Fidel
Voltaire
En los 60 la izquierda de esta parte del mundo se deslumbraba con la revolución cubana; en los 70 polemizaba sobre la exportación de la revolución al resto de América Latina; a fines de los 80, y ya desaparecida la Unión Soviética, se preocupaba por la supervivencia del régimen. Hoy parece que sus desvelos se concentran en los partes médicos sobre la salud del líder máximo, Fidel Castro.
Los que alguna vez abrazamos con fervor propio de feligreses la causa de la revolución cubana no podemos evitar preguntarnos qué ha sido de aquel intento de cambiar el mundo y alumbrar al hombre nuevo, qué ha quedado de una revolución que iba a imponer la justicia y la libertad contra viento y marea, siguiendo los pasos de aquel experimento impuesto a sangre y fuego que fue el llamado “socialismo real”. No hay cómo eludir los interrogantes cuando, al parecer, de la salud del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, presidente del Consejo de Estado y del gobierno, primer secretario del Partido Comunista, primer rostro de la cartelería habanera y primer todo lo que imaginar se pueda depende el futuro del “primer territorio libre de América”, como gustan definir a Cuba los apologistas del régimen. Hay algo que no cierra en la idílica imagen oficial de Cuba: en una sociedad supuestamente emancipada de la opresión y la explotación, libre de todas las plagas del capitalismo, dirigida por ciudadanos cultos y responsables nadie debería estar con el corazón en la boca por llegar a la humanísima conclusión de que también los líderes máximos están irremediablemente abocados a dejar este mundo. Por no hablar de que la figura de un líder máximo luce totalmente incompatible con una sociedad de ciudadanos libres.
Si las cosas se ven desde otra perspectiva, la preocupación por la salud de Castro se comprende perfectamente. En regímenes personalistas, en los que se fomenta el culto a la personalidad y el caudillo –siempre rodeado por una cohorte con fidelidad casi canina– lo decide prácticamente todo, desde el volumen de la zafra azucarera hasta la pedagogía revolucionaria, pasando por la vida de los opositores y la gloria del deporte nacional, no debería sorprender que su salud sea un asunto de Estado. Diríase que el cuerpo de Fidel es el cuerpo del “socialismo” cubano. Padecimos sus relatos en primera (y tercera) persona cuando el episodio del tropezón de hace dos años que le provocó la fractura de una rodilla, y vuelve a fastidiarnos ahora nada menos que con sus intestinos. No son pocos los que abrigan el sueño de un Fidel Castro eterno. Véase si no, lo que dijo no hace tantos años su médico personal, Eugenio Selman: “nos hemos propuesto que Fidel viva 120 años y, si lo conseguimos, trataremos de prolongarle la vida hasta los 140”. La veneración al líder es el rasero con el que se mide el compromiso de los cubanos con el régimen. Con la excepción de la república hereditaria norcoreana (y tal vez de Gadafi en Libia), ya no quedan dictaduras en el mundo cuyo destino dependa tanto de la supervivencia de su jefe máximo.
Con todo, no es únicamente la omnipresente centralidad de la figura del caudillo la que indefectiblemente provoca estupor. Sólo los hombres con fe, de los que se nutre una parte nada desdeñable de la izquierda latinoamericana, se empeñan en perpetuar el mito de que Cuba es lo más parecido a un edén poscapitalista del que han desaparecido los males que aquejan al resto del continente o, peor, en justificar en nombre de la necesidad o las condiciones exteriores los peores excesos del régimen cubano.

¿En qué ha quedado la aspiración a terminar con cualquier forma de opresión política e inaugurar el reino de la libertad? En un Estado policíaco que persigue a los opositores y los condena a décadas de cárcel lisa y llanamente por no comulgar con las autoridades (terminemos con la canallesca versión de que todos los opositores son gusanos al servicio de la CIA porque los hay que son de izquierda e incluso algunos que fueron compañeros de la primera hora de Fidel caídos en desgracia), en un sistema totalitario de control y delación organizado a partir de los famosos Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de participación casi obligatoria so pena de ostracismo, en la pena de muerte, en los obstáculos a la emigración, en la prohibición de pertenecer a otro partido político que no sea el comunista, en el monopolio del poder por una casta burocrática privilegiada (integrada básicamente por los miembros de los órganos de dirección del PCC), en la imposibilidad de leer diarios y revistas que no sean los oficialistas Granma y Juventud Rebelde, con su prosa soporífera y su incombustible retórica revolucionaria, en la censura de cualquier tipo de literatura o producción artística que ponga en duda las fantasiosas verdades oficiales, en el exilio de los escritores e intelectuales disidentes, en el confinamiento de los homosexuales en centros de “reeducación”, en la prohibición del derecho de huelga y de formar sindicatos independientes del Estado, innecesarios según el imaginario oficial, dado que el “socialismo” se habría encargado de suprimir los conflictos de clase.
A quienes se afanan por encontrar las siete diferencias entre la Unión Soviética y Cuba cabe reconocerles una cosa y recordarles otra. Efectivamente, el Caribe no es Siberia, ni conviene confundir el ron con el vodka, pero la racionalidad de sus respectivos sistemas políticos sólo se diferenció en asuntos menores. Baste con recordar el emocionado apoyo de Fidel a la invasión soviética de Checoslovaquia y, si no quieren irse tan atrás, está el fusilamiento de uno de los generales más prestigiosos de la revolución, Arnaldo Ochoa, por supuesto contubernio con uno de los cárteles colombianos de la cocaína (en cuyo caso sólo a un crédulo impenitente se le puede ocurrir que el líder máximo no estaba al tanto de semejante acuerdo). No he conocido nada más parecido a los procesos de Moscú de 1937 contra la oposición de izquierda en la Unión Soviética que las actas del juicio a Ochoa, con sus autoinculpaciones y patéticos arrepentimientos.
Buena parte de la feligresía castrista no da crédito a estas descripciones. Su impermeable monoteísmo les indica que se trata de inventos de la contrarrevolución. Otros, apenas un poco más sofisticados en su justificación del régimen cubano, alegan que tales evidencias en nada empañan sus grandes logros, básicamente en el terreno de la justicia y la igualdad sociales (en particular en el terreno de la educación y la salud). El primer reparo que se me ocurre se les puede hacer a estos últimos es que, a primera vista, no se aprecia cuál podría ser la relación lógica entre esos logros y la inconmovible dictadura que impera en Cuba. El recurso es tan insistente –y tan ingenuo– que no queda más remedio que preguntarse si para mejorar la educación y la salud de los habitantes de un país acaso habrá que suprimir la libertad de reunión y manifestación o cualquier otro derecho democrático.
Pero incluso en este terreno el relato castrista ha alterado fantásticamente la realidad con su pretensión de que en Cuba asistimos a un igualitarismo sin parangón. En Cuba hay tantas diferencias sociales como en cualquier otra parte, aunque la naturaleza de esas diferencias sean específicas de un sistema en el que la propiedad de los grandes medios de producción, su gestión y la distribución de la riqueza social es potestad de una clase que además monopoliza todos los resortes del poder. Hay, pues, una gran diferencia de capacidad decisoria entre la jerarquía del régimen y el ciudadano común; hay asimismo diferencias estrictamente económicas entre los miembros de la nomenclatura (dirigentes del Partido Comunista, directores de empresas estatales, jerarquía militar, artistas adictos al régimen, etc.) y el resto de la población, que no tiene acceso a los privilegios de los que goza la primera y que no son nada despreciables en una economía que sufre enormes penurias tras casi cincuenta años de “socialismo”: viviendas en barrios exclusivos, coches oficiales, bienes que deben adquirirse en dólares, acceso a Internet y fuentes de información internacionales vedadas al resto de la población, posibilidad de viajar al exterior, etc. Tampoco han desaparecido las diferencias de ingresos: el 80% de la población cubana gana menos de 300 pesos mensuales, lo que equivale a unos 24 dólares, mientras que 1,5% de los cubanos, mayoritariamente blanco, con acceso a remesas o altos funcionarios del gobierno y empleados de empresas extranjeras gana entre 1.000 y 6.000 pesos cubanos mensuales. Y las hay, finalmente, entre quienes tienen acceso a la llamada “área dólar” –nuevamente altos funcionarios del gobierno, familiares de emigrantes y trabajadores vinculados al sector turístico.
La extendida aspiración de los cubanos a emigrar es acaso la mayor prueba de lo insatisfactorias que les resultan sus condiciones materiales de vida. Si de los cerca de 200.000 cubanos que emigraron en los años 60 se puede decir que se oponían al curso político de la revolución, muy diferente resulta el caso de los 125.000 que abandonaron la isla por el puerto de Mariel en 1980 y las decenas de miles de balseros que lo hicieron en los 90. No son “gusanos” ni agentes de la dictadura de Batista. Se trata de personas educadas bajo el orden revolucionario, miembros de una generación nacida en la Cuba de Fidel Castro convertidos en emigrantes económicos, ni más ni menos que como en cualquier otro país de Latinoamérica.
Conviene dedicarle dos palabras a la justificación favorita del castrismo a la hora de responder a estos señalamientos: el embargo estadounidense. Dicho embargo (más perforado que un queso gruyère, puesto que son cada vez más las empresas extranjeras que invierten en y comercian con Cuba, haciendo oídos sordos a la obsoleta cruzada emprendida desde Washington) es un chivo expiatorio que puede explicar algunas penurias económicas pero no las desigualdades y, mucho menos, la ausencia de democracia en Cuba.
Si algo puede ayudar a arrojar luz sobre la irremediable decadencia a la que parece abocado el capitalismo de Estado cubano ese algo es su condición de país subdesarrollado en un mundo globalizado bajo la hegemonía del capital. Son demasiadas las evidencias de que no basta la mera voluntad de enterrar el capitalismo (en el dudoso caso de que ese haya sido el propósito de la revolución) para que ello efectivamente sea posible en un país de escaso desarrollo como Cuba. Claro que no es ajena a esos problemas que enfrenta hoy el régimen cubano la convicción de que un grupo de revolucionarios decididos puede cambiar el mundo. Una convicción por cierto más tributaria de Stalin y Mao que de Marx. Está visto que no, que ese sueño voluntarista fue uno de los factores que contribuyó a engendrar estas pesadillas.
La obsecuencia casi teológica con la que una buena parte de la izquierda latinoamericana se empeña en alimentar el mito de la revolución cubana es acaso uno de los mayores misterios de nuestro tiempo. Impide incluso el intercambio razonado de argumentos, reemplazados generalmente por el adjetivo y el anatema. Tal vez sólo pueda explicársela por esa inclinación tan humana a necesitar una referencia paternal, una luz que nos ilumine un camino que se presenta demasiado oscuro, aunque para ello haya que renunciar a pensar e incurrir en contradicciones monumentales. Ninguno de nuestros castristas dudaría, por ejemplo, en criticar acerbamente a un régimen con las características aquí descritas… salvo que ese régimen sea el de Fidel Castro, claro. Cuando se les recuerda que esas descripciones corresponden a Cuba, entonces empieza el desconcierto, y se reemplaza la crítica por el balbuceo de justificaciones.
La peor de ellas es la que pretende que criticar a Cuba supone darle argumentos a la derecha. Ninguno de ellos se ha puesto a pensar en que tal vez el mejor argumento que se le podría suministrar a la derecha (un argumento precioso, diríase que servido en bandeja de plata) es insistir en defender a un sistema como el cubano o sugerir que se está empeñado en una lucha por algo parecido, aunque sea remotamente parecido, al régimen que impera en Cuba.
Respuestas
Querido Voltaire: 2.011 palabras para decir que «Cuba fue y será una porquería» reduce tu target lector a los egresados de Ilvem.
Pero lo que quería decirte es que me hiciste acordar que la mayoría de nuestro gobierno «fue y es» adherente a ese estilo de gobierno. ¿Qué nos espera? ¿Cómo será un castrismo a la uruguaya? Yo tengo una hija que es abogada: ¿Tendrá que prostituirse? A mi hijo mayor le gusta pensar con su cabeza ¿Terminará preso? Yo soy un viejo de mierda: ¿Me convertiré en un gagá que sólo puede jugar al dominó si toma la pastilla azul?
Un abrazo.
Autor: Fernando Mieres | Agosto 13, 2006 6:31 AM
No sé, estimado Fernando, pero tengo toda la impresión de que sus comentarios pretenden sugerir que esto es como llover sobre mojado, que hablar del castrismo es innecesario, que la realidad de Cuba se expone por sí sola y que ya nadie mitifica a la revolución cubana ni a su jefe máximo.
