La ciudad de los niños

Voltaire

kids-shopping.jpgMontevideo tendrá dentro de pocos meses una nueva obra de grandes proporciones, la llamada Ciudad de los Niños, que se erigirá junto al Montevideo Shopping, uno de los cuatro grandes templos al consumo con que cuenta la ciudad. Sus promotores sugieren que será un territorio en el que nuestros infantes aprenderán a ser adultos, a interrelacionarse con sus semejantes, a ser ciudadanos, en suma. Tiene un nombre algo sospechoso –el Shopping de los Niños–, pero esto no parece inquietar a casi nadie.

Como ejemplo de educación ciudadana, los entusiastas del proyecto alegan que allí los menores podrán jugar a trabajar, comprar o vender, aprender cómo funciona una fábrica de pastas, sacar la licencia de conducir, hacerse un chequeo médico, desentrañar los inquietantes misterios de una máquina que escupe botellas de refrescos y utilizar su propio dinero virtual o real. Los que dispongan de él, por supuesto, con lo que el número de “niños ciudadanos” no coincidirá con el de niños reales que viven en la ciudad. Llevan razón, pues, los promotores del invento cuando afirman que la ciudad-shopping de los niños será una versión en miniatura de la otra, la de los adultos.

El proyecto de Shopping de los Niños, obviamente, no inaugurará una nueva era urbana. Será un capítulo más de una evolución que ya tiene sus años y a la que asistimos con inconsciente algarabía como si frente a nosotros se abriera un horizonte prometedor. No resulta un misterio que casi nadie haya dicho esta boca es mía sobre el emprendimiento (las autoridades municipales, por cierto, no están entre esos pocos que sí lo han hecho). En el fondo, tal indiferencia es el corolario lógico de la naturalidad con la que los ciudadanos asumen dos fenómenos propios de la contemporaneidad: por un lado, la generalizada aceptación de que el hombre es en primerísimo lugar homo economicus y la idea de que una de sus creaciones civilizatorias más antiguas, la ciudad, es un mero territorio en el que se desenvuelven sus actividades productivas y de consumo. Cualquier iniciativa que contribuya a que las actividades económicas sean más eficientes, veloces y productivas merece ser recibido con bombos y platillos, sean las que fueren las consecuencias que esas iniciativas tengan sobre las relaciones humanas y la vida extraeconómica. De ahí que tampoco resulte misterioso que se le dé una irresponsable bienvenida a cualquier ensanchamiento de una calle montevideana que contribuya a facilitar la circulación del automóvil particular, independientemente de que se destruya un barrio o se reduzcan las posibilidades de interrelación (no económica) entre los individuos. El otro fenómeno es la sostenida mutación del ciudadano en consumidor, que permite que unos vulgares inversores disfracen un negocio como cualquier otro de labor educativa.

Hubo una época en la que la idea de democracia estaba íntimamente asociada a la polis –la ciudad–, sinónimo de espacio público, donde tenía lugar la política, es decir el diálogo entre los habitantes de la ciudad, que no otra cosa eran los ciudadanos. Era el espacio común, en el que se interrelacionaban los individuos, esto es un espacio anónimo al que se tenía derecho a acceder con independencia de la particular inserción que se tuviera en la sociedad. De alguna manera, en el espacio público quedaba “suspendida” la condición de rico, pobre, trabajador o propietario. Aunque ahora se la haya reducido a buenos modales, la urbanidad consistía precisamente en la capacidad de vivir con los diferentes, de que éstos no aparecieran como amenazas. “Más que otros asentamientos humanos, la ciudad es el lugar de los descubrimientos y las sorpresas, sean agradables o desagradables”, dice el ensayista sueco Ulf Hannerz.

