La ocurrencia de lo imposible

Joaquín Aguirre Romero

Decir que estamos en crisis no es comenzar un artículo con una novedad. Me imagino que cualquier lector, tras estas primeras palabras, se habrá hecho una idea, una expectativa de algún tipo de crisis, probablemente la que le toque más de cerca. Hay tal cantidad de crisis que es difícil que podamos saber con certeza cuál de ellas es la que nos afecta más. No sabemos si es una sola crisis que se manifiesta de múltiples maneras o múltiples crisis que, de apretadas que están, parecen ser una sola. Pero lo cierto es que estamos en crisis.

Una de las características más definidas de las situaciones de crisis es que los teóricos nos tratan de convencer de que su origen está en otra parte. -Yo lo tenía todo previsto, pero...-y en este "pero" se descargan las responsabilidades de la crisis. En este sentido, las crisis serían, como reza el título de este escrito, la ocurrencia de lo imposible. No se ve la crisis como el resultado de nuestras acciones, sino como una reacción negativa ante ellas. -Lo hicimos bien, pero...- siempre el "pero..." final, un "pero" abierto a una realidad tozuda que se cuela por las fisuras invisibles de los planes perfectos.

Creo que para salir de la crisis (es decir, coger fuerzas para afrontar la siguiente, según algunos), lo primero que hay que hacer es afrontar la verdad de las crisis. Los ciudadanos de todo el mundo vivimos en una situación mental que nos hace creer que nuestras acciones no sirven para nada ante lo inevitable. Vivimos la paradoja de que siendo nominalmente más libres, nuestras acciones carecen cada vez más de valor. Sin embargo la libertad está relacionada directamente con ese valor: de nada sirve actuar si la acción no tiene trascendencia.

Esta situación de inevitablidad general, enfrentada a la libertad individual y a sus deseos, no es casual. Obedece a una interesada retorización de la libertad, es decir, cuanto mayor es el énfasis en los discursos sobre libertades y derechos, se nos manifiesta una menor capacidad de acción. De hecho, las antiguas dictaduras han sido sustituidas hoy por la "inevitabilidad". Las decisiones tomadas desde el Poder han sido sustituidas por las del "no poder". El dictatorial "quiero que se haga" se ve transformado en el liberal "no puedo hacer otra cosa" o en el "es inevitable". Resulta diabólicamente paradójico que cuando la ciudadanía manifiesta sus deseos de acción se responda cada vez más con la "inevitabilidad". En el fondo, nuestra libertad se está limitando a la trucada elección entre "lo inevitable" y "lo imposible". El gran problema es que cuando se acepta lo inevitable suele suceder lo imposible. La crisis es la llegada de lo imposible; en la medida en que lo inevitable era precisamente la justificación para evitar las crisis, nuestro estado, cuando ocurre, no puede ser más que el de perplejidad y desesperación.

Sin embargo, se perciben cada vez más signos de la liberación mental de esta polaridad frustrante y viciosa. Los ciudadanos del mundo cada vez aceptan menos la inevitabilidad por respuesta; quizá porque cada vez padecemos más lo imposible. La ocurrencia de lo imposible tiene además un efecto paralizante por su propia esencia: cómo es posible que lo imposible ocurra.

Pero esto no es más que una trampa, un pseudo problema que nos encadena a lo sucedido y nos atenaza ante el futuro. La principal manera de liberarse de esta trampa es el reconocimiento de la propia libertad. Si lo que sucede viene de los otros o de lo otro, no tenemos ni el beneficio de la culpa ni el de la responsabilidad. Solo sintiéndonos culpables podremos pasar a ser responsables y, recuperada esta condición, podremos asumirla para llevar adelante nuestras acciones.

Se ha estudiado desde diferentes parámetros este efecto de las sociedades sin culpa, ese estado de inocencia descargadora que no hace sino infantilizarnos y restarnos la dignidad de nuestra libertad. El fracaso terrible de las sociedades que hemos fabricado es que no nos dejan ni el consuelo del error, de la culpa. Es el destructor efecto de lo inevitable: nos reduce a meras piezas de un mecanismo ciego.