Usted sabe que tengo una impresión algo diferente... que la cofradía de los fidelistas no parece estar sufriendo las bajas que debería sufrir. Es como si la patética decadencia del régimen cubano, en lugar de abrirle los ojos a los feligreses, los enfermara de ceguera.
Autor: voltaire | Agosto 13, 2006 5:11 PM
Voltaire Spinoza
Un par de reflexiones. Primero, valorar la honestidad del enfoque. Segundo, creo que la izquierda latinoamericana no le hace un favor ni a la propia izquierda y mucho menos a Cuba y su gente si no se anima a criticar con honestidad la situación de la isla. Creo que la mejor forma de NO hacerle el juego a la derecha es precisamente ofrecer -discutir, debatir- una alternativa para cuando el "dios" Fidel no esté más. Y esa discusión brilla por su ausencia. ¿Dónde está la opinión honesta de Galeano y Benedetti, que venden sensación de rebeldía y libertad en best sellers marketineados como Mc Donalds... sobre, por ejemplo, los poetas presos o expulsados de Cuba? ¿Qué opinan de su colega Cabrera Infante? Coincido que el mayor favor que se le puede hacer a los cubanos es hacer una crítica honesta de esta dictadura caricaturesca y plantear salidas posibles y democráticas propias, dejando de lado, o al menos equilibrando la posición de los Estados Unidos y de Bush. Y creo que se están comiendo los mocos y no tienen cojones para hacerlo. A veces reconocer los engaños que uno mismo se hace es jodido. Por otro lado, yo nací 12 años después del 59 y creo que para la gran parte de mi generación y ni que hablar los que nacieron en los ochenta, la discusión y la defensa de la revolución cubana en el 2006 y en particular del anciano de Castro, que tendría que estar disfrutando de un merecido retiro, es algo parecido al surrealismo. Bueno, Lautremont nació en Montevideo.
saludos
Johnnie Hobbes
Autor: Johnnie Hobbes | Agosto 13, 2006 5:40 PM
Estimado Spinoza,
comparto su análisis en un 100 por ciento. Le comento que en nuestro país no solo la izquierda política padece de la obsecuencia que Ud. señala. Instituciones culturales muy valiosas son verdaderos emporios de todo lo que Ud. describe en su nota. Por desgracia conozco de bastante cerca a una de ellas: Cinemateca Uruguaya. Si quieren conocer un poco del culto a la personalidad, manipulación, prácticas ostracistas, etcétera. Vaya a Carnelli y Soriano.
Salú
Autor: Irina Dubrovnik | Agosto 14, 2006 3:53 PM
Comparto las reflexiones y puntos de vista de Voltaire. Quisimos construir una sociedad amable y no supimos ser amables, o algo parecido, dijo en su dia Bertolt Brecht. No es que alguien traicionara las originales buenas intenciones o que alguien torciera un árbol que crecia derecho. El intento de construir una sociedad sobre la base de que los seres humanos somos altruistas incondicionales (revolucionarios en la jerga del marxismo caribeño) es un error de partida, y de los gruesos. De ahí los campos de reeducación (reeducar a los no incondicionales), los comités de defensa de la revolución (controlar a los menos altruistas), y la producción de gusanos (aquellos que no están dispuestos a vivir en una sociedad material y espiritualmente miserable). El fracaso del castrismo es triple. Es ético (opresión y falta de libertades), es político (la oposición prohibida) y es de eficacia(se sigue produciendo igual o menos que en 1959). Lo de porqué la izquierda uruguaya sigue adhiriendo a esta estrategia miserable es una incógnita. De hecho no adhieren en la medida que no dudo que la izquierda uruguaya es democrática. El problema es de los líderes que temen por su identidad ideológica. Pero, me pregunto: ¿cómo pueden seguir con esa esquizofrenia a cuestas?
Autor: espino | Agosto 16, 2006 8:28 AM
Discrepo radicalmente con tu aseveración de que "la covicción de que un grupo de revolucionarios decididos puede cambiar el mundo (cuando) está visto que no, que ese sueño voluntarista fue uno de los factores que contribuyó a engendrar estas pesadillas". ¿Qué quiere decir "cambiar el mundo"? De que un grupo decidido puede cambiar drásticamente las cosas da fe hoy mismo Hezbolá (si es para bien o para mal, es harina de otro costal).
Nunca estuve en Cuba, lo que seguramente me preservó de desilusiones que probablemente me hubieran empujado al escepticismo y a la tristeza. Supongo que no podría vivir en la isla sin tener pleno acceso a internet y sin libertad para entrar y salir de ella, y que no me gustarían nada sus burocracias, pero también es verdad que desde pequeño llevo un ranking de países donde primo el trato que los diversos regímenes le dan a los niños y a los ancianos, y que en ambos rubros Cuba está en los primeros lugares,
sino en el primero.
Como buen argentino --como lo era el Che, ese arquetipo-- no idealizo nada,y tengo presente la época en la que la política exterior de Cuba estuvo muy condicionada por la Unión Soviética, y que ésta, a fin de no interrumpir el suministro de trigo argentino, presionó exitosamente a Cuba para que no denunciara el exterminio que se estaba llevando a cabo en mi país, y por supuesto, no creo que todos los disidentes, o los balseros, sean agentes de la CIA. Pero, aun así, la Cuba de Fidel ha sido un faro en la lucha antiimperialista y por la unidad latinoamerica, y Fidel es hace rato un prócer de la envergadura de Bolívar y San Martín. Me parece que el que no puede verlo, está tan ciego como quien idealiza todo lo que en Cuba acontece.
Fidel es como Bolívar, pero es mi contemporáneo. Cuando se lanzó a su quijotesca aventura del Moncada, yo ya había sido concebido por mi padre socialista y mi madre católica, mezcla que, por cierto, Fidel llevaría al paroxismo. En muchos y variados sentidos Fidel fue como un padre para mi.
Cuando muera, lo lloraré. Por suerte, habrá dejado herederos. Por suerte, hay "eje del mal". Queda por delante la epopeya de la unidad iberoamericana, la utopía irrenunciable del socialismo, la angustiosa necesidad de un gobierno mundial. Hay para entretenerse ¿no? Siempre y cuando haya voluntad.
Autor: Beto | Agosto 17, 2006 7:13 PM
Beto discrepa “radicalmente” con mi escepticismo acerca de que un grupo de revolucionarios decididos pueda cambiar el mundo y luego me pregunta qué entiendo por “cambiar el mundo”. Es curioso esto de empezar por discrepar radicalmente con una afirmación y luego preguntar qué quise decir con esa afirmación. También me sorprende que haya iniciado su “radical discrepancia” por un asunto que, si bien considero importante, no es, a todas luces, el centro de la nota. A todas luces, ese centro es el tipo de sociedad y de régimen político que imperan en Cuba. Y poco, muy poco, dice Beto al respecto.
Dice, por ejemplo, que si se hiciera un ranking de países por el trato que dan a sus niños y ancianos, Cuba estaría en los primeros puestos. Esta es otra curiosidad: cada vez que se empieza a hablar de Cuba, ¿qué hacen los castristas? DEJAR DE HABLAR de Cuba, y referirse a lo que sucede en otros países latinoamericanos. Que aquí o acullá estamos peor o que (en comparación) Cuba está mucho mejor, etc., etc. No tengo problemas en hablar de lo que sucede en Uruguay, Argentina o cualquier otro país latinoamericano. De hecho, lo hago cada semana en este blog. Pero si hablamos de Cuba, hablemos de Cuba, sin tratar de escurrir el bulto. Yo traté de exponer críticamente lo que sucede en Cuba; en ningún momento dije que en el resto de América Latina reinaran la libertad y la justicia, no hice ningún ranking de países ni pretendí basar mi crítica en la defensa de las democracias imperantes en el resto del continente. No tengo ningún reparo en reconocer que en lo que concierne al acceso universal a la educación y la salud los cubanos están en una situación muy superior a la del resto de sus vecinos, ¿pero eso qué demostraría? ¿Que la opresión política y las desigualdades que imperan en Cuba en otros muchos ámbitos, especialmente en la desigual distribución del poder, desaparecen como por ensalmo? ¿o que hay alguna relación lógica entre aquellos progresos y estos horrores?, ¿acaso unos explican o justifican a los otros? ¿acaso la supresión de las libertades democráticas más básicas es una condición necesaria para dar educación y salud a todos los ciudadanos? (respecto a una educación que no sea mero adoctrinamiento, cabría decir, por el contrario, que las libertades no son sólo una condición, sino una condición imprescindible). ¿Qué tiene para responder Beto a estas preguntas?
Por otro lado, el detalle nada menor que se le escapa a Beto en este asunto (al menos se le escapa en estas líneas) es que Cuba pretende ser “otra cosa”. Por lo tanto, no cabe compararla con lo que ocurre en Bolivia o Brasil, sino con lo que el régimen dice de sí mismo. El PC cubano, su comandante, toda la nomenclatura que gobierna con mano de hierro la isla y el séquito de millones de personas que les siguen en todo el mundo pretenden que en Cuba se ha construido nada menos que el “socialismo”, es decir una sociedad enteramente nueva, donde imperarían relaciones libres e igualitarias entre los hombres. Hay que contrastar, pues, lo que sucede en Cuba con esa pretensión, no con lo que sucede en Argentina o Uruguay. Y en Cuba impera la misma división social del trabajo que en el resto del mundo, hay gente que manda y otra que obedece (y la que no obedece corre el riesgo de terminar en la cárcel), alguna que dirige (y para eso es imprescindible formar parte de la dirigencia del PC) y otra que es dirigida, una que tiene privilegios y otra que no los tiene. Si eso es el socialismo, yo soy el Voltaire del siglo XVIII resucitado. Si los burócratas que reinan en La Habana hicieran gala de una mayor modestia, tal vez sus progresos en numerosas áreas sociales podrían aquilatarse en sus justos términos (en cualquier caso quedarían en pie las críticas a su injustificable dictadura). Pero no, el castrismo pretende nada más y nada menos que en Cuba existe una sociedad que dejó atrás el capitalismo (un socialismo inspirado en Marx con trabajo asalariado, ¿se lo imagina usted, Beto?). Pero la mejor prueba de que eso es cualquier cosa menos una sociedad poscapitalista es justamente la línea de defensa que exponen los castristas: ¡en Cuba hay acceso universal a la salud y a la educación! ¿En eso quedó el “socialismo” cubano?
¿Y qué otra cosa dice Beto de Cuba? Reconoce que no hay “acceso a internet” ni “libertad para entrar y salir de ella”. Es cierto, claro, pero no sea tan tímido, hombre, que no está frente a un tribunal revolucionario. Es casi un eufemismo. ¡Si eso fuera lo peor que le pudiera pasar a un opositor en Cuba! Por lo que te conozco, Beto, si vos y yo estuviéramos en Cuba estaríamos tras las rejas por pequeñoburgueses decadentes y herejes (con suerte en celdas contiguas para pasarnos algún libro que haya pasado la censura). O seríamos exiliados. En Cuba condenaron hace tres años a decenas de disidentes a 20 y 30 años de cárcel por delitos de opinión. No dispararon un tiro, no atentaron contra la vida de nadie. En ese terreno no sólo no se atisba el menor socialismo, sino que se está claramente en peores condiciones que en Uruguay o Argentina (si vas a comparar, hazlo en todos los terrenos).
El resto de tus líneas son pura literatura, Beto: ¿faro en la lucha antiimperialista? (más allá de fábulas, sobre la política exterior de la revolución cubana se podría escribir un libro entero, pero con toda seguridad a la “solidaridad” con otros pueblos habría que dedicarle menos capítulos que a las razones de Estado que la impulsaron), Fidel prócer, Bolívar, etc. Si querés llorar a Fidel, lloralo. Yo voy a guardar mis lágrimas para personajes más nobles.
Dejé para el final el asunto del primer párrafo. En qué consiste “cambiar el mundo” es, tras el derrumbe de tantas utopías, asunto resbaladizo, Beto. Cambiar el mundo, al menos en la tradición socialista, sería fundar una sociedad enteramente nueva, de la que habrían desaparecido la explotación del hombre por el hombre, la división social del trabajo (por tanto, el trabajo asalariado y la producción mercantil). Por decirlo en tres palabras (no da para mucho más en estas líneas): una sociedad poscapitalista, que no veo que haya existido hasta ahora, a pesar de las numerosas candidaturas presentadas en el siglo XX, sólo puede definirse precisamente por su NO ser, es decir por las características que NO debería tener (apenas mencioné las más importantes). No creo que se pueda decir mucho más. Una definición positiva (es decir lo que SI debería ser) es asunto de los ciudadanos que eventualmente decidan emprender la superación del capitalismo, causa que no parece tener demasiados seguidores en los tiempos que corren (circunstancia a la que contribuyeron, qué duda cabe, las maravillas del “socialismo real”).
