La personificación de la política
Voltaire
Durante los últimos meses la política de este país giró en buena medida en torno a la reelección de Tabaré Vázquez, como si en ello le fuera la vida al gobierno, al Frente Amplio y a la propia oposición. El misterio se desvaneció hace un par de semanas, cuando Vázquez terminó con las ilusiones de sus incondicionales seguidores. No habrá, pues, reelección presidencial, pero vale la pena hablar del tema, porque volvió a poner en evidencia un fenómeno que parece no tener fronteras nacionales ni ideológicas: la personificación de la política.
La convicción de que la política se reduce a elegir a la persona adecuada –no a las ideas o a las políticas adecuadas– es parte esencial del imaginario de los ciudadanos contemporáneos. Nótese que toda la discusión acerca de la reelección no se basó en la conveniencia de reformar la Constitución para terminar con la prohibición de reelegir al presidente, a cualquier presidente. Se puede defender con buenos argumentos la modificación de la Constitución. Por ejemplo, para ampliar los espacios de libertad de los ciudadanos, para facilitar la participación de éstos en la cosa pública y en la toma de decisiones, para reducir el poder de las organizaciones e instituciones cuyas decisiones no están sometidas a control democrático, para introducir mayor igualdad a la hora de que los partidos políticos divulguen sus propuestas y programas o por otras infinitas razones que no es posible resumir aquí, pero entre las cuales ciertamente no cabría aceptar la de que la eventual reforma permitirá a un fulano con nombre y apellido volver a ser candidato a la presidencia. Dicho en otras palabras: puede aceptarse debatir públicamente incluso un tabú de la cultura política de este país como es la reelección presidencial. Después de todo, si no hubiera habido personas dispuestas a someter a crítica los tabúes y todo lo heredado, seguiríamos viviendo en la era de las cavernas. Pero en este caso la propuesta de habilitar la reelección presidencial no se proponía terminar con tabúes, sino allanarle el camino a un determinado candidato. Quienes creen que la reelección es una buena cosa para la vida política en una sociedad democrática deberían plantear esa discusión para el próximo período presidencial, es decir para 2014.
Que el “argumento” central de los fundadores de la efímera comisión de incondicionales de Tabaré Vázquez haya sido la necesidad de prolongar su mandato (¡y de paso resolverle “unos cuantos problemas internos al Frente Amplio”!, como dijo alguien) habla a las claras de la desmesurada importancia que en nuestros días se le atribuye a las personalidades políticas.
Es sintomático que un importantísimo sector de la izquierda apueste más al carisma, el talento, la capacidad de seducción o la honestidad de un candidato que a sus propias ideas, proyectos o a las políticas que aplicó durante tres años en el gobierno. No discuto si esa apuesta es razonable a la hora de hacer cálculos electorales (a la vista de la sensibilidad anti-política imperante probablemente lo sea), sino que trato de exponer el fenómeno mismo de la personificación de la política, de comprender sus raíces y, sobre todo, señalar las devastadoras consecuencias que puede tener (que ya está teniendo) sobre la política entendida como espacio público de deliberación y toma de decisiones.
La frustrada cruzada a favor de la permanencia de Tabaré Vázquez en el poder no es la única, ni la más trascendente, manifestación de la personificación de la política a la que asistimos en estos días. Ayer mismo recibí propaganda electoral del PSOE para que en las próximas elecciones españolas vote por la “mirada positiva” de Rodríguez Zapatero, que, es de suponer, contrasta con la “negativa” de Mariano Rajoy. La política francesa gira hoy en torno a la condena o defensa de las aventuras, turísticas o amorosas, pero siempre personales, de Nicolas Sarkozy. Hillary Clinton y Barack Obama se disputan los favores del electorado demócrata en la contienda “más apasionante de los últimos tiempos”, según los medios, sin que hasta ahora nos hayamos enterado de sus diferencias estrictamente políticas.
Hoy el espacio público no es un ámbito en el que se exponen argumentos que sustenten propuestas para resolver los problemas o para dirimir los conflictos de la sociedad –mucho menos idearios sobre la mejor forma de extender la libertad humana y la justicia social –, sino hombres y mujeres que suscitan confianza o resquemor, caracteres más o menos optimistas, rostros que transmiten seguridad o incertidumbre, biografías con las que nos identificamos o que aborrecemos.