Con la multiplicación de las iniciativas privatizadoras a las que asistimos en la actualidad (centros comerciales, barrios privados, lugares de esparcimiento, tiranía del automóvil, que de alguna manera no deja de ser un asunto privado si se tiene en cuenta que aún hoy la mayoría de los montevideanos no tiene coche) se reduce ese espacio común, ciudadano, y con su encogimiento disminuye la riqueza y la diversidad que aportaba en términos culturales y políticos. Las nuevas intervenciones urbanas (que se pueden apreciar tanto en Montevideo como en infinidad de ciudades latinoamericanas y europeas) no tienden a ensanchar ese espacio público, sino a reducirlo. Esas tendencias urbanísticas, determinadas en su mayor parte por voraces apetitos empresariales (entre las cuales se encuentra el “Shopping de los Niños”), crean espacios homogéneos, específicos de cada sector social, en los que no hay lugar para los sapos de otro pozo, reproduciéndose así la misma estructura imperante en la sociedad. El centro comercial es el paradigma de esa segregación, allí consumen (de forma eficiente y productiva, tranquila y al abrigo de miradas extrañas) los que son "como nosotros". No hace falta decir que la multiplicación de estos emprendimientos urbanísticos equivale a socavar los cimientos de la política en particular y del espacio público en general. De llevarse esta lógica hasta las últimas consecuencias no habrá más territorios para vincularse con extraños y desconocidos, para los que no son de los “nuestros”. Así, lo urbano será cada vez menos el territorio de los que pertenecen a una misma comunidad política, es decir todos en las democracias contemporáneas. La actual ciudad segregada en compartimentos estancos, especializada según las demandas del mercado, dejará de ser un lugar inquietante pero prometedor para convertirse en la fiel expresión en términos territoriales de la división social imperante.

Con los nuevos medios de transporte y comunicación y la desterritorialización del mundo globalizado, tal vez no sea buena cosa reducir lo público a un determinado espacio físico de la ciudad ni pensar nostálgicamente en que la vida ciudadana tenga que depender únicamente de la plaza pública. Esa vida ciudadana transcurre también en otros espacios. Por poner un ejemplo, los medios masivos de comunicación se han convertido, para bien y para mal, en un espacio público privilegiado (aunque la forma en que habilitan la deliberación deje mucho que desear). Pero desde luego que una sociedad que se encamina alegremente a la privatización de su espacio urbano no está haciendo un gran aporte al ejercicio de la ciudadanía.

* * *

En el folleto de presentación del proyecto que divulgó la empresa que erigirá el Shopping de los Niños se dice nada más y nada menos que además de centro de entretenimiento será un ámbito de “educación infantil. Aquí los niños serán los únicos protagonistas, van a trabajar (…) y reforzarán los conocimientos adquiridos en la escuela y en el hogar”. Y como tendrán “personal capacitado” quedará garantizado que “la experiencia de toda la familia será preciosa y que todos serán tratados con respeto y amabilidad”, según la idílica versión del responsable del emprendimiento. Más allá de la retórica de la empresa, que pretende que este centro comercial infantil es “algo más” que un lugar cerrado y seguro para que los hijos de aquellos segmentos de la sociedad con ingresos suficientes aprendan a ser buenos consumidores, lo cierto es que la iniciativa casa perfectamente con un fenómeno propio de los tiempos presentes: el desplazamiento del centro de gravedad de la vida social de la ciudadanía al consumo. El centro de atención del ciudadano es el “bien común”; el del consumidor, su interés egoísta. La pretensión de que un centro comercial, con su target específico de consumidores, sea una escuela de aprendizaje ciudadano para los niños puede ser interpretada como una tomadura de pelo, pero no por eso deja de ser también un ejemplo preocupante de que muchas personas han empezado a confundir su condición de consumidores con la de ciudadanos. O más exactamente, que aplican los criterios con que se mueven como consumidores a su conducta ciudadana. El consumo es una actividad solitaria encaminada a realizar mi interés; la política, se supone, está más atenta a la justicia y a las necesidades del conjunto y sólo se la puede emprender con los demás, incluidos los diferentes o sobre todo con los diferentes. La aspiración simplista a estar con mis iguales que revela la fascinación por los centros comerciales, los clubes privados, los barrios privados se opone al ideal de la modernidad política que había inventado mecanismos para convivir con personas y pueblos diversos. La idea de universalidad permitió precisamente pasar de la confianza en el otro por ser parecido (o igual) a instituciones que permitían convivir con los diferentes. En el alma de este ciudadano/consumidor late la convicción de que el espacio público es apenas un ámbito al que se va a reclamar, a defender derechos… como consumidor (y es significativa la preeminencia de los derechos del consumidor sobre los derechos ciudadanos a la que asistimos), como puntual pagador de impuestos o como lo que sea, pero siempre relativos a nuestra particular y específica condición. Lo público no sería nunca un lugar en el que se descubren nuestros reales intereses con los demás.