Pues bien, para cambiar el mundo en ese sentido, me temo que no alcance con la voluntad de un grupo de revolucionarios decididos. Ahora, si por “cambiar el mundo” se entiende cambiar de régimen político, podemos discutirlo, siempre y cuando tengas presente lo que dijo Gandhi: lo que se obtiene con la violencia, sólo se puede conservar por la violencia. Beto, si en defensa de tu tesis de que un grupo decidido puede cambiar el mundo, recurrís al ejemplo de Hezbolá, me parece que necesitás un termómetro para tomarte la fiebre. La debés de tener alta, porque estás desvariando. ¿Hezbolá está cambiando el mundo? Hezbolá y todos los fundamentalistas islámicos lo único que están haciendo es CONSOLIDAR (o empeorar en todo caso) el actual estado de cosas en Medio Oriente. Cambiarlo en absoluto.
Para que no haya malentendidos, dije exactamente eso: que un grupo de revolucionarios decididos no puede cambiar el mundo, no que los hombres no lo puedan hacer. ¿Quién si no podría hacerlo? ¿Dios?
Autor: voltaire | Agosto 18, 2006 2:35 PM
Voltaire, comparto cien x cien tu posición.
Espino, idem. La ineficiencia del actual régimen cubano puede verse en que Fidel tomó un país lleno de prostitutas, burdel de extranjeros y casi cincuenta años después tenemos un país lleno de prostitutas, burdel de extranjeros.
Beto, con todo respeto, sos trivial y naive en politica,
como todo argentino. No es tu culpa, decenios bajo la bota idiotizaron a tu país.
Autor: Lothar | Agosto 20, 2006 4:21 AM
Yo entiendo a Beto, por que pensaba igual que él...hasta que fui a Cuba.
Incluso los primeros días en la isla me negaba a ver la realidad, que, de tanto pegarme en la cara, terminé por asumir.
Supongo que era demasiado ilusa, que siempre me la creí: "una sociedad perfecta, todos alfabetizados, planes de producción, etc, etc"..versos que, incluso hoy, para ciertos sectores de la población, siguen recitándose: hoy son los magos de los ojos....
Voltaire, quiero felicitarte, tus comentarios no tienen desperdicio.
Autor: la petisa | Agosto 21, 2006 4:21 PM
Siguiendo a Beto: como estoy ciego no veo el faro.
Autor: espino | Agosto 21, 2006 4:27 PM
Muy buen artículo. Es difícil no ver al proyecto de Castro como un soberano fracaso, más allá de que lo que lo rodee no sea mucho más digerible. A mí ya me parece bastante insólito que haya gente que sólo piensa en términos de "castrismo" y "anticastrismo". Uno puede ser más equilibrado y reinvindicar algunas cosas del régimen y denostar otras. Yo, particularmente, creo que un régimen que necesita coartar la libertad para ser sustentable está llamado al fracaso. Probablemente lo que venga con la muerte de Castro sea peor, de todos modos, en algunos terrenos. Y si fuera así, sería otro fracaso de Fidel. Si la ciudadanía que él moldeó durante tantos años elige volver al prostíbulo, por caso, ¿a quién le van echar la culpa los castristas?
Autor: Alejandro | Agosto 24, 2006 8:34 PM
Voltaire critica a Cuba porque no hay allí traza alguna de un “verdadero socialismo”.Me pregunto ¿qué es el verdadero socialismo para Voltaire? ¿Desde qué perspectiva critica la versión espuria del socialismo existente en Cuba? Hay que subrayar que lo que existe en Cuba es un sistema totalitario. Voltaire le llama capitalismo de estado, es decir que se trataría, a fin de cuentas, de capitalismo, y en ese sentido, tendría características que lo equipararían a cualquier país capitalista, porque “lo esencial” en una concepción marxista como la de Voltaire, seria similar (es decir las relaciones de producción y de trabajo). No comprender la naturaleza del totalitarismo (que hace referencia no solo a la producción sino también a las instituciones que la regulan) lleva a Voltaire a esta ambigüedad en cuanto a la naturaleza capitalista de Cuba. El capitalismo no es solo un sistema económico, es también un sistema de regulación, de reproducción, basado en las reglas del mercado y en los comportamientos y decisiones individuales. El totalitarismo, por el contrario, es un sistema definido, regulado y planificado por el estado totalitario, en el que los individuos están a su servicio y en el que no existen como sujetos que toman decisiones. En su comentario Voltaire afirma que criticar a Cuba no supone, simultáneamente, defender la realidad de otros países de América Latina, de lo que generalmente se acusa a los críticos con Cuba. En eso lleva razón. Pero, sin tener que defender la realidad (plena de desigualdades y de injusticias) de los países de América Latina), hay que convenir que, al imperar allí un régimen totalitario, en Cuba existen unos niveles de opresión, de anulación de las iniciativas individuales y de falta de libertades muy superior a la de cualquier otro país de América Latina. Al menos, en el capitalismo de mercado, los trabajadores tienen la posibilidad de cambiar de puesto de trabajo, emigrar, afiliarse a un sindicato independiente, negociar retribuciones, en fin, tienen derecho a opinar, a organizarse de forma independiente y a luchar por su dignidad.
Por tanto, amigo Voltaire, no tenga miedo de que lo acusen de derechista si dice que es mucho peor un régimen como el cubano que uno como el uruguayo o el argentino o el colombiano. Yo también hago una crítica a Cuba desde la izquierda. En lo que no estoy tan seguro de estar de acuerdo con usted, es en lo que propone como sociedad “superadora del capitalismo y del mercado” es decir, como socialismo. En mi opinión el socialismo basado en las ideas de Marx (una sociedad sin explotados ni explotadores) no es la solución a los problemas de las sociedades de nuestros días. Seguir utilizando la teoría marxista no nos conducirá a una sociedad mejor que la actual. Dejar de utilizarla no supone, ni mucho menos, dejar de luchar por una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática, que es lo que, al fin y al cabo, sería el socialismo como ideal de una “buena sociedad”.
El socialismo de matriz marxista (radical en cuanto a la idea de cambio total de sistema) parte de la idea de “superar” la explotación del hombre por el hombre”, como uno de los pilares que justifican el cambio de sociedad. Pero ¿qué es exactamente la “explotación”?
Para el marxismo, explotado es aquel que recibe bienes que valen menos (que incorporan menos trabajo) que lo que él aporta a la producción. En su crítica al capitalismo por explotador Marx parece suponer que una sociedad en la que unos se apropian de lo que producen otros (plusvalor) es una sociedad injusta. Para sostener esa tesis parece obligado presuponer que un individuo tiene derecho a todo lo que resulta de su trabajo, a todo lo que es fruto de su esfuerzo. Si se lo quitamos estamos explotándolo.
Pero Marx cambia de opinión en referencia a la sociedad comunista, porque en ella se distribuirá de acuerdo con el criterio: “De cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades”. Si se piensa eso seriamente, debemos aceptar que la explotación es una situación normal de la sociedad comunista. Porque si a cada uno se le da según sus necesidades, puede que no se le retorne todo el fruto de su trabajo. Una sociedad que funcionaria, en cuanto a distribución, como una familia ideal: se recibe en virtud de las necesidades –no se pasan cuentas de lo que contribuye cada uno- y se aporta en función de las capacidades y talentos. En esas condiciones, la explotación es una situación común: los niños explotan a los adultos, en tanto que aportan menos de lo que reciben. En estos casos, la explotación no solo no se considera inmoral sino que se juzga deseable. Marx, cuando piensa en la sociedad futura recurre a una idea que no resulta del todo compatible con el criterio que le sirve para criticar (por injusta) a la sociedad capitalista. Resulta, al menos, teóricamente incoherente.
Lo que hay que entender, desde una perspectiva socialista, es que una comunidad fraterna (familia, comunismo) no exige simetría entre aportación y donación. No se da para recibir algo a cambio, sino porque el otro lo puede necesitar y forma parte de mi propio bienestar asegurar su bienestar, garantizar que pueda elegir su propia vida, pues la libertad de todos es condición de mi propia libertad. Por tanto, la explotación (en el sentido marxista del término) puede ser deseable y no criticable.por sí misma Así, cuando se dice que se realiza una revolución (como la cubana) para terminar con la explotación del hombre por el hombre, se utiliza un concepto que no necesariamente conduce a una sociedad más justa.
El marxismo propone otra idea absolutamente inconsistente para nuestras actuales circunstancias. La hipótesis de la abundancia es lisa y llanamente falsa. Vivimos en un planeta con recursos limitados y nunca podrá existir una sociedad donde todos los deseos de todos se puedan satisfacer simultáneamente. El supuesto de la abundancia resulta insostenible y conduciría antes a la barbarie que al comunismo. Ningún modo de producción, incluido el socialista puede asegurar la abundancia porque las constricciones son anteriores a la forma de organizar la vida social, son ecosistémicas (hipótesis fuerte de la escasez). Esto dicho desde el conocimiento científico técnico disponible hoy, porque, obviamente, las acciones prácticas han de basarse en lo que se sabe hoy, no en lo que puede llegarse a saber, que, por definición, es ignorado. (En todo caso, la idea de presumir “el conocimiento que tendremos el día de mañana”, es una versión laica del “Dios proveerá”.)
En un planeta con recursos limitados, una de las razones para criticar el capitalismo es precisamente su capacidad tanto para desatar necesidades como para un desbocamiento de las fuerzas productivas que va de la mano de un incremento del consumo de recursos insostenible a medio plazo, y no como suponía Marx en que las relaciones capitalistas eran un corsé que impedían el libre desarrollo de las fuerzas productivas. La incapacidad del capitalismo para liberar las fuerzas productivas era el motor del cambio, según Marx.
Por lo mismo, una de las razones para defender hoy la igualdad es que ya no hay de todo para todos: una sociedad en buen trato con el medio ambiente tiene que ser igualitaria y austera. El proceso ya no puede funcionar soltando las amarras de cualquier tipo de necesidades sin ponderar su justicia o relevancia. Por dos razones: porque el proyecto tampoco las satisfará y porque un escenario donde todas las demandas valen igual y todas se han de alentar refuerza el peor material humano para la buena sociedad.
Al mismo tiempo, Marx partía de una concepción ingenua de la naturaleza humana. “naturalmente buena”, idea rousseauniana, o como pagina en blanco, susceptible de ser mejorada sin límite en la buena sociedad. Y la liberación humana como triunfo sobre la necesidad y las contingencias. Para Marx, con abundancia y con hombres virtuosos, dos de sus principales supuestos, los conflictos desaparecen y con ellos la necesidad de apelar a principios.
El reconocimiento de la escasez y de la complejidad de la naturaleza humana (contradiciendo las hipótesis de Marx) está en el trasfondo de la necesidad de la vuelta a la ética. Entendida no solo como norte, como criterio regulador de las acciones, sino también como criterio para calibrar el presente.
La existencia de intereses contrapuestos entre los seres humanos y la escasez relativa, hacen aparecer los problemas de justicia distributiva. Cuando los recursos no son infinitos hay que empezar a establecer prioridades, decidir qué, cuánto y para quién. En una sociedad de ángeles o de altruistas incondicionales, no nos preocuparíamos de cómo distribuir porque al fin y al cabo si no hay intereses conflictivos no hacen falta criterios normativos que rijan las relaciones. Las leyes o los derechos aparecen cuando el bienestar de uno por el simple hecho de ser el bienestar de uno, no supone automáticamente el bienestar del otro.
Es sencillamente falsa la hipótesis de que los humanos seamos ángeles o páginas en blanco. También lo es que seamos naturalmente egoístas. No porque naturalmente no seamos nada o porque seamos naturalmente altruistas sino que porque somos naturalmente muchas cosas. No es cierto que nazcamos con la mente en blanco y que todo dependa de la educación, de la “cultura”. Nacemos con muchas disposiciones o con disposiciones programadas en nuestros genes que, aunque no sean innatas, se desarrollan a lo largo de nuestra vida como sucede con la dentición o con el deseo sexual.
