Una forma diferente de morir
Terry Eagleton
Mientras los insurgentes se hacían volar a sí mismos por los aires sólo en Israel y en Irak, ha prevalecido el silencio sobre lo que realmente implica el suicidio con bombas. Como los huelguistas de hambre, los suicidas con bombas no necesariamente están enamorados de la muerte. Se quitan la vida porque no ven otra manera de lograr justicia; y el hecho de que tengan que hacerlo es parte de la injusticia. Es posible actuar de modo tal, que vuestra muerte se haga inevitable, sin que eso signifique desearla. Quienes se tiraron desde las plantas altas del World Tade Center para evitar morir carbonizados, no buscaban la muerte, a pesar de que no había forma alguna en que pudieran haberla evitado.
Los suicidios corrientes, no políticos, los comete gente que siente que sus vidas han dejado de tener valor para ellos y que, consecuentemente, necesitan un camino de salida. Los mártires son más o menos lo opuesto. Gentes como Rosa Luxemburgo o Steve Biko ofrendan lo que les parece precioso (sus vidas) por una causa todavía más valiosa. No mueren porque vean la muerte como algo deseable en sí mismo, sino en nombre de una vida circunstante más plena de abundancia
Los suicidas con bombas mueren también en nombre de una vida mejor para otros; sólo que, a diferencia de los mártires, en el proceso se llevan consigo a otros. El mártir se juega su vida por un futuro de justicia y libertad; el suicida con bombas se juega vuestra vida por ese futuro. Pero ambos creen que una vida sólo vale la pena de ser vivida, si contiene algo por lo que merezca la pena morir. De acuerdo con esta teoría, lo que da sentido a la vida es aquello por lo que estáis dispuestos a la renuncia. Antes se usaba decir que era Dios; en los tiempos modernos, normalmente se ha conocido como la nación. Para los radicales islámicos es ambas cosas, inseparablemente.
Volarse a sí mismo por razones políticas es un acto simbólico complejo, un acto que combina desesperación y desafío. Proclama que incluso la muerte es preferible a vuestro ruin estilo de vida. El acto de autodesposesión subraya de modo dramático la autodesposesión que es su existencia rutinaria. La imposición violenta de manos sobre sí mismo es una imagen más gráfica de lo que el enemigo le hace a él de todas formas. Al propio tiempo, el suicida con bombas fuerza un contraste entre la extrema autodeterminación que es quitarse la propia vida y la falta de autodeterminación de su existencia cotidiana. Si pudiera vivir del modo que muere, no necesitaría morir. Al menos su muerte puede ser suya, y así, una cata de libertad. El suicidio, como reconoció Dostoievsky, significa la muerte de Dios, pues usurpa el monopolio divino de la vida y de la muerte. ¿Hay alguna manifestación más asombrosa de omnipotencia que el quitarse de en medio para toda la eternidad?
Los suicidas con bombas y los huelguistas de hambre tratan de convertir la debilidad en fortaleza. Puesto que están dispuestos a morir, y sus enemigos, no, se marcan un tanto de victoria espiritual sobre ellos. La libertad última es no temer a la muerte. Si no la teméis más, el poder político no puede ya tener control sobre vosotros. Quienes nada tienen que perder, son profundamente peligrosos. Pero los suicidas con bombas privan además a sus antagonistas del único aspecto de ellos mismos que éstos podrían controlar: sus cuerpos. Hurtando a sus amos esa parte manipulable de sí mismos, se convierten en invulnerables. Nada es menos dominable que la nada. Al escurrirse por entre los dedos del poder, dejando a éstos en desairada postura de asir el mero aire, fuerzan al poder a descubrir su propia vaciedad. Es, desde luego, una victoria pírrica. Pero proclama que lo que el adversario no puede aniquilar es la voluntad de aniquilación. Como el héroe trágico tradicional, el suicida con bombas se yergue sobre su propia destrucción merced a la resolución misma con que la acomete
Volarse a sí mismo y saltar hecho añicos en un mercado lleno de gente es probablemente ejecutar la acción más histórica de la vida del suicida. Nada en su vida, por citar a Macbeth, habrá sido tan importante como abandonarla. Es su triunfo y su derrota. No importa cuán miserables o depauperados, la mayoría de los hombres y de las mujeres tienen a su disposición un poder formidable: el poder de morir de una forma devastadora. Y no sólo devastadora, sino surrealista. Hay un deje de teatro de vanguardia en ese acto horrible. En un orden social que parece cada vez más superficial, transparente, racionalizado e instantáneamente comunicable, la brutal carnicería del inocente, como un happening dadaísta cualquiera, golpea hasta la deformación la mente no menos que el cuerpo. Es un asalto al significado, no menos que a la carne: un acto último de desfamiliarización, que transforma la vida cotidiana en algo monstruosamente irreconocible.