Pasta base

Voltaire

pasta.jpg Parece que los hombres siempre necesitarán inventar algún chivo expiatorio para calmar sus miedos y ansiedades. Las brujas y herejes, los disidentes políticos, los extranjeros fueron en algún momento de la historia objeto de la ira popular cada vez que la tragedia o lo simplemente inexplicable hizo acto de presencia. Acorde con el pluralismo imperante, en los últimos tiempos esos analgésicos del alma han sido objetos y costumbres de lo más variados: desde la televisión hasta el sexo pasando por las drogas. Todo indica que aquí y ahora el nuevo chivo expiatorio es la pasta base.

Siguiendo la tradición del sumo sacerdote que sacrificaba un macho cabrío para redimir a los israelitas de sus pecados, los creyentes modernos pretenden que enviando a la hoguera una sustancia inanimada a la que le endilgan los males de este mundo pondrán fin a su desasosiego e inseguridad.

marijuana.jpgA juzgar por lo que se lee y escucha en esta comarca la mayor parte de los robos, crímenes y abusos sexuales es causada por el consumo de pasta base. El padre que mata al hijo porque está harto de que le robe dinero para comprar esa droga, la abuela que ventila en vivo y en directo cómo su nieto le remató hasta las tacitas de porcelana para hacerse con una dosis de pasta base, la niña que se prostituye por lo mismo y así hasta el infinito. Hacía tiempo que no veía tanta señora escandalizada, tantas páginas en los diarios y tantas horas de conversación dedicadas al mismo tema. La pasta base, la pasta base, la pasta base… Sépanlo de una vez, la pasta base es la fuente de la que manan todos los males de nuestra sociedad. Pronto nos enteraremos de que la compulsión de los apostadores, la infidelidad de los cónyuges, los hurtos de cables de electricidad y la pasmosa decadencia del fútbol patrio se deben a la pasta base.

A pesar de su ridiculez, el fetiche de la pasta base tiene algunos beneficios. Permite que nos conformemos con el lugar común, con la mera apariencia de las cosas, justifica nuestra pereza para pensar más allá de lo que ocurre frente a nuestras narices y nos desresponsabiliza de cuantas calamidades sociales conducen al consumo de pasta base, que finalmente es el punto de llegada de problemas que preceden a ese consumo y no la causa de éstos (como ocurre siempre con el consumo abusivo de cualquier droga). Pero ya tenemos una aspirina para nuestro desasosiego existencial y una explicación a todos los problemas sociales. Se llama pasta base. No importa que eso nos convierta en unos siervos de consignas en boga, en seres automatizados que se conforman con explicaciones facilongas que en el fondo nada explican.

Discúlpenme que lo diga sin anestesia, pero la pasta base es un chivo expiatorio de pies de barro. Sólo puede ejercer alguna atracción sobre los moralistas siempre dispuestos a indignarse con el primer mal disponible en el mercado de las culpas.

La idea de que existen sustancias inanimadas capaces de apoderarse de la voluntad de quienes las consumen ignora la constitución psíquica del sujeto (anterior al consumo). Es verdad que algunos llegan a autodestruirse con tal de modificar su estado de ánimo, pero eso ocurre porque no se soportan como son… o como están. Ese no soportar como se está en el mundo es el que conduce a la pasta base (y al alcohol, y a los psicofármacos y a cuanta sustancia disponible capaz de modificar el estado de ánimo). Una incomodidad que puede ser existencial o responder a las condiciones sociales en las que debemos vivir. Atribuir a una droga lo debido a un usuario de la misma implica dotar de vida a lo inerte y despojar a lo animado de vitalidad. Por eso el discurso satanizador de “las drogas” es puro fetichismo. Ninguna droga (ni siquiera la heroína) convierte a un puntual pagador de impuestos y buen padre de familia en un asesino o un simple delincuente. Los primeros que han tomado debida nota de esta versión satánica de la pasta base son aquellos consumidores que internalizaron su condición de “víctimas” de una sustancia supuestamente diabólica y que de paso les permite justificar cualquier tropelía (“sí, le robé la jubilación a esa viejita, pero es que estaba bajo los efectos de la pasta base, ¿sabe?”).