No deja de haber algo paradójico, y sin embargo explicable, creo yo, en esta reducción de la política a una mera elección de personas para que se hagan cargo de los asuntos políticos. La política ya no suscita esperanzas, tal vez porque de una manera intuitiva los ciudadanos saben que no es mucho lo que pueden aguardar de ella, que los políticos no pueden terminar con las incertidumbres ni curarnos las angustias propias de un mundo que nos condena a la libertad de arreglárnoslas por nuestra cuenta. Los ciudadanos sospechan que el curso de los acontecimientos (incluida su propia peripecia existencial) depende de factores económicos que no son controlables por los políticos y que el margen de maniobra del que éstos disponen es más bien estrecho, motivo por el cual todos empiezan a parecerse, más allá de los matices retóricos de cada uno. Por eso el ciudadano se retira, escéptico, a su parcela privada con el fin de prepararse para un combate con sus congéneres que se dirimirá, siempre provisoria y revocablemente, en el mercado. Frente a la política se comporta como el consumidor frente al mercado: lo único que espera es maximizar las ventajas individuales que pueda extraer de ese ámbito. Por tanto, se limita a elegir entre las mejores ofertas disponibles. Para unos pocos se trata de elegir entre las ofertas de discursos; para la mayoría, de las ofertas de personas, a las que habrá que pagarle, no sin cierto malhumor, para que se ocupen de algunos trámites ineludibles (en primerísimo lugar de la seguridad en el sentido físico más pedestre, para que vivir con otros no se convierta en una permanente amenaza). Recordemos de paso que los que se limitan a elegir propuestas pueden considerarse acaso algo más sofisticados que esa mayoría que se limita a elegir personas, pero no por eso se alejan de la figura del consumidor, que escoge entre lo-que-se-le-ofrece. Ninguno de los dos parece asumir que los asuntos de la polis nos conciernen a todos, por tanto a cada uno de nosotros, que la libertad de elegir los caminos de la autorrealización individual depende de que esa libertad también le sea garantizada a todos los demás, que lo que ocurra en la esfera política depende en parte de la disposición a involucrarnos en la deliberación acerca de la “buena sociedad”, un concepto que convendría rescatar de su exilio, y de que nos responsabilicemos de las decisiones que tomamos y de las omisiones en que incurrimos.
Cuando ello no ocurre, como obviamente no ocurre, la lógica mercantil, el más elemental cálculo de costos y beneficios concluye que lo más eficaz es elegir a la persona adecuada para el cargo de gestor de los incordios que supone la vida en común. Para eso habrá que pagarle y, en su momento, pedirle que rinda cuentas. Sin darme cuenta he empleado una fórmula que ha empezado a popularizarse: el político es un gerente al que se le pedirán cuentas. Conforme a esa racionalidad, a la hora de establecer ese contrato tácito entre los ciudadanos y el político, los primeros se esmeran en elegir al más confiable, como haría cualquier junta de accionistas a la hora de elegir al presidente de la compañía. Y la honestidad será el primer criterio a tener en cuenta a la hora de hacer esa elección. No en vano una de las formas que asumió la despolitización ciudadana es la instalación de la corrupción en el centro de las preocupaciones. No importa la pertinencia de lo que diga o proponga el candidato, sino que no robe ni incurra en actos de corrupción.
No se me escapa que individuos con otras disposiciones cívicas –por ejemplo, que no se limiten a elegir, sino que examinen, cuestionen y negocien el espectro de posibilidades que se le ofrecen– no crecen espontáneamente como las plantas en el trópico. Librado al movimiento espontáneo de la sociedad seguirá atado a la figura del consumidor. Para que esas disposiciones cambien tiene que haber una preocupación específica de la sociedad y de sus instituciones, en primer lugar de la educación… pero esto ya nos llevaría por otros senderos (y temo extraviarme).
En el fondo, lo que hay detrás de este fenómeno es una profunda alteración de la relación entre lo público y lo privado. Ese cambio se expresa, por un lado, en que tanto las celebridades (y aquí incluyo a los líderes políticos) como el ciudadano de a pie exponen sus intimidades al escrutinio público, y, por otro, en la politización de asuntos que atañen a la propia identidad y que antes se inscribían en el ámbito privado, como la condición sexual, “la identidad” personal o las convicciones religiosas. La condición de gay, negro o protestante de un candidato, es decir atributos de su identidad personal, pueden llegar a acarrearle más votos que la más justa, razonable y practicable de sus propuestas políticas… motivo por el cual tal vez los políticos han empezado a despreocuparse de estas últimas. Interpelada sobre las lágrimas que derramó después de una derrota en las primarias de Estados Unidos, Hillary Clinton respondió que no le disgustaba que los ciudadanos conocieran cómo es íntimamente, “como ser humano”. La emoción es hoy una de las principales herramientas de las que se sirven los políticos para cautivar al votante.
Hay una especie de explosión de lo privado, de lo personal, como si careciéramos de significaciones comunes con las que los individuos pudieran identificarse. Apenas un síntoma: la religión, un asunto que a medida que se asentaban los valores democráticos modernos parecía encaminado a confinarse al ámbito privado, invade a la política en buena parte del mundo.
Hoy tenemos la impresión de que sin la personalización de la política seríamos incapaces de entender nada. Hasta el apoyo del ministro de Economía de este país a un funcionario procesado por la justicia es interpretado a menudo en clave de lealtad personal a un amigo caído en desgracia, como si esa fidelidad pudiera legitimar alguna decisión política.
A la personalización de la política también ha contribuido la mediatización de la vida social. Las ideas son demasiado abstractas e intangibles como para servir de materia prima de ese espacio público privilegiado en el que se han convertido los medios de comunicación. Los grandes medios se basan principalmente en imágenes y las ideas no se dejan reducir a imágenes… por más que algunos (los que piden ‘redondear’ las ideas, por ejemplo) supongan lo contrario. Para obtener imágenes hay que tener objetos o personas de carne y hueso. La propia complejidad de lo político y el hecho de que los medios giren en torno a las imágenes han aumentado la demanda de simplificación de la política, que ha terminado traduciéndose en su personificación. Los medios piden a gritos “historias humanas”, como la del tornero brasileño que llegó a la presidencia, la del ex guerrillero que llegó al Parlamento o la del primer hijo de africano con posibilidades de acceder al poder en la mayor potencia del planeta.
No sé si la decadencia de los partidos como organizaciones que vehiculan ideas, proyectos institucionales y programas económicos