La historia reciente y la sensibilidad de los políticos

Voltaire

milicos.parlamento.gifNuevamente el grito en el cielo. Esta vez los partidarios del orden establecido se indignan porque el profesor Carlos Demasi, responsable de un curso de entrenamiento para docentes que dictarán clases de historia reciente a los estudiantes de Secundaria, hizo una serie de afirmaciones que consideran intolerables. Los defensores de nuestras tradiciones piden la cabeza de Demasi.

Al parecer este profesor merece ser conducido a la hoguera porque tuvo la osadía de hacer algunas afirmaciones que cuestionan ciertas creencias sagradas inherentes al relato que blancos y colorados (y aunque a primera vista no lo parezca, también una parte de la izquierda) tienen de los años 60 y 70. ¿Qué dijo de “terrible” Demasi como para que algunos legisladores blancos quieran citar al ministro de Educación al Parlamento? Dijo varias, pero al parecer las más “agraviantes” (?) para nuestros políticos tradicionales fueron que Wilson Ferreira condujo a su partido a la catástrofe electoral en las primeras elecciones posteriores a la dictatura, que la presión de la administración demócrata de Jimmy Carter fue decisiva para la caída de la dictadura en este país, que en los meses previos al golpe de Estado había en todos los partidos políticos importantes sectores que “apostaron sus boletos” a alguna fracción militar “peruanista” o “institucionalista” (pero en cualquier caso golpista) y que no está claro qué fue antes si la guerrilla o la represión estatal.

Me temo que los blancos tienen la pretensión de que la historia de su partido la deben escribir ellos mismos o historiadores fieles a su partido. ¿Se imaginan en dónde terminaríamos con una historia de los Tupamaros escrita por Fernández Huidobro, la del papel de los colorados en la transición por la mujer de Sanguinetti y la de los méritos y deméritos de Wilson Ferreira por algún investigador blanco como hueso de bagual?

El saber historiográfico es una disciplina muy diferente del relato glorificado y mitificado que los protagonistas políticos suelen hacer de su propio pasado y está a años luz de las construcciones hagiográficas. Si no se tiene la pretensión de que nadie “extraño” husmee en nuestra “propia” historia no se entiende qué resulta tan agraviante de las afirmaciones de Demasi. La historia no es una ciencia exacta y, por tanto, admite diferentes interpretaciones de los hechos del pasado; la de Demasi es una de ellas y el senador Gallinal tiene derecho a tener otra. Lo que de ninguna manera quiere decir que por no ser una ciencia exacta cada cual tenga perfecto derecho a decir sobre el pasado lo que se le cruce por la punta de la nariz. O que las autojustificaciones de todo lo que ha hecho una fuerza política tengan el mismo estatus de verdad que una investigación historiográfica seria y fundada. En absoluto: la labor de los historiadores está sujeta a determinado rigor metodológico, a la consulta de determinadas fuentes documentales y/o personales que avalen lo que se afirma. En suma, que los historiadores tienen que justificar lo que dicen y, obviamente, las interpretaciones que difunden. El senador Gallinal no puede intentar linchar a Demasi simplemente porque no “le gusta” lo que afirma. Demasi se apoya en determinados hechos, datos y documentos y el senador, en todo caso, debería intentar refutar lo que dice el historiador por la misma vía pero no intentar silenciarlo para evitar que siga diciendo lo que tiene para decirnos.

Se entiende perfectamente la urticaria que esas afirmaciones provocaron en parte de nuestros políticos: socavan algunos lugares comunes y mitologías sólidamente instaladas en el imaginario patrio. La idea de que Ferreira Aldunate condujo a su partido a la catástrofe (fundada en la comparación de los resultados de las elecciones internas de 1982 y las nacionales de 1984) erosiona la idea de un líder carismático infalible. Su interpretación acerca del papel de la administración demócrata en el aislamiento de la dictadura uruguaya choca frontalmente con el relato del pueblo-uruguayo-que-siempre-resistió-a-la-tiranía (tan caro no sólo a los blancos, sino a buena parte de la izquierda). Se le puede poner el reparo de que no fue el único factor que contribuyó a terminar con la dictadura, pero de ninguna manera que sea una afirmación traída de los pelos.