Conviene reparar además en la ansiosa inmediatez con la que el consumidor aislado realiza su específica actividad y que está en las antípodas de una política centrada en el bien común y para la cual la dimensión temporal es completamente diferente, ya que mientras los involucrados en operaciones mercantiles sólo están preocupados por la satisfacción o el beneficio a corto plazo, la mayoría de los problemas políticos no admiten un abordaje de esa naturaleza (a pesar de que los políticos y en particular los políticos en tiempos electorales prometan lo contrario). Los consumidores de la ciudad encuentran aburrida y fatigosa cualquier actividad que dure más de un instante o que haya perdido el efímero encanto de la novedad.

El nuevo ciudadano/consumidor, como todos los consumidores, se caracteriza por la ausencia absoluta de compromiso estable con un partido o con una idea de bien común. Supone que él no tiene la menor responsabilidad en el actual estado de cosas, que éste no es asunto suyo. Su único “compromiso” sería optar entre las diferentes “ofertas del mercado político”, como hace cuando tiene que optar entre licuadoras o relojes según su interés más inmediato. Lo realmente importante ocurriría fuera de la esfera pública. O más precisamente, lo relevante y deseable para él sería que se consumara definitivamente la transformación del ámbito público en uno limitado a resolver las preocupaciones y problemas privados. Lo peligroso, como sostiene Zygmunt Bauman, es que una vez que se reconoce la prioridad de las leyes del mercado sobre las leyes de la polis, el ciudadano se transmuta en consumidor y un consumidor exige cada vez más protección y acepta cada vez menos la necesidad de participar.

De modo que no se termina de entender la pretensión del Bruno de Zabala de la Ciudad de los Niños de que la misma será una suerte de escuela, salvo que esté pensando en una escuela de consumidores. Y eso es lo que nos cuenta sin excesivos pudores: “el objetivo es que los niños interactúen con cada una de las marcas, recorriéndolas, experimentando y conociendo su espíritu. Este espacio multifacético se podrá utilizar incluso para el lanzamiento de productos y promociones dentro de una ciudad que ha reunido a su público objetivo. Un público que ya está inserto en un clima a su gusto, abierto a recibir diferentes propuestas y disfrutando todo lo que su empresa y nosotros hemos decidido ofrecerle”. Lo único que nos faltaría es que la ANEP se decidiera a auspiciar la feliz iniciativa.

Respuestas

sí voltaire, hasta los niños se venden en el shopping; lo peor del asunto no es el manojo de tarados ocurrentes de semejante idea, sino el malón de usuarios que hará de ella un éxito.

Coincido con Cecilia. En gran medida estas cosas ocurren porque nosotros, los ciudadanos (o los consumidores) terminamos yendo como ovejitas a esos antros lamentables. Y les damos vida. No sè si nos convencen, pero por comodidad o algo así terminamos en sus garras.

Lo mas imperdonable es el marketing dirigido a los niños. Como McDonalds. Porque uno como adulto tienen màs herramientas para oponerse, pero lavarle el cerebro a los niños con ofertas "encantadoras" es salvaje. Deberìa haber alguna ley para prohibir la publicidad dirigida a los menores.

Ya me veo a mi hijo pidiendo "quiero ir al Shopping d elos NIños". Jamàs... te lo juro.

No estoy muy enterado de las normativas municipales. Capaz que alguien sabe algo màs sobre lac uestion. La IMM no tiene ninguna potestad para ponerle trabaas a inversiones como èstas. O es qe estàn de acuerdo en que esto es progreso?

No supe de este emprendimiento hasta que leí tu post. Me parece terrible.
Ahora me pregunto: visto que nuestro gobierno intenta hacer de nosotros unas personas impolutas (subieron el precio del cigarro a las nubes, para que fumar sea sólo un acto de las clases sociales pudientes), no debería impedir este tipo de emprendimientos, que son inmorales (al menos desde mi punto de vista)?