El concepto de destino, tan vinculado a las maniobras de los dioses distantes, ha sido sustituido hoy por las fuerzas de la Economía. Millones de personas en todo el mundo lo padecen. Hoy el mercado es el mecanismo, la fuerza desde la que todo se explica o, más bien se justifica, pues nadie llega a comprender sus oscuros designios. La ecomomía moderna nació tan vinculada a la idea de Naturaleza (los fisiócratas de Quesnay, la Oeconomia naturae de Linneo), que hoy se asemeja, como un calco, a la meteorología. Se habla de las leyes del mercado como de leyes naturales y de alguna forma lo que estamos padeciendo es un "efecto invernadero" de la economía. Pero a diferencia de los desastres naturales, los desastres provocados por el efecto invernadero no son naturales, aunque los agentes por los que se manifiestan sí lo sean. Las inundaciones que medio mundo ha padecido durante las últimas semanas son desastres naturales, pero todos tenemos nuestras dudas sobre su origen. ¿Son el resultado de las fuerzas ciegas de la naturaleza o son el efecto ciego de lo que estamos haciendo ciegamente con ella? Si nos inclinamos por la primera posibilidad, no hay nada que hacer, sólo protegerse para la próxima y esperar a que pase; si nos decidimos por la segunda, trataremos de poner remedios que pasan, en primer lugar, por reconocernos responsables.

Los auténticos responsables -los desresponsabilizadores- de que las cosas ocurran siempre buscan el amparo de lo inevitable. Siempre preferirán creer (y hacer creer) en el destino y en lo inevitable. Por el contrario, la sociedad reclama cada vez más que se asuman las responsabilidades, porque son la única fuente de dignidad. Puede que lo que pasa tenga que pasar, pero también es cierto que nuestra condición humana reclama la rebeldía camusiana. Actuar frente a lo inevitable como si no lo fuera nos devuelve la confianza en que somos algo más que piezas de engranajes.

Cuando Leibniz especulaba sobre el libre albedrío, la razón le decía que no sabemos si somos libres o sólo creemos serlo, pero recomendaba actuar como si fuéramos libres. Este sabio consejo de Leibniz es decisivo para salir de las crisis en las que nos encontramos. No sabemos si vamos a salir de esta y entrar en la próxima, pero sí debemos actuar como si pudiéramos hacerlo. Quizá nos llevemos la sorpresa de que lo conseguimos. Hoy por hoy, las crisis en las que nos encontramos inmersos son complejas. Los ciudadanos de medio mundo reclaman soluciones a los mismos que, muchas veces, han creado los problemas. Las mentes simples suelen identificar los problemas con problemas matemáticos en los que la "x" final debe salir siempre de una forma u otra. Por eso han desaparecido los auténticos políticos y han sido sustituidos por gerentes o publicistas. Los primeros son los que reducen la realidad a dos columnas; los segundos, sencillamente, hacen desaparecer la realidad y la sustituyen por discursos de realidad. Los primeros toman decisiones y los segundos nos convencen de que son inevitables. Pero hoy esta clase política ya no es válida.

Los ciudadanos de hoy, a la vista de los resultados, no necesitan este tipo de políticos. No voy a cometer el error o la ingenuidad de decir qué tipo de políticos son necesarios. Parte de la receta consiste en el ejercicio de imaginación necesario para determinarlo. Lo que sí creo que es necesario es comprender que los políticos se han convertido en clase o casta gracias a nuestra dejadez, a nuestra aceptación de la política como un servicio, como algo que se nos brinda, algo que nos libera de pensar, y no como una actividad fundamental que nos afecta directamente.

También tengo claro que es necesario reformular el sentido de lo público en estos tiempos de desmantelamiento de los Estados y del asalto de las instituciones por parte de los que no buscan el bien común. Y no lo buscan porque sencillamente no creen en él. ¿Cómo puede creerse en el bien común cuando los principios que sustentan las acciones y decisiones valoran justo lo contrario: la competencia, la rivalidad, el individualismo, etc.? Por eso creo que es fundamental redefinir el sentido de lo público y de las instituciones que lo componen. Creo que en estos tiempos de intereses es fundamental reivindicar el valor del desinterés, que debe entenderse como el interés general. La mentalidad contable imperante trata de redefinir el interés general como la suma de los intereses individuales, y esto no es más que una falacia que estamos pagando cara. En ocasiones va más lejos: niega que exista. Esta visión nos condena a la lucha permanente y el desangramiento social.

El alcance de las crisis que vivimos nos debería enseñar que si se puede negar la existencia del bien común, no puede negarse, en cambio, la del mal común. Quizá por esta vía negativa sea más fácil pensar para algunos. Da igual cuál se escoja si se evitan los desastrosos efectos que padecemos.

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