Rituales

UruguayEnElMaracana1950.jpgVoltaire

En la retórica de los políticos uruguayos nunca falta una muestra de su recurrente inclinación a visitar el pasado. Están convencidos de que mentando dudosas glorias pasadas deleitan al pueblo llano. Nuestro presidente es el primero en entregarse a esos rituales cada vez que tiene la oportunidad. Esta vez le tocó el turno a la gesta de Maracaná, un hito en el camino de la consolidación de la orientalidad.

En su última intervención pública durante el consejo de ministros de la semana pasada en la ciudad de Vergara, Tabaré Vázquez amonestó a quienes detestamos ese rutinario hábito de evocar las “hazañas” pretéritas de la orientalidad, como si las mismas pudieran constituir un ejemplo fecundo en el presente. La reunión de gabinete coincidió con el aniversario del triunfo de la gloriosa celeste en Maracaná, de modo que Tabaré Vázquez extrajo lo más previsible de su limitado arsenal discursivo: "No se puede dejar pasar que 57 años atrás se escribió una de las hazañas del fútbol uruguayo". Y para que no quedaran dudas, sentenció: "Tenemos que seguir pensando en Maracaná". ¡Seguir pensando en Maracaná! Vaya consejo. Esta vez no hubo evocaciones al caudillo y contrabandista José Artigas, convertido, a falta de mejores alternativas, en héroe de la patria. Es que el asunto iba de metáforas deportivas. Y dado que la modernidad futbolística no registra ninguna epopeya celeste (más bien patéticas y humillantes derrotas), el presidente de los uruguayos no hesitó en poner como ejemplo un lance de la baja “Edad Media”. Pero ¿ejemplo de qué? ¿Qué interés podría tener seguir pensando en Maracaná? Me refiero a qué interés político, pues Vázquez sigue siendo el presidente de este país y supongo que cuando pronunció semejante veredicto no estaba haciendo recomendaciones a los entrenadores de fútbol (incluso en esa eventualidad el consejo no podría ser más infeliz).

El pasado, las tradiciones, son asuntos con los que los humanos tenemos una relación complicada. Y más en los países latinoamericanos y más particularmente en este país, que siempre anduvo (contra toda evidencia) proclamando a cada paso su originalidad. Es como si temiéramos que con el reconocimiento de que las grandes proezas humanas en el terreno de las artes, la ciencia, el pensamiento y la política son –antes que propias de una nación– patrimonio de la humanidad, quedara en evidencia la futilidad de nuestra aleatoria condición nacional. Es un temor justificado, por cierto. Tal vez por eso aquí discutimos con fervor si Gardel era uruguayo o argentino, en lugar de celebrar que haya existido.

Esta permanente recurrencia al pasado, sobre todo cuando se nos cuenta que ese pasado ha sido glorioso, como se nos repite machaconamente en la escuela y en la mayoría de los discursos públicos, bien podría estar cumpliendo la función de un bálsamo para el malestar que provocan las incertidumbres y perplejidades del presente, un refugio de certezas en un mundo que no satisface nuestras expectativas, que nos decepciona y amenaza. Y, como acción terapéutica añadida, un consuelo frente a la evidencia de nuestra insignificancia como “nación” en tiempos de globalización. Por eso el discurso político se ufana de Maracaná, el batllismo o las Instrucciones del año XIII e ignora las vergüenzas nacionales. Después de todo, ya sabemos que el nacionalismo, esa ideología que cohesiona a los aborígenes frente a los de afuera, es un acuerdo sobre qué recordar y qué olvidar (sobre todo qué olvidar) del pasado compartido. Pues bien, ni en las vergüenzas y horrores que convenimos en ignorar ni en las virtudes que acordamos ensalzar hay nada demasiado singular. No sólo en Uruguay hubo caudillos sanguinarios dispuestos a exterminar a los indígenas y a los enemigos políticos ni Batlle y Ordoñez inventó las leyes sociales o la democracia.

