La derecha de siempre
Desde hace unos años se difunde el rumor de que izquierda y derecha son categorías periclitadas, inútiles para explicar lo que acontece en las sociedades del siglo XXI. La izquierda, es cierto, va a los tumbos, como borracho después de una juerga, lo que aumenta la tentación de sumarse a los funerales de este dúo heredado de la Revolución Francesa. Pero la derecha, la misma que proclama que ella ya no existe, goza de tan buena salud que es capaz de embestir con uñas, dientes, paros y discursos. El “cadáver” que dice ser, vive y lucha.
Tanto que en las últimas semanas ha vuelto a mostrar sus dientes. No se trata, como sostienen algunos, de una conspiración o de un complot centralmente concebido para acabar con la democracia. Ni falta que hacía, pues los gritos de guerra que profiere en estos días un sector empresarial formaron parte de los usos y costumbres de la derecha de siempre cada vez que sus intereses se vieron afectados. Razonable y moderadamente afectados, hay que decir. Es la reacción espontánea, casi visceral, de quienes no salen de su asombro ante la constatación de que el gobierno no es una oficina al servicio de sus asuntos. La patronal del transporte de carga no se levantó contra el gobierno en nombre de algún principio de justicia conculcado, sino porque está en contra de una tibia reforma tributaria y porque el gobierno aumentó 0,05 dólar el litro de combustible para financiar el transporte público, es decir que ha vuelto a relinchar a causa del más desnudo interés corporativo, lo que habla a las claras de su rapacidad y avaricia. Tampoco alegan ninguna injusticia los políticos que se reunieron con militares en activo para detener los juicios a los genocidas.
Hasta no hace mucho, cuando la derecha se ponía nerviosa había que poner las barbas en remojo. Cuando se excitaba, no tenía demasiados remilgos en convocar a los militares, torturar y asesinar a los remisos, celebrar la censura de prensa y aplaudir la ilegalización de sindicatos y partidos poco inclinados a colaborar con las “buenas causas”. Los progresos de la conciencia y la legislación democrática internacional complicaron definitivamente este modus operandi.
Ahora cuando se pone nerviosa hace un paro patronal, rodea el Parlamento con sus camiones, se reúne con militares en activo para ver cómo se puede detener la “anarquía” que supuestamente están fomentando los jueces que procesan a los que en su día violaron los derechos humanos, insiste machaconamente en que el interés del país y de los estancieros son una y la misma cosa, que la recuperación de los derechos sindicales es el prólogo de la dictadura del proletariado, que la futura reforma tributaria es un atentado a la propiedad privada y anuncia que en este país nos dirigimos sin pausa a la supresión de la libertad.
Llama la atención que se le haya declarado la guerra a un gobierno que hasta el momento no sólo no se había mostrado hostil con los empresarios, sino que había dado y sigue dando muestras de estar empeñado en darle estímulos para que inviertan sus dineros en el país. Ante las primeras señales, no de una política estrictamente de izquierda, sino de algo parecido a la ecuanimidad entre los intereses en juego, eso que algunos se resisten a llamar derecha, empieza a soliviantarse.
Lo que llamamos derecha no es exactamente una clase social con intereses precisos, ni una ideología justificatoria de las diferencias de origen o un discurso de orden, pero tiene todos esos ingredientes. Es una urdiembre que se extiende por la sociedad y la cultura y que no siempre está confinada a un partido político o a una cámara empresarial, sino que los atraviesa a casi todos. No tiene centro ni márgenes, no es una organización, pero se la puede reconocer claramente por sus aullidos y lamentos. La derecha dice por ejemplo: “no hay que confundir libertad con libertinaje”; “la igualdad excesiva desestimula a los más emprendedores” o “los impuestos son un pillaje del Estado que nos quita lo que es nuestro” o “no hay que conspirar contra el clima de inversión”. Las que deben leerse como “si te portas mal te reviento”; “cada uno debe recibir exactamente lo que da, ni más ni menos”; “cada uno debe arreglárselas como pueda y nadie debe intervenir para quitarle a unos y darle a otros” y “los derechos democráticos pueden esperar si los estímulos a la inversión así lo demandan”.
La derecha actual y la de toda la vida siempre se pusieron nerviosas cuando las cosas no discurrían por los carriles previstos o los ciudadanos no estuvieron dispuestos a dar por buena la espontánea asignación de recursos dispuesta por el mercado o cuando algún gobierno creyó, y aplicó, la idea de que la política no es mera administración de las cosas, sino acercamiento a algún ideal de justicia y libertad, lo que supone afectar intereses, dado que cuando no hay de todo para todos, tampoco hay camino del medio ni fiesta que discurra en paz. El nerviosismo de la derecha se debe a que para ella la justicia es que cada cual se las apañe como pueda y libertad es que nadie interfiera en mis asuntos.