Que en todos los partidos políticos había en los meses previos al golpe de Estado dirigentes inclinados a buscar una salida anti-democrática a la crisis política (a través de unos fantasmagóricos millitares “peruanistas” que nunca terminaron de aparecer) o para deshacerse del fascistoide Bordaberry por vías no demasiado ortodoxas también está fuera de cualquier duda razonable. Se puede consultar la colección del semanario Marcha y la, al menos en ese punto, clarividente posición de Carlos Quijano. Lo mismo puede decirse sobre el hecho de que una buena parte del Partido Nacional apoyó a Pacheco Areco y Bordaberry y sus políticas autoritarias, que incluían clausura de prensa opositora, torturas, presos políticos, etc. La afirmación más controvertida es sin duda la mencionada en último término, la de que no puede saberse qué empezó antes, si la guerrilla o la represión estatal. En este mismo blog hay un artículo en el que se cuestionan los relatos “a la carta” que empiezan a divulgarse sobre los años 60 y 70, entre ellos el de José Mujica, que ahora pretende que los Tupamaros se crearon nada menos que en 1963 o 64 para “detener un inminente golpe de Estado”. Los Tupamaros, me parece, no se crearon para responder a ninguna ofensiva represiva en el país, sino por una razón mucho más ideológica como fue la influencia de la revolución cubana en el continente. Pretender que el tratamiento represivo que dieron los gobernantes blancos a los conflictos obreros de fines de los 50 y principios de los 60 (no demasiado diferente, por lo que sé, al de cualquier democracia actual) puede llegar a “explicar” el surgimiento de la guerrilla tal vez sea el aspecto más débil de las afirmaciones de Demasi. Sin pretender ponerme en abogado defensor del profesor Demasi, de todos modos creo que merece atenderse lo que en el fondo pretende poner en evidencia: que mucho antes del golpe de Estado (aunque no tanto antes como pretende ahora el MLN) ya no había en este país una democracia impoluta, sino un régimen autoritario, con presos políticos, torturas, bandas fascistas protegidas por la Policía, censura de prensa, desconocimiento permanente del Parlamento, etc.

Tengo la sospecha de que estas escaramuzas que ahora suscitan estas afirmaciones de Demasi son una mera excusa que encontraron los blancos y colorados para emprender la gran batalla, que no es otra que resistir la iniciativa de las nuevas autoridades educativas de enseñar la historia reciente de este país a los estudiantes secundarios. Da toda la impresión de que blancos y colorados quieren congelar la historia reciente en la actual vaguedad que rodea a los relatos mediáticos y simplificadores sobre la dictadura que más consumen los adolescentes y jóvenes. No sea cosa que se empiece a hablar demasiado de su papel en los años previos al golpe, durante la dictadura y la transición y la idílica versión que dan de sí mismos. Lo interesante es que esta experiencia tal vez empiece a tener otros detractores con el paso del tiempo. Por lo que conozco a Demasi, su interpretación de la historia reciente también choca en muchos aspectos con los lugares comunes de algunas “historias” de izquierda.

Digo que esto es una coartada, porque muchos de ustedes tal vez hayan olvidado que la cruzada contra la enseñanza de la historia reciente en los liceos empezó hace unos cuantos meses, el año pasado, mucho antes de que Demasi abriera la boca, no bien se conoció esta iniciativa de las nuevas autoridades.


¿Por qué no debería enseñarse la historia reciente a los adolescentes?