Del mismo modo que resulta imposible esforzarse por ser espontáneo o por dormirse, aun cuando la espontaneidad y el sueño sean estados posibles y estables, tampoco es posible, a fuerza de voluntad, forjar unos hombres nuevos, altruistas incondicionales. Esta concepción desemboca con naturalidad en una personificación de las dificultades: si surgen problemas si las cosas no funcionan, es porque no se ha actuado correctamente, porque falta voluntad revolucionaria. No es casual el perpetuo ir y venir, en los regimenes del socialismo real, entre el hombre nuevo y la represión. Hay una paradoja de imposible resolución en el intento de edificar la generosidad con castigos, de construir buenos ciudadanos en campos de reeducación. La idea del “hombre nuevo” tan querida por el Che Guevara es, al fin de cuentas, una idea claramente totalitaria y que ha dado lugar a las peores represiones y restricciones a la libertad en Cuba.
En Marx ha estado ausente el concepto de pluralismo, esto es, la existencia de discrepancias importantes acerca de cómo vivir la vida compartida y de todas aquellas diferencias sociales que no son simples epifenómenos de las relaciones de producción. Las diferencias culturales y las diversas dimensiones de la diversidad social (género, edad, etnia, orientación sexual, discapacidades físicas, etc.) no se disipan con la desaparición de las desigualdades económicas.
Por eso la idea de igualdad es otra debilidad de la teoría marxista, con efectos altamente perversos en las sociedades del socialismo real como la cubana. La igualdad debería pensarse a partir del principio: “ninguna desigualdad sin responsabilidad”. Esto es, no está justificada ninguna desigualdad que no sea consecuencia de alguna elección libre del individuo. Todo aquello que es el resultado de un azar social o natural -la pertenencia a cierta clase social, la posesión de un talento natural (inteligencia, fuerza, etc.), la tenencia de un producto que es deseado o demandado por muchos, no justifica el derecho a percibir una parte mayor del pastel social. La sociedad debe garantizar que los individuos no vean limitadas sus opciones, su libertad, el control de sus vidas, por circunstancias que no dependen de ellos. Las únicas desigualdades que están justificadas son aquellas que se dan como consecuencia de las decisiones y las acciones libres y responsables de los individuos. Por ejemplo, la decisión individual de trabajar menos.
La igualdad con responsabilidad distingue entre las demandas justas, públicamente defendibles y aquellas otras que son cuestión de gusto o caprichosas. La igualdad que importa es la igualdad de capacidades o de habilidades reales para realizar ciertos logros que a la persona le resulten importantes en su propia vida. Lo cual puede exigir, evidentemente, distribuciones desiguales. (al respecto ver las interesantes contribuciones de Amartya Sen) Por eso la política del “igualitarismo a la baja” o de “todos pobres” como parece haber sido la estrategia dominante de las experiencias del socialismo real, ha producido sociedades tremendamente injustas (aunque pareciera lo contrario) en la medida que no han permitido la existencia de las “desigualdades justas”.
El otro asunto interesante, para la izquierda, es el de la compatibilidad (o incompatibilidad) entre la eficiencia económica y la igualdad.. Existe un principio (enunciado por Rawls) que afirma que “solo resultan aceptables aquellas desigualdades que favorecen a los más pobres La mayor riqueza de unos se justificaría en la medida en que contribuye a mitigar la pobreza de otros. Aunque la tesis tolera diversas interpretaciones, la más extendida descansa en la convicción de que ciertas desigualdades, al actuar como estímulos, permiten aumentos de la producción que favorecen también a los más pobres. Una sociedad que apostara por distribuciones radicalmente igualitarias disminuiría los incentivos y, con estos, el crecimiento: una excesiva igualdad acabaría con las ganas de trabajar y a la postre se traduciría en una menor riqueza para todos. En ese sentido seria preferible una sociedad que mantuviera cierto grado de desigualdad pues en ella, incluso los que estuvieran peor gozarían de unos niveles de renta superiores a los de todos en la sociedad de los iguales o del igualitarismo a la baja (todos pobres).
Sobre el mercado, una idea previa: Excepto a los interesados en el negocio a nadie le importa como tal el mercado. O al menos, no le interesa a quien esto escribe. El mercado es un simple instrumento para organizar las tareas económicas y como cualquier otro instrumento estará justificado si lo están los objetivos que permite alcanzar o, al menos, si no contribuye a socavar los que se juzgan interesantes. Carece de sentido empecinarse en su defensa o en su crítica, incondicional, sin atender a “para qué el mercado”, a sus consecuencias o resultados. Para los progresistas y socialistas, el mercado interesa porque en realidad interesan otras cosas.
¿Es posible sustituir el mercado como mecanismo de asignación? Conocemos bien las funciones que cumple el mercado: un sistema descentralizado de toma de decisiones donde los precios actúan como señales que permiten resolver los problemas de coordinación económica (qué, cuanto y para quien se produce) y donde los individuos, con sus elecciones de consumo, castigan al productor ineficiente sin necesidad de agentes sancionadores. Reconocer los defectos del mercado no puede llevarnos a ignorar que encara con bastante solvencia una serie de retos a los que ha de enfrentarse cualquier sistema económico, incluido aquel que se inspire en principios socialistas.
En principio los partidos de izquierda, promotores de una buena sociedad o de una sociedad socialista, no deberían tener objeciones fundamentales al mercado. Los desarrollos teóricos sobre el socialismo de mercado tienen ya una larga historia alimentada, en general, por investigadores de sobradas credenciales académicas.
Seguramente, dados nuestros conocimientos y posibilidades técnicas, y nuestra historia, no disponemos de una institución mejor que el mercado para asegurar e funcionamiento asignativo de muchos procesos económicos. Al menos, personalmente no conozco ninguna. Pero, obviamente, eso solo habla de nuestras limitaciones. Nuestras comparaciones actuales no agotan las comparaciones posibles. Sin duda que, en la comparación con las esperpénticas planificaciones quinquenales del socialismo real, el mercado salva el examen con nota alta.
Que duda cabe que el mercado alienta conductas que socavan la comunidad y la lealtad, la confianza y el respeto, las emociones en general. Todos ellos son un tipo de “bienes” que hacen posible la vida, incluida la vida económica, pero que sobreviven mal en el mercado. Cuando se les pone precio, desaparecen. En realidad, cuando todo está en venta la vida social resulta imposible. Las normas, como las instituciones tienen la naturaleza de “bienes públicos” que todos estamos interesados en preservar pero ninguno en asumir el coste de su mantenimiento. Son “bienes” que se necesitan pero que nadie está interesado en “producir” porque no hay modo de excluir a nadie del disfrute de la confianza social y, por tanto, no hay modo de cobrar a sus usuarios. Las intervenciones públicas aparecen precisamente para resolver estos fallos del mercado.
Para terminar. Vistas las hipótesis principales (ideas sobre la explotación, la igualdad, la abundancia, el altruismo, por no mencionar la dictadura del proletariado…) sobre la que construye su teoría Marx, no es tan casual la deriva del socialismo real. Las perfidias de los Lenin, Stalin, Mao o Castro no se producen por haberse desviado de los principales postulados de Marx. A menudo se han producido, porque los han seguido al pie de la letra.
Evidentemente, que seria una falacia pretender que la brutalidad del socialismo real estaba escrita en Marx. Pero no cabe descuidar que algunas de las tesis metafísicas de Marx, dificultan la condena de esa brutalidad. En particular, aquellas que se asientan en los esquemas de la dialéctica hegeliana y que justifican el presente en nombre de lo que habrá de ser. El sufrimiento de hoy se disculpa por el germinar del progreso que alimenta y anticipa. Hay muchos textos de Marx que avalan a quienes intenten justificar el sufrimiento inmediato en nombre la felicidad del futuro. En todo caso, han proporcionado un soporte de citas a una gente muy siniestra.
El proyecto de “buena sociedad” debe asegurar su plausibilidad material, mostrar que el proyecto es compatible con lo que sabemos, con los datos y con el conocimiento disponible. No valen proyectos que violen las leyes de la física o un consumo energético mas allá de la reservas del planeta.
Debería plantear objetivos prácticos, que garanticen que el proyecto resulta alcanzable por su armonía con las razones que llevarían a comprometerse en ellos a los protagonistas de los procesos –sin exigirles comportamientos heroicos permanentes, en nombre de las generaciones futuras, por ejemplo- desde sus propios intereses y convicciones. Porque forma parte de las trayectorias históricas accesibles desde el presente. Un proyecto político ha de proporcionar razones a los individuos, razones por las que deben asumirlo, en el doble sentido, porque ven recogidas sus aspiraciones y porque les convenzan, porque les parezca bien.
Ambas dimensiones han estado ausentes en el proyecto de comunismo de Marx y, por descontado, en el socialismo real.
Entender, finalmente, que hay que unir el presente con el futuro. No todo lo presente (el sistema) es criticable. En gran parte porque el presente también es el resultado de las luchas por un mundo mejor, por la buena sociedad. Ello hace que nuestros proyectos de cambio sean plausibles.
En todo caso amigo Voltaire, creo que hay que desplegar un gran esfuerzo intelectual y político para ajustar las cuentas, no solo con los despropósitos y miserias del socialismo real (Cuba incluida) sino también con las tesis y teorías que los sustentaban.
Autor: Espino | Agosto 25, 2006 2:25 PM
Voltaire se cree muy listo con sus pretensiones de socialismo perfecto y su ubicación por encima del bien y del mal. Pero parece ignorar unas cuantas cosas sobre Cuba. No sé si alguna vez habrá estado allí, pero todo indica que no. No voy a decir que el sistema cubano es perfecto, porque no lo es. Ni digo que no haya burocracia, desigualdades y limitaciones a la libertad (¿podría ser de otra manera en un país acosado?) y tal vez todavia estén lejos de los postulados históricos del socialismo. Pero hay (al menos) dos cosas que justifican la existencia del "régimen" que impera en Cuba, como lo llama Voltaire. Y no me refiero a la educación y la salud universales, tan poco valoradas por Voltaire. Me refiero a que el destino de Cuba sin la revolución hubiera sido tan penoso que no hay duda que la revolución representó y representa un avance al margen de todas sus debilidades. Y eso es lo que hay que juzgar. Y el segundo y más importante es que Cuba es el único país realmente independiente del continente. No sé si es socialista o no, pero independiente no cabe duda. Es el único país que se planta frente al imperio, junto con Venezuela ahora. Estoy totalmente de acuerdo con Beto en este punto. La dignidad de Fidel Castro lo convierte en faro de la lucha antiimperialista.
Autor: Fidelísimo | Agosto 25, 2006 2:44 PM
Espino, haré unas pocas reflexiones y sólo sobre los comentarios que tienen que ver con mi texto (no sea que a alguno se le ocurra colgar sus obras completas como comentario y espere que se le responda a todas y cada una de sus preocupaciones). “Voltaire critica a Cuba porque no hay allí traza alguna de un ‘verdadero socialismo’. Me pregunto ¿qué es el verdadero socialismo para Voltaire? ¿Desde qué perspectiva critica la versión espuria del socialismo existente en Cuba?”, se/me pregunta Espino. En ningún momento afirmé tal cosa, sino sencillamente que en Cuba no había socialismo, ni verdadero ni espurio ni de ninguna otra naturaleza.
¿Por qué afirmo esto? Porque en la tradición socialista (incluida la marxiana y tal vez con la excepción de la socialdemócrata), una sociedad de esa naturaleza es lo opuesto al capitalismo. A la demanda positivista de que el socialismo se defina como algo más que por lo que NO DEBERIA SER ya respondió Marx en el prólogo a la segunda edición de “El Capital”, donde escribió con mordaz ironía que él no hacía recetas de cocina comtistas para el bodegón del porvenir. El pretendió hacer la crítica (negación teórica) del capital (que para él era una relación y no una cosa). La negación práctica de esa relación social era en su concepción asunto de la sociedad, con el proletariado a la cabeza. Que este optimismo marxiano no se haya visto confirmado en la práctica no supone que sea equivocada la idea de que sólo los ciudadanos (los productores libremente asociados los llamaba Marx) pueden en la práctica concebir y decidir las formas concretas de organización de una sociedad poscapitalista. Exigirle a la “teoría” que suministre un “programa socialista” para cada país me parece un despropósito, en el que por cierto cayeron y caen numerosos leninistas. Precisamente porque el socialismo como sociedad realizada no existe, no podemos definirlo más que por su negatividad, por lo que no es. Y lo que no puede ser es justamente una sociedad regida por la misma lógica que el capitalismo: mercado, trabajo asalariado, acumulación de capital, producción para el cambio y no directamente para la satisfacción de las necesidades humanas. No otra cosa hizo Marx en el UNICO trabajo del que puede decirse que habla de cómo (no) debería ser una sociedad socialista, la “Crítica del Programa de Gotha”. Sí, en este asunto me siento tributario de su pensamiento (¿está mal?).
