La fama al alcance de todos
Voltaire
Hace algunos años un presidente de este país afirmó que lo que no sale en televisión no existe. Se refería a los asuntos políticos, obviamente, y tal vez con esa sentencia los políticos terminaron de convencerse de que es preferible que los medios hablen mal de ellos a que no hablen en absoluto.
En las complejas sociedades modernas la plaza pública ha dejado de ser el lugar de encuentro de todos. En comparación con el vínculo casi universal que permiten los medios, la calle resulta un espacio limitado para la difusión de mensajes y argumentos políticos, al menos en las grandes ciudades, donde el número de habitantes sencillamente ha dejado de ser abarcable. Por eso la visibilidad que otorgan los medios resulta particularmente importante para los políticos. Para los políticos en sentido amplio, puesto que incluso quienes protestan y reclaman buscan a cualquier precio la visibilidad total que sólo los medios permiten. Estos nos confirman que somos parte de la misma sociedad, del mismo mundo. Son de los pocos ámbitos que van quedando sin acceso restringido.
En oposición a la clásica interpretación panóptica, que sostiene que el poder emana de la capacidad de vigilar y controlar sin ser visto, cabría preguntarse si acaso en la era de la comunicación generalizada no ocurre, por el contrario, que el poder y la influencia que ejercen los individuos están en relación directa con cuánto se los ve y se los escucha. La peor desgracia del individuo contemporáneo residiría ahora en no ser visto ni conocido. A diferencia de los antiguos monarcas, cuyos rostros y personalidades eran completamente desconocidos para sus súbditos y cuyo poder emanaba en parte del misterio que rodeaba a su figura, el político moderno estaría condenado al ostracismo si no fuera visible.
Debería abandonarse, pues, esa creencia en que los políticos son esas figuras esquivas que conspiran desde la oscuridad, ya que no tienen más remedio que salir a plena luz del día para enfrentar a unos competidores feroces en la guerra por la visibilidad y la atención públicas que somos todos y cada uno de nosotros, ya que los ciudadanos de a pie han sido los primeros en tomar nota de la advertencia presidencial y han terminado por convencerse de que ellos también tienen derecho a ocupar un lugar en el mercado de la atención. De modo que se ha terminado desatando una auténtica guerra por la visibilidad, ya que si no accedemos a los medios de comunicación, somos perfectamente invisibles. Quizás por eso, los políticos deben someterse a las reglas de esa competencia y aceptar mansamente convertirse en estrellas mediáticas, hablar de la propia historia familiar, besar niños y exponer sus emociones ante cámaras.
No debería sorprender, pues, que de un tiempo a esta parte, cada vez que encendemos el televisor asistamos a la exposición de un amplio, variado e impune muestrario de banalidades: damas que exponen sus atributos físicos en vivo y en directo, señores que se quejan del ruido del vecino, jugadores de fútbol que prometen “seguir trabajando” para ganar el próximo partido, almaceneros que relatan el enésimo robo, jóvenes que concursan para cumplir el universal sueño de convertirse en una celebridad, políticos que hablan de su vida familiar y sus gustos personales, pseudoperiodistas que desconocen los datos más elementales de los problemas que abordan y cuya materia prima son los prejuicios populares o sus manías personales. Cada uno expone sus dramas y alegrías, tan comunes y corrientes y, sin embargo, tan particulares e intransferibles.
Es como si todas y cada una de las personas se agruparan frente al campo visual de las cámaras para decir: “aquí estoy, yo también existo”. La televisión (me refiero a la televisión abierta, a esa que llega hasta el último hogar de este país y que se puede considerar con propiedad espacio público) ha perdido definitivamente su aura. Ya no hace falta poseer un mérito, un arte, una destreza o al menos una idea para reclamar el derecho a que la propia imagen y la propia palabra sean divulgadas por todo el país. La materia prima de la televisión somos todos y cualquiera.