Veamos los cargos que se le formulan a esta saludable iniciativa de las autoridades de la educación pública

- los años de la dictadura están demasiado cerca en el tiempo como para abordarlos con la suficiente perspectiva histórica y distancia crítica
- muchos de los docentes que en principio deberían dictar esos cursos estuvieron comprometidos políticamente en aquellos años o fueron contemporáneos de la dictadura y, por ende, no tuvieron más remedio que padecerla. En cualquiera de los dos casos no estarían, se dice, en las mejores condiciones para mantener la neutralidad valorativa que –está implícito en la “acusación”– deben tener los profesores en general y particularmente los que abordan temas controvertidos con sus estudiantes

Si se acepta el primer argumento no debería tratarse en la asignatura de historia ningún acontecimiento o fenómeno del pasado antes de que hayan transcurrido ¿cuántos años?, ¿cuarenta?, ¿cincuenta?, ¿o más? ¿Después de que pasen cuántos años de ocurridos los hechos objeto de estudio se supone que historiadores y docentes adquirieron perspectiva histórica y distancia crítica? Con ese criterio, los estudiantes secundarios de los años 60 y 70 jamás debieron haber abordado algunos capítulos clave de la historia contemporánea que marcaron sus propias vidas y cuyo tratamiento en la asignatura de historia está, por eso mismo, plenamente justificado: el fascismo, la II Guerra Mundial y la llamada Guerra Fría por poner unos pocos ejemplos.

La Revolución Francesa, por ejemplo, no fue incluida en los programas de estudio porque hayan pasado más de dos tranquilizadores siglos desde su ocurrencia y eso nos permita abordarla con neutralidad y sosiego, sino porque se juzga importante para comprender el mundo en que vivimos. Hay en este indignado alegato contra el estudio del período de la dictadura en los liceos un supuesto implícito: que respecto a lo que ocurrió en el pasado se puede llegar, y tarde o temprano se llega, a una versión definitiva, acabada y de una vez y para siempre acerca de “lo que ocurrió”. En un momento dado la autoridad académica laudará y dirá “esto fue lo que ocurrió” y docentes y alumnos dirán “amén”. Puro fetichismo. Como cualquier otro saber, el saber historiográfico también es provisorio: nunca, so pena de convertirlo en dogma, se podrá decir “ahora sí llegamos a un punto en el que no hay riesgo de que esto pueda ser contestado”, “ahora sí tenemos distancia crítica y perspectiva histórica” como para tratar esto ‘sin riesgos’. Aún hoy la “distante” Revolución Francesa sigue siendo motivo de controversia académica. Nada cambia más que el pasado. De modo que poner ese “ahora sí podemos hablar de este asunto porque ya transcurrió suficiente tiempo” como condición para incluir un tema en un programa de historia, condenaría a los estudiantes a la ignorancia. Los estudiantes siempre podrán entender que un profesor les diga que sobre determinados hechos los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo. No les va a venir un ataque de pánico o una incertidumbre mayor a la que ya padecen por vivir en el mundo en el que viven.

Respecto al segundo cargo, es cierto que no hay que descartar que algún profesor caiga en la tentación de cumplir con el “mandato revolucionario” de lavarle el cerebro a sus educandos, pero amputar olímpicamente un capítulo tan importante de la historia del siglo XX para no correr ese riesgo sería como dejar de construir edificios de altura para evitar que algunas personas se arrojen al vacío.

La neutralidad valorativa también tiene sus bemoles. La dificultad (o para hablar claro, la imposibilidad) de semejante pretensión no reside tanto en que los profesores estén intrínsecamente incapacitados para mantener objetividad respecto al pasado y distancia respecto de sus propias ideas políticas, sino en que a la hora de abordar la historia hay que seleccionar y omitir, destacar, jerarquizar y olvidar, porque la historia como saber no consiste en lo que ocurrió en el pasado, sino en lo que los historiadores e investigadores seleccionaron del caótico y farragoso devenir para dejar constancia a la posteridad. El resto (y es mucho) se pierde en la noche de los tiempos. De modo que NO incluir el período de la dictadura en los planes de estudio es también una elección, nada neutra y objetiva por cierto.

