Guantánamo y nosotros
Voltaire
En estos días se cumplen cinco años desde que el gobierno de George W. Bush inauguró una prisión en la base naval de Guantánamo (Cuba) en la que formalmente los detenidos no son prisioneros de guerra ni simples seres humanos, ya que carecen de los derechos de unos y otros. No faltan quienes piensan que se trata de atropellos que deberían convocar a nuestra indignación moral, pero no mucho más, ya que serían parte de una “guerra contra el terrorismo” que tiene lugar “allá lejos” y al margen de nuestras posibilidades de intervenir.
Sin embargo, Guantánamo y la llamada guerra contra el terrorismo son de este mundo, del único e indivisible mundo en el que vivimos. Nos interpelan moralmente, pero también nos interrogan políticamente.
En un período en el que las violaciones de los derechos humanos, los genocidios y las limpiezas étnicas parecen acosados por el avance de la conciencia democrática y la legislación penal internacional, el gobierno de un país en el que la democracia parecía arraigada toma iniciativas que sepultan cualquier vestigio de legalidad y derechos. A fines de 2001 Estados Unidos invadió Afganistán supuestamente para atrapar a quienes concibieron los atentados del 11-S, y en los meses siguientes se dedicó a encerrar y torturar a todos aquellos que portaran cara de terroristas. Por la prisión de Guantánamo pasaron no menos de 700 hombres (muchos de los cuales aún se pudren en ella y otros simplemente se suicidaron). Bush y Rumsfeld se tomaron la libertad de cazar en estos años a quienes quisieron en Afganistán, Pakistán e Irak, ponerles grilletes, subirlos a un avión, enviarlos a Guantánamo, vestirlos con uniformes anaranjados y capuchas negras, torturarlos, humillarlos, impedirles tener un abogado defensor, negarles un juicio justo, no reconocerles la condición de prisioneros de guerra (para no tener que aplicar la Convención de Ginebra) e inventarles la condición de “combatientes enemigos” para mantenerlos en un limbo jurídico y en un aislamiento inhumano y crear tribunales militares especiales que la propia Corte Suprema de Estados Unidos considera anti-constitucionales. En suma, se tomaron la libertad de disponer sin restricciones de la vida de centenares de seres humanos –a pesar de las protestas de varios gobiernos, de dos secretarios generales de la ONU y de numerosas organizaciones de derechos humanos, que piden a gritos el cierre de Guantánamo–. Todo ello sin siquiera presentar acusación alguna, simplemente porque a las autoridades militares y políticas de Estados Unidos les parece que son terroristas.
Estos atropellos deben ser condenados sin eufemismos. Como frente a cualquier otra violación de los derechos humanos (durante las dictaduras latinoamericanas o en la actualidad en Irak, China, Irán, Israel, Cuba, Sudán o donde sea) lo primero que a uno se le ocurre que hay que hacer es denunciarlos y ejercer las presiones del caso para que cesen (a propósito: ¿me perdí alguna protesta de la cancillería uruguaya al respecto?).
Pero los interrogantes sobre Guantánamo también son, no podrían no serlo, de carácter político, pues las atrocidades que allí se siguen cometiendo no son un “asunto interno” de Estados Unidos (ninguna violación de los derechos humanos lo es), atañen a nuestras condiciones de existencia… de todos nosotros. Aunque más no sea por una razón egoísta deberíamos ocuparnos de Guantánamo y todo lo que ello supone: lo que ha hecho el gobierno de Estados Unidos con esos prisioneros significa que, en principio, cualquiera de nosotros puede ser víctima de la misma arbitrariedad, que en cualquiera de los aeropuertos o de las desdibujadas fronteras nacionales podemos ser tragados y desaparecidos en una de las cárceles secretas e itinerantes de la CIA si alguna autoridad sospecha que tenemos inclinaciones terroristas. La “guerra contra el terrorismo” es un asunto global que nos concierne, seamos o no parte activa de la misma, vivamos o no en una zona amenazada por los terroristas o sensible a juicio de los que velan por “la seguridad” del mundo. Lo mismo sucede con la crisis ambiental global, la pobreza, los caprichos de los mercados financieros y tantos otros riesgos y amenazas globales.