Pero ese todos no remite a lo que tenemos en común, a nuestra condición de ciudadanos con sus problemas y conflictos compartidos, que sería lo que propiamente debería ventilarse y discutirse en el espacio público privilegiado en el que, para bien o para mal, se han convertido los medios de comunicación. Porque cuando los hombres y mujeres hablan frente a las cámaras de sus problemas individuales no están ocupándose de asuntos públicos, sino que están convirtiendo en públicos sus dramas y alegrías particulares, lo que es radicalmente distinto. Ese “todos” es apenas una suma de individualidades que aspiran a hacerse oír y ver para proclamar su “derecho a existir” como diría nuestro ex presidente.
Tampoco es de recibo parangonar esta feria de banalidades en la que se ha convertido buena parte de la programación televisiva --y en la que para colmo algunos perciben una dudosa democratización de los medios-- con los notables ejemplos de cine testimonial o documentales de televisión que narran historias individuales de seres anónimos. Después de todo, cualquier historia o experiencia, incluidas las susceptibles de tener alguna significación para quienes no las viven en su propia piel, es en primer lugar la experiencia de alguien. Pero los tediosos programas a los que me refiero no son un ejemplo de ese género irremplazable, pues su “materia prima” son meras anécdotas, chismes triviales, tragedias o hazañas personales sin causa ni contexto, cuya insoportable levedad se disuelve en el aire y en las que no hay el menor atisbo de explicación, historias de vida (así se las llama) capaces de emocionar pero nunca de hacer pensar o ayudar a comprender. Una tendencia íntimamente vinculada a otra inclinación propia de estos tiempos: el voyeurismo, que vendría a ser la versión bastarda de una legítima demanda de transparencia en un mundo opaco, plagado de incertidumbres y que los ciudadanos perciben como dominado por fuerzas cuya esencia no se deja ver de buenas a primeras.
No faltará quien perciba en este enfoque una inclinación “elitista” que ignora el derecho del pueblo a ser tan visible y audible como los que hasta hace un par de décadas monopolizaban las pantallas. Pero no se cuestiona aquí derecho alguno ni se pretende que envíen a un juzgado penal a quienes suspiran por un minuto de fama alegando que tienen los mismos derechos que todos los demás. El asunto es que si convenimos en que la televisión abierta es un espacio público, como creo que es, cabe preguntarse si ese espacio debe dedicarse a exponer intimidades o, si por el contrario, se lo aprovecha para establecer un diálogo que sólo es posible cuando tengo para decir algo que me trasciende, que tengo en común con mis interlocutores, que interesa a los demás y que puede ser objeto de deliberación.
La popularización de los grandes medios obedece a una nueva gramática de la fama y la celebridad. Se han invertido los términos de la relación entre los méritos de una persona y su público reconocimiento. Definitivamente ya no hace falta tener mérito alguno para ser famoso; ahora el reconocimiento deriva de la fama. ¿De qué gracia dispone, por ejemplo, Paris Hilton como para que nos hayan bombardeado durante semanas con sus correrías al volante y sus excesos etílicos? Además de tener cantidades navegables de dinero, ¿de qué otro mérito puede ufanarse esta chica? Se lo piense del derecho o del revés, la respuesta es que este y otros personajes similares deben su celebridad a que los medios los han hecho famosos. Así de sencillo. Quien es visible y conocido gracias a los medios tiene un capital en el mercado de la atención que no tienen los invisibles. A los primeros se les presta atención porque, gracias a los medios, todos les prestamos atención, aunque ignoremos los motivos originarios de una celebridad que no tiene más causas que ella misma. Es como un animal que se muerde el rabo.
Podría decirse, pues, que los medios ya no hablan de quienes tienen algo de interés público para decir o mostrar, sino que transforman en celebridades a algunos de los millones de anónimos aspirantes a llamar la atención.
Respuestas
Apreciado Voltaire antes que nada debo reconocer que tanto usted como Curzio Moore muchas veces hacen pensar más abiertamente a mis ya escasas neuronas activas.
La mayor parte de sus enfoques son compartibles y más comprometidos que mucha prensa, de cualquier medio.
Este enfoque en particular sobre la "fama" lo comparto plenamente.
Gracias por vuestro tiempo.
