La justicia de los impuestos y los impuestos justos
Voltaire
Tengo dos compañeros de trabajo separados por casi todo –edad, gustos musicales, preferencias políticas– pero hermanados en su común fastidio por la nueva reforma tributaria que se discute en el Parlamento. No hay caso: cuando de pagar impuestos se trata desaparecen las razones e irrumpe el interés descarnado, dejamos de interesarnos por la justicia (o la injusticia) de las iniciativas políticas y nos transformamos en almaceneros.

Entráis en el gran centro hospitalario y policlínico, os dirigís a las salas de maternidad y pasáis a una de sus dependencias, donde están las incubadoras y las UVI para recién nacidos. Allí encontráis pequeños errores de la productora de hombres. A todos los están manteniendo vivos bajo las campanas de cristal.
Oraciones para sanar, Usted puede salvar su vida, Sana tu cuerpo, Los planetas interiores, Esoterismo gitano, La edad de oro de lo paranormal, Diccionario de las piedras que curan, Autocuración con plantas mágicas, Bioenergética: la pulsación de la conciencia, Paz, amor y autocuración, El crecimiento espiritual: más allá de la nueva psicología, Tu yo sagrado, Oraciones que curan. Las librerías tienen secciones completas dedicadas a estos títulos prometedores. Los libreros aseguran que éstos son los verdaderos best-sellers, que se venden por decenas a mujeres de mediana edad. Quizás ellas sean las compradoras, pero no las únicas que los consumen.
A la realidad pertenecen también muchas cosas que no se ven. Tal vez sea esa invisibilidad la causa de que la realidad resulte algo especialmente controvertido. Siempre ha habido una dimensión intransparente o confusa de la realidad que suscita la sospecha, los deseos, la seducción, la intriga y las aspiraciones. Esta dimensión parece haber adquirido una importancia sin precedentes en una cultura que en cierto modo se ha desmaterializado, que se articula en torno a nociones tan poco visibles como el riesgo, la oportunidad, las alternativas y los imaginarios.
Yo también tuve antaño un cuerpo parecido al de esos jóvenes que se sientan ahí delante y fingen escucharme. A veces se me olvida de que ya no es así, pero entonces mi cuerpo real se encarga, diligente, de recordármelo a través de alguno de los procedimientos a su alcance (de ordinario, señales directas, inequívocas, de la creciente obsolescencia de la propia maquinaria, materializada a través de una amplia gama de molestias, achaques y otras disfunciones). No pretende ser éste el arranque de un artículo quejumbroso y melancólico sobre la fugacidad de la vida y sus placeres. Quédese tranquilo el lector, que no es en absoluto mi intención amargarle el desayuno.