A pesar de que la globalización económica, financiera, social y cultural ha recorrido mucho más camino que la política, esta última ya es algo más que una simple aspiración de soñadores cosmopolitas. Y de ello pudieron dar fe Pinochet y Milosevic. En sentido contrario, los millones de emigrantes que arriesgando sus vidas intentan cruzar cada día las fronteras de los Estados nacionales dan testimonio de que ese proceso aún está lejos de haberse completado. En cualquier caso, una política global, una cosmópolis, ya no parece una utopía lejana.
“Globalización significa que todos dependemos unos de otros. Las distancias importan poco ahora. Lo que suceda en un lugar puede tener consecuencias mundiales. Gracias a los recursos, instrumentos técnicos y conocimientos que hemos adquirido, nuestras acciones abarcan enormes distancias en el espacio y en el tiempo. Por muy limitadas localmente que sean nuestras intenciones, erraríamos si no tuviéramos en cuenta los factores globales, pues pueden decidir el éxito o el fracaso de nuestras acciones. Lo que hacemos (o nos abstenemos de hacer) puede influir en las condiciones de vida (o de muerte) de gente que vive en lugares que nunca visitaremos y de generaciones que no conoceremos jamás”, sostiene Zygmunt Bauman.
Cuando ya es evidente que el impacto de determinadas decisiones no puede ser confinado dentro de determinados límites espaciales, también debería hacérsenos patente que esas fronteras tampoco nos protegen de los riesgos y amenazas “externas”. Y las que provienen de la guerra global contra el terrorismo son unas que no convendría desdeñar.
Sin temor a caer en simplificaciones, puede afirmarse que los conceptos de “externo” e “interno” en el mundo contemporáneo demandan muchas comillas. Señalemos de paso dos cosas: la primera es que la constatación de que formamos parte de un único e indivisible mundo no supone, como insinúan los portadores de la ideología globalista, que con la globalización realmente existente nos encaminamos a un mundo feliz y sin conflictos; y la segunda es que si la crítica a esta globalización se hace en nombre de un imposible retorno al pasado está condenada a la impotencia.
Si el intento de demostrar que Guantánamo y la guerra contra el terrorismo nos conciernen no ha sido un fracaso, quedan en pie algunas preguntas: ¿Estamos a merced de la voluntad y los caprichos de la única superpotencia que queda en el mundo?, ¿se puede hacer algo frente a ese poder? He aquí dos preguntas eminentemente políticas que trascienden la mera indignación moral que, al parecer, es la única respuesta al alcance de quienes aún creen vivir en la Guerra Fría y sólo atinan a añorar a una potencia opuesta pero simétrica.
Guantánamo es, qué duda cabe, un escándalo para la conciencia moral de nuestro tiempo y para la incipiente legislación penal internacional. La invasión a Irak (con su desconocimiento de las resoluciones de las Naciones Unidas, sus mentirosas justificaciones y sus delirantes inventos sobre las armas de destrucción masiva) también lo es.
Una mirada superficial indicaría, pues, que Estados Unidos puede hacer y deshacer a su antojo en el escenario político internacional. ¿No demostrarían acaso la invasión de Irak sin autorización de la ONU, los asesinatos impunes y las torturas en las cárceles de Bagdad que el unilateralismo estadounidense no encuentra resistencia?, ¿que no hay legalidad ni fuerza capaz de oponérsele? Todo parece confirmar estas presunciones, pero el pantano militar y político en el que se encuentran las tropas estadounidenses en ese país también pone en evidencia las fisuras de esa visión orwelliana: sí, Estados Unidos puede invadir otro país, pero el resultado es una catástrofe para sus intereses. En primer lugar, porque, como se ha dicho, el poder real no depende del control de un territorio (cosa que ni siquiera ha logrado Estados Unidos en Irak). En las actuales condiciones de crecientes interdependencias no hay imperio capaz de lograr que su dominio militar sobre un territorio se traduzca automáticamente en un dominio político y económico. Estados Unidos jamás saldrá del pantano iraquí sin hacer enormes concesiones (ya las ha hecho) a aquellos sectores que antes de la invasión aparecían como sus peores enemigos. Incluso las tendrá que hacer a dos “Estados canallas” como Irán y Siria. De hecho, la Casa Blanca pidió un año atrás a gritos, sin éxito, que la ONU le sacara las castañas del fuego en Irak. Precisamente por haber actuado unilateralmente en un mundo de crecientes interdependencias, en el que los Ejércitos ya no lo deciden todo, en el que el poder ya no va de la mano del control de un territorio o de un gobierno, en el que el capitalismo mundial parece más inclinado a gustar, seducir y vender que a pulverizar enemigos (que después de todo son potenciales consumidores), precisamente por haber creído, al igual que muchos de sus detractores, que podía hacer lo quería, Estados Unidos tiene los problemas que tiene en Medio Oriente. Al margen de lo que ocurra de aquí en más (y es dudoso que el presupuesto de Estados Unidos pueda seguir soportando el gigantesco esfuerzo económico que supone la guerra), ese país ya ha sido derrotado en Irak, donde casi nada será como Washington tenía previsto.