Pero frente a esta constatación, hay quienes no se dan por vencidos e insisten en hurgar en los rincones más recónditos para encontrar esa cuadratura del círculo que es la originalidad nacional. Y los políticos a la cabeza. Tengo una sospecha científicamente indemostrable: que los políticos andan haciendo gárgaras con las dudosas gestas del pasado porque creen que su evocación hace las delicias de su auditorio. Pero están totalmente equivocados. No hay un solo voto que dependa de tal idolatría, porque la gente asiste con pasmo y resignación al rito (porque en rigor no es una tradición, sino un rito, un automatismo) de recordar a Artigas, Aparicio Saravia, Maracaná, José Pedro Varela o los Treinta y Tres Orientales (¿eran 33?) como quien cumple con un trámite sin el cual no obtiene lo que fue a buscar. Para la mayoría de los ciudadanos, el ritual patriótico es lo más parecido a un incordiante peaje que hay que pagar para ser parte de la comunidad política. O te avienes a respetar estos rituales o no te consideraremos de los nuestros. Lo único que se nos exige es una complicidad pasiva (bueno, también hay leyes que contemplan castigos para los que vilipendian los símbolos patrios). El ejemplo más patético que conocí del abismo que separa a ese discurso de vitrina de la sensibilidad del ciudadano posmoderno fue la ceremonia por el centenario de la muerte de Aparicio Saravia en el mismísimo paraje de Masoller. Media docena de líderes nacionalistas evocando al caudillo literalmente disfrazados de peones rurales, con sus chambergos de ala ancha, rebenques, botas de potro y demás bijouterie de época frente a un auditorio escaso, dividido entre los que tenían la mirada extraviada y cara de ‘¿cuándo se termina esta majadería?’ y los que hablaban por celulares o cuidaban sus 4x4. Es decir, el cuadro menos saravista que uno pueda imaginar.

Si con la coartada (o la constatación) de lo difíciles que se han puesto las cosas, nos entregamos a celebrar un pasado de fantasía, o de mármol, nos condenamos irrevocablemente a la esterilidad. Cuando se transforma en emblema algún episodio del pasado (y de esto saben mucho tanto los conservadores como los progresistas uruguayos) se corre el riesgo de convertirlo en el rasero con el que se comparará cualquier iniciativa del presente. Y ya se sabe que a la sombra de un pasado glorificado todo es pálido e insignificante.

Nada tengo en contra de evocar las tradiciones, siempre y cuando no constituyan la otra cara de la incapacidad de imaginar que tal vez las cosas puedan ser de otra manera o de esa pedagogía barata que pretende que el pasado es siempre fuente de enseñanzas.

Todo lo contrario. Pensándolo bien, las tradiciones tienen su merecido lugar en la sociedad. Quién puede desconocer que los hombres no viven en un eterno presente o que lo que somos, la cultura que producimos y las instituciones que creamos no caen cada mañana del cielo como cree cierta novelería contemporánea. Inventamos pero también conservamos/modificamos lo que heredamos. Tan cierto es que aún viviríamos en la superstición o la esclavitud si creyéramos que las tradiciones son sagradas o venerables como que algo de nuestra condición humana se perdería si cada nueva generación pretendiera reinventar el mundo.

Es más, a cierta sensibilidad actual que ha devaluado la duración y revalorizado la transitoriedad y los permanentes ‘nuevos inicios’, hay que recordarle que las instituciones que inventamos, las normas que acordamos, y en general ese artificio humano que es la cultura están abocadas a durar (no eternamente pero sí más que nuestras vidas individuales), porque si, como ocurre ahora, nadie puede estar seguro de qué pasará mañana por la mañana, no hay proyecto individual o colectivo que germine. La cultura es una prótesis de inmortalidad, un invento que nos permite convivir con la conciencia de nuestra fragilidad y nuestra trágica condición de mortales. Al durar en el tiempo, al trascendernos, la cultura nos consuela de la brevedad de nuestras existencias individuales.

