Gimnasia revolucionaria inmunológica

miasma-huge.jpgEl Estado uruguayo siempre explotó el costado melindroso de los ciudadanos, quienes aunque apenas toleran que haya niños de cinco años que piden monedas por los boliches a medianoche, son capaces de ir a la guerra contra una enfermedad que prácticamente no existe. Los Nuevos Ministerios, de parabienes, aprovechan la oportunidad. Aunque en las cuestiones "de fondo" se mueven con asombrosa lentitud (y con asombrosa sordera), en las "emergencias" son como mandados a hacer para poner límites y empezar a dar palo (canjeable por URs).

En el sonado caso de la "alarma nacional" causada por el dengue (que de por sí nunca se materializó), el Estado cayó sobre el ciudadano reclamando urgencias y alarmas totalmente injustificadas. Para los que deben ejercer el poder es siempre más fácil y gratificante hacerlo en tiempos de alarma, porque alcanza con meter la pesada. Como era de esperar, el ciudadano se alarmó, dio vuelta los tachitos y esperó sentado a que lo picara algún mosquito. Y vaya si lo picaron. Por eso inundó las líneas telefónicas del MSP exigiendo que se llevaran "sus" larvas a analizar, que fumigaran todo el barrio ya porque al sobrino lo había picado "el dengue", y produjo descacharrantes partes policiales en los que se detallan capturas de mosquitos sospechosos.

El Estado, sin embargo, fue más allá. Mostró su garra pendenciera contra todo descontrol y procedió a arrasar con todos los insectos de la ciudad de Salto y de diversos barrios de diversas otras ciudades. Se multiplicaron las mochilas que fumigan con un veneno que apenas mata a los mosquitos adultos (y no a los huevos o a las larvas), y que también mata a los adultos de muchas otras especies totalmente inocentes. Una pasada de insecticida en la ciudad de Salto, por poner el mismo ejemplo, cuesta 30 mil dólares. Es mucha plata dedicada a modificar para mal la ecología de esos lugares sin contribuir a ningún fin valedero.

El fenómeno mediático del dengue se transforma en parodia en este pueblo que se va acostumbrando cada vez más a la obediencia. No me canso de alvertir: nos estamos haciendo un flaco favor acostumbrándonos a obedecer a la Dirigencia del Cambio como si no fuéramos votantes. ¡Quisiera yo que mi propio cerebro me obedeciera de la misma manera que tantos uruguayos obedecen a Tabaré Vázquez! Por suerte nuestro Dear Leader no es Kim-jong-il y podremos derrotarlo antes de que pueda enriquecer suficiente uranio.

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