La ley y el sexo

Voltaire

leyysexo.jpgDe nuevo se alzan voces indignadas contra la osadía de impugnar las sagradas tradiciones. Qué raros que son los conservadores uruguayos, tan pretendidamente modernos, tan “abiertos al mundo” y tan dados al escándalo porque uno de los clubes más tradicionalistas de la nación (la bancada de legisladores del Frente Amplio) toma debida nota de los cambios de costumbres sexuales y formas de convivencia y se atreve a adaptar la legislación a esas nuevas realidades.

El motivo del escarnio de los fundamentalistas es esta vez un proyecto de ley que en estos días discute el Parlamento y que otorga a quienes hayan vivido más de cinco años en concubinato los mismos derechos que a los que viven o vivieron en santo matrimonio. Nada demasiado subversivo, por cierto. Los legisladores uruguayos reconocen (¡finalmente!) que muchas personas ya no creen necesario casarse para vivir con otra bajo el mismo techo. Tan poco subversivo es el proyecto que sus mayores desvelos conciernen al derecho de propiedad, herencia y a las eventuales pensiones por viudedad que pudieran corresponderle a los pecadores que vivan en concubinato. ¿Quién puede oponerse a enmendar la desigualdad ante la ley que actualmente padecen algunos ciudadanos por el mero hecho de no casarse en un juzgado como Dios y las buenas costumbres mandan? Nadie. Nadie, salvo los pastores de la iglesia católica y su rebaño, entre los que se encuentran respetables políticos. Es que el mencionado proyecto de ley señala que también podrán acogerse a los beneficios contemplados en él los concubinos del mismo sexo. Y esto, como se sabe, es el acabose. O el empezose, porque si se acepta que gays y lesbianas son personas sujetas a los mismos derechos que los demás, luego podemos ir a parar a cualquier parte. Por ejemplo, a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, lo que –convendrán conmigo– sería un auténtico relajo. Pero nuestros izquierdistas en el Palacio Legislativo, tan apegados al espíritu de las leyes como a las buenas costumbres, no se atrevieron a dar ese paso. De modo que no se entiende el ruido mediático que están armando jesuitas, salesianos, herreristas y otras congregaciones cristianas, cuya beligerancia pretende basarse en una inexistente voluntad de equiparar las uniones homosexuales con el sagrado matrimonio.

El asunto es que ni siquiera dicha eventualidad debería motivar tantos lamentos y sermones desde los púlpitos y periódicos. Después de todo, el matrimonio legal con todas sus formalidades supondría que los sexualmente “desviados” terminarían en el redil de la normalidad, cosa que debería satisfacer a los guardianes de la ortodoxia sexual. El derecho a casarse que legítimamente reivindican algunas lesbianas y homosexuales ya ha generado controversias y debates en el seno del propio movimiento gay, ya que si bien muchos de ellos se ilusionan con ser algún día protagonistas de una ceremonia contractual que por el momento les está vedada (con arroz a la salida del juzgado, fotos y fiesta incluidos), otros no creen que su dignidad como personas se decida en asuntos tan triviales ni les hace demasiada gracia que el carácter trasgresor que le atribuyen a su homosexualidad termine desembocando en un grito desesperado en favor del derecho a casarse. De todos modos, nada que objetar a la legalización de los matrimonios entre homosexuales. Lo único que en estos tiempos de carnaval identitario convendría precisar es que ese derecho que reclaman no es un “derecho de los homosexuales”, ya que en rigor en una democracia republicana no existen tales derechos, como no existen derechos específicos de ninguna minoría. Lo que en realidad está en juego en esta controversia es el derecho de todas las personas (cualesquiera sean sus inclinaciones sexuales, su color de piel, su pertenencia comunitaria y su credo religioso) a tener los mismos derechos que los demás ciudadanos. Es decir ni un derecho menos, pero tampoco ninguno más.

Convertir la homosexualidad en seña de identidad propia no deja de ser la otra cara de la ideología homofóbica, que también pretende –aunque con evidentes fines estigmatizadores– resumir la personalidad o la identidad de una persona en sus costumbres sexuales. Una inclinación, como dije, bastante extendida en estos tiempos, que sin embargo nos empobrece y unilateraliza, ya que en verdad somos mucho más que nuestra sexualidad; del mismo modo que somos mucho más que nuestra profesión o nuestra nacionalidad. Somos todo eso y más. Y para colmo en constante mutación.