Claro que hay tradiciones y tradiciones. Puestos a evocarlas, en lugar de la más facilonga y supuestamente más popular que eligió el presidente, yo hubiera destacado las mejores tradiciones republicanas y democráticas de este país, que las tiene. En lugar de celebrar un triunfo contra la selección de fútbol de otro país (con todo el pestilente tufillo nacionalista que segrega) hubiera destacado unas tradiciones igualitaristas (hoy algo maltrechas, hay que reconocerlo) para las que la raza, la religión o la nacionalidad siempre fueron asuntos menores frente a la condición de ciudadanos. La primera Constitución uruguaya se aprobó un 18 de julio. De modo que nuestro presidente, tan inclinado al festejo y a la celebración de las tradiciones, tenía una fecha muy a mano a la que recurrir cuando pronunció su último discurso. No porque aquella primera constitución sea un modelo a aplicarse. Entre otros defectos que tenía, las mujeres carecían de derecho a voto. Pero aquella carta fue el primer pacto político entre los ciudadanos de este país (extranjeros la inmensa mayoría), la primera ley por la que quienes aquí vivían y trabajaban se reconocían mutuamente como sujetos de derechos. En todo caso, me hubiera sentido más identificado con la reivindicación de esa tradición que con la “hazaña” de ganar un partido de fútbol. Y si no se avergonzara de ser de izquierda, podría haber recurrido a otras tradiciones herederas de ese republicanismo, como son el socialismo y el anarquismo, que allí hay mucho para olvidar pero también mucho para reivindicar. Claro que todas ellas tienen el “inconveniente” de no ser uruguayísimas y, por tanto, indignas de citarse en un discurso presidencial pronunciado en las entrañas de la patria.

Respuestas

Hace años vi un corto brasilero que me gustó. Perdonen pero no recuerdo ni su nombre ni su director, solo recuerdo que trabajaba Antonio Fagundez. Era sobre Maracaná. Fagundez de alguna manera viajaba en el tiempo para intentar revertir el vergonzante triunfo de Uruguay. Al final no solo no podía, sino que en su intento de prevenir al golero brasilero solo lograba distraerlo y aprovechando la distracción, la celeste conseguía aquel glorioso gol. No era muy bueno, pero me disparó en aquel momento un pensamiento que viene al caso.
Pensé que la culpa de mucha de la mediocridad uruguaya la tiene Maracaná.
Pensé que si Fagundez no hubiera fallado, si realmente hubiera evitado aquel segundo gol, la historia se hubiera escrito bien diferente (esto es obvio), pero me refiero a la historia de nuestra idiosincrasia.
Me explico, aquella gloriosa hazaña que hizo que un puñado de deportistas mal comidos, mal vestidos y claramente no favoritos en ningún caso, selló de alguna manera una estúpida pero fortísima impronta en el uruguayo.
Lo de la garra, lo de creerte que los “buenos” y “pobres” triunfan por el solo hecho de merecerlo, lo de aferrarse a aquello-que me perdonen los futboleros- que creo que fue solo una casualidad, un error histórico, algo que se da una vez por milenio… Todo esto ha generado por generaciones un sentimiento más nacional que el himno, más fuerte que otras tradiciones- Maracaná no es una tradición, insisto es un error histórico, un hecho aislado- y a mi juicio más dañino de lo que aparenta.
Esa cosa de creernos extraordinarios, capaces de casi cualquier hazaña, invencibles, tan inteligentes y aguerridos, es una fantasía perversa. No voy a hablar de fútbol porque ya les estoy viendo las sonrisas, pero nos gana cualquiera. Ni de ningún otro deporte, basta mirar sin ir más lejos los Panamericanos de Río. Pero tampoco puedo hablar de niveles de educación, de justicia social…la Suiza de América, hoy ostenta el galardón de mayor número de suicidios en América, los “cerebros” uruguayos limpian platos en un bar de Barcelona…
Quizás Voltaire el fin político del tan poco feliz comentario de nuestro presidente sea el de seguir fomentando esa mediocridad, esa confianza ciega en el gol del último momento. Ese que te salva al final y que te perdona todos los otros errores, todos los otros fracasos.