La derecha no es un pulpo con numerosos tentáculos movidos por un cerebro central ni un engranaje operado por un comité ejecutivo dotado de un plan. Tampoco es un ente abstracto abocado a sembrar el mal, como creen los que dividen el mundo en buenos y malos. A la derecha le gustaría acabar con el mal, como a todos, pero no se anda con titubeos si en la ardua tarea de conservar el orden “natural” de las cosas provoca algunos daños colaterales y en el altar del progreso se ve obligada a sacrificar a los económicamente inviables.
La derecha es un club con autoridades rotativas en el que se admite a todos los que aceptan sus estatutos. Ya no se exige, como antaño, pureza de sangre ni compartir los mismos gustos y costumbres. Para ser admitido basta con hacer alguna contribución a la gran causa de mantener el orden establecido. Puede ser una contribución de palabra o de hecho. Lo mismo da un encendido discurso en defensa de la patria, las tradiciones o el principio de autoridad que una expedición punitiva contra los díscolos que se resisten a aceptar el destino que les ha tocado en “suerte”. Micrófono y tinta o palo y palo, da igual. Por eso no debería extrañar que en este país haya derechas para todos los gustos. Están los socios fundadores del club con carné vitalicio y están los miembros provisorios que entran y salen, de acuerdo con la dirección de los vientos. Los primeros creen pertenecer a una clase selecta a la que todo le es debido y suelen confundir el propio interés con el llamado “interés general”. Alegan que la buena salud de sus negocios es la medida de todas las cosas. A los segundos se los puede reconocer cuanda sacan a pasear su indignación cuando creen que el Estado fomenta con sus ayudas la “holgazanería” congénita de los pobres o cuando juzgan que la autoridad es tolerante con los delincuentes o muestra excesivos escrúpulos a la hora de saltarse los derechos a la torera para mantener el orden y la seguridad.
La derecha con pedigrí tiene tierras y empresas, a veces va a misa los domingos y envía a su progenie a colegios exclusivos. Siempre tuvo línea directa con los despachos de ministros y senadores y algunos hasta con los representantes del santo padre. Y les da la pataleta cuando perciben que no se valora su altruismo como se debe o algún funcionario les recuerda que no sólo de inversiones vive el hombre. Saben perfectamente lo que hacen cuando sacralizan el derecho de propiedad y guardan silencio frente al resto de los derechos. La derecha popular, la que come chorizo al pan, consume las fábulas sobre la tradición patria y a veces emplea muy malos modos es la que eructa lo políticamente incorrecto y difunde en el barrio y el trabajo lo que algunos políticos no se animan a escribir en los editoriales de los diarios: que los pobres son pobres porque no quieren laburar, que habría que machacarle la cabeza a los maricones y peludos, que habría que reinstaurar la pena de muerte y otras lindezas imposibles de presentar en los ambientes de buena sociedad.
Por eso no puede decirse que la derecha sea un ejército verticalmente disciplinado o un cuartel general cuyos designios se conviertan en órdenes de cumplimiento obligatorio. Más que una banda de mafiosos atenta a los intereses del clan, la derecha es una concepción del mundo que da dividendos contantes y sonantes a quienes la propalan.
Cuando las cosas no discurren por donde tenían previsto, como acontece en estos días, chillan (o enseñan los dientes) y nos anuncian el apocalipsis. No habrá que distraerse, porque el sentido común casi siempre está inclinado a la derecha.
Respuestas
Lo que Voltaire presenta es... el mismo demonio!! No es un partido. ¿Qué es? ¿Una clase social? No sabemos. ¿La lucha de clases cabalga de nuevo? ¿La derecha puede ser democrática y respetar las reglas de juego? ¿O es que está condenada a no hacerlo y buscar golpes de estado de forma crónica? ¿Entre los socialmente ricos, puede haber gente progresista? ¿Entre los pobres puede haber gente reacconaria? Una ultima pregunta, Voltaire: ¿La derecha también puede camuflarse de izquierda y acechar de forma artera en el seno de los partidos de izquierda?