drug.jpg Pero el universo de los consumidores de drogas no se parece en nada a una masa de esclavos sometidos a una tentación irresistible que les impide hacerse cargo de sí mismos (y si eso ocurriera con algunos, es porque la vocación de esclavo ya anidaba en ellos). Entre los usuarios de drogas, un gran número de personas, mayoritario sin duda, no acata la ley, consume drogas ilícitas y no por eso se siente víctima ni mucho menos justificado a cometer cualquier desmán por haber consumido sustancias supuestamente ingobernables. La eventual inclinación a cometer un asesinato, insisto, es previa, está en la constitución psíquica del individuo y, si se prefiere, en las condiciones en las que se socializó esa persona. Es ridículo creer –como alguna vez se sugirió en ese reality show con pretensiones que es “Zona Urbana”– que después de consumir pasta base uno sale a matar al primero que le niega un vintén para comprarla.

La idea de la adicción irresistible a un fármaco supone excluir definitivamente la posibilidad de usos recreativos, introspectivos o terapéuticos de las drogas. Todo el discurso hegemónico sobre las drogas está basado en esta gigantesca distorsión. Refiere a la enfermedad, a la adicción y ahora a la delincuencia; en suma, a la imposibilidad de un uso moderado y beneficioso de las mismas. Es que si se demuestra que esta alegada imposibilidad es una falsedad, se derrumba toda la mitología acerca del carácter satánico de ésta y todas las drogas. Sospecho, por ejemplo, que ninguno de los que lean estas líneas saldría a robar o a matar después de consumir una, dos o diez dosis de pasta base.

Sin ir más lejos, el asesinato del adolescente supuestamente adicto por parte de su padre ¿también debe ser atribuido a la pasta base? ¿No está acaso esa muerte hablando a gritos de las condiciones familiares y sociales en las que vivía ese joven vaya uno a saber desde cuándo, pero seguramente mucho antes de saber lo que era la pasta base?

¿No será acaso que el hábito de encomendarse a una cosa para calmar los dolores del cuerpo o del alma es propio de las personas y no un atributo de las cosas? Habrá que buscar, pues, qué les pasa a esas personas, qué les lleva a hacer un uso autodestructivo de esa sustancia. No para justificar piadosamente cualquier fechoría que cometan, sino simplemente para entender. Digámoslo de otra manera: explicar ese hábito que tienen algunas personas de encomendarse al consumo de determinados objetos, incluso al punto de autodestruirse, es en primer lugar un asunto de las personas involucradas en el problema (aunque algunas prefieren declararse víctimas o infantes a los que una autoridad le debe resolver el problema) y tal vez de sociólogos y psicólogos. Pero nunca de farmacólogos o químicos (salvo para evitar que nos vendan gato por liebre). Mucho menos de jueces y policías.

Pero no, el 90% de las personas prefiere conformarse con depositar todos los males en este talismán. ¿A quién le clamarán esas Madres de la Plaza para que saque a sus polluelos del berenjenal al que los condujo la marginación y sobre todo la idea de que nada pueden esperar del futuro? (si sintiera lo mismo no descarto que yo también desayunara pasta base) ¿De qué cielo esperarán que caigan las soluciones a la nada en la que naufragan sus hijos? ¿Pensarán los escribas de la prensa que el problema de esos jóvenes se resuelve con encerrar en alguna mazmorra a los responsables de las “bocas” de venta de pasta base? ¡Si fuera tan sencillo…! Las patéticas Madres de la Plaza quieren que la Policía resuelva un problema que no es policial, porque piensan que las autoridades deben protegernos de todos los males, como esperan las mentes infantilizadas.

Si una sustancia fuera dañina –y no hay ninguna que lo sea por naturaleza, sino por el uso que de ella hagan las personas, como ya sabían los antiguos griegos–, el Estado no tiene que prohibírmela, como suponen quienes creen que una autoridad, o el código penal, están para protegernos de cuantos “peligros” nos acechan en la vida, sino informarme de sus eventuales daños para que yo decida si quiero correr los riesgos del caso. Se trate del cigarrillo, del coche, de la bebida, del sexo callejero, la glotonería o del vicio que se quiera.