...o fomentar el conformismo, porque, como dice sissi, si Maracaná fue un milagro (y lo fue,no hay duda), podemos sentarnos a esperar a que ocurra otro.¿Por qué no? Se nos puede dar... somos tan singulares y únicos. ¿Quién te dice?

ni siquiera creo qe sean tradiciones, son mitos, puros mitos. Porque Maracana no es una tradicion. No es que ese campeonato del mundo inauguró una tradición que fue seguida después x otros. Lo que vino después fue un bochorno en asutos futbolíticos. Perdimos, nos vapulearon, asi que no podemos hablar de tradición. Fue un inicio que no tuvo continuación, así que tradició nada, sino todo de mitologia. Y comono hubo mástriunfos, inventamos la tradición de la garra charrúa, que es algoasí como un matonismo disfrazado.


Totalmente de acuerdo con Alvaro: Maracaná no es una tradición. Una tradición es una costumbre que sobrevive en el tiempo y es retomada por las siguientes generaciones. Maracaná fue un partido de fútbol y nada más. Es un abuso hablar de tradición al respecto. Por eso titulé el artículo "Rituales", porque evocar Maracaná se ha transformado en un rito en este país. Como citar una y otra vez a Artigas... el segundo gran pasatiempos nacional. Lo que sucede es que las auténticas tradiciones de este país (incluidas las buenas y las malas) no tienen nada de ORIGINALES Y PROPIAS.

cuando hablamos de "tradiciones", muchas veces nos referimos a "fiestas populares" (podemos poner como ejemplo los tradicionales san fermines, o las fallas de Valencia, entre miles de otras). Dificil que tengamos fiestas de este estilo en Uruguay, ya que la mayoría de nosotros "descendemos del barco, y con no más de 4 o 5 generaciones", muy poco tiempo para que se generen las mismas. Alguno de ustedes podrá decir que tenemos las Llamadas, o la tradicional semana de turismo, (semana donde repetimos hasta el hartazgo las domas y las vueltas ciclistas) pero dudo mucho en considerarlas tradiciones, por que no creo que sean ni originales ni propias. Y antes que alguien salga a defender con uñas y dientes a las llamadas, les pido que hagan memoria y piensen en qué momento las bailarinas comenzaron a mimetizarse con las vedettes del carnaval de rio y dejaron de ser aquellas negritas que bailaban al ritmo del tambor, para pasar a convertirse en mujeres vestidas al mejor estilo calle corrientes.

Margarita, si bien todos descendemos de italianos, españoles, armenios o alemanes, por nombrar solo algunos, y si bien no podemos comparar tradiciones milenarias con otras apenas centenarias, no es el tiempo sólo lo que define una tradición. Y en cualquier caso 4 o 5 generaciones es un buen tiempo.
Como bien decís, las tradiciones no se agotan en las “fiestas populares” y aunque lo tradicional suele coincidir con lo folclórico, también es tradición todo lo que se hereda de generación en generación por considerarlo de valor. Creencias, costumbres, valores son también tradiciones aunque no conlleven un ritual para celebrarlos.
En relación a las llamadas, sin dudas una de las fiestas populares tradicionales de nuestro país, discrepo con tu visión. Si los trajes tienen más lentejuelas o plumas es simplemente una cuestión de forma.

En este sentido la definición de tradición de la Wikipedia aclara mejor el punto Cito parte:”La visión conservadora de la tradición ve en ella algo que mantener y acatar acríticamente. Sin embargo, la vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse, cambiando en forma y fondo (a veces profundamente) para seguir siendo útil.

