infantilización del ciudadano, que nada-puede-hacer frente a lo real. Es sorprendente el número de personas dispuestas a exculpar y exculparse de cualquier actitud prescindente y apática. La responsabilidad sería siempre de los políticos que manipulan, de los medios de comunicación que engañan, pero nunca del ciudadano que se deja manipular o engañar, cuando las posibilidades de informarse nunca han sido tan evidentes.

Para ahorrar camino, me anticipo a la crítica de quienes están más atentos a las posibles adscripciones de determinados argumentos que a los argumentos mismos. Esta responsabilización del individuo de la que hablo nada tiene que ver con el dogma neoliberal, que pretende que ahora cada uno es “dueño” de su destino y que la fortuna (o las desgracias) que le toquen en suerte dependen de sus destrezas y “competitividad” personal. Ese dogma es apenas una justificación del abandono generalizado de los más débiles que está teniendo lugar en todas las sociedades contemporáneas, del desistimiento del Estado, del adelgazamiento de la política como esfera correctora de los desmanes del mercado, y que en parte explican ese desasosiego del individuo frente al porvenir. Porque si bien el ciudadano debe hacerse cargo de que la libertad es un asunto suyo y no meramente un algo que se le otorga, o que se “le debe”, la disposición a elegir la libertad en lugar del borreguismo depende, entre otras cosas, de una mínima emancipación de la necesidad y del reconocimiento de los otros de mi propia dignidad como humano. No estoy hablando, pues, de la responsabilidad a la que aluden los apóstoles del “todo depende de ti”, sino de una muy diferente: de la responsabilidad que nos concierne a cada uno con lo público y a la que no deberíamos renunciar con la coartada (o la constatación) de lo difíciles que se han puesto las cosas. Cuando esto último sucede, como efectivamente sucede, la compungida, o celebratoria, recurrencia al pasado es totalmente estéril.

Al pasado hay que protegerlo de las manipulaciones de quienes pretenden ponerlo al servicio de sus estrategias políticas presentes, como ocurre con total descaro en este país; ciertamente también hay que hacer justicia con quienes en el pasado han sido víctimas de agravios y persecuciones (lo que constituye, es bueno recordarlo, un imperativo eminentemente político del presente y no una tarea de historiadores). Pero del pasado también debemos protegernos, porque da de sí lo que da de sí y con demasiada facilidad se puede convertir en el obstáculo que nos impide ocuparnos de lo que realmente importa, el presente. Y de ese peligro sabemos mucho en este país, con sus Maracanás, sus batllismos y demás mitos patrios, pero también con las apelaciones a la coherencia, a la fidelidad, a conservar la memoria, como si ésta fuera algo objetivo, una suerte de tanque en el que se acopian sucesos y acontecimientos y no algo cuyo sentido también es atribuido desde el presente. Esta última actitud –que lleva implícita la idea de que cambiar la mirada que alguna vez tuvimos sobre el pasado constituye un crimen de alta traición– también es un obstáculo para pensar y hacer el presente. La palabra “memoria” se convierte en un mero fetiche no solamente cuando los conservadores hacen la apología de un pasado de mármol, sino también cuando se pretende convertir una experiencia determinada, como hacen muchos de los que han llegado a la cincuentena, en rasero para medir el valor de todo lo que vino a continuación o en una justificación de sus decepciones.

Nada más falso que la pretensión de que la conservación de la memoria es un atributo –cuando no un monopolio– del “progresismo”. Lo demuestra el hecho de que los regímenes fascistas nunca se quedaron atrás cuando de reivindicar y ensalzar el pasado se trataba y la constatación de que siempre buscaron en la historia las justificaciones de sus designios y crímenes.

Tampoco son enteramente de recibo las pretensiones de que se vuelve al pasado para “extraer lecciones” y no repetir los errores cometidos, porque hay demasiadas evidencias de que solemos tropezar una, dos y hasta tres veces con la misma piedra, y no parece que “la historia” haya jugado el papel pedagógico que se le atribuye.