* * *

Después de este paseo por las ramas, volvamos al tronco. La nada cristiana ira que muestran los obispos uruguayos (incluido el progresista Pablo Galimberti) y algunos miembros de la parroquia herrerista se debe, pues, a una supuesta igualación de las uniones homosexuales con el matrimonio heterosexual que en rigor sólo existe en sus devotas y temerosas cabezas. “De ninguna manera puede aceptarse que la convivencia homosexual, que no reúne las condiciones básicas que definen el matrimonio, se equipare con él”, dicen. ¿Y por qué no se debería equiparar a la una con el otro? Porque la institución matrimonial, repiten a coro, tiene como finalidad la procreación, que les está vedada a las parejas homosexuales. Algunos teólogos se amparan incluso en la etimología de la palabra matrimonio, del latín matrimonium, que a su vez tiene su raíz en mater (madre), ya que al casarse el hombre se llevaría a su casa a una madre en potencia. El argumento es inconsistente, ya que con el mismo criterio el patrimonio, que proviene de pater familias, y que efectivamente fue durante siglos un asunto exclusivamente de varones, debería ser inaccesible a las mujrees. Pero no es cuestión de pelearse por palabras.

El auténtico debate pasa por las ideas en las que pretende fundarse la oposición de monseñor Nicolás Cotugno, arzobispo de Montevideo y guía espiritual de almas tan piadosas como la del ex presidente Luis A. Lacalle y sus legisladores, a otorgar a las parejas homosexuales los mismos derechos que al resto de los ciudadanos. El armamento intelectual en el que monseñor Cotugno y la conferencia episcopal uruguaya pretenden basar su cruzada son los “valores morales fundamentales” y su presunto monopolio del conocimiento de la “naturaleza humana”. Sus valores morales fundamentales y su idea de la naturaleza humana indican que no darle a las parejas homosexuales el mismo tratamiento jurídico que a los matrimonios heterosexuales “no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta”. Porque, como dice Benedicto XVI, “hacer distinciones entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o servicio social es efectivamente inaceptable, sólo si se opone a la justicia”. Pero al parecer desde el punto de vista episcopal la discriminación de la que estamos hablando es de estricta justicia.

El portavoz de la Asamblea Plenaria Ordinaria del episcopado sentenció que las personas pueden vivir su sexualidad como se les ocurra, “pero es clara la forma que la naturaleza y la razón establecen”. ¿Qué se puede objetar ante semejante ostentación de apertura mental y despliegue argumental?

Para empezar se les puede decir que la homosexualidad es tan natural en el ser humano como su anatomía o fisiología. Desde tiempos remotos las tendencias sexuales y los afectos de las personas se han expresado con aquellos semejantes (de uno y otro sexo) que suscitan amor, afecto o simpatía. La confusión de los obispos tal vez provenga (al margen de la perturbación que suele provocar en sus castísimas almas casi todo lo que empieza y termina en la cama) de su incapacidad de separar sexo de sexualidad. El sexo es una determinada estructura biológica, reproductiva y anatómica. La sexualidad es un universo cultural, simbólico, moral. En el animal hay sexo puro; en el hombre, no. Puede que el fin del sexo sea la procreación y la supervivencia de la especie, pero el de la sexualidad es mucho más amplio e incluye -¡ay!-el placer, el juego y otros al alcance de la imaginación (no de la imaginación de los obispos por cierto). Esta distinción es la que permite afirmar que no hay homosexuales, sino comportamientos homosexuales, de la misma forma que no hay seres humanos ladrones, sino hombres-que-roban. Pero la Iglesia Católica se centró obsesivamente en la sexualidad, y erigió sus principios morales sobre la condena de la misma. Afirmar que el sexo sin fines procreadores o la sexualidad con personas del mismo sexo son “anti-naturales” implica desconocer la historia de la cultura pero también vivir en el limbo a pesar de que su santidad Benedicto XVI acaba de decretar su caducidad. Efectivamente, los conservadores laicos y religiosos no parecen de este mundo. No quieren enterarse de que no todas las personas se casan para llevarse a una madre al hogar ni que todos los que se “pierden” en las procelosas aguas de la sexualidad lo hacen con fines procreadores.