Por que Tabaré es nuestro adalid de la moralidad. O pretende que nuestros hijos ingresen de forma imperiosa al mundo consumista? Capaz que uno de los "juegos" esté referido a la radioterapia, así sigue amasando platita, ahora que va a tener que aportar por el IRPF

Y en otro orden de cosas, hace unos días leí sobre un emprendimiento inmobiliario en Punta del Este, donde se van a hacer (aparentemente) los apartamentos más caros de américa del sur, contando los mismos con, por supuesto, PLAYA PRIVADA!!!!!!!! En la primera administración de "izquierda" del departamento....tristísimo...


Y qué dice De Los Santos a todo esto? O sólo se preocupa de Darío Pérez? Alguien sabe algo de esto?

saludos

Petisa, me parece que en este caso el gobierno nacional no tiene tanta responsabilidad... que sería más bien de la intendencia municipal.

El tema es que oponerse a este proyecto puede no ser tan bien recibido por el pueblo como por los partiicpantes de este blog o puede ser políticamente difícil de manejar: se pueden imaginar las cosas que diría la derecha (y los "mercados") si en Uruguay no se autorizara una "inversión" como esta.

En realidad, lo que me imagino es que cualquier tipo que quiera invertir en cualquier área en este pa{is recibirá la bienvenida de las autoridades (nacionales, departamentales, barriales y lo que sea).

Ricardo: no estoy de acuerdo contigo. Recuerdo, por ejemplo, que en los primeros días de gobierno el supremo Tabaré I decretó (por motus propio y pasándole por arriba a la junta departamental) que en bulevar artigas se iba a erigir el monumento a juan pablo II. (acto digno del primer gobierno de izquierda en un país laico por constitución!). Por lo tanto, creo (y los hechos me confirman) que Tabaré, sintiéndose dueño, o rey, o váyase a saber qué de este país puede perfectamente participar en esta desición. Que no lo quiera hacer por intereses económicos, es otro cantar.
Además, creo recordar que tanto el intendente de Montevideo como el presidente forman parte de la misma fuerza de gobierno, no?
fue en ese hecho que basé mi comentario
saludos

PD: se aceptan dinero para inversiones aunque los proyectos sean un desastre?


petisa, te aviso con tiempo :-)

"En el Museo de la Casa de Gobierno se viene desarrollando la exposición homenaje al papa Juan Pablo II, en el 20º aniversario de su primera visita a Uruguay. La muestra, que exhibe documentos y objetos directamente relacionados con la visita papal a Montevideo, se extenderá hasta el próximo 27 de julio."

en http://www.larepublica.com.uy/lr3/larepublica/2007/06/30/comunidad/263754/inauguraron-exposicion-homenaje-a-la-primera-visita-del-papa-a-uruguay/

Petisa, creo que aquí hay dos aspectos, que son los que trato en el post: uno es el de las intervenciones de grandes dimensiones en la ciudad. Es un tema urbanístico. Decididamente el municipio debería intervenir si cree que obras de esa naturaleza (ya tenemos cuatro Shoppings en Montevideo) violan alguna norma o simplemente van en sentido opuesto al tipo de ordenamiento territorial que se pretende promover (porque se puede y se debe planificar la ciudad y no dejarla que evolucione según los apetitos del mercado). Por lo visto, para la actual administración municipal no hay ningún reparo a ponerle a este emprendimiento. Les parece bien (o no les parece mal) desde el punto de vista de su impacto sobre el territorio de la ciudad. ¡O tal vez no le ven ninguna contradicción con sus planes de ordenamiento territorial, sencillamente porque no tienen proyecto alguno!