Por eso mismo digo que Cuba no es una sociedad socialista y, a falta de mejores definiciones, hablo de capitalismo de Estado. Porque tratándose de una sociedad mercantil –porque en Cuba no desapareció el mercado aunque el Estado sea prácticamente el único vendedor de bienes y servicios y el único comprador de fuerza de trabajo– tiene algunas especificidades que la distinguen del capitalismo clásico de Occidente: entre otras cosas los miembros de la clase que gestiona, se apropia y distribuye la riqueza social obtienen tales potestades no de su condición de propietario individual de determinado capital, sino de su pertenencia a una nomenclatura. A diferencia del capitalismo clásico, su posición de poder depende de que siga siendo miembro de la misma, no de la mayor o menor pericia individual para sobrevivir en la jungla del mercado. Pero si a Espino se le ocurre una denominación más apropiada, no problem.
Todas y cada una de las críticas que realiza Espino al sistema imperante en Cuba están mencionadas en mi artículo (desde la falta de libertad de los trabajadores para sindicalizarse y discutir las condiciones en que está dispuesto a emplearse hasta la calificación de su sistema de control policial omnímodo como totalitario). Ahora bien, afirmar que el capitalismo es esencialmente “lo contrario” del totalitarismo me parece algo temerario. Para suscribir esa idea hay que borrar de los libros de historia al fascismo y al nazismo. Y ya que Espino hace referencia a intelectuales con “suficientes credenciales académicas”, sobre este asunto lo remito a Hanna Arendt.
No crea Espino que tengo miedo a que me “acusen de derechista” por decir que el régimen cubano es mucho peor que el uruguayo o el argentino. Tengo la piel dura y no tengo problemas en padecer soledad cuando la honestidad intelectual (o la honestidad a secas) así lo exige. Lo que ocurre es que quise sacar la discusión de la comparación (que aquí las cosas son peores que allí o mejores que acullá) que no siempre conduce a territorios fértiles. Pero en mi respuesta a Beto verá que le digo que si se trata de comparar, comparemos todo y en la comparación Cuba está lejos de salir victoriosa en todas las líneas.
Sobre el tema de las bondades que le adjudica Espino al mercado ya hemos tenido una suculenta discusión en los comentarios que siguen a la nota “Desafío al corazón”, a la que remito a los que eventualmente les pueda interesar, de modo que no me voy a repetir y sumir a los demás en el tedio (no quiero que me acusen de totalitario, de modo que no le voy a pedir que sea más breve, pero le voy a recordar que su comentario tiene 18.000 caracteres (!!) y esto no es el departamento de teoría política de ninguna universidad). Sobre este punto no me voy a extender, entre otras cosas porque no tengo grandes cosas nuevas para decirle. Aunque no resisto la tentación de hacerle una breve corrección a su afirmación de que para Marx “explotado es aquel que recibe bienes que valen menos (que incorporan menos trabajo) que lo que él aporta a la producción” y que “cambia de opinión en referencia a la sociedad comunista, porque en ella se distribuirá de acuerdo con el criterio: “De cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades”. Si se piensa eso seriamente, debemos aceptar que la explotación es una situación normal de la sociedad comunista. Porque si a cada uno se le da según sus necesidades, puede que no se le retorne todo el fruto de su trabajo”. Esto, con todo respeto, es un disparate mayúsculo. Decir que en una sociedad de productores libremente asociados, se explota a la mayoría de sus miembros porque deciden libre y voluntariamente ceder parte del producto de su trabajo a los niños, a los enfermos que no pueden trabajar y a los ancianos que ya lo hicieron durante años carece de seriedad. Asimilar esto con la explotación del trabajador asalariado es descabellado. Es una simpleza su aseveración de que quien no se lleva el producto íntegro de su trabajo sencillamente es un explotado. No le haga decir a Marx algo que no dijo (en su Crítica al Programa de Gotha refuta precisamente a los que creen que con el comunismo todos se iban a llevar el producto "íntegro" de sus respectivos trabajos). Uno puede aceptar voluntariamente compartir el producto de su trabajo con otros. Pero nada de eso es lo que ocurre con el trabajo asalariado, según Marx. La explotación es inherente a la forma (disculpe este extravío hegelo-marxiano) trabajo asalariado. En primer lugar, y al margen de la libertad de morirse de hambre, no puede decirse que aceptar una relación asalariada sea un acto libre y voluntario. El trabajador vende su fuerza de trabajo, que tiene la propiedad (es la única mercancía que tiene esa propiedad) de crear un valor superior al suyo propio, determinado por los bienes que necesita para reproducir esa fuerza. Este fenómeno queda totalmente vedado a la conciencia inmediata: parece que el comprador de la fuerza de trabajo pagara el trabajo que hace el trabajador, pero en realidad lo que le compra es su capacidad física y/o intelectual para aplicarla a la producción. Marx expone con claridad que la relación que establecen capitalista y trabajador en el mercado, a la hora de contratar la fuerza de trabajo, es un “intercambio de equivalentes”, uno le vende a otro su mercancía por su valor real. Podría decirse que es un intercambio “justo”. ¿Pero qué ocurre en el ámbito de la producción? El capitalista dispone libremente de la mercancía que acaba de comprar y da la “casualidad” que esa mercancía tiene el atributo de que crear más valor que el suyo propio (y que recibe en forma de salario). El contrato dispone que esa diferencia es propiedad del comprador de la fuerza de trabajo. ¿De qué otro lado si no podría salir lo que los empresarios llaman “beneficio” si el resto de los factores que intervienen en el proceso de trabajo no tienen esa propiedad única de la fuerza de trabajo, sino que se limitan a “transferir” su valor al producto final pero sin incrementarlo. Esto no queda en absoluto alterado por el hecho de que la diferencia de valor de la que se apropia el capitalista sea compartida con otros de sus colegas que no intervinieron directamente en el proceso pero que son imprescindibles para realizar sus ganancias (distribuidores, comerciantes, etc.). Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy someramente esto es lo que dijo Marx sobre la explotación. Se lo puede discutir, claro, como todo. Permanentemente vuelvo sobre el asunto y me interrogo. Pero pretender que en la idea de Marx sobre el comunismo anida una contradicción con su teoría de la explotación es un disparate, entre otras cosas porque ignora que para Marx en el comunismo no iba a haber valores de cambio (o valores a secas). Su idea, puede criticarse, claro, pero es coherente: en el comunismo no habrá trabajo asalariado, por tanto los productos del trabajo no asumirán la forma de mercancías, no se le atribuirá valor a lo que se produce, por tanto no habrá gente que se pueda apropiar de esos valores. Sugerir que una decisión inspirada en razones morales, como dispensar a una parte de la sociedad a que haga su aporte en trabajo a la sociedad, convierte a los ancianos y a los niños en “explotadores” del resto de la sociedad… no tiene pies ni cabeza.
Otro asunto que trata Espino es que hay que terminar con aquellos pensamientos de los que supuestamente se nutrió el socialismo real, dando a entender que aquella idea primigenia del socialismo necesariamente tenía que desembocar en la pesadilla del socialismo real. Voy a ser telegráfico. Con el único que estoy dispuesto a darle pelea es con Marx. El resto se lo concedo (Lenin incluido). Pero me parece que le va a resultar problemático establecer un hilo conductor (por fino que sea) entre el pensamiento de Marx y la Unión Soviética, Cuba o China. Al respecto espero que no se limite a repetir que en el Manifiesto Comunista Marx habla de dictadura del proletariado. El Manifiesto es un trabajo absolutamente menor en el conjunto de la obra marxiana (menor respecto a su teoría, pues no dejó de ser eso, un manifiesto, un panfleto de agitación y divulgación, maravillosamente escrito por cierto, de esos que ya no se ven). No hay dudas de que para Lenin, por ejemplo, la postura respecto a la dictadura del proletariado sí era la frontera que separaba a los revolucionarios de los que no lo eran, pero para Marx esa piedra de toque era el trabajo asalariado (¿hubiera podido ser de otra manera?)
Autor: voltaire | Agosto 25, 2006 9:11 PM
Lo que dice Fidelito es muy parecido a lo que dice Fidel Castro de la revolución. Una muestra del discurso oficial cubano. Un poco de “socialismo” por aquí, otro poco de revolución por allá, con una pizca de salud y educación para todos, pero el núcleo duro de la ideología justificatoria del régimen castrista es el nacionalismo (“¡patria o muerte venceremos!”), como sin duda lo fue durante el stalinismo en la URSS. El régimen de Castro sería el representante de la nación, el continuador de la gesta independentista de finales del siglo XIX. Casi todos los regímenes dictatoriales recurrieron al nacionalismo como ideología cohesionadora de la sociedad.
¿Pero qué quiere decir ser “independiente” en plena era global? No me estoy haciendo el distraído, Fidelito, me parecen palabras gastadas las tuyas de tanto repetirse como mera fórmula. Cuando un estornudo en la bolsa de Tokio provoca una gripe en la de México, cuando esta o aquella ley doméstica deben resultar digeribles para los mercados globales, cuando las actividades en un lugar del planeta pueden condicionar la vida entera en otro muy distante, cuando la cultura social empieza a ser planetaria, cuando ya no existen países enteramente autárquicos, cuando ya nadie puede alegar que ignoraba las consecuencias de sus actos en lugares remotos (invisibles), cuando hasta la oposición al actual curso de la globalización está globalizada, cuando el actual sistema mundial ya no tiene un “adentro” y un “afuera”, ¿qué quiere decir ser independiente? Te lo pregunto porque no me aclaro. ¿Qué sociedad puede ufanarse de ser independiente? (¿hay que ufanarse de serlo?) A mí en todo caso no me parece que la creciente interdependencia entre los humanos sea algo malo en sí mismo (puede resultar una catástrofe o puede resultar enriquecedora, depende de qué criterios rijan esa globalización: no es lo mismo la preocupación por expandir los espacios de libertad de los individuos que dar por buena la idea de que toda la vida social debe estar sometida a la lógica del mercado y que, por ende, deben imponerse los más fuertes, eficientes y competitivos.
En este contexto, pensar en que algún país puede ser independiente, lo que se dice independiente, me parece que va en dirección opuesta a todas las tendencias contemporáneas (después habrá que ver si una persona de izquierda, como tú, Fidelito, debe luchar por erigir “países independientes”, toda una discusión que no pretendo emprender aquí, no teman). En todo caso me parece casi una evidencia el hecho de que vivimos en una época de estrechas (y crecientes) dependencias mutuas, entre personas y países. Y que eso va a más y no a menos. Ni siquiera Estados Unidos puede ostentar, en este sentido, la condición de país independiente. Depende de infinidad de servicios, recursos, y mercados que están fuera de fronteras y a menudo fuera de su control.
Estas reflexiones son perfectamente aplicables a Cuba, que durante treinta años fue una economía críticamente dependiente de la Unión Soviética y demás “países socialistas” y que hoy no lo es menos del mercado mundial. Pensar que esa dependencia del capitalismo mundial podría no tener ninguna consecuencia sobre la soberanía política de los Estados más pequeños, es como mínimo una ingenuidad (como se encargan de recordárnoslo a cada paso las discusiones sobre las legislaciones nacionales, en las que más temprano que tarde aparece el argumento de que si se aprueba esta o aquella ley, los mercados la agradecerán --o la maldecirán-- pero en cualquier caso aparecen como un factor que influye decisivamente en las políticas nacionales). Pretender separar enteramente las esferas económica y política parece, pues, algo traído de los pelos. Por eso Cuba también hace concesiones frente a los imperativos del capital globalizado, aunque sean proporcionales a los “beneficios” que recibe. Y haría más si se le garantizaran mayores inversiones. Cuba no es menos vulnerable a las determinaciones del mercado global que el resto de los países de su nivel de desarrollo (parece que aquí cuenta más su condición de eslabón relativamente poco desarrollado de la economía mundial que su condición de economía estatitzada).