Para ir entendiéndonos: nada tengo en contra de visitar el pasado, como parece estar ocurriendo (aunque la mejor figura para usar en este caso sería la del conocimiento y no la de la visita), siempre y cuando no sea la otra faz de la renuncia al presente, que estaría en las manos de esos “otros” que detentan el poder, o de la mansa aceptación de que nada es posible fuera de "esta realidad”, o de la incapacidad de imaginar que tal vez las cosas puedan ser de otra manera, porque parece que hemos llegado incluso a convencernos de que nada diferente es pensable siquiera, de que todo lo que es está condenado a seguir siendo, si es que no aguardamos a que algún nuevo ídolo o dios nos diga qué pasos seguir.

Si desistimos de preguntarnos si es así como queremos vivir y si la política –el territorio en el que soy ciudadano y puedo pensar y decidir con los otros si seguimos viviendo como hasta ahora– es un asunto espurio con el que nada tenemos que ver, entonces el interés por el pasado se parece demasido a un mero pasatiempos.

Es posible que la relación que establezco intuitivamente entre la adoración del pasado y la constatación de que los ciudadanos consideran que ya nada imprevisible puede ocurrir –y que si ocurre no dependerá de ellos–, no sea la que pretendo. Pero al menos debería servir para llamar la atención sobre un contraste que rompe la vista: el gusto por la celebración del pasado, por un lado, y la decepción con el presente y el desasosiego respecto al futuro, por otro.


Respuestas

Coincido en líneas generales, y reivindico la elección de revisar permanentemente el pasado desde una perspectiva relacionada con el presente. Uno puede entender algunas cosas del pasado teniendo conciencia del contexto en el que se produjeron, pero no eso no las convierte en indiscutibles, por más que sí sean inalterables. Me parece que también se puede mejorar y presente y planificar un futuro deseable sin abandonar la revisión. Hay tiempo para todo... No creo que dedicarse a una cosa implique necesariamente dejar de lado la otra.

Quise decir "pero eso", no "pero no eso" y "se puede mejorar el presente", no "y presente". Bueno, es tarde ya...
Perdón.

Saludos desde Bs As. Extraño mucho Malvín.

Alejandro, no quiese hacer una afirmación normativa: hay que ocuparse del pasado O del presente. Por cierto que no deberían ser incompatibles.

Simplemente quise poner en evidencia dos fenómenos simultáneos: la extensión de la cultura del recuerdo y la renuncia a hacernos cargo del presente. ¿Te parece que ambas tendencias coexisten? y si te lo parece, ¿se trata de una mera casualidad o la nostalgia y la extendida creencia en que el presente ya no está en nuestras manos guardan alguna relación entre sí?

Coincido en la superabundancia de ofertas nostálgicas (mediáticas, políticas, etc.).

Me parece interesante la reflexión acerca de la relación entre estas visiones y el empantanamiento de nuestro país.

En mi opinión, la nostalgia es un síntoma de éste estado de situación.

Ahora bien, me parece interesante preguntarnos porqué permanecemos en esta inmovilización.

Tomemos los últimos 20 años de democracia en este país.

Salimos de la dictadura a fojas cero de los sesenta: la década del setenta y buena parte del ochenta se nos pasó en ese paréntesis repugnante. La intelligentzia post-dictadura uruguaya vuelve al imaginario de los sesenta y es más, la dictadura fascista nos reafirmó en esa posición. Ni siquiera la caída del muro y la comprobación de los horrores del socialismo real nos hicieron ver el caracter equivocado de esa visión. La intelectualidad uruguaya seguía (sigue?) convencida de que era necesaria la toma de poder por la izquierda para efectivizar los cambios necesarios. Se llegó al extremo de admitir como válidos los cambios propugnados por la derecha: lo malo eran las personas y no las propuestas (véanse las declaraciones del actual subsecretario de economía Bergara al respecto).

Los últimos 20 años nos los pasamos dejando hacer a la derecha las cosas malas que ellos saben hacer tan bien (construir sociedades no solidarias, puramente competitivas e individualistas) y negándoles la posibilidad (por la via del palo en la rueda, del no permanente e irreflexivo) de realizar cambios en los que sí la izquierda estaba de acuerdo (reestructurar un estado ineficiente).

Ojalá que el baño de realidad que está tomando la izquierda sea beneficioso y les permita realizar los cambios en los que creo la gran mayoría de los uruguayos estamos de acuerdo.

Hace algunos días un amigo que vive en Francia me preguntó porqué o de qué teníamos tanta nostalgia los uruguayos? No supe responderle, pero su pregunta quedó planteada como algo en lo que pensar. El texto de Voltaire me hizo recordarla. Quizás en algunas de sus interrogantes esté la respuesta o al menos una posible hipótesis para comenzar a pensarla.