El segundo aspecto de este emprendimiento que trato en el post es el que tiene que ver con el reemplazo de la figura del ciudadano por la del consumidor. Es una tendencia de casi todas las sociedades contemporáneas. Es un fenómeno lamentable y creo que nos conduce a un mundo terrible, vacío, carente de otras finalidades que no sean poseer y consumir más y más. Pero claro, modificar esta tendencia no pasa por medidas administrativas. No creo que el gobierno pueda aprobar una ley que establezca que ser ciudadano es más importante que ser consumidor. Además, como dice Cecilia, el éxito de estos emprendimientos depende de la actitud de los potenciales consumidores. A mí nadie me obliga a pensar antes como consumidor que como ciudadano, no puedo quejarme ante ninguna dependencia del Estado por algo que yo hago voluntariamente, y a lo que nadie me obliga.

Tal vez el sistema educativo debería pensar y actuar sobre estos temas.

entiendo perfectamente que hay dos aspectos diferentes, simplemente quise ser sarcástica ante la situación que vivimos en referencia a las imposiciones de Tabaré Vázquez, haciendo hincapié justamente en el aspecto del ciudadano.

No soy arquitecta ni paisajista para hablar de urbanismo. Las cosas que a mí en lo personal me gustan no coinciden justamente con las obras que son premiadas..debo tener un pésimo gusto arquitectónico :)

También entiendo que me será sumamente difícil explicarles a mis hijos por qué no los voy a llevar a ese lugar..o capaz que termino sucumbiendo como me pasó con los Mc'Donalds..por que si no los niños terminan siendo marcianos...fuera de la realidad de sus compañeros.

Deberíamos comenzar a explicarles a nuestros hijos por qué no los llevamos a determinados lugares (o por qué no les compramos determinadas cosas o por qué no hacemos esto o aquello). El argumento de que hacemos determinadas concesiones (que las hacemos, porque no siempre tenemos la disposición de "dar la batalla") para que 'no se sientan diferentes' a los demás niños, no es la mejor salida. Además, muchas veces ese motivo no es otra cosa que la otra cara de la comodidad de los adultos... o una justificación para no hacer lo que nos parece que deberíamos hacer.

No seguir la corriente dominante o no comportarse como lo hace la majada no tiene por qué ser en todos los casos "un problema". No comportarnos como corderitos tiene algunos inconvenientes, pero a veces la soledad es el precio que hay que pagar para no ser un boludo. Y con el tiempo los niños también lo pueden entender.

Si nos limitáramos a hacer "lo que hacen todos" seguiríamos viviendo en la época de las cavernas.

Se puede, Petisa, se puede.


Estoy de acuerdo con la postura de educar a nuestros hijos como ciudadanos y no como consumidores, postulado de el marqueting moderno.
Pero me faltan o me fallan argumentos para lograrlo con exito ya que es,creo, desigual la lucha.
Por lo tanto busco argumentos y consejos para consumir o aplicar en forma rapida y exitosa y me transformo en un producto de la contracultura tan facil de usar como la anterior.

Comparto lo que dice Macizo, la lucha es desigual, completamente desigual. Por eso se reciben sugerencias para ver cómo encarar sin pegar tortazos un insistente pedido de una criatura lloriqueante que quiere qe le compren esto o aquello otro que aparece en la tele.

Cerdos es lo que son (no los niños, sino los anunciantes)

estoy de acuerdo con lo que dicen macizO y ricardo. Voltaire dice que se puede; y sí, muchas veces he podido, pero a costa de ser la ogra; y no quiero cumplir ese rol. "la mamá de ...es buena, vos sos mala..", etc, etc, etc.

Evidentemente Maciz0 está en graves problemas si cree que sólo es posible debatirse entre una actitud y la otra.

Iba a comentar sobre el rol del planificador municipal, pero ésto tomó otro giro, así que me pliego a la última discusión.
No soy ni maestra ni especialista en pedagogía infantil, simplemente tengo un hijo.
Nunca es fácil, ni siquiera en las cuestiones cotidianas, y nadie te enseña a ser madre. Se aprende a los golpes.
Pero algo tengo claro. Los niños entienden mucho más de lo que solemos creer.
No te llevo a ese lugar y te expico porqué, resulta mucho mas efectivo que cualquier berrinche.
Solemos tratar a nuestros hijos como si fueran personas incapaces de comprender cuestiones elementales.
No apoyar un emprendimiento que nos parece idiotizante es más fácil de explicar que lo que aquí se argumenta.
Señores..., un poco más de confianza en sus hijos, un poco más de confianza en sus valores, un poco más de confianza en su capacidad de entender.
De última, no nacieron de un repollo, o si?