Autor: javier | Octubre 29, 2006 6:47 PM
La derecha no es una categoría de las ciencias sociales, como pueden ser las de clase social, partidos, estamento, elite, grupo de presión o la que se quiera, de modo que va por mal camino Javier si quiere encontrar alguna definición de derecha (o izquierda) que satisfaga todas las exigencias de una categoría de esas disciplinas. La derecha es una convención que ya tiene más de dos siglos de existencia, que me parece bastante operativa y que supongo que por eso se sigue usando tanto en el mundo (el nada “radical” Norberto Bobbio dedicó una de sus principales obras íntegramente a defender la pertinencia de las categorías izquierda y derecha), aunque si se es sociólogo, politólogo (o urólogo) tal vez no resulte suficientemente “científica”. Es una concepción acerca de la vida en sociedad que tiene todos los ingredientes que describo en el artículo y que “casualmente” coincide con los intereses de determinados grupos sociales. A veces se habla de derecha como de una ideología, o un discurso, que tiende a justificar las desigualdades de origen entre los hombres, otras se habla de la derecha como de determinados sectores sociales que luchan y ejercen presión para defender sus intereses (además del orden y la autoridad “naturales”) a través de partidos, organizaciones gremiales y medios de comunicación. Es lo que algunos historiadores en este país han llamado las clases conservadoras.
Me pregunto dónde vive Javier. Si estuviera en Uruguay podría identificar perfectamente en estos días y con bastante facilidad a esa derecha que –da toda la impresión– él no termina de creerse que exista. ¿No hay derecha en el país de Javier?
Es difícil polemizar con quienes no exponen sus propias ideas y utilizan el procedimiento aparentemente ingenuo de limitarse a preguntar y que es un recurso demasiado facilongo. Es muy fácil sugerir, ironizar, discrepar (todo eso hace Javier) sin arriesgarse a decir nada, de modo que cualquier réplica que reciba siempre podrá ampararse en que él “no dijo nada”, él… sólo preguntó. Se pone en la vereda de enfrente y busca las fisuras en el texto ajeno, pero no ve la nada en el propio. ¿Por qué no se arriesga a decir qué es lo que piensa sobre la existencia de la derecha? ¿No hay derecha?, ¿es un invento del comunismo internacional? Si lee (con atención) el artículo verá que la mayoría de las preguntas que me hace se responden allí. Pero además le propongo que él mismo responda a esas preguntas que formula, pues todo indica que ya tiene una respuesta para casi todas y que las mismas son nada más que un ardid retórico. Adelante, Javier. Así podemos enterarnos de lo que piensas y eventualmente polemizar.
Autor: voltaire | Octubre 30, 2006 10:35 AM
Es increíble cómo ahora parece que hablar de izquierda y derecha es casi un pecado. Parece que ninguna de las dos, por motivos diferentes obviamente, quieren ser lo que son.
Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice voltaire, sobre todo en su comentario, que le hubierahecho muy bien al artículo inicial.
Javier, la derecha no es el demonio, porque el demonio no existe. En cambio, aunque no creas en derechas, que las hay las hay. Me parece que nada mejor que la derecha para definir las alrmas, presiones, lockouts y contubernios colorado-castrenses que vivimos en estas semanas en Uruguay.
(y esto no tiene nada que ver con mis opiniones sobre el gobierno de izquierda,que son bastante críticas)
saludos. (deberían escribir màs a menudo=
Autor: alvaro | Octubre 30, 2006 3:46 PM
Evidentemente que la derecha no es el demonio. Lo que sucede es que Voltaire nos dice que es una convención (?) y una concepción acerca de la vida en sociedad y que coincide con los intereses de determinados grupos sociales (cuáles grupos sociales, no lo dice). Quizás lo adecuado hubiera sido hablar de pensamiento conservador o incluso reaccionario. Pero la derecha (como opción política) no tiene porque ser reaccionaria. Es que cuando nos referimos a la derecha, en general, estamos hablando de una opción política, es decir, de los partidos de derecha. Voltaire, habla de la "derecha de siempre", pero me parece que esa derecha (ilustrada por un señor gordo con galera y reloj de cadena que aparece en el dibujo) vinculada al latifundo y a los valores más ultracatólicos y cavernarios, es una clase social en declive, aunque todavia pueda hacer algo de ruido. La derecha puede cambiar sus discursos, modernizarse y democratizarse, y no ser la de siempre. La derecha politica evoluciona como todo y la afirmación de la "derecha de siempre" deberia revisarlo, al menos en cuanto al peso relativo de las diferentes formas de ser de derechas que pudiera haber en el pais. . No es una concepción del mundo que de dividendos constantes a quienes la propalan. Hay gentes muy de derechas que no tienen un peso. Hay gentes de izquierda que tienen mucha plata. Hay gremios, lobbies, grupos de presión autodenominados de izquierda, que luchan por sus intereses y que, de hecho, promueven desigualdades. Las clases reaccionarias de Uruguay (las de las estancias, los colegios ingleses, los valores católicos y clasistas) han perdido peso ideológico y cultural. Hay otras derechas (en el sentido de Voltaire) que ocupan hoy mayor espacio social y de poder. Existe derecha pero no la derecha de siempre.