Sin embargo, también me parece una simplificación afirmar que los Estados nacionales independientes son apenas la forma contemporánea que asumen las colonias. Cierta izquierda cree que la formación de estos Estados nacionales –con sus leyes y mercado propios entre muchas otras cosas— fue un episodio casi despreciable de la historia, pues en el fondo nada habría cambiado desde la época colonial. O los procesos independentistas del siglo XIX en América fueron un fraude o los partidarios de esta tesis deben explicarnos a través de qué vías países que llegaron a ser independientes dejaron de serlo.
Me parece que ser indiferente frente el supuesto “detalle” de la creación de los Estados nacionales en América Latina (proceso que duró cerca de 70 años, entre la independencia y fines del siglo XIX o principios del XX en algunos países) sólo puede confundir las cosas. La constitución de Estados nacionales supuso un mayor grado de independencia para las clases y sociedades que los crearon, porque entre otras cosas esos nuevos Estados independientes fueron un medio del que se valieron y valen en la competencia con otros Estados y economías (una lucha que casi siempre tuvo muy malos modales por cierto y que hizo que los más grandes y poderosos llevaran grandes ventajas… un motivo más para insistir en la importancia que tiene para los países pequeños: 1) el derecho internacional y 2) las alianzas con otros países para no terminar siendo un corcho a la deriva en el océano global.
Tampoco parece que en este sentido Cuba lleve mayores ventajas o desventajas respecto al resto de los países ni que, por tanto, “su” Estado haya conseguido en el mercado mundial o en el escenario político internacional, un mayor grado de autonomía para sus habitantes (tampoco uno menor posiblemente). Fidel hizo y hace concesiones a cada paso para superar la penuria en la que viven los cubanos. ¿O el nivel de salarios en Cuba no guarda ninguna relación con sus expectativas de atraer inversiones extranjeras? ¿o no fue el mercado turístico el que impuso la tolerancia de la prostitución, tan a contramano de los valores “socialistas”?, ¿o la liberación de disidentes (supuestamente condenados en juicios justos) cuando la presión de la UE, por ejemplo, se hacía insistente? Por no hablar de la no tan lejana Guerra Fría, cuando su política no parecía más “autónoma” de la Unión Soviética que la de las dictaduras respecto a Estados Unidos).
De modo que Cuba no es menos dependiente ni menos vulnerable frente a las determinaciones del capitalismo internacional que otros países de su envergadura, ni es políticamente más soberana.
De la lectura de tus líneas no se desprende que hayas tenido en cuenta todos estos “problemitas” a la hora de hablar de independencia, Fidelito. Así que quedo a la espera de una respuesta a las preguntas: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de independencia? y ¿en qué se basa tu afirmación de que Cuba es el único país independiente (o “el más independiente”) del continente? Y podemos seguirla con preguntas que no son provocaciones…aunque no lo creas: ¿debemos luchar para que nuestros países sean más “independientes”? ¿Es posible? ¿Es “más de izquierda” negarse a resignar soberanía nacional en aras de una integración regional que si es en serio necesariamente comporta menor soberanía nacional pero tal vez mayor soberanía ciudadana?
Autor: voltaire | Agosto 25, 2006 9:22 PM
Imaginemos un país donde se pueda planificar la economía, asignándole a cada persona el rol que debe cumplir, las metas que debe alcanzar y las apetencias que debe tener, e imaginemos que la gente de ese país acepta esas condiciones y que ninguno hace trampa ¿Será ese el secreto de la longevidad de Fidel? ¿será que están todos esperando que se recupere y si no se recupera, están listos para arremangarse y seguir como siempre adelante, pero con Raúl? Por ahora, y como corresponde a una revolución que cree en la medicina, está todo en manos de los gastroenterólogos.
Autor: Lamónaca | Agosto 26, 2006 7:12 AM
Mirá Voltaire: es tu blog y hacés lo que se te canta, pero no entiendo para qué habilitaste la opción de poner comments si después andás quejándote de la cantidad de caracteres que tienen las intervenciones de otros. Resulta sumamente antipático y desestimulante, es como si el conocimiento y la forma correcta y adecuada de su expresión fueran el privilegio de unos pocos iluminados. Creo que los lectores no precisamos ningún security que nos defienda de la acumulación de palabras (para eso está el equipo editorial de Granma). Cada cual tiene su estrategia de lectura y lee lo que le parece. Yo, por ejemplo, dejé de leer tu respuesta a Espino cuando me encontré con el segundo comentario despectivo sobre el largo de su intervención. Sus 18K no me asustaron, 100 palabras tuyas me ahuyentaron.
Autor: fer | Agosto 26, 2006 2:12 PM
Me congratulo de esa mirada certera de fer, de su singular capacidad para diferenciar en una nota lo central de lo subsidiario. Francamente, quedé pasmado.
¿Iluminados? ¿Forma correcta de expresión? ¿Intento de coartar la libre expresión? ¿De qué demonios habla fer? ¿Habrá tenido su ataque de furia matinal y se querrá pelear con alguien? ¿se habrá levantado de mal humor y con disposición a hacer un numerito? Cualquiera que haya leído mis líneas sin la evidente vocación por la riña que deja traslucir fer se dará cuenta de que mis comentarios eran nada más que un aviso de que no iba a contestar a todas y a cada una de las afirmaciones de Espino, sino únicamente a las que tenían que ver con lo que yo había escrito. (y si alguien tiene algo que alegar, ese alguien es Espino, al que por cierto no le corté ninguna línea ni censuré).
Autor: voltaire | Agosto 26, 2006 4:50 PM
¡Y yo que pensaba que criticar era fácil!
Resulta que no es así, ante todo hay que cuidarse del largo de lo que uno escribe, ya que puede recibir este tipo de comentario: “no quiero que me acusen de totalitario, de modo que no le voy a pedir que sea más breve, pero le voy a recordar que su comentario tiene 18.000 caracteres (!!) y esto no es el departamento de teoría política de ninguna universidad”.
Esto es un blog y no cualquiera puede poner comments largos, sólo los de una cierta nomenclatura o nómina o lista de privilegios o como se llame pueden hacerlo. Pregunte primero si está incluido.
Después, hay una restricción temática: hable de lo central de una nota, no de lo subsidiario. Si no lo hace, deja pasmado a Voltaire, que es el que tiene la regla.
Hay más dificultades, sólo algunos están autorizados a hablar de algunas cosas: “... y si alguien tiene algo que alegar, ese alguien es ...”.
Ojo, si ud. no está autorizado se la puede ligar: los argumentos ad hominem aquí son de recibo y si, como yo, tiene fama de malhumorado y belicoso, cualquier cosa que diga, aunque lo haga educadamente, quedará desacreditada por esa tara de su personalidad.
Y sí, criticar es difícil ... Pero leyendo calladito se aprende mucho. Por ejemplo, le copio a Voltaire este utilísimo recurso retórico para decir una cosa mientras digo que no la estoy diciendo: * no quiero que me acusen de agresiva, de modo que no te voy a pedir que te vayas a cagar *.
Autor: fer | Agosto 27, 2006 10:49 PM
Por sus respuestas, tengo la impresión de que a usted no le interesa mucho profundizar en la naturaleza de la sociedad que “supere” al capitalismo. Allí queda eso de su maestro: “cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. Ni una especificación más sobre como se va a organizar y como va a funcionar esa maravilla social. No se lo pido a Marx (a su teoría), se lo pido a usted, Voltaire, ciudadano responsable y comprometido del siglo XXI, buen conocedor de los problemas de nuestro tiempo y de nuestro entorno. Porque si no es capaz de avanzar ni un milímetro más allá de ese enunciado, creo que estamos perdiendo el tiempo en este blog. Me da la impresión de que no quiere avanzar en esas definiciones porque teme que “se contamine” una teoría que solo “funciona” si se mantiene en el limbo de la filosofía. Si me he metido en disquisiciones marxianas (no tengo ningún interés especial en ello) es porqué usted, a cada paso de sus comentarios, va poniendo en evidencia su adhesión a los principios de la teoría de Marx.). Me imagino que si lo hace es porque considera que siguen siendo la mejor “guia para la acción”. Y que critica a Cuba desde esa óptica, es decir, que los cubanos no han sido capaces de seguir correctamente las enseñanzas del autor de El Capital. La crítica que hago de la teoría de Marx no se circunscribe al asunto de la explotación, que es al único tema que usted presta atención en su respuesta a mi texto. La teoria de Marx (como guia para la transformación del mundo) hace aguas porque en ella faltan una teoría de la igualdad, de la justicia, de la abundancia (o de la sostenibilidad), del pluralismo y, finalmente, de la organización política de la sociedad futura. Si usted no hace ningún comentario a mis críticas sobre estos temas, mencionados en mi texto anterior, debo suponer que usted no tiene nada que decir al respecto. De mi parte, cada una de mis críticas son partes del mismo “pack”. No se entienden de forma separada, porque se condicionan mutuamente. Si hubiera una teoría sobre la abundancia y sobre los recursos limitados, no se propondría eso de “a cada cual según sus necesidades”, por ejemplo. La hipótesis del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas es la piedra angular de todo el edificio teórico de Marx. Y en parte por ello es que no se preocupó por dar mayores explicaciones sobre la organización futura de la sociedad. En un reino de la abundancia, eliminados los intereses contrapuestos, no habría ningún problema en organizar la sociedad. Como ya he manifestado en mi texto anterior ambos supuestos (abundancia y ausencia de conflictos) son falsos.
Evidentemente, que la idea de “cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades” debería ser desarrollada: por ejemplo, ¿cómo y quién mide las capacidades disponibles de cada cual? ¿Cómo calibramos las diferentes necesidades? Asimismo, proponer una “asociación de productores libres” exigiría algunas especificaciones sobre las formas en que esta asociación será organizada. ¿O piensa que no? ¿Que es suficiente con el enunciado genérico?
En esta línea, Marx supone que en la sociedad sin clases, sin explotados ni explotadores, desaparecen los conflictos, ya no existirán intereses diferenciados y opuestos. Alcanzaríamos el llamado “reino de la libertad” opuesto al reino de la necesidad actual. Por eso supone la desaparición del estado y finalmente, la desaparición de la política, en la medida que solo queda “administrar las cosas”. Estas conclusiones son, al menos, peligrosas para una sociedad democrática y abierta. En todo caso, es una versión “comunista” del fin de la historia del denostado Fukuyama.
La sociedad futura que propone Marx tiene unos problemas de plausibilidad. Es un proyecto que no se deriva de la evolución socio-económica actual de nuestras sociedades. Para que cualquier proyecto futuro de transformación social sea viable y plausible debe ser posible derivarlo de las tendencias en curso. Pero las sociedades actuales complejas no pueden ser mejoradas o transformadas a partir de cuatro enunciados genéricos sobre la asociación libre de productores y sobre la satisfacción de necesidades genéricas. Por eso Voltaire, recurre al “dios proveerá” cuando debe responder a porqué los hombres y mujeres de nuestros días no se proponen crear la sociedad de los productores libres asociados.
Ya lo he mencionado antes: Marx no aborda el problema de las motivaciones de los individuos, y esto tenia que ver con su confianza en la abundancia y por eso su teoria se basó en enormes simplificaciones. En lo esencial, presuponía que con el fin de la propiedad privada y la consiguiente desaparición de las clases y del trabajo asalariado, desaparecerian los conflictos y que, una vez “que ya no se trabajaba para los explotadores” emergería una natural disposición cooperativa que el capitalismo habia pervertido. Voltaire dice que “deciden libre y voluntariamente ceder parte del producto de su trabajo a los niños, a los enfermos que no pueden trabajar y a los ancianos”. Esta convicción de Marx (seguida por Voltaire) se basa en la presunción de que en el socialismo la relaciones sociales serian tan inmediatamente transparentes como en una economia familiar: cosa que no sucedia con la sociedad capitalista donde las relaciones reales –de explotación, de dominación y alienación- resultaban distorsionadas: los intercambios parecian darse entre equivalentes (trabajo por salario) las mercancias y el capital parecian inherentemente valiosos (y no en tanto que producto del trabajo humano). En el socialismo desaparecerian esas distorsiones que dificultan la comprensión del capitalismo, esa alienación de la sociedad respecto a sus protagonistas, que la ven como dotada de una especie de naturalidad ajena a sus voluntades. En esas circunstancias la inmediata comprensión de los procesos aunada a las buenas disposiciones de las personas, practicamente resolvia todos los problemas de funcionamiento social del modo de organizar la vida colectiva.