Autor: Hector | Agosto 19, 2007 12:49 AM
No alcanzo a comprender cómo CUTCSA consigue llenar el Salón de los Pasos Perdidos con lo más granado de nuestra clase política, incluyendo una buena representación del gabinete, para celebrar los 70 años de la aerolínea. Ni que fuera un centenario. Todos los canales de televisión le dedicaron amplios espacios a una María Auxiliadora contando sus peripecias en el 125 de antaño, que quizás fuera peor que el de ahora, y que nos hace odiar tanto a la empresa CUTCSA. Una empresa que es quizás la principal causa de que tengamos un sistema de transporte colectivo deficiente y abiertamente reaccionario en Montevideo, y en todo el Uruguay. A CUTCSA no le entran ni las balas. Cuando se habló de uniformizar las líneas de acuerdo a criterios de funcionamiento, incluyendo el color de las unidades (como ocurre hasta en Galicia), fue CUTCSA la que puso el grito en el cielo deplorando que se privara a las empresas de su "identidad". Todas las buenas iniciativas que mejorarían el transporte colectivo en Montevideo serían perjudiciales para CUTCSA, porque es justamente ella la madre de la criatura.
No estoy en contra de recordar con cariño a la cachila de CUTCSA, pero sería mejor hacerlo en la intimidad y no en un espectáculo mediático que compromete a todo el gobierno. En este caso lo que a mi me molesta es que se vuelva costumbre lo de andar buscando figuras de la oncología, del transporte y del espectáculo, para presentárnoslas como el billete ganador. Quizás esté siendo pesimista, pero la presentación de CUTCSA en el Palacio Legislativo admite solamente dos interpretaciones: o es una concesión al Partido Comunista en tanto Salgado es "burguesía nacional" (quizás demasiado precio a pagar, sabiendo que el PC jamás honra sus compromisos), o lo están engordando a Salgado para quebrar la unidad de la izquierda.
Lo más inexplicable es que justamente el Partido Comunista, al que nadie puede acusar de "aluvional" o de "comparsa", de lo que sí podría acusarse al MPP, es el que parece más contento con los cuatro u ocho omnibuses "solidarios" de CUTCSA y el que menos denosta este chivo colectivo del Gobierno.
Autor: Curzio Moore | Agosto 21, 2007 12:27 AM
Muy interesante las disquisiciones de Moore, pero no les encuentro la relación con el tema del post. Capaz que soy medio lerdo, así que me la podrías explicar?
Autor: ricardo | Agosto 21, 2007 10:18 AM
Ehhh... ¿de qué hablábamos?
Autor: Serge | Agosto 24, 2007 11:27 PM
Después de un corto viaje en Cutcsa, llegamos a la fama. Voltaire, el asunto que tratas es interesante, porque tenemos en la tele concursos, talk shows, carreras y circos para hacerse famoso, pero tambie´n tenemos programas seudo serios que sólo dan más espectáculo, circo.
NOhay ni uno solo que se salga del formato de contar anécodtas fuera de contexto, sin causas ni explicazciones de nada de lo que pasa. (miren Pan y Circo) O si no, la típica entrevista personalizada. Un político en el centro del escenario y bombardeado a preguntas por periodistas. El hombre se las ve negras porqyue tiene que hacer como que sabe de todo )aunque no sepa), porque así son las reglas del espectáculo, como bien dices. Lo que hay que decir es que eso es lo que espera la gente que ve esas entrevistas. Los políticos no son los únicos culpables. Ellos hacen lo que el público del circo espera. Hsay gente que los odio y les echa la culpa lde todo. Pero a mí a veces me dan lástima.
El panorma de la televisión nacional es patético. ¿No iban a cambiarlo en este gobierno?
Autor: montesquieu | Agosto 27, 2007 6:13 PM
No me siento obligado a referirme con exactitud a la propuesta del autor de la nota, a riesgo de que germine Ricardo y nos recuerde que estoy infringiendo alguna regla interna de este blog que no ha sido explicitada Me pregunto, de todas formas, cómo tendría que hacer un ciudadano de a pie para hacer reflexiones propias en este blog sin que salte algún vigilante para hacerle notar que se ha "desviado" del tema?
