La fama al alcance de todos
Voltaire
De un tiempo a esta parte, cada vez que encendemos el televisor asistimos a la exposición de un amplio, variado e impune muestrario de banalidades: damas que exponen sus atributos físicos en vivo y en directo, señores que se quejan del ruido del vecino, almaceneros que relatan el enésimo robo, jóvenes que concursan para cumplir el universal sueño de convertirse en una celebridad, políticos que hablan de su vida familiar y sus gustos personales, pseudoperiodistas que desconocen los datos más elementales de los problemas que abordan y cuya materia prima son los prejuicios populares o sus manías personales.
La primera regla para entender una sociedad aconseja examinar si la retórica coincide con la realidad. Estamos en medio del fuego cruzado de afirmaciones heroicas, llamadas al orden, ofrecimientos de seguridad, dramatizaciones e incluso ejes del mal. En el discurso político no faltan héroes, víctimas, mártires ni culpables, y el campo de batalla se organiza con abrumadora simplicidad entre amigos y enemigos. Pero el actual paisaje político está determinado por un presente menos agitado de lo que el discurso da a entender, un presente tal vez mediocre, quizás desalentador, pero que en cualquier caso no está gestionado por héroes ni decidido por derrotas y victorias.