Autor: javier | Octubre 31, 2006 8:17 AM
A pesasr de que lo niega, para Voltaire la derecha de siempre sí que es una clase social: tiene tierra y empresas y envia a su progenie a colegios exclusivos.
Autor: Espino | Octubre 31, 2006 9:29 AM
Estoy totalmente de acuerdo con Javier Espino en que la derecha tradicional cavernaria y ultracatólica tiene cada vez menos poder e influencia (aunque por estas latitudes no es que haga “algo de ruido”, sino mucho ruido). Lo que sucede es que cuando me referí a la derecha “de siempre” no estaba pensando en ese sector específico y en decadencia, sino en lo que sucedió y sucede en estos días en Uruguay, en los reflejos y automatismos de que hace gala cada vez que alguien pone en cuestión “lo suyo”. Vamos, que nos anuncia el apocalipsis… como siempre.
Está dicho a título expreso en el artículo que la derecha ya no apuesta a golpes de Estado y a “soluciones” autoritarias para defender lo que considera legítimo, y que eso guarda relación con los evidentes progresos de la conciencia democrática aquí y en el mundo (entre otras cosas, ha contribuido a esos progresos el hecho de que la izquierda también valora de otra forma la democracia, ya no la considera poco menos que un asunto de “maricones”).
En lo que estoy menos de acuerdo es en la sugerencia (porque no está dicho a título expreso pero se sugiere) de que la derecha es sólo una cuestión de ideas o una postura política más. Al menos en Uruguay –y por lo que conozco, también en España y otros países– hay una coincidencia entre las ideas que difunden los partidos de derechas y las que defienden los grandes empresarios. Coincidencia casi total, podría decirse, lo que no convierte a la derecha en “una clase”, como aclaro en mi último comentario.
Tal vez la clave que puede arrojar un poco de luz sea la afirmación de Javier de que “hay gremios, lobbies, grupos de presión autodenominados de izquierda, que luchan por sus intereses”. No sé si será una deducción arbitraria, pero me parece que está hablando, entre otros, de los sindicatos. La afirmación también ha circulado profusamente en estos días aquí. Y viene a sugerir que así como los sindicatos (que no son un partido político) “tienen derecho” a ejercer presión para defender sus intereses, ese mismo derecho lo tienen las cámaras empresariales. Y santas pascuas. Eso lo dicen textualmente los partidos Blanco y Colorado en este país. El asunto es que cuando pasamos de los intereses corporativos a la política (y la política es una esfera que contempla, o debería contemplar, la idea de justicia) los partidos no pueden comportarse únicamente como gestores de intereses en pugna que buscan el camino del medio entre esos intereses (o peor, como representantes de alguno de esos intereses), sino que deberían encontrar soluciones que nos acerquen a la realización de la justicia (digo que nos acerquen porque en política la perfección no existe). Y aquí las cosas se ponen un poco más complicadas para defender la igual legitimidad de los reclamos de unos y otros (al menos en un país como Uruguay, donde el salario mínimo es de 120 dólares). Pues bien, estas aclaraciones vienen a cuento de que la derecha política en este país se desentiende por completo de las consideraciones de justicia, equidad y autonomía de las personas y se comporta como no debería comportarse una derecha democrática y moderna, es decir casi como voceros corporativos de lo que, con el permiso de Javier Espino, llamaré derecha económica y social. Es decir, que me parece que no se puede decir que la derecha sea sólo una idea legítima (que como pura idea lo es, obviamente) que coincide casualmente con determinados intereses. Aunque uno estuviera dispuesto a creerlo, me parece algo ingenuo.
Si se diera una vuelta en estos días por aquí, a Javier le resultaría menos complicado identificar a esa derecha que no termina de identificar. Vería que la prédica y la conducta del diario El País, el semanario Búsqueda, los partidos tradicionales y las cámaras empresariales casi sin excepción se están posicionando en el mismo sentido. Eso para mí, y para muchos más, es la derecha. No sé si reunirá todos las exigencias de una definición académica, pero eso no la hace menos real.
Autor: voltaire | Octubre 31, 2006 12:59 PM