Hay más para agregar. Tácitamente se da por buena y respetable esa neutralidad frente a determinados episodios del pasado. En el caso de la dictadura uruguaya está por verse si las bondades de la “objetividad” son tales, como pretenden los que rechazan el tratamiento de la época de la dictadura en las aulas. Si con “objetividad” se hace referencia a que no se pueden ignorar datos contrastados, sobre los que en el estado actual del conocimiento existe un cierto consenso entre los historiadores, de acuerdo. Pero si por “objetividad” se entiende –en relación con la dictadura uruguaya, que es el tema que nos atañe– alcanzar una versión más o menos edulcorada, más o menos armoniosa, que no moleste a nadie, hay que decir que ello es lo opuesto a educar. Educar es, de alguna manera, “civilizar”, es decir socializar a los futuros ciudadanos en aquellas reglas que la sociedad considera virtuosas para la vida en común. Por lo tanto, valorar. No desearía que a mis hijos los eduquen tan “objetivamente” que terminen considerando que una dictadura es tan respetable como una democracia o que torturar y asesinar opositores es un asunto de opiniones o de gustos. O que el docente no debe mover una pestaña o hacer un gesto de desagrado a la hora de hablar, por ejemplo, de los crímenes perpetrados por los nazis… porque ello equivaldría a violar el principio de laicidad.

Conviene recordar algo que se suele olvidar demasiado a menudo. Los niños y adolescentes no son propiedad de sus padres. No son un objeto. Tienen derechos y por eso mismo existe una legislación que los protege. Los padres no pueden –aunque cierta cultura propietarista así lo pretenda– hacer lo que se les ocurra con ellos. No pueden, por ejemplo, maltratarlos o privarles de alimento y educación. La aclaración viene a cuento porque, al igual que respecto a la religión o a la educación sexual, detrás de muchas “preocupaciones” por el abordaje en clase de la historia de la dictadura existe la idea de que “ya le contaré yo lo que me parezca que hay que contarle. Es un asunto mío y no de la escuela”. Pues no señor, señora, no es un asunto suyo únicamente. Por poner un ejemplo sobre el que tal vez haya más acuerdo: ¿una sociedad democrática debe dejar acaso al libre albedrío de los padres la valoración de un fenómeno como el racismo? ¿Tienen los padres derecho a inculcarle a sus hijos la idea de que hay razas superiores e inferiores? ¿Es ese un asunto “privado” en el que la sociedad no debe intervenir? Si la respuesta a esta última pregunta es negativa, como creo que debe serlo, nada mejor que el sistema educativo para tomar cartas en el asunto.

Respuestas

Muy interesante el tema del artículo. En referencia a la situación política inmediatamente anterior a la dictadura, Voltaire habla de "régimen autoritario". Podria explicar un poco más esta definición. ¿Era un régimen democrático o no? O dicho de otra manera, reunia los requisitos mínimos para llamarlo un régimen democrático o no?

Sobre qué es democrático y qué no, será difícl responderlo satisfactoriamente en este ámbito (me refiero en estos comentarios): según se entienda la democracia como mero procedimiento o como una forma de organización social y, por tanto, con determinados contenidos llegaremos a conclusiones diferentes. Se han escrito bibliotecas sobre el tema y creo que ambas concepciones de la democracia tienen algunas limitaciones, que no voy abordar ahora.

Pero si nos atenemos a unos estándares mínimos -más o menos convencionales, es cierto-, evidentemente ni el gobierno de Pacheco Areco ni el de Bordaberry eran gobiernos democráticos. No reunían las condiciones mínimas como para considerarlos tales (salvo el hecho de haber sido electos por los ciudadanos... y eso en el caso de Bordaberry está por verse). En esos años había presos polítcos en este país, militarización de centros de trabajo en huelga, censura de prensa, torturas generalizadas (con varios muertos por esa causa), escuadrones de la muerte parapoliciales y bandas fascistas impunes, represión generalizada contra cualquier manifestación callejera (hubo varios muertos estudiantiles por disparos policiales), aplicación de la justicia militar a civiles...