Las ingenuidades de esta presunción son diversas. Como ya he planteado existen importantes lineas de división social conflictivas (culturales, sexuales, de edad...) que aunque condicionadas por las clases sociales, no son reducibles a diferencias de clases. Por otra parte, la naturaleza humana ha resultado ser mucho más compleja que la simplificada e idealizada visión de los socialistas clásicos: no es seguro que, en la sociedad de los iguales (de los productores libres), todos estuvieran dispuestos a cooperar o a seguir sin más el principio de “a cada cual segun sus necesidades, de cada cual segun sus capacidades”. Al revés, lo que muy bien podria suceder es que, una vez institucionalizado ese principio distributivo, los individuos exagerasen sus necesidades y no revelaran sus capacidades, que adoptaran comportamientos oportunistas: aprovecharse del trabajo de todos y evitarse los costes de participar. No ha pensado Voltaire, ni por un instante, que esta posibilidad pueda hacer naufragar su proyecto de los “productores libremente asociados”?
Ello tiene que ver también con una idea latente en los enunciados de Voltaire. La sociedad socialista “se instaura” y “un buen día” se comienza a construir. Se trataría de sistemas (el capitalista y el socialista) contrapuestos que se repelen y que no admiten la más mínima cohabitación o posibles evoluciones positivas de la sociedad actual hacia una sociedad más justa, más igualitaria y más libre. Personalmente prefiero hablar en estos términos y no de rupturas radicales porque creo firmemente, como ya lo he mencionado en el post anterior, que existen en el sistema actual, como producto de las luchas de los ciudadanos, elementos de justicia y progresos evidentes en una mayor igualdad y en la prosperidad. Si esto es así, la existencia de conquistas (que pueden ser parciales y reversibles, que duda cabe) llevará a actitudes conservadoras (o de conservación) de esas conquistas y de esos logros (por ejemplo, de las leyes sociales, de la democracia). Por tanto, los llamados a las rupturas anti-sistema y las convocatorias a construir el socialismo a partir de las ruinas de la sociedad capitalista, lógicamente, no tendrán muchas adhesiones de la ciudadanía.
Sobre el concepto de explotación sigo pensando lo mismo. No hay ningún disparate en lo que afirmo sino que es coherente con el concepto de explotación de Marx. No dudo de que Marx dijera que en el comunismo no todo el producto del trabajo seria retribuido al trabajador porque hay que repartir entre los menos favorecidos y entre los más débiles. Pero si aplicamos el criterio de que la explotación (en el capitalismo) se define por el no retorno íntegro de los frutos del trabajo al trabajador, también esto sucede en cualquier otro modelo de producción. Podrá decirse que en el socialismo la explotación se realizará con fines más nobles y de distribución justa. Pero no deja de ser explotación en el sentido que tiene la palabra en Marx. Pero es que la idea, un tanto rústica, de que en el capitalismo todo el excedente o plusvalor extraído al trabajador, va a parar a fines innobles o a las cuentas corrientes de los capitalistas, habría que revisarla. Yo pago mis impuestos, y sé que una parte de esos impuestos va para la sanidad, la enseñanza o la construcción de viviendas sociales. Por tanto, un trabajador asalariado puede decidir libremente entregar parte de sus ingresos para la ayudar a la producción de bienes públicos o sociales. En los países más desarrollados, la socialdemocracia ha apuntado y desarrollado esta línea de reparto justo de los frutos de la explotación. Dentro del sistema capitalista, por supuesto. ¿Porque usted mide con otra vara, cuando se dispensa a los niños y ancianos de trabajar en la sociedad capitalista (estado del bienestar) respecto a la sociedad socialista del futuro? Una vez más, Voltaire es deudor de la idea del cambio radical de sistema para pensar en la “buena sociedad”.
Sobre la explotación no hay que olvidar un asunto que interesa más en la sociedad actual. En primer lugar, la explotación podría ser un asunto deseable para millones de seres humanos del tercer mundo. Estarían deseando que los exploten y dejar de ser superfluos para el sistema como lo son actualmente (excluidos).
Y, asimismo, no olvidemos que es mucho mejor estar muy explotado (en términos de poder adquisitivo y calidad de vida) como por ejemplo los trabajadores suecos de la Volvo (plusvalía relativa) que los escasamente explotados trabajadores agrícolas de cualquier país centroamericano pero que sobreviven miserablemente. Esto es explotación en el sentido marxiano del término. Para Marx no se trataba de un concepto moral
Leyendo el post de Fer, concuerdo en las formas poco amables o amigables del blogero mayor del reino CEF. No es necesario decir que una discrepancia supone que el adversario ha dicho una “barbaridad” o que una afirmación es un “gran disparate”. Las formas también importan. O sobre las reglas de juego, que no han sido especificadas previamente y por lo tanto no es de recibo la crítica al posteo de textos excesivamente largos y que debamos agradecer al democrático Voltaire que no nos recorte los textos.
Autor: Espino | Agosto 31, 2006 8:12 AM
Comentario a Fidelísimo. Que explica las restricciones a la libertad en Cuba por el acoso de EEUU. Los 30 años de protección incondicional de una de las potencias mundiales de la época (URSS)a razón de una contribución de un millón de dolares diarios (si ha leído bien) deberían haber compensado los efectos de ese acoso. Pero no.
Autor: Espino | Agosto 31, 2006 8:33 AM
Me temo que Espino quiere tener un interlocutor que le facilite las cosas, que coincida con la caricatura de “marxista” que él tiene en mente. Siempre es más fácil polemizar con un adversario hecho a nuestra medida, munido de los argumentos que nosotros ya le hemos atribuido de antemano porque también tenemos los contra-argumentos adecuados para refutarlos. Tiene a esos marxistas a su disposición, está lleno, de modo que no veo la necesidad de andar inventándose uno más. ¿Usted quiere convencer o vencer simplemente? (Tampoco voy a aceptar su juego de ponerme en defensor de todo lo que escribió Marx, que es el lugar donde quiere ponerme Espino).
Un ejemplo, ¿dónde digo yo que Marx es una “guía para la acción”? ¿Dónde? Le encantaría que dijera algo semejante para a continuación arremeter con los argumentos que ya tendrá pensados. No se afane, se los digo yo: la obra de Marx puede tener alguna utilidad, pero en ningún caso como guía para la acción. No veo cómo puede servir como guía para la acción política una crítica teórica a la lógica interna del modo de producción capitalista (tal era el centro de su obra). Los intentos, por ejemplo, de convertir a Marx en un economista aplicado han resultado patéticos y sometido al escarnio a sus protagonistas. Pretender usar la obra de Marx como programa político es no haberla comprendido en absoluto. No faltan quienes leyeron (si es que leyeron) a “El Capital” como una historia del capitalismo a la que le falta el capítulo del siglo XX, con lo que siempre se podrá decir, “Marx no vio tal cosa”, “se olvidó de tal otra”, “no previó que…”. Pues claro, hombre, esas y muchas otras. El asunto es si su crítica de la lógica interna del capital tiene algún valor o no.
Espino también quiere ponerme en el lugar del “auténtico” socialista, del que tiene en su bolsillo el “verdadero” socialismo que aún no ha sido construido. No sé muy bien qué es el socialismo más allá de la negación del capitalismo, porque las sociedades que se pretendieron tales –ya se lo he dicho— me parecen nefastas y ya hace tiempo que no veo circulando ningún “programa socialista” de esos que antaño tenían unos 300 capítulos en los que se abordaba desde el futuro sistema de salud hasta el última detalle de la vida de los ciudadanos. Pero que no sepa qué es el socialismo no quiere decir que no esté autorizado a pensar que sería mucho mejor organizar la sociedad sobre la base de criterios que trasciendan la lógica mercantil y la relación asalariada. Por eso prefiero hablar de sociedad poscapitalista, y no de socialismo (porque socialismo implica una definición por la positiva de la que a todas luces carezco… y de la que desconfío). ¿Lo decepciono, Espino? Lo lamento. ¿Pero qué esperaba? ¿Que a continuación le expusiera un programa de 300 puntos sobre cómo se va a organizar la producción agrícola, la educación, el transporte urbano, los programas de construcción de viviendas? ¿No le parece que si la idea de que la sociedad se organice sobre criterios no-capitalistas empezara a abrirse paso esa tarea de pensar las formas concretas de producción, distribución, el derecho y todos los asuntos que hacen a la vida colectiva –y que usted me demanda a mí en este humilde blog—debería ser un desafío político e intelectual más bien colectivo?
(Toléreme un paréntesis breve: usted, que, si mi deteriorada memoria no me falla, se considera de izquierda, ¿cree que hay vida más allá del capitalismo? ¿o piensa que lo que hay es la estación terminal de la historia? ¿piensa que ser de izquierda hoy consiste en mantener el capitalismo con una mejor distribución de la riqueza? Conteste con tranquilidad que no le voy a exigir que envíe una fotografía o una tesis o un anticipo de ninguna sociedad futura. Incluso si contesta afirmativamente a mi pregunta tal vez podamos pensar juntos (o imaginar, porque no estamos ante un asunto científico) cómo podría ser aquello).
Otro ejemplo del intento de Espino de autofacilitarse las cosas consiste en sugerir que yo defiendo la idea de un crecimiento económico ilimitado, algo que el Club de Roma en los años 60 y el pensamiento ecologista han puesto en cuestión mucho antes que yo. ¿Dónde defiendo esa idea, Espino? Lo paradójico es que esa idea del crecimiento ilimitado es un presupuesto implícito del desarrollo del capitalismo (y de los izquierdistas que la siguen como a su sombra). El capitalismo es precisamente una forma de organización económica cuya única preocupación es la cantidad. O se expande o muere. El capitalismo sólo está preocupado por producir siempre más (con menos en lo posible), su vocación es la expansión indefinida e ilimitada, una vocación de universalidad puramente instrumental que se desentiende de asuntos como la virtud, la justicia, la belleza, de los fines en suma. La autolimitación es un concepto que el capitalismo desconoce. Su norte es el cuánto, no el qué ni el cómo. Para el capitalismo cuatro siempre es mejor que dos, producir (y vender) más automóviles, por ejemplo, es “bueno”; no se pregunta si lo que necesitamos es tener más coches particulares. Concedido que Marx también tenía esa ilusión propia de una época en la que la revolución industrial deslumbraba a todo el mundo y en la que los limites ecológicos del crecimiento no eran ni por asomo tan patentes como lo son en nuestros días. Lo que el muy pícaro de Espino quiere hacerme decir es que se puede seguir y seguir creciendo en el futuro porque esa sería la condición de una sociedad capaz de satisfacer las necesidades de los humanos…. y como ese crecimiento indefinido es, a todas luces, imposible, también lo sería una sociedad diferente a la actual (con lo que voltaire habría caído en su propia trampa). Pero lo que YO digo al respecto, no lo que Espino quiere que diga, es que 1) claramente no se puede seguir creciendo ilimitadamente porque este planeta empieza a mostrar síntomas de estar exhausto y 2) me pregunto y le pregunto a Espino si la riqueza disponible hoy en el mundo no alcanza ya para satisfacer las necesidades de todos los que habitamos este planeta (con otros criterios distributivos, naturalmente, no con arreglo a los recursos monetarios de que dispone cada ciudadano). ¿No la tendremos ya ante nuestros ojos esa abundancia que Espino considera una quimera? Son los apologistas del presente estado de cosas, no yo, los que sostienen que nunca alcanza lo que hay, que hay que crecer más, entre otras cosas (creo) porque eso les evita tener que poner en cuestión el actual orden. Todos los problemas se resuelven, según ese criterio, creciendo más, sin cambiar lo sustancial. La acrítica ilusión de que las nuevas tecnologías (incluidas las que aún no han aparecido, a tales extremos llega el fetichismo) y el crecimiento per se resolverán nuestros problemas no es política y culturalmente neutra. Es el presupuesto previo a la afirmación de que no hay por qué modificar el actual curso civilizatorio.