Por lo mismo Voltaire, no creo que haya que buscarle originalidad o distintivo nacional a una tradición. Simplemente hay que encontrarle valor.
Vuelvo a lo que decía en otro comment, el mal tino de T.V. al decidir evocar una hazaña deportiva en lugar de hurgar en tradiciones mas nobles solo me lleva a pensar en alguna necesidad de evocar nuestra mediocridad.
Si por el contrario hubiera elegido nombrar algunas de las tradiciones destacables que nombrás en el post -democráticas, republicanas, igualitaristas- o simplemente algún valor como la solidaridad, que no por poco original o no ser exclusivamente uruguayo deja de ser un valor tradicional, creo que habría apostado a una visión mucho más reconfortante y de futuro que la de la tristemente célebre y con ojos en la nuca del Maracanazo.
saludos

"Esta permanente recurrencia al pasado, sobre todo cuando se nos cuenta que ese pasado ha sido glorioso, como se nos repite machaconamente en la escuela y en la mayoría de los discursos públicos ...", dice el post.

A mí me parece que todo esto es lo que hay que discutir en serio. Porque estoy de acuerdo en que no deberíamos dormirnos en los laureles aunque sea cierto qe nuestra historia y nuestras tradiciones fueron gloriosas. Pero la cuestión es saber si fueron realmente gloriosas, ya que a mi me parece que hay mucho engaño, invento y estupidez en todo los que nos contaron de niños sobre nuestra historia. Es verdad que la mayoría de los países hacen eso de inventar su historia para justificar su existencia y le dan un tinte épico. Pero acá nos creemos todos los cuentitos idealizados sobre nuestro pasado.

Habría que ver si todas las glorias orientales fueron tan glorias como se nos cuenta.

Sissi, es exactamente lo que digo: que deberíamos reparar en si las tradiciones son buenas o malas, no si son "nuestras" o "ajenas".

Lo que señalo precisamente en el texto es que en su discurso los políticos de este país lo que intentan es destacar supuestas originalidades de nuestro pasado, como si hubiera algo exclusivamente "uruguayo" en nuestra cultura, y como si el mérito de eso que ponen de relieve residiera en el supuesto ser "uruguayo" (algo parecido ocurre con las horrendas piezas publicitarias que vemos a diario y para las que, por lo visto, "ser uruguayo" es algo grandioso: tanto que los mayores méritos de una marca de yerba, de yogur o teléfono celular es que son uruguayas o uruguayos!!).

Lo que en el fondo late detrás de toda esta parafernalia es la creencia (equivocada) de que hay culturas "puras", esencias nacionales incontaminadas. Cualquier que sepa algo de historia sabe también que eso es un cuento. Iba a decir que es un cuento chino, pero no, es tan chino como turco, marroquí o peruano. Es un cuento que necesitan inventar los patriotas para justificar a posteriori la existencia de "sus" Estados. Además de ejércitos, fronteras seguras, moneda propia y fetiches como himnos y banderas, los Estados nacionales inventaron un relato, crearon una bonita y espléndia narración sobre sus orígenes para "naturalizar" su existencia.

El 18 de mayo, el programa En Perspectiva de la radio El Espectador fue emitido desde la ciudad de Las Piedras. Fue viernes, día de tertulia de gerontes (Maggi, Rosencoff, Tornaría, etc.). Gárgaras de voz engolada repetían, emocionadas, las múltiples virtudes artiguistas: morales, militares, políticas, etc. etc.
En un momento, llamaron por teléfono a la historiadora Ana Ribeiro (artiguista también). La investigadora comentó que era habitual que los jóvenes Estados nacionales (TODOS, no sólo los americanos) armaran un relato de su pasado en el que se suponía una continuidad de intenciones y valores cuyos orígenes iban a buscarse en lo más remoto posible de su pasado, a la vez que pretendieran encontrar sus marcas a través del tiempo hacia el futuro. Creo que puso como ejemplo a Francia y los galos, elegidos como “cepa” de un nacionalidad que en realidad es mucho más heterogénea. Acotó que Artigas había escrito cartas dirigidas a “mi amado rey Fernando VII” y cosas por el estilo. Señaló asimismo que escribir el relato histórico teniendo en cuenta los hechos y dichos constatados en las fuentes no desvirtuaba en nada a los protagonistas, simplemente los resituaba en una “realidad” más cercana a la verdad.
La reacción de los tertuliantes fue brutal: Tornaría gritaba “¡¿Dónde están esas fuentes!? ¡Es imposible que Artigas haya escrito algo así!”. Los demás no se quedaron atrás en expresar su indignación, al punto que Cotelo mechó de golpe una tanda, supongo que para rezongarlos en la intimidad. A la vuelta, todos estaban tranquilos y se chupaban las medias entre sí, reafirmando continuamente su vocación patriótica y artiguista…
Recordé una tertulia anterior, cuando un chiquilín publicó un libro en el que hacía la historia de la grotesca jura de la bandera que se practica en nuestro país (juramento que realizan niños de 12 o 13 años, que ni siquiera son ciudadanos). Rosencoff espetó, con las metáforas militaristas que tanto aprecia: “Si hay algo que no puedo tolerar es que se bombardee por debajo de la línea de flotación a este barco en el que estamos todos, la patria.” Recordemos que ese señor es el director de Cultura de la IMM…