¿A usted qué le parece, Espino? ¿eran democráticos esos gobiernos civiles?

Oiga, Voltaire: está muy interesante lo que escribe; se lee todo muy sensato, aunque la sensatez, ya sabemos, no abunde en estos días.
Ahora, dígame una cosa: ¿hasta dónde las formas y los contenidos de la educación deben ser establecidos por el estado? ¿Y con qué criterios?
Tengo varias preguntas más, encadenadas entre sí y que seguramente atañen a su artículo. Ahí van, aunque no se sienta obligado a contestarlas todas, es que a mí me preocupan y, en algún caso, me alarman.
Los institutos de educación privada, ¿hasta dónde deberían tener libertad de decidir sus programas?
¿Y el tema de las escuelas religiosas? ¿Es lícito que enseñen religión, no como una materia (cosa que sería muy bueno), sino como un dogma?
¿Sabe que en Estados Unidos hay una fuertísima corriente que quiere reintroducir en las escuelas el "creacionismo" como alternativa, o a la par, del evolucionismo?
Gracias por su tiempo y su compromiso.

Diderot, cuando se habla del Estado a veces se piensa en un grupo de burócratas encerrados en una habitación, que se reúnen y dictaminan qué hacer o no hacer. Pero si se piensa en el Estado como representante de la sociedad, no tengo la menor duda de que el Estado sí debe meter sus narices –y mucho- en la educación. La comunidad, a través del Estado, no puede dejar al libre albedrío de los particulares la valoración de qué debe ser transmitido a las nuevas generaciones. Insisto en que los niños y adolescentes no son propiedad de sus padres, son sujetos de derecho. Por tanto, lo de “yo hago lo que quiero con mi hijo” no es de recibo.
Educar no es una actividad de “eunucos”, neutra, meramente técnica o instrumental. Educar es valorar, tomar partido entre diferentes opciones, tomar partido por aquello que se considera más justo o que amplía los espacios de libertad para los ciudadanos. En una sociedad donde existen ideas contrapuestas al respecto, es imprescindible que se les enseñe a razonar, deliberar y exponer argumentos, algo de lo que normalmente se ocupa la filosofía, una actividad que a la extendida mentalidad contemporánea inclinada a someter la educación a los imperativos del mercado de trabajo le gustaría ver reducida a media hora semanal (o reemplazada sin más trámite por más matemáticas y computación). En el artículo hay tres links que remiten a otros tantos artículos que hablan de este tema. Se los recomiendo.

No soy pedagogo ni docente (mi abordaje del asunto es político y mi experiencia es de padre), así que no seré yo quien diga cómo debe llevarse a la práctica esa misión que, no me cabe la menor duda, tiene la tarea de educar.

Mi preocupación sobre como caracterizar esos gobiernos, tiene que ver con la "construcción o reconstrucción de la historia" que es, al fin y al cabo, el motivo de este blog. Me parece que su reconstrucción histórica es, al menos, sesgada. Usted concluye que no eran democráticos esos gobiernos civiles. ¿Entonces qué eran? ¿Eran gobiernos dictatoriales y no democráticos? Evidentemente que era una democracia restringida y con fuertes componentes autoritarios. Pero había elecciones libres, estaba asegurada la alternancia en el gobierno. No podemos catalogarlos de no-democráticos. Una pregunta: ¿usted considera que guerrilleros o terrotistas presos, que intentaron arrambar con el régimen de libertades democráticas del país, deben ser considerados como presos políticos? La presencia del terrorismo o guerrilla urbana en esos caños convulos (1969-1972) no es un dato menor para explicar las restricciones a las libertades democráticas. Recordemos que las Medidas Prontas de Seguridad era un recurso plenamente constitucional (se podra estar o no en contra de su aplicación) pero no se les puede tachar de antidemocráticas. Por otra parte, ustede también critica que politicos de todas las tendencias ideológicas, coquetearon con los militares para terminar con la democracia. ¿Convenimos, entonces, que esa democracia limitada debía ser defendida? Qué podia ser, en fin, un "mal menor" frente a lo que se avecinaba? Creo, en todo caso, que la democracia uruguaya cayó bajo el plomo cruzado de gobernantes y opositores de la época. Evidentemente que cada cosa a cada cual, y los que terminaron de matarla fueron los que dieron un golpe de estado en el año 1973.