Claro que ser "mala" o malo frente a nuestros hijos, como dice la petisa, puede ser uno de los precios que haya que pagar cuando uno hace lo que cree que hay que hacer. Si hacer lo éticamente pertinente no tuviera nunca ningún costo, todos tendríamos comportamientos ejemplares. No tendríamos dilemas morales ni interrogantes ni nada. Es lo que tienen estos asuntos. Obviamente que elegir (porque se puede elegir, no estamos OBLIGADOS a hacer esto o aquello) tiene sus consecuencias, implica mucha veces la autolimitación, la renuncia al propio interés o a la propia comodidad, como sucede cuando le tenemos que decir NO a uno de nuestros hijos...

Si optar por aquello que nos parece bueno no trajera a veces inconvenientes para quien elige, todos seríamos ángeles.


Malpertuis, ¿no podemos saber qué iba a decir usted de los planificadores municipales?

malpertuis, confío plenamente en mis valores, y también le explico a mis hijos, que no nacieron de un repollo, sí de un papá y una mamá. El asunto es que a veces no es nada fácil que ellos entiendan por qué les negamos algunas cosas, cuando SUS amigos y/o compañeros de escuela sí lo hacen. Terminan sintiéndose los bichitos extraños en SU sociedad, que no necesariamente tiene los mismos valores que los míos. Se entiende?
Imaginen cientos, tal vez miles de niños llendo a ese shopping infantil y comentando luego en sus actividades (recreo de la escuela, club, etc) lo realizado y algunos niños cuyos padres no están de acuerdo con ello mirando a sus compañeros como extraterrestres.
Y hablo con propiedad por que en mi infancia y adolescencia yo fui la extraterrestre muchas veces, y recién en mi adultez pude entender la actitud de mis padres. Claro, transcurrieron muchísimas discusiones, en las cuales se me intentaba explicar y yo no entraba en razones..en general, los hijos no solemos ser muy comprensivos....(malpertuis, ponete la mano en el corazón)

No conozco el proyecto, pero supongo que se tratará de un edificio de gran escala y que como a la Petisa seguramente tampoco me guste. Pero eso no importa.
Voy a hablar de los dos temas del post: la localización y el contenido.
En cuanto a la LOCALIZACION y desde el punto de vista de su impacto sobre el territorio de la ciudad no lo considero ni disparatado, ni que su ubicación contravenga ningún plan de ordenamiento o normativa. El área de Montevideo Shopping es una suerte de caries urbana. No es un espacio público calificado. La expresión que mejor lo define es "terrain vague" (Vague como vacante, vacío, libre de actividad, improductivo e incluso obsoleto y vague como vago, en cuanto a su imprecisión, indefinición e imposibilidad de identificación de límites.) Son por lo general áreas abandonadas, espacios y edificios obsoletos e improductivos, a menudo producto de abandonos o demoliciones (caso del área de Montevideo Shopping- ex hospital Fermín Ferreira).
La cuestión es que esos sectores muchas veces sin memoria, sin identidad y sobre todo sin destino claro, generalmente se convierten en "áreas de oportunidad "…o lugares para la sorpresa…” sean agradables o desagradables…” Lugares de reserva para nuevos emprendimientos, no previstos, no planeados…
Siendo ésta un área indefinida, sin carácter y por otro lado con una buena infraestructura de transporte y servicios, no veo mal que se intente darle un uso.
Lo terrible entonces de este shopping de los niños no es, a mi juicio, ni el lugar donde se va a instalar (en una tierra de nadie, un no-lugar), ni el impacto ambiental o de tránsito (el lugar ya tiene una infraestructura de tránsito y transporte adecuada y su impacto ya ha sido asumido e incorporado a la lógica de la ciudad).
Lo terrible es el programa. Lo imperdonable es que un lugar destinado a nuestros niños sea un sitio en donde aprender a ser buenos consumidores.