Acaba de salir el resultado de una encuesta del Observatorio Universitario en la que se preguntaba con qué identificaban el "ser uruguayo". No soy un creyente absoluto en las encuestas, pero esta puede tener interés para lo que se esta discutiendo aca. ya que nadie pudo identificar algo exclusivamente uruguayo. Las respuestas fueron (de más a menos) las siguientes:
--el mate (que es tan uruguayo como argentino, gaúcho y paraguayo)
- el asado (idem)
- la "celeste" (que es el equivalente a la albiceleste, la verdeamarelha, etc., etc)
- el Pericón (ya bajamos de pretensión, porque identificar al Pericón con el "ser uruguayo" ya es andar un poco despistado. a estas alturas el rock debe ser más representativo del ser uruguayo que el pericón).

Luego vienen otras menciones pero con porcentajes muy bajos, como Maracaná, La Rambla (que es un emblema montevideano, más que uruguayo)


Doy fe que en una escuela pública dedicaron bastante tiempo en una clase de primer año, en 2004, a trabajar acerca del "indicador de uruguayez". Según supe -gracias a uno de los niños- lo único específicamente uruguayo sería el tambor de candombe (supongo que cualquiera de los tres sirve). No confirmé el dato, pero no me extrañaría que de ser cierto, nuestro racismo siempre negado lo haya despreciado. Como prueba de esto último, va mi encuesta personal para los lectores dispuestos: ¿en qué fecha se abolió la esclavitud en el uruguay?

Como respuesta a fer, la esclavitud se abolió el 26 de octubre de 1846 (gobierno de Oribe), aunque previamente, en 1842, ya se había promulgado una resolución al respecto por el gobierno de Rivera. Ahora bien, discrepo con que el único "indicador de uruguayez" sea un instrumento musical africano. Sinceramente, creo que lo que debemos cuestionar es simplemente "la uruguayez".

Eso: lo que hay que cuestionar es el concepto mismo de "orientalidad", "uruguayeidad" o como se la quiera llamar. Las llamadas identidades nacionales (que pretenden tener muchos otros pueblos) son pura mitología. No hay nada semejante a una "esencia nacional" pura como pretenden los patriotas. Las culturas de las sociedades son resultados de larguísimas evoluciones que incluyeron mixturas y matrimonios con "cónyuges" foráneos. Incluso en naciones con más tradición y edad que ésta.

Para mí esto no admite demasiadas discusiones. Lo único que me suscita interrogantes es cómo fue que algún día alguien se convenció y empezó a difundir el rumor de que era posible ser de izquierda y nacionalista al mismo tiempo.

pero voltaire, eso es bien típico de los latas. Acaso no te acordás que el lema de los socialistas hace 20 años era: "socialismo con alpargatas", contraponiéndolo al PC?
Era algo que sonaba tan ridículo...