Autor: Curzio Moore | Agosto 30, 2007 6:18 AM
Aun a riesgo de ser acusado de vigilante, quiero aclararle a Curzio que yo al menos no pongo en cuestión ningún derecho, por tanto tampoco su derecho a decir lo que quiera en donde quiera. Es eso lo que está reclamando Curzio, ¿no? decir lo que quiera donde quiera.
Aclarado este asunto, me gustaría que nos ilustrara a los lectores de este blog acerca de la relación entre su comentario del evento en Cutcsa y el tema de la nota. (Esperemos que no se limite a repetirnos que ningún vigilante puede impedírle decir lo que quiera donde quiera)
La curiosidad deriva de que normalmente en ámbitos como éste o en el de la prensa o en el mero diálogo entre dos personas, la cosa no funciona si uno habla de la guerra del Peloponeso y el otro de cómo se elabora el dulce de leche, por ejemplo. Y esto no lo cambia el recurso demagógico de hablar en nombre del ciudadano de a pie ni por supuesto tampoco acusando de vigilante a quien muesrtra cierta sopresa ante la introducción del dulce de leche en la guerra del Peloponeso.
El ciudadano de a pie, cuando quiere participar o decir algo en algun medio electrónico, escrito, tv o radio, normalmente debe ceñirse a algún asunto más o menos acotado, casi siempre previamente publicado en ellos. A nadie le dan una página de un diario, cinco minutos en radio o en tv para que diga lo-que-se-le-cante. Y salvo que Curzio pretenda convertir este blog en un dazibao o en un buzón de "reflexiones propias del ciudadano-de-a-pie", supongo que cuando uno de esos ciudadanos entra a CEF debería tener las mismas limitaciones. Cosa que tampoco me parece motivo para agraviarse. Diría que es casi un requisito del diálogo.
Pero --además-- Curzio no es como uno de esos ciudadanos de a pie que parece querer representar, es uno de los dos animadores de este blog, así que es imposible de ceer que procedió de esa forma porque no le quedaba otra "para hacer reflexiones propias".
Sí, decididamente yo también soy de los que cree que sería mucho mejor que las personas que intervienen en estas "tertulias" nos pusiéramos de acuerdo al menos en aquello SOBRE LO QUE DISCUTIMOS.
Estoy reflexionando sobre los requisitos del diálogo, NO SOBRE EL DERECHO de Curzio a hablar "de lo que se le cante". A la vista está que lo puede ejercer tranquilamente.
Autor: coqueiro em oleo | Agosto 31, 2007 1:28 AM
N.B. lo que sigue no es sobre el tema del post sino sobre los comentarios que ocasionó, ya que me resultaron más sustanciosos que el primero. Se trata de una opinión personal, manifiesta en el uso de varias formas de la primera persona del singular, todas denotativas de mi persona.
A mí lo que más me molesta de la policía interpretativa (representada por la intervención de ricardo y de Serge en este post y frecuente en este blog) es la forma de emplazar al otro a que se explique sin siquiera intentar una lectura que vuelva inteligible la intervención cuestionada.
Ricardo dice ser lerdo, yo le preguntaría si no será más bien perezoso...
Me parece que se puede encontrar un hilo conductor, una relación, un "tener que ver" en el comentario de Curzio con respecto al post de Voltaire.
Y quien no lo vea o viéndolo le parezca impertinente o irrelevante, ¿por qué simplemente no asume que está ante un desvío que le cuesta seguir y no ante un desvarío despreciable?
Hay unos sitios web de traductores en los que se intercambian preguntas y respuestas del tipo "¿cómo traducirían uds. esto?". Hay una regla, quien pregunta debe proponer su propia traducción para preguntar, si no, no vale. A mí me parece una regla muy justa.
Aquello sobre lo que se discute se va "creando" en la propia discusión, para mí ahi está lo bueno de intercambiar opiniones, un buen ejercicio del poder democrático de la palabra, aceptando que es más frecuente el malentendido que la inteligencia mutua y dando lugar a que el sentido se vaya estableciendo en común, en una relación igualitaria, dialógica. (El caso extremo es el chiste). Cuando el tema, aquello de lo que se habla, el sentido, viene predeterminado y se supone transparente, la relación entre los interlocutores es necesariamente desigual: uno impone, el otro debe acatar/entender. (El caso extremo es la orden militar y un ejemplo más familiar es el discurso pedagógico: "esto es así" -como si todo fuera tan obvio como 2+2=4).