En relación a los CONTENIDOS, el punto en cuestión es quién decide.
No creo que sea potestad del planificador municipal. La autorización para construir una iglesia no debería estar condicionada a que sea católica, adventista o evangelista, la autorización para construir una discoteca no debería estar condicionada al tipo de música que pase. Si la autorización para construir un espacio de niños debe estar condicionada al tipo de juegos, no es el técnico municipal quien debería saber sobre este punto. Quien debe opinar a este respecto es el sistema educativo. Y en definitiva todos nosotros.
Y en este punto tengo especial confianza en la regulación ciudadana.
La planificación territorial no es materia exclusiva del técnico municipal. La ciudad se gestiona con todas sus fuerzas vivas y todos sus actores. Vos, yo y todos nosotros tenemos parte en el asunto (de esto también va la polis).
Como bien dice Cecilia, el éxito de este tipo de cosas depende del público que las consuma. Si desde el gobierno municipal no hay motivos técnicos para vetarlo, si desde el sistema educativo no hay objeciones al “espíritu” que lo mueve y si el gobierno central no dice ni pío, siempre quedamos los humildes ciudadanos con capacidad de incidir. Ricardo confío en que te equivoques y que no sólo los lectores de este blog estemos de acuerdo en esto.
Petisa, no pretendo hacer como mi amiga Mónica que no toma Coca cola porque inició un boicot contra la multinacional. Pero como bien dice ella: alguien tiene que empezar.
No usarlo es un buen comienzo. Y con la mano en el corazón, como madre y como hija, se que da trabajo, y que suele ser una cuestión de tiempo, pero agradezco ciertos límites.
Saludos

"Hago esto o aquello para que mis hijos no se sientan diferentes"... esta es la explicación que suelen dar muchos padres para no enfrentarse ELLOS con los problemas.

Esta forma de razonar equivale a decir: "Yo estoy en contra de todos los convencionalismos pero los respeto uno a uno para que mis hijos no se sientan raros". Pamplinas

O sea que terminan aceptando educar a sus hijos con criterios que supuestamente rechazan. No se comprende y no es creíble. Los que en esos casos no se animan a ir contra la corriente son los padres y usan a sus hijos como coartadas.

Conocí un par de niñas anglosajonas (7 y 10 años) que no pisaban un McDonald’s ni ningún otro lugar de comida chatarra por convicción casi militante. Además, sabían explicar muy bien por qué no comían comida de esos lugares. El único problema lo generaban algunos adultos, que pretendían que esas niñas eran las víctimas de una madre demasiado “exagerada”. Ahora crecieron y no son ningunas extraterrestres, más bien que todo lo contrario.

Durante años no llevé a mi hijo a McD, pero las tías sí lo llevaban. Transé en llevarlo algunas veces, por debilidad, pero pronto volví a ponerme firme.
Es lo mismo que con la tele, en casa no hay porque no quiero, y mi hijo sabe perfectamente las razones. Mira TV en lo de su padre o en otras casas. De nuevo, el problema son los adultos, que suelen tomar mi decisión como una excentricidad. Por supuesto que él trató de “meter” una tele en casa, con la complicidad de algunos de esos adultos, pero después entendió y hace años que ni menciona el tema, ya no le interesa y nunca se queja de aburrimiento. Obvio, lo que aburre es la tele!.

A mí me vino muy bien para argumentar contra McD el que desde hace un tiempo publican en la parte de atrás de los mantelitos las proporciones de nutrientes de sus productos. Ahí se ve clarito que la comida que venden es una mierda. En la escuela les enseñan desde muy temprano los beneficios de una buena alimentación y todo el papo correspondiente, así que si uno les explica, entienden y después hasta les explican a sus compañeros. Como yo no soy extraterrestre, me vengo enterando de varios consumos prohibidos por los diferentes padres. De hecho, mi hijo dejó de consumir algunas porquerías gracias a comentarios de sus pares.