Pero los cruzados tienen más motivos para sentirse ultrajados: la nueva ley tiene ocurrencias decididamente inaceptables para monseñor Cotugno: “en un hecho sin precedentes (…) se deroga el deber de fidelidad conyugal cuando no hay vida en común”, dice. Realmente hay que convenir con nuestro arzobispo en que semejante espíritu derogatorio de nuestros legisladores es indignante. La fidelidad entre cónyuges es un deber… aunque ya no se comparta ni la casa ni la cama (decididamente esta gente lo que quiere es que nos la pasemos mal). La preocupación por la buena salud espiritual de la familia (incluso la que ya ha dejado de ser tal) exige declararle la guerra al placer.

A propósito de la crisis de la familia que tanto desvela a los conservadores del mundo entero, debería advertírseles que si quieren rescatarla de su decadencia no deberían lamentarse tanto por la “pérdida de valores” ni apelar a sermones moralistas que convocan cada vez a menos gente, sino, entre otras cosas, oponerse a las nuevas tendencias del mercado laboral, que exigen del trabajador entrega en cuerpo y alma y disponer de la más absoluta “libertad” para estar a disposición de la empresa cada vez que ésta lo reclama. Y no hay hijos, ni pareja ni hogar que justifiquen un minuto de distracción. Son las tendencias a la individualización propias del capitalismo contemporáneo, el ingreso de la mujer en el mercado de trabajo, los llamados a ser “tú mismo” o a “vivir-tu-vida” los fenómenos que están erosionando (¿de forma irreversible?) la institución familiar. Y a nadie medianamente perspicaz y embarcado en la causa de rescatar a la familia del atolladero en el que se encuentra, se le ocurriría apelar a catecismos o convocar a los desviados para que sean buenos chicos.

Quiero dedicarle unas líneas a quienes creían que ya nadie se atrevería a impugnar públicamente las conquistas democráticas más elementales (entre ellas la idea de que los conflictos del mundo terrenal no pueden dirimirse apelando a los dogmas religiosos) y que las aguas de la fe y la política estaban definitivamente separadas. Les ha llegado un nuevo aviso de que tal vez deberían desconfiar de semejante certeza. A pesar de las continuas “recaídas” en lo religioso que suele provocar el desasosiego que produce al individuo secularizado la ausencia de Dios y su estar solo-en-el-mundo, cierto optimismo ilustrado nos juega malas pasadas y nos empuja a pensar que el laicismo ganó definitivamente la partida.

Precisamente en este país, en el que, a pesar de todos los pesares, la iglesia católica está razonablemente confinada en el espacio del que jamás debió haber salido –en el de las creencias privadas– los obispos han vuelto a relinchar y a desafiar las leyes de una sociedad laica y democrática. Precisamente en este país, en el que desde hace mucho tiempo casi nadie cree que los curas tengan mayor autoridad que el más humilde de los ciudadanos o que los evangelios valgan más que un argumento, los obispos vuelven a las andadas y pretenden pontificar sobre los asuntos terrenales.

El problema que arrastran consigo los obispos es que pretenden dictar cátedra acerca de qué costumbres y hábitos deben seguir los ciudadanos en sociedades moralemente plurales, qué costumbres son conformes a una razón que luce más dogmática que razonable y qué hábitos sociales son “naturales” y cuáles “antinaturales”, con el agravante de que ninguna de sus sentencias tienen la menor relación con el conocimiento disponible ni están abiertas al diálogo. Son la verdad revelada. Y aquí es donde el problema de los obispos se convierte en un problema de todos los ciudadanos. Porque monseñor Cotugno pretende que su mensaje teológico tenga fuerza de ley. Es más, nuestro arzobispo llama abiertamente a la desobediencia civil: “es necesario oponerse en forma clara e incisiva (…) a la equiparación legal (de las uniones homosexuales) con el matrimonio y el acceso a los derechos propios del mismo. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal con la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas”. Lo que se dice un verdadero maquis. Sólo le falta ponerse el crucifijo, echarse la mochila a la espalda e irse al monte a resistir.