Capaz que lo más uruguayo que hay, es dedicar mucho esfuerzo a descubrir qué es lo más uruguayo que hay. Eso nos une, andar buscando símbolos, conceptos y memes que sean no solo comunes a los uruguayos sino ajenos a los que no lo son.

Desgraciadamente tampoco en eso somos los únicos. No se le ocurre a los franceses o a los británicos ni a los persas, pero pasa en todos los paisitos modernos que son fruto de algún vaivén de la historia. Si tendrán para discutir lo que es ser "nigeriano" todos esos pueblos diversos y en muchos casos enemistados, que un día se encontraron compartiendo una bandera sin otra justificación que la urgencia dibujar fronteras en un mapa.

Algo parecido le pasó al Uruguay. Para celebrar esta reciente fecha patria, convendría recordar que el 25 de agosto no se declaró la independencia del Uruguay, sino que se reafirmó nuestra identidad originaria como provincia del Río de la Plata, prima inter pares quizás, pero provincia "argentina" al fin. Son tantos los años de separación de esa patria original, separación por lo general amable, y a veces no tanto, como en los tiempos que corren, que nos han terminado por convertir en nación. Se trata de un periplo totalmente uruguayo y es quizás el que más nos describe, porque empezamos siendo algo así como la provincia argentina que los porteños aceptaron perder de buena gana y terminamos mirándolos con una buena medida de condescendencia y otra de envidia. Y de mientras, buscamos cosas que sean uruguayas (o sea, no argentinas) para marcar territorio, como si caminar por Montevideo o por Melo no alcanzara para respirar uruguayez hasta el agotamiento. Antes de esta historia con Botnia y Gualeguaychú, el entrerriano era para el uruguayo común el hermano más hermano, a menudo indistinguible en su acento y forma de hablar, en las costumbres y en muchas otras cosas también superficiales. Nos define la visión que tenemos de nosotros mismos con respecto a los argentinos, la que se ve ampliamente reflejada en el conflicto con los entrerrianos.

El matambre a la leche era un firme candidato que tenía como creación enteramente uruguaya, pero he descubierto que no es así, es también un plato argentino. La pamplona es demasiado ramplona como símbolo nacional, y las marcas no valen. Deberíamos adoptar una nueva bandera, transparente, incolora e insonora. Así, cada vez que veamos un mástil sin bandera podamos decir "ese es el símbolo de mi país".


1. sote para la petisa, en serio, no abunda la gente que sepa ese dato.

2. Mendieta, creo que te equivocás en eso de que "no se le ocurre a los franceses o a los británicos ni a los persas, pero pasa en todos los paisitos modernos"
Francia hasta tiene un nuevo ministerio para ocuparse de la identidad francesa!: "Ministère de l’immigration, l’intégration, l’identité nationale et le codéveloppement"
No voy a copiar los párrafos fascistas donde se explica su Mission et rôle, está, por supuesto, en la web.

Suerte que tenemos a Fer para corregirnos los escritos.

Corrección a Mendieta: fer va con minúscula.
Cuando tenga un rato investigo acerca de las preocupaciones nacionalistas de persas y británicos y las comento, sin dirigirme a vos, que veo que estás un poco hipersensible. Creo que los únicos que no son nacionalistas son los alemanes, es parte de lo que les cobraron los aliados como pago por su pasado reciente.

Es verdad, petisa, aunque con un poco de retraso, conseguí recordar que fue el inefable Vivián Trías el primero que en este país pretendió casar "socialismo" con nacionalismo. No me acordaba que le llamaban "socialismo con alpargatas".

Mis recuerdos son vagos y se remontan a la década del 80, cuando en facultad, mientras militábamos en la vieja Asceep-Feuu, se entablaban discusiones de la interna del FA entre nosotros, y los latas (en forma cariñosa!!!) siempre salían con lo mismo..

Incluso tengo el vago recuerdo de una pegatina con el slogan, en el que había un mate....si alguien lo recuerda, que, por favor, me lo confirme.:)

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