Voltaire dice: "un contraste que rompe la vista: el gusto por la celebración del pasado, por un lado, y la decepción con el presente y el desasosiego respecto al futuro, por otro" Y efectivamente este contraste rompe la vista. Lo que no necesariamente es cierto es que la adoración del pasado nos sirva como justificación, repartiendo culpas entre las políticas de derechas y de izquierdas para tranquilizar nuestras conciencias frente a la inacción del presente. Y de paso me pregunto o pregunto en qué consistiría hoy el contrario de la inacción? Está verdaderamente el presente en nuestras manos?

No podemos y no debemos pensarnos simplemente como "uruguayos" como si tal cosa existiera aislada de un contexto mundial del cual pudiéramos desprendernos. Y basta darle una ligera mirada al planeta para caer rápidamente en la tentación de pensar que " todo lo que es está condenado a seguir siendo" y con la certeza de que no surgirá ningún dios o ídolo que mágicamente nos diga qué pasos seguir.
Las cosas pueden ser de otra manera, de tantas otras maneras como podamos pensarlas, y podemos pensar infinitas formas de ser un mundo mejor, pero por alguna razón, no hemos encontramos aún la forma de construirlo. Que el presente está en nuestras manos parece una afirmación obvia siempre que no caigamos en la tentación de pensar que la suma de las voluntades individuales puede modificar la realidad mágicamente. Es necesario algo más, una visión colectiva de "ese mundo mejor" en el cual querríamos vivir, un "tiempo" que no es solamente el nuestro, sino el de las futuras generaciones que vendrán, una resignación tal vez nostálgica de que ese mundo por construir no lo veremos ( y con mucha suerte) más que en sus cimientos. Y si hemos vivido lo suficiente para reflexionar acerca de la "naturaleza humana" y sus miserias podríamos legítimamente también pensar al igual que Onetti "... sabiendo que estaba en el grandilocuente final de un tiempo, que todo estaba terminado y que cuando todo fuera suprimido, la vida, la muerte, otro inocente principio iba a surgir...." que sólo el apocalipsis, pensado como una verdadera transformación de la naturaleza humana pueda conducirnos a un mundo mejor.
Sin duda hoy la civilización vive mejor que lo que vivía el hombre de las cavernas, y esto sería del todo cierto si fuera así para todos los que habitan el planeta. Antes regía el ojo por ojo y diente por diente, hoy hablamos de las garantías constitucionales de todos los individuos, somos inocentes hasta que se pruebe lo contrario, antes sobrevivía el más fuerte, hoy exterminamos a los más débiles. No será que hemos encontrado formas más sutiles y sofisticadas pero no más humanas de mal convivir los unos con los otros?
Tal vez la nostalgia sea producto de una extrema lucidez....

Voltaire, entendí el punto, sí. El tema es que hay una furia en contra de rediscutir el pasado aquí en Argentina que me pareció oportuno hacer hincapié en eso. Cuando hablo de mirar al pasado, lo último que se me ocurriría reinvindicar es la nostalgia, que es el camino más directo a la inmovilidad.

Idea, no me parece que la nostalgia sea señal de lucidez. La única manera que se me ocurre de vivir es pensando en que el futuro puede ser mejor. Para lo otro ya está Greenpeace.

Alejandro, me imagino cuál es ese pasado que no se quiere discutir en Argentina o que provoca furia. Pero el texto que escribí no se refería a ese pasado... ni a ningún otro en particular (aunque era perfectamente consciente de que uno de los riesgos que corría, dada las connotaciones que tiene ese vocablo en este país y en Argentina, era que se lo vinculase sólo al período de las dictaduras). La adoración del pasado tan difundida en la cultura contemporánea (y no sólo en Uruguay o Argentina) no se refiere a un período determinado de la historia ni a un aspecto de ella. Porque lo que está en juego en esa afición (¿moda?) no es el interés por conocer el pasado, que no es un objeto de estudio y conocimiento, sino un "destino turístico". Es algo mucho más vago, impreciso, indefinible, propio de la cultura de masas contemporánea... algunos de cuyos ejemplos están expuestos en el tercer párrafo de mi artículo.

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