¿Necesitamos sujetos?

Manuel Cruz

sujetos.jpgEn cierta ocasión (hace ya un tiempo de eso), me atreví a valorar la importancia que ha adquirido en nuestros días en ambientes filosóficos el debate acerca de la idea de sujeto, afirmando que dicha idea constituye un genuino espacio de intensidad teórica. Hablo de atrevimiento porque, con independencia de que pueda haber amplio acuerdo sobre el asunto, lo que en todo caso parece claro es que no hay completa unanimidad al respecto. Así, autores ha habido que, acogiéndose al mal uso que se ha hecho de la idea, al dato -en cuanto tal inobjetable- de que en el pasado sirvió como coartada, pretexto de legitimación o bálsamo engañoso para que a los individuos les resultaran sobrellevables los mayores desmanes (como sucedía con aquel humanismo abstracto perfectamente capaz de coexistir con los daños infligidos a los hombres concretos), han inferido la obsolescencia, cuando no la maldad, de dicha idea.

Como si idéntico destino no hubieran corrido casi la mayor parte de nociones que configuran nuestro discurso. Si tuviéramos que renunciar a las categorías por el uso que en algún momento se hizo de ellas o -apenas otra variante de idéntica descalificación- por su origen (por ejemplo, judeocristiano, aunque abundan descalificaciones análogas) nos quedaríamos en una casi absoluta orfandad conceptual. De lo que debiera tratarse es de otra cosa, a saber, de dilucidar si la idea de sujeto vehicula determinaciones que nos ayudan a entendernos mejor y, a partir de esto, si nos sirve como un elemento para afrontar los riesgos de la acción. Es decir, si podemos considerarla una eficaz herramienta teórico-práctica, a sabiendas de que, como tal herramienta, el signo final que le corresponda dependerá del efectivo empleo de la misma que hayamos sido capaces de arbitrar.

Probablemente resida aquí la clave de sentido que buena parte de los críticos de estos temas -acaso enredados en sus habituales retóricas de la atrocidad, el horror, el espanto y otras exasperaciones- no ha alcanzado todavía a entender. Los discursos del sujeto -al igual que los de la historia, a los que suelen ir vinculados- nunca han pretendido hacer más confortable el presente, como sus críticos se obstinan en afirmar: de eso, todo hay que decirlo, se han encargado de forma mucho más resuelta esas otras argumentaciones que de la condición inenarrable, indescifrable, insoportable de cuanto pasa, han venido infiriendo, en una peculiar modalidad de silogismo práctico, la aceptación más o menos estetizante de lo que hay, con el resignado considerando de que no puede haber nada mejor (a veces porque la idea misma de mejor carece de sentido). La opción por la que vale la pena apostar significa otra vía (que es, efectivamente, otra). No parte de afirmaciones programáticas respecto a cuáles son las auténticas tareas del pensamiento o los genuinos males del presente -como si tales cosas pudieran dejarse establecidas de antemano-, sino, que, justamente por apuntar a una aprehensión interesada de la realidad (esto es, orientada a la acción), es la única que puede hablarnos con verdad de la vida.

Con otras palabras, esperemos que más sencillas: la cuestión que nos ha de preocupar es la de si resulta posible encontrar buenas razones para legitimar la voluntad de protagonismo sobre la propia existencia que la noción de sujeto como tal encarna. Lo específico de esta afirmación, tan cauta ella, es que reconoce su condición aproximativa, tentativa, y no teme encarar sus propios problemas -es más, avanza a golpe de problema: de ahí, por cierto, que el desarrollo del conocimiento, con todas sus dificultades, sea una buena figura de la historia-. Pero por muchos problemas que se le puedan plantear, una pregunta permanece abierta, resistente, interpelándonos desde su inocencia: ¿qué hay de censurable en el hecho de que los hombres sigan aspirando a tomar en sus manos las riendas de su propio destino?

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona.

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