Una precisión: el motivo de este blog no es algo tan pretensioso como “la construcción o reconstrucción de la historia”. No, no, Espino, no sé de dónde sacó semejante cosa. La historia reciente de este país es apenas UNO de los temas que se abordaron y abordan aquí.

Veo que lo “muy interesante” que le resultó el tema del artículo no le impidió ignorarlo olímpicamente y dedicarse a explicarnos que la culpa de lo que eufemísticamente llama “restricciones” a la democracia la tuvieron los tupamaros y los agitadores. Es una interpretación muy original, se lo reconozco, pues para mí y para casi todo el mundo los responsables de recortar las libertades son los que las recortan y no quienes supuestamente los inducen a hacerlo. Su argumento me hace acordar al argumento de los terroristas que alegan que las bombas que ponen deben endilgarse a los que los "obligan" a ponerlas o a los causantes de la situación que los empuja al terrorismo. Se puede poner coto a la guerrilla sin cargarse la democracia, ¿no le parece? Yo conozco, y usted también, varios países en los que hubo guerrillas y a nadie se le ocurrió que eso pudiera justificar arrasar con las libertades democráticas.

Espino dice que los gobiernos de Pacheco y Bordaberry eran democráticos (aunque aclara que eran democracias restringidas y con fuertes rasgos autoritarios… lo que parece algo contradictorio)… ¿y qué argumentos utiliza para defender esa tesis? Que “había elecciones libres, estaba asegurada la alternancia en el gobierno”. Nada más, no hace referencia alguna al resto de las condiciones políticas que menciono en la nota y que están ampliamente señaladas por historiadores y, lo que es igualmente importante, por testigos y protagonistas directos de aquellos años. Veo que tiene una idea un tanto escuálida de la democracia. Ni siquiera las concepciones más conservadoras y restrictivas de la democracia ni las teorías procedimentalistas de la democracia afirman que basta con que haya elecciones para hablar de democracia, sino que tienen en cuenta una serie de estándares un poco más exigentes. O sea que para ser democráticos alcanza con que haya elecciones y alternancia en el gobierno, según Espino. Lo de “libres”, permítame que se lo discuta, porque durante la campaña de las elecciones de 1971 el candidato de la izquierda era recibido a balazos por los grupos fascistas en las ciudades del Interior y tenía vedado aparecer en los grandes medios de comunicación. Con arreglo a su criterio, los gobiernos de Fujimori, todos los del PRI en México, el de Ahmadineyad y hasta el de Hitler eran democráticos. Yo creo que las elecciones libres son una condición necesaria pero no suficiente de una democracia).

Ah, me olvidaba: en Uruguay había presos políticos antes del golpe de Estado, sí, presos por sus ideas y sus actividades políticas (gente que no disparó un tiro ni secuestró a nadie, sindicalistas, dirigentes estudiantiles, militantes de izquierda, etc. gente que Amnesty Internacional catalogaría de presos de conciencia).