Evito todo lo posible los shoppings y los supermercados, no tengo ninguna tarjeta de puntos o descuentos porque no me gusta que usen la información sobre lo que consumo y también evito las encuestas. A lo que voy es que da un poco de trabajo, pero todavía queda espacio para vivir de un modo diferente al que se nos trata de imponer según una supuesta “normalidad”. A mi hijo le hablo y le explico el porqué de esas opciones que a algunos adultos les parecen “raras”. Supongo que lo llevaré una vez al shopping de los niños, para que vea qué es lo que me parece mal de esa iniciativa. No hay nada peor que el misterio alrededor de lo prohibido, iremos, veremos y sacaremos nuestras propias conclusiones.

Quiero hacer una precisión a las interesantes líneas de malpertuis. Es cierto que uno de los aspectos del post es la mutación del ciudadano en consumidor, pero el otro no es la ubicación del emprendimiento "Shopping/Ciudad de los Niños" (sobre la que no tengo nada para decir), sino la multiplicación de las iniciativas privatizadoras y/o segmentadoras del espacio urbano con todas las consecuencias que conllevan.

Es cierto que el Shopping no es exactamente un espacio privado. Pero tampoco es exactamente público. Está en una zona a mitad de camino entre ambos. En cualquier caso esta evolución va en el sentido de segmentar y fragmentar el territorio en perfecta sintonía con la segmentación y la fragmentación social. No la provocan pero es parte del mismo fenómeno.

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Obviamente, no se me ocurrió plantear la expeditiva vía de aprobar una ley (o un decreto) que prohiba la existencia de este tipo de antros. Sería un demencia que se prohibiera algo que las personas hacen voluntaria y --muchas veces-- alegre y entusiasmente (salvo que se piense en las célebres lavadoras de cerebros).

El sometimiento o la (siempre relativa) emancipación de los usos y costumbres discurre por otros lados. Otro tanto ocurre con los límites que establezco a la hora de decir qué puedo o no puedo hacer. Creo que se trata más de asuntos que nos interpelan ética y moralmente. Sería demasiado fácil esperar que el gobierno me suministrara (en forma de decisión legal) una solución a algo que yo puedo hacer pero no quiero o no me animo.

Para evitar las muecas de escepticismo, me adelanto a anunciar públicamente que muy a menudo me reconozco en esa figura cómoda, con dificultades para asumir las consecuencias de determinadas elecciones. No soy un héroe, eso está muy claro. Pero trato de no hacerme trampas (no siempre con éxito) convirtiendo una elección relativamente libre (como todas, porque no hay ninguna enteramente libre) en un imperativo dictado por "la realidad".

Voltaire, mi intervención venía a cuento de lo que decís en tu primer comment, “que el municipio debería intervenir…….” Y en tal sentido traté de exponer en principio, porqué no me parecía mal que no se dijera nada en torno al tema del impacto urbano.
Intenté aclarar, algo que tiene muchas puntas y muchos actores involucrados.
En ningún momento supuse que bregaras por la existencia de una ley que como bien decís prohíba la existencia de este tipo de antros.
Solo quise quitarle peso o más bien responsabilidad a la figura del planificador. Y cargárselo un poco más al ciudadano común.
Tenés razón que el tema de la localización lo introduje yo y no tu, y vale la aclaración.

En cuanto a que estas iniciativas van en el sentido de segmentar y fragmentar el territorio y lo social coincido contigo en que no escapan a un fenómeno mas global que no se explica solo desde la planificación territorial.
El desarrollo de la ciudad jamás se adelanta al desarrollo social. La complejidad de las ciudades contemporáneas no es producto de delirios de arquitectos o urbanistas trasnochados. Es producto de fenómenos sociales mucho más complejos. Es cierto que este tipo de iniciativas contribuyen a establecer una dirección en ese desarrollo, pero no lo provocan. Por el contrario son consecuencia.
Hay muchos otros factores “urbanicidas” como éste (en el sentido de la ciudad tradicional)productos de nuevos "desarrollos" o tendencias sociales que se pueden leer en las últimas décadas. Pero esto sería motivo de otro post.

Saludos


Volviendo a uno de los temas del post, no puedo dejar de recomendar un artículo de Sandino Núñez publicado en su libro Disney War, editado por Artefato. La visión de un filósofo sobre el ordenamiento territorial, la fragmentación urbana y social y esas yerbas, ejemplificado con hechos montevideanos. Es brillante, como casi todo lo que escribe.

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