El resto es puro fetichismo. Asunto de gentes con fe, que creen que el sacrificio de un macho cabrío las protegerá de todos los males y peligros.


Respuestas

Al penúltimo párrafo le faltó «el casco de los motociclistas».

A mi también me gustaría que fuéramos más libres y -por lo tanto- más responsables. Para aliviar mi frustración me inventé la hipótesis de que eso no es posible porque bajarían los dos PBI (Producto Bruto Interno): El económico, porque muchas familias viven de la represión, de la inseguridad y de la corrupción, y el PBI espiritual también porque mejora nuestra calidad de vida tener menos libertad, menos responsabilidad, transgredir en lo posible y quejarnos de todo esto como si quisiéramos cambiarlo.

Un abrazo.

Leo lo siguiente en una página Web uruguaya:

"Maldita pasta base: un hombre mató de un balazo a su hijo. Es el drama que se repite en decenas de hogares uruguayos. En la madrugada de ayer otro caso en que la pasta base volvió a jugar su trágico rol protagónico, diezmó a una familia. El desenlace de un martirio que se venía arrastrando desde hace casi dos años se produjo a la una de la madruga en el barrio Marconi.

El hombre de 49 años, de iniciales JCS, tenía un depósito de reciclaje de plásticos y metales. Su hijo, José Enrique Machado Baladán, de 26 años, había vuelto a ingresar al depósito para robarle mercaderías que luego vendería a precio miserable para poder drogarse".

Primera conclusión: el rol protagónico de un asesinato lo jugó la pasta base (!). Cuidado, entonces, que hay pastas base que van armadas con instrumentos de grueso calibre.

Segunda conclusión, el señor que apretó el gatillo no fue el protagoinista del crimen. La culpa la tiene una droga que --y esto es lo más curioso de todo-- el señor nunca consumió. ¿Por qué misteriosas vías actuará la pasta base para inducir a un señor que jamás olió la pasta base a matar a su hijo?

Esto es como decir que si mi mujer me roba plata para ir a timbear al casino y yo le pego una buena zurra, la culpa de la violencia que ejerzo la tiene la Dirección de Casinos del Estado.

Tercera conclusión, esto se repite "en decenas" (!) de hogares uruguayos. Así que no es una excepción... es habitual que los padres maten a los hijos que consumen pasta base...

Quién les dice que no sea la forma de terminar con el flagelo de la pasta base.



Excelente, como siempre, Voltaire. Calculo que muchos de los lectores de este blog lo conocen, pero por las dudas me mando con una recomendación: estoy leyendo un libro muy interesante sobre estos temas. Se llama "Colocados, una historia cultural de la intoxicación", del inglés Stuart Walton, habitual colaborador de The Observer. Si lo consiguen, me parece muy aconsejable.

Saludos porteños.

y yo agrego otro más conocido: "Historia de las drogas" de Antonio Escohotado (Alianza Editorial)

Es gratificante que algunos sectores del partido del gobierno hayan iniciado el debate sobre la legalización de ciertas "drogas". No es tan gratificante, sin embargo, que quieran aparecer como que lo hacen para crear un atajo en la lucha contra las drogas "duras", y no como una contribución a la libertad.

La marihuana es prácticamente una droga legal. A veces agarran una avioneta con unos quilos, o cierran una "boca" en la que encontraron dos quilos, pero eso no parece afectar demasiado el precio. Lo que sí aumentó el precio (al doble) fue el cambio de gobierno. Muchas madres y padres, aunque no comulguen, aceptan que sus hijos se fumen un pitillo, y de la misma manera muchos hijos aceptan que sus padres fumen a diario o en ocasiones festivas. Como dirían los ingleses, la marihuana no es "fair game", a nadie se le para un pelo cuando la mencionan (lo que quizás sea la razón por la cual el Partido Socialista haya levantado la bandera verde de la sinsemilla).

Hoy leí en La República un reportaje al presidente del INAU, como se llame, en el que dice que una de las consecuencias de legalizar la marihuana sería crear un "fumadero" regional en el cual los brasileros y los argentinos se vendrían de a miles a fumar al Uruguay. Es una madre. ¿viajar al Uruguay para fumar en público, donde el porro es caro y es malo y donde el ministro de Ganadería que todavía le llama "falopa"?