Salud y anarquía, pero sin faltas de ortografía.
Autor: fer | Septiembre 1, 2007 2:14 AM
Dos cosas me parecen interesantes de esta nota. Habría que profundizarlas
1- la aceptación de los políticos de las reglas del espectáculo para poder competir comn las masas sedientas de notoriedad. A veces me dan más pena que rabia: tienen que contar lo que sienten, el "dolor" que les provoca lo que dijo un adversario o que están tranquilos con su conciencia, como si los votasemos para que estén trankilos con sus conciencia o para que nos cuenten sus dolores. También ellos tienen que contar sus intimidades, porque si no, no son materia prima para las cámaras. A nadie le interesa ya lo que piensa y propone un polìtico.
2- y la otra es el cambio de la lógica de la vigilancia panóptica a la de la visibilidad. Parece que Foucault pasò a la historia.
Es una tesis tentadora.
Autor: Alvaro | Septiembre 4, 2007 4:20 PM
Ahora soy parte de la "Policía interpretativa". Es la segunda acusación que me ligo por una simple pregunta. Yo no "interpreté" nada; sólo pregunté qué relación tenía un asunto con el otro. Tampoco hablé de un "desvarío despreciable" (???!!!) En cambio sí puedo aceptar que se interprete mi intervención como "un desvío que me cuesta seguir".
También puedo coincidir en que 'lo que se discute' se va creando en la propia discusión... pero para eso tenemos que ir poniéndonos de acuerdo en lo que discutimos, sino es un diálogo de sordos (y de locos). Sinceramente no veo en mí pregunta ninguna inclinación totalitaria ni autoritaria.
Fue como preguntar: ¿de qué estamos hablando, por favor? Si la pregunta parece impertinente, entonces supongo que la respuesta es "cada uno habla de lo que quiere". Fantástico, es muy democrático, pero me parece que con esas reglas de juego habrá mucha opinión pero cero diálogo.
Autor: ricardo | Septiembre 4, 2007 5:09 PM
Alvaro, la idea de que vivimos en una economía de la visibilidad (o en un mercado de la atención) no es mía. Está inspirada en un trabajo de Daniel Innerarity (en el blog hay varios artículos suyos, aunque no sobre este tema).
Ahora no recuerdo si el libro en el que la aborda y desarrolla (más extensa y agudamente que yo) es "El nuevo espacio público" o "La sociedad invisible".
Autor: voltaire | Septiembre 5, 2007 1:16 PM
Ricardo,
Lo de "desvarío despreciable" me parece excesivo y no es mío. Acepto que quizás no haya leído con demasiada atención el artículo original antes de postear mi respuesta. Me contacté con el autor y le expliqué de esta manera mi proceder:
"Me parece que existe relación, porque hablo de un acto mediático que involucra a políticos en una trama (Salgado, cutcsa, etc) que poco conocemos excepto esa imagen marketineada por todos los medios (faltaba que María Auxiliadora hiciera el baile del caño), utilizando los mismos espacios de los que hablás, la experiencia "intima" del matrimonio Vázquez y el 125. Me importa tanto esa experiencia como la de Nazarena Vélez. Para peor, esto se hace con un fin político."
Es cierto que puedo escribir artículos en este blog por mi propia voluntad, pero poniéndome en lugar del otro, me parece que antes que censurar una respuesta por no ajustarse estrictamente al tema, deberíamos decidir si la reflexión es seria y tiene alguna relación, aunque parezca remota, con el tema del post.
Está claro que la respuesta de "coqueiro em oleo" exagera en el uso de los ejemplos, y que mi intervención de ninguna manera podría considerarse como que trata de mezclar el dulce de leche con la Guerra del Peloponeso. Es la comparación la que es descabellada, no el post.
De todas maneras te pido disculpas por tildarte de "vigilante", te confieso que actué bajo falsas premisas.
Saludos cordiales
Curzio
Autor: Curzio Moore | Septiembre 7, 2007 2:22 AM