Respuestas

La pareja, o el matrimonio, en el que piensan los conservadores no existe más, se cae a pedazos. La idea de los obispos se puede resumir de la siguiente forma: si algo no funciona, no debes intentar cambiarlo, inventar otra fórmula, sino simplemente joderte, porque así lo manda el santo padre.

Vamos a tener que importar toneladas de valium o aceprax cuando a alguien se le ocurra plantear el derecho de las parejas de gay y lesbianas a adoptar hijos (y no sólo para los obispos).

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí me suena contradictorio que los curas intenten decirnos como hay que vivir en la virtud y la moralidad y no terminan de limpiar su propia casa de sacerdotes pederastas. Seguro que alguno de ellos se paró ante los fieles para decirles que debían ser más fieles aun.
No quiero decir que si fueran realmente unos santos o que en vez de pederastas se dedicaran a la masturbación o la autofelación, por eso tendrían derecho a decirnos como tenemos que vivir. Pero no chocaría tanto como choca ahora ver a Bendito XVI diciéndonos que no pequemos y sus secretarios capaz que andan detràs de unos garotos a punto de recibise de sacerdotes.

Hay que combatirlos... o por lo menos dejarlos lejos, bien lejos, de los asuntos públicos.

No entiendo lo que dice Voltaire sobre el carácter transgresor que, supuestamente, algunos gays le atribuyen a su condición. Porque dicho así es buscar una "anormalidad" que, justamente, tratamos de combatir. Se trata simplemente de unas de las orientaciones sexuales posibles que los seres huamanos podemos elegir. Y eso no tiene nada de transgresor. Lo del casamiento, aunque puede ser discutible su reivindiación, finalmente lo que se busca es que haya una contrato efectivo que reconozca derechos, por ejemplo de herencia, lo que no es un tema menor. Al menos es algo más serio que lo del arroz y las fotos.
Estando de acuerdo en que no existen derechos colectivos, el derecho que reivindican las minorias, como en este caso los homosexuales, es a no ser discriminados por el hecho de serlo. Porque ser miembro de determinadas minorias conlleva ser victima de prejuicios, estereotipos y discriminaciones. Por eso muchas minorias se organizan como tal, no para reivindicar ningun derecho como tal grupo, sino de luchar por el derecho a no ser discriminados.

Alvaro, las inmoralidades que han protagonizado los curas pederastras son abominables, pero aunque no las hubieran cometido y fueran unos virtuosos tampoco quedaría legitimada su pretensión de que todos los mortales nos compartáramos según sus códigos morales.

En lo que atañe a la incomprensión de Espino acerca del carácter transgresor de las conductas homosexuales, es exactamente eso (ni más ni menos): que algunos homosexuales se consideran transgresores por ser tales y su mayor aspiración no es obtener el derecho a casarse. No dije que yo compartiera esa mirada. Simplemente doy cuenta de dos puntos de vista imperantes entre los gays. Uno de ellos parece destacar precisamente que su carácter transgresor reside en su "anormalidad".

Sobre el resto de las apreciaciones (derecho a tener LOS MISMOS DERECHOS, a no ser discriminados, etc.), creo que es -palabra más palabra menos- exactamente lo que digo en el artículo. Justamente el proyecto de ley que defiendo (no sé si se nota en el texto) se propone reparar esa discriminación legal que existe en la actualidad... no sólo con los homosexuales sino con los heterosexuales que no están casados (pensiones, herencia, etc.).

Sobre los estereotipos y prejuicios, me temo que no serán removidos a través de ninguna disposición legal. Creo que el sistema educativo tiene algo para decir al respecto.

Yo no entiendo la diferencia entre el trámite de casarse en un juzgado y el trámite de "concubinarse" en un juzgado, ambos trámites suponen la aceptación ante el Estado de obligaciones y derechos, ambos mantienen a una entidad "superior" como garantía de un contrato (¿afectivo?) entre personas.
Sólo puedo entender al proyecto como la instauración encubierta del matrimonio homosexual. Ningún problema con eso, pero me parece más interesante una propuesta que ví hace un tiempo de unos abogados yanquis: permitir que los individuos puedan elegir, mediante un simple trámite, a qué sexo pertenecen. De eso modo, la homosexualidad deja de ser un inconveniente para el matrimonio tal como está establecido en la mayoría de las sociedades, ya que alcanza con que uno de los miembros de la pareja se declare del sexo opuesto al del otro (sin que medie ninguna alteración "biológica").