Espino arguye que sólo la ingenuidad de Marx o una nueva versión de Pol Pot pueden tener la pretensión de cuantificar, por más provisoriamente que fuere, las necesidades de las personas en una época dada. Sin negar lo obvio, es decir que esas “necesidades” son de carácter histórico-cultural y no naturales, y que por tanto cambian con el tiempo, hay que señalar --y para eso le recomiendo a dos autores con “credenciales académicas”, el premio Nobel alternativo Manfred Max Neef y la catedrática de filosofía Adela Cortina-- que las necesidades humanas SON FINITAS, por tanto susceptibles de ser satisfechas sin un crecimiento indefinido. Claro que es bastante habitual –y de ello se encargan también Max-Neef y Cortina- que en nuestras sociedades posmodernas (o de la modernidad líquida, según la apropiada metáfora de Zygmunt Bauman) se confunda necesidad con deseo (o incluso capricho). Espino puede decir que siempre habrá personas con gustos singulares, excéntricos, deseos propios, ganas de tener tres coches por ejemplo, o un vestidor con 200 modelos diferentes, o lo que quiera, pero, vaya, definir esos deseos y caprichos como necesidades propiamente dichas... no parece de recibo. Creo que en un estadio determinado de la civilización y el desarrollo de la cultura, la sociedad bien puede ponerse de acuerdo (democráticamente de acuerdo) en qué puede considerarse “necesario”. Los deseos y caprichos, en cambio, son intransferiblemente individuales…. pero la sociedad no tiene por qué hacerse cargo de estos últimos, aunque muchísimos ciudadanos infantilizados creen que tienen “derecho” a casi todo. El intento de Espino es evidente: como es imposible definir las necesidades en un momento dado de la historia (sólo un dictador podría tener esa pretensión) cualquier idea de sociedad basada en esa premisa se derrumba sola.
Otro ejemplo de manipulación caprichosa por parte de Espino para facilitar su tarea de “demostrar” la bondad de sus ideas: me hace decir (bueno, admite que no lo digo sino que está “latente” en lo que digo). que la sociedad socialista “se instaura” y “un buen día” se comienza a construir. Se trataría de sistemas (el capitalista y el socialista) contrapuestos que se repelen y que no admiten la más mínima cohabitación o posibles evoluciones positivas de la sociedad actual hacia una sociedad más justa, más igualitaria y más libre”. No sólo no digo eso, Espino, sino que digo exactamente lo contrario. Vea una nota de este mismo blog (la primera parte de “365” escrita en marzo, no ayer) y zanjamos este juego de la mosqueta. No sólo no pienso que habrá un “año cero” de la nueva era, sino que comparto totalmente su idea de que lo que se pueda transformar, se lo podrá a partir de las tendencias de la actual sociedad.
Tampoco he afirmado en parte alguna que se llegará a una sociedad de la que habrá desaparecido el conflicto y, por tanto, la política. NI CREO QUE ESTE LATENTE en ninguna línea que haya escrito (vea de nuevo aquel artículo). Nuevamente, más bien lo contrario. Lo que sí creo que es posible es que desaparezcan la explotación y aquellos privilegios (y condenas) suscitados por las diferencias de origen, lo que no quiere decir que desparezcan los conflictos a secas.
Sobre el optimismo antropológico de Marx le puedo decir que parece, como mínimo, discutible. No parece que la historia le haya dado la razón. Por ejemplo, parecería que los proletarios de los países desarrollados, una vez emancipados de la necesidad más básica, no pusieron su energía en la emancipación, sino en conservar lo que tienen (que es algo más que cadenas). En principio, pues, no comparto ese optimismo. ¿Me autoriza a formular una afirmación tan tenue y provisoria? No estoy tan seguro, en cambio, de que Marx pensara que con el comunismo desaparecería el conflicto de la faz de la Tierra. Tal vez pensaba que desaparecerían los conflictos de clase, que no es lo mismo. Pero más que “salvar” a Marx, me interesa la búsqueda de la verdad, Espino (aunque le reconozco que me fastidia la pasmosa ligereza con que unos cuantos “expertos” académicos han decretado la muerte de Marx sin tomarse siquiera la molestia de leerlo).
No me explique que los obreros industriales de los países desarrollados son en realidad más explotados que un peón rural de Pernambuco o los Andes ecuatorianos. Explíqueselo a los tercermundistas y portadores de la ideología pobrista, que creen que el más explotado es el más pobre y no el que genera con su trabajo un valor superior al de su fuerza de trabajo.
Discúlpeme, Espino, pero no pensé que yo tuviera formas poco amables de discutir. Se lo digo sin chicaneos. Tenía la idea de que no se me iba a amilanar porque dijera que algunas de sus afirmaciones eran una “barbaridad” o un “gran disparate”. Me parece que, al contrario de lo que dice el discurso político imperante en esta Banda (que el senador X “respeta” las ideas del senador P, y que “todas las opiniones son respetables”) sólo las personas son respetables, no las ideas. Y no creo que haya cometido la menor irrespetuosidad con su persona. Las reglas de juego “no han sido especificadas previamente” simplemente porque no hay reglas de juego. O sí, ahora me acuerdo que en nuestra carta de intenciones pusimos que cada uno podrá escribir sin cortapisas “salvo que se ponga sórdido o sea evidente que no tiene nada que decir”… Y ni siquiera en casos que, como es evidente, entran en esa categoría de los que nada tienen que decir utilizamos la censura. Así que no recurra al fácil expediente de acusarme de stalino.
Autor: voltaire | Agosto 31, 2006 9:27 PM
Sigue sin decirme ni una palabra sobre mis críticas a la ingenuidad marxista respecto a las motivaciones de los individuos. Y por lo que dice me temo que no ha entendido mi crítica. No me refiero a que el optimismo antropológico conduce al conformismo de los proletarios, sino a su previsible o supuesto comportamiento altruista en la sociedad comunista. Tampoco dice nada sobre la libre decision de los trabjadores en el capitalismo de redistribuir parte del producto social o del excedente y que no es necesario esperar a la sociedad postcapitalista que usted pregona para empezar a hacerlo.
Que duda cabe que con la riqueza actualmente existente se podria distribuir con otros criterios y mejorar los niveles de igualdad en el mundo. Pero no es eso lo que estamos discutiendo, sino como hacerlo sisn caer en las simplificaciones marxistas que usted propone.
Respecto a la determinación de las necesidades me dice, muy suelto de cuerpo, que "la sociedad bien puede ponerse de acuerdo, en que resulta necesario". Si usted se siente satisfecho con esa afirmación y ahí la deja, permitame que lo acuse de ingenuidad al cuadrado. Si esta es su gran aportación teórica y conceptual al asunto, me quedo con el mercado como asignador de recursos para satisfacer necesidades y complementar las necesidades insatisfechas a través de la intervención estatal. Lo elijo en comparación con la vaguedad que usted propone, no porque me parezca la panacea.
No le he acusado de creer en el crecimiento económico ilimitado. No he utilizado nunca ese concepto. He utilizado el concepto de abundancia, que es un concepto central en el edificio teórico de Marx y que le lleva a descuidar la posibilidad de conflictos motivados por la escasez.
Muchos de los asuntos sobre lo que usted me acusa de haberlo acusado a usted por afirmarlas, son críticas a lo que dijo Marx. Fíjese bien en mi texto cuando diferencio entre criticas a su persona o a Marx. Retiro lo de "guia para la acción" que usted no ha utilizado. Dejemoslo en fuente de inspiración intelectual, si le parece. Yo a usted no lo conozco, no sé si tiene dedicación política, si va haciendo ondear alguna bandera marxista por la vida o no. No pretendo caricaturizar ni manipular caprichosamente nada. Me atengo a lo que usted dice en el blog. Usted tiene un estilo belicoso de discusión. Me recuerda al estilo leninista acusando a sus oponentes de las peores intenciones morales y de las mayores miserias intelectuales.
No pretendo acusarlo de estalinista. Usted da pie a que lo acusemos de censor o, al menos, de tener inclinaciones en tal sentido. Pretende que le agradezcamos que no recorte nuestros posts o que no los haya censusrado. Asi lo afirma. explicitamente.
Empiezo a estar molesto del tono repetitivo de sus intervenciones en el sentido de que parece que para usted todos sus contricantes en el debate (en éste y en otros) queremos mantener el actual estado de cosas o que creemos que es imposible modificar la realidad, o el "curso civilizatorio", etc. Usted seria el paradigma de transformador social, que cree que hay vida más allá del capitalismo, etc. Todos los demás seriamos burdos conformistas que nos satisface el actual estado de cosas, o que no tenemos la suficiente inteligencia para ver más allá o que no tenemos la suficiente audacia para abordar la gran tarea. Seria interesante un poco menos de arrogancia y no suponer que usted es el que más se indigna con el actual estado de cosas y que es prácticamente el único que ha ha avizorado con lucidez que no estamos en la estación final de la historia.
Pero si pretende que avizoremos un futuro que trascienda la lógica mercantil y el trabajo asalariado, debe ser capaz de apuntar con rigor lo que propone para sustiturilos y no repetir como un loro las cuatro frases enunciadas en su día por Marx.
Autor: Espino | Septiembre 1, 2006 7:31 AM
¿Pero quién soy yo? ¿el abogado defensor de Karl Marx? Cada pasaje de la obra de Marx que a Espino no le guste, ¿yo tengo que salir a defenderlo? También me cansé de que usted juegue el rol de profesor que amonesta al alumno que no le responde lo que espera que le responda.
“Por otra parte, la naturaleza humana ha resultado ser mucho más compleja que la simplificada e idealizada visión de los socialistas clásicos: no es seguro que, en la sociedad de los iguales (de los productores libres), todos estuvieran dispuestos a cooperar (…) al revés, lo que muy bien podría suceder es que, una vez institucionalizado ese principio distributivo, los individuos exagerasen sus necesidades y no revelaran sus capacidades, que adoptaran comportamientos oportunistas”, dice Espino en su penúltimo post. Supongo que es a esto a lo que se refiere cuando habla de la “ingenuidad marxista” que yo no respondo. Es el tema predilecto de Espino y recurrentemente quiere volver a él. No voy a ponerme en guardián de la ortodoxia, pero sí me rebelo contra ese presupuesto del pensamiento social conservador que sostiene que en el comportamiento del hombre predominan siempre sus “instintos egoístas”, porque hay suficientes pruebas de que detrás de su comportamiento también hay criterios morales y principios solidarios.
Yo suscribo esta idea: la experiencia muestra que los humanos tenemos sentimientos que se imponen a las motivaciones egoístas, sentimientos de dignidad y también sentimientos de justicia, incluso cuando las acciones que de ellos se siguen no nos reportan beneficios o incluso nos resultan costosas. Cada vez resulta más claro -para la ciencia, como ya lo era para el sentido común- que tenemos una fuerte y estable disposición a comportarnos según principios de reciprocidad, que tendemos a sacar ventaja de las acciones de los demás si ellos hacen lo propio con nosotros, pero que al mismo tiempo tendemos a colaborar cuando reconocemos la misma inclinación cooperativa en los demás. En suma, que nuestras disposiciones motivacionales son mucho más complejas que las que sirven de justificación para defender el actual orden social. Sin duda, no somos altruistas incondicionales, pero con la misma rotundidad podemos decir que tampoco somos egoístas que nos limitemos a pensar sólo en nuestros inmediatos intereses. ¿Qué más quiere que le diga?, ¿que le dé garantías de que los hombres serán santos en el futuro? No me queda claro, por ejemplo, si usted piensa que como los hombres no son altruistas, ninguna forma de organización social cooperativa es posible.
Segundo punto, en lugar de tirarme con diatribas por qué no me responde si es posible o no que los miembros de una sociedad en un momento dado se pongan de acuerdo en qué consideran razonablemente “necesario”. No sé si es una gran aportación teórica y conceptual. No fui a la universidad, de modo que no tengo tantas pretensiones.
Tercer punto: muy bien, no habló usted de crecimiento económico ilimitado, sino de abundancia y escasez. Y yo le pregunté si no le parece que en esta época (y pensando en términos planetarios, claro) no hay abundancia suficiente como para satisfacer las necesidades históricamente determinadas de los hombres. No me contestó. Si en este mundo no hay abundancia, no sé qué espera Espino, francamente. Si le parece que no hay abundancia y que siempre habrá escasez, entonces sí se TENDRA QUE ENFRENTAR NECESARIAMENTE A LA CUESTION (téórica y práctica) DEL CRECIMIENTO ILIMITADO, aunque su tema preferido sea la abundancia y la escasez. Y si no es esto, entonces mi cerebro es demasiado primitivo como para acceder a las alturas del pensamiento de Espino.
Cuarto: dice que se atiene a lo que digo en el blog. ¿Dónde lo acuso a usted de las peores intenciones morales y de las mayores miserias intelectuales? Indíquele a los lectores dónde afirmo eso, por favor. Sobre este tema no voy a insistir. Lo dejo al criterio de los lectores. Que repasen el intercambio de ideas y juzguen quién es el acusador y quién el acusado. Ya estoy acostumbrado a asistir a polémicas en las que cualquier discrepancia es un “agravio” o un “patoterismo” o un acto de “intolerancia” o de soberbia.