En lo turístico no sería una mala idea que la buena marihuana estuviera incluida en la planificación del Uruguay productivo, aunque aún así nunca podríamos convertirnos un fumadero porque en el Uruguay no se puede fumar nada, ni siquiera tabaco. Tabaré debe despertar y darse cuenta de que la única forma de acabar con la pasta base es dejar que la gente fume otras cosas. Los lameculos de la Juventud Socialista se podrán hacer los piolas proponiendo la legalización de la marihuana sabiendo perfectamente bien que Su Majestad nunca lo entendería y que se trata simplemente de un ejercicio retórico de los futuros murguistas.

aguante la pasta base

Estoy de acuerdo con que existe una cierta tendencia innata de las personas que llegan a destruirse de ese modo. Pero también creo que el hecho de que surjan continuamente nuevas y más nocivas sustancias con la finalidad de lucro, contribuye a que las personas que poseen dicha tendencia, destruyan su sistema psíquico y físico de forma más rotunda y segura. Por ésta razón, creo que no se debe culpabilizar a los chicos, chicas o adultos que, en el estado de semejante deterioro psíquico, llegan a cometer actos de los cuales, creo, no llegan a ser conscientes del por qué los hicieron. La pasta base detruye el sistema nervioso central y neuronal, y es altamente adictiva ( con solo fumar un paco, en diez minutos el organismo pide nuevamente de la sustancia). En solo un año, la mayoría de los chicos que consumen la droga, mueren. Creo que sí debe hecharsele MUCHA CULPA, no a la sustancia en sí, sino a la gente que comercializa con dicha sustancia, y en especial, a quienes se les ocurrió "vender" semejante atrocidad.

Es mi sincera opinión.

Liliana.

No estoy seguro de que esa tendencia autodestructiva que tienen algunas personas sea "innata", Liliana. Para nada seguro. Eso significa que habría personas genéticamente predispuestas a engancharse con algunas drogas. No me suena convincente.

De lo que sì estoy seguro es de que esa predisposición no la provoca la "pasta base" ni ninguna sustancia inanimada. Esa inclinación es previa al consumo, aunque no tan temprana como para remontarse al nacimiento de las personas. Yo creo que son determinadas condiciones sociales, familiares y culturales las que llevan a las personas a la insatisfacción y -a algunas de ellas- a la autodestrucción. Ahora bien, ¿las declaramos a todas irresponsbles? ¿El sufrimiento psíquico, el malestar o lo que sea nos libra de cualquier responsabilidad? ¿Consumo una droga y ello me exime de hacerme cargo de cualquier tropelía que cometa?

Y finalmente, ¿qué hay de los que consumen drogas simplemente porque les gusta, sin causas "patológicas", es decir por placer o por emprender alguna excursión introspectiva? ¿Por qué a la hora de hablar del consumo de drogas nunca se hace referencia a esas personas, que -sospecho- son la AMPLIA MAYORIA de los consumidores? ¿Por qué se toma como paradigma del consumidor de drogas al adicto, cuando en realidad es una figura absolutamente minoritaria entre los consumidores?

Nunca se habla de los derechos de los que tienen ganas de fumarse un porro o jalarse una raya de coca. Parece que esos no tienen derechos porque son "drogos".

el tema es que el problema no es el que la vende es como dicen los comerciantes turcos "yo vendo" .
que pasa si vendo veneno para ratas que pega y es rico el que me compra es imbecil.
ademas en uruguay en las zonas marginadas fuamr pasta es "rescatarse", es decir si no fumás sos un gil con esa mentalidad estamos muertos.

El tema es que si las drogas fueran legales, no existiría la posibilidad de vender "veneno para ratas".

Como cualquier otro producto que se vende en el mercado, estaría sujeto a los controles usuales. No es que idealice la fiscalización pública, pero los peligros del fraude serían los mismos que para cualquier otro bien de consumo masivo actual.

Publique una respuesta


Please enter the security code you see here