La jueza y la bandera
Voltaire
Es una suerte que en este país haya jueces con ojos avizores, atentos a cualquier violación del derecho, a toda trasgresión de las normas, al menor vilipendio de símbolos sagrados, a la más insignificante alteración del orden. Saberse cuidado por la autoridad tranquiliza. No en todas las latitudes se encuentran magistrados insobornables, capaces de detener a quien comete la imperdonable ofensa de prender fuego a la bandera de un país.
La llegada de la computadora fue un cambio sólo comparable con los comienzos del teléfono y la radio, o sea, más allá de sus diferencias técnicas, la comunicación a distancia de música y de voces. La televisión ofreció un completamiento espectacular de lo que la radio ya prometía.
La cumbre energética sudamericana llevada a cabo en Isla Margarita, en Venezuela, no hubiera merecido ni siquiera la presencia del Vicepresidente de la República, pero allá fue, porque era asunto de Estado. No tengo nada que reprocharle al Gobierno por la forma en que participó de esta cumbre. El mismo superministro Pepe Mujica calificó de "boludez", con un muy compartible escepticismo, la idea de una agencia regional de energía.
A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: "De lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa". Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha.
No es infrecuente oír decir a dirigentes políticos que sus afirmaciones están avaladas por la opinión pública: la opinión pública exige esto o aquello, que naturalmente coincide con las tesis expresadas. […] Nos hartamos de escuchar argumentos contradictorios fundamentados en las demandas de la opinión pública, y en general cualquier tesis parece justificada con tal de que esté respaldada por ese manantial sagrado de nuestra época.
El Estado uruguayo siempre explotó el costado melindroso de los ciudadanos, quienes aunque apenas toleran que haya niños de cinco años que piden monedas por los boliches a medianoche, son capaces de ir a la guerra contra una enfermedad que prácticamente no existe.