Es decir, que si Voltaire tuviera que escribir un libro de historia contemporánea uruguaya, catalogaria al periodo 1968-1972 de no democrático o de ausencia de democracia en Uruguay. Como comprenderá no es mi ánimo defender a los gobiernos del periodo, pero si de tratar de comprender lo que pasó. Ya le dije que los responsables (o culpables) de las restricciones de las libertades son los que las restringen o eliminan (lo digo respecto a los golpistas dle 73 pero extiéndalo al periodo anterior). Afirmar esto no supone que durante el periodo anterior, muchos actores politicos (especialmente la izquierda) no creyeron (ni fueron consecuentes) con la defensa de la democracia. Al contrario, apostaban a eliminar la democracia burguesa (o formal, como se decia en esos años). A las pruebas me remito en cuanto al coqueteo con los militares. Al respecto, sigo pensando, desde un compromiso con la democracia, que habia que defender a Bordaberry frente a los militares peruanistas. Pocos lo hicieron en aquel momento. Le recuerdo, ya que habla de comparaciones, que Fujimori cerró el parlamento peruano para terminar con Sendero, es decir, dio un golpe de estado lisa y llanamente, cosa que no sucedió para terminar con los tupamaros en Uruguay. Al menos no se tomó esa medida para terminar con ellos. Sobre los presos politicos, de acuerdo con usted, no todos los presos eran miembros de la guerrilla. ¿Pero conviene conmigo que éstos últimos no eran presos políticos? Por ultimo, creo que la democracia tiene que crear mecanismos para defenderse de los que pretenden eliminarla. ¿O no? Admitiendo que los régimenes de la época, hicieorn algo más que eso, es evidente que ante la presencia de un grupo armado que atacaba directamente a las instituciones del estado, había que defenderse. Lo hace cualquier régimen plenamente democrático. Es su obligación democrática.

"ya le dije que los responsables (o culpables) de las restricciones de las libertades son los que las restringen o eliminan", dice Espino en su último post, pero una vez que se lee su penúltim post se ve que no había dicho eso, sino esto: "La presencia del terrorismo o guerrilla urbana en esos años convulsos (1969-1972) no es un dato menor para explicar las restricciones a las libertades democráticas". Da la impresión de que recién después de que Voltaire le recuerda la naturaleza de los gobiernos de Pacheco y Bordaberry hace esa precisión. Pienso que el único elemento que tiene Espino para defender su posición es que Pacheco y Bordaberry fueron electos.

La cuestión es la siguiente, Espino: me parece que el asunto de la libertad y la justicia son asuntos de grado. Hay sistemas más justos que otros y hay sistemas más democráticos y menos democráticos (ni de los más democráticos se puede decir que no tengan ningún déficit o que no puedan ser más democráticos aún, de las dictaduras, en cambio, se puede decir que son totalmente antidemocráticas). Bueno ¿y Pacheco y Bordaberry qué? No eran dictaduras sin más, ok. Pero si se estableciera un ranking democrático del 0 al 10, esos gobiernos seguro que no llegaban ni a 1 o 2. ¿Había que defenderlos? No sé. Había que defender la institucionalidad democrática, pero no sé si a Pacheco y Bordaberry. Y, por supuesto, se podía considerar legítimos los intentos de terminar con sus gobiernos siempre y cuando fuera por las vías constitucionalmente previstas para ello y no mediante atajos "peruanistas".

Ahora, otra cosa que siempre queda en el tintero: si uno se enfrenta a un régimen ilegítimo de origen o que se sitúa por sí solo en la ilegalidad, o que arrasa con todas las libertades ¿los ciudadanos no pueden recurrir a medios no estrictamente democráticos para sacarse a una tiranía de encima? Creo que la propia declaratoria universal de los DDHH reconoce el derecho a la rebelión de los pueblos sometidos por dictaduras.

Agradezco las matizaciones de Ricardo. No sé que puntuación darles en el ranking, evidentemente valores bajos. Ahora se habla mucho de la "calidad de la democracia" y de como enriquecer la democracia representativa con la democracia deliberativa, etc. Sí, terminar con un gobierno es un componente central de la democracia, es decir, si los ciudadanos no están de acuerdo con un gobierno lo pueden cambiar democráticamente. Sí, defender la institucionalidad democrática en aquella época, suponia tener que defender, asimismo, a los presidentes. No se hubiera ententido la diferenciación.
Me refiero al papel que juegan todos los actores estratégicos del sistema democrático para entender porqué la calidad de la democracia era baja. En la democracia la oposición también tiene sus responsabilidades en cuanto a la calidad de la misma.

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