Hay muchos indicios de que George Bush junior bien puede ser un residuo de pasadas formas de ejercer el poder, que el propio capitalismo se va a encargar de barrer. Es demasiado pesado para una era espiritualmente liviana como ésta, excesivamente brutal para las estrategias seductores del capitalismo contemporáneo. Pero reconozco que las evidencias que confirman esta sospecha son tantas como las que la desmienten. Por ahora.
No dudo de que seguirá habiendo violaciones al derecho internacional, como la invasión de Irak. Sobre todo si la política y el derecho internacionales siguen rezagados respecto a la globalización de los demás ámbitos de la vida social. Pero si nos referimos específicamente a la legislación penal internacional (y por tanto a la persecución de los genocidios y crímenes de lesa humanidad), resultará ridículo negar los progresos que se han hecho en esa materia Los Estados nacionales ya han dejado de ser actores excluyentes en ese terreno y los violadores de los derechos humanos han dejado de sentirse seguros dentro de sus fronteras. Menos Bush y compañía, alegarán quienes están convencidos de que nada ha cambiado en este ámbito en los últimos 20 años. El hecho de que el gobierno de Estados Unidos se niegue a firmar el Tratado de Roma, por el que se creó el Tribunal Penal Internacional, es la prueba más palmaria de que esos tratados que pretenden proteger los derechos humanos en el mundo están lejos de ser intrascendentes. Son importantes al menos como referencia, para que quede constancia de su desconocimiento por quienes se sienten vencedores. A tal punto lo son que la propia justicia estadounidense no puede ignorarlos y por ello ha condenado a varios militares que torturaron a los prisioneros de la cárcel de Abu Ghraib en Bagdad.
Los neoconservadores que hoy ocupan la Casa Blanca dan la impresión de ignorar olímpicamente los foros multilaterales y los tratados vinculantes en materia de derechos humanos. Y no sólo éstos, sino también el Protocolo de Kioto sobre emisiones contaminantes y tantos otros. Tampoco parecen tener conciencia de que cada vez son más los problemas que los Estados nacionales sólo pueden resolver cooperativamente (incluida por supuesto la llamada guerra contra el terrorismo). Si bien el unilateralismo puede llevar a Estados Unidos a ocupar militarmente cualquier país, ello no aumenta, paradójicamente, su seguridad, sino su vulnerabilidad, porque se expone más y se hace más visible. Los resultados del garrote son más inciertos que la penetración a través del dinero y la información. Y el caso de Irak es, de nuevo, el ejemplo más concluyente. El hegemonismo puro y duro propio del pasado ya no infunde respeto, sino odio y rencor, que son lo que la estrategia seductora del nuevo capitalismo quiere evitar a toda costa.
La nada heroica y aparentemente anodina prédica en favor del respeto de la legislación penal internacional y la denuncia de sus incumplimientos son la única posibilidad de evitar nuevos Guantánamos. Va de suyo que en ese camino habrá marchas y retrocesos. Nada garantiza que los progresos serán una conquista definitiva.
La única alternativa a esta incipiente cosmopolítica es la resignación. Aunque no faltan los que –alienados por la creencia de que todos los anti-estadounidenses del mundo son amantes de la libertad– consumen la ilusión de que acaso recurriendo a un terrorismo que asume la matanza de miles de inocentes como un inevitable “daño colateral”, se obligará a los renuentes a respetar los derechos humanos en el mundo.
Respuestas
Este artículo podria ser buena excusa (o introducción) para discutir sobre la conveniencia o no de recibir a mister Bush en Uruguuay. Y las diferentes posturas que hay en el gobierno sobre cómo recibirlo.
Me pregunto si esa distinción que pretende hacer nuestro vicepresidente Nin Novoa (aquello de que una cosa es el gobierno y otra el Frente) se puede aceptar o es pura esquizofrenia.
Autor: ricardo | Febrero 19, 2007 2:50 PM