¿Como es eso de que "eligen o se declaran" de un determinado sexo para conseguir casarse? Los homosexuales no tienen porqué verse obligados a cambiar de sexo. Eso sí que es discriminación.... por favor!! O es que fer piensa aquello que en una pareja de homosexuales, uno o una hace (o juega el rol) de hombre y otro/a de mujer? Y que, por tanto, no tendrá problemas con el trámite exigido. Los homosexuales pertenecen al sexo que pertenecen, es decir o son hombres ambos (gays) o son mujeres ambas (lesbianas). La diferencia con los heterosexuales es que se sienten atraidos por personas del mismso sexo. No solo atraidos/as sexualmente sino en el sentido más amplio del afecto y de las relaciones entre dos personas, es decir, que se enamoran de personas del misnmo sexo. Pero no cambian de sexo por hacerlo.


El ser de un sexo u otro no es lo que determina la sexualidad ni el afecto, como bien señala Espino. Tampoco tendría que determinar con quién se decide convivir ni qué derechos o deberes el Estado está dispuesto a garantizar para las diferentes formas de convivencia. (Si tres personas deciden vivir juntas y "formar una familia" ¿se los puede considerar concubinos? ¿Y qué hacen con los bienes comunes cuando uno fallece? y etc, etc.)
Lo que discrimina es basar las leyes de asociación doméstica (familiares, supongo) en la sexualidad de las personas. Una forma sencilla de resolverlo es quitarle sentido a la distinción que la origina. Lo mejor sería eliminarla, sin dudas, pero mientras tanto se la puede ir esquivando.

Hay otros argumentos acá:
http://www.worldnetdaily.com/news/article.asp?ARTICLE_ID=52826

sobre el tema de la discriminación que tanto perturba a espino, hay que aclarar que no cualquier cosa es discrimación. "No nos dejan mear en la calle", se queja la asociación de meadores de calzadas. Y ya sale otro diciendo "¡basta de discrimación contra los meadores de calles! Hagamos una ley para detener este atropello".

No digo que sea el caso de los homosexuales y lesbianas, pero ojo al gol, porque en ese caso no puede haber ninguna ley, porque se sabe qe muchas leyes se aprueban para impedir que cada cual haga lo que se le cante (en nombre de su particularidad). Digo, se me ocurre.

Efectivamente, no es suficiente con que alguien diga que ha sido discriminado, para que efectivamente lo haya sido. Hay que demostrarlo. Pero también funciona a la inversa, es decir, hay personas que discriminan (y sobre todo empresas) que dicen que no han discriminado cuando realmente lo han hecho. En este sentido las leyes antidiscriminación plantean lo que se denomina la carga de la prueba. Es decir que hay que demostrar que no se ha discriminado o que se ha sido objeto de discriminación. Tampoco vale aquello de que "no he tenido intención de discriminar" cuando le llamo negro, maricón, gordo, manco o judío a alguien. "Se lo he dicho afectuosamente". Lo que importan son los efectos sobre el potencialmente discriminado y no la intención del que lo hace.

La pregunta es por qué la bancada del Frente Amplio en el Parlamento no presentó un proyecto en el que se legalice sin eufemismos el matrimonio homosexual. Así terminamos de una vez por todas con este asunto, escandalizamos bien escandalizados a los señores obispos con "herejías" que valgan la pena y no con medias tintas.

¿Por qué no se animaron a dar ese paso? Los términos de la discusión serían exactamente los mismos que hoy. Así no nos peleamos por menudencias.

Y de la adopción por parte de parejas homosexuales, ¿qué piensan? Por qué no se pone ese tema sobre la mesa, ya qe estamos y terminamos de una vez por todas con todo el "paquete". Porque en algún momento, aunque sea tarde como todo en Uruguay, ese tema se va plantear.

¿como se resuelven los triangulos rectangulos por la ley del seno?

¿cómo se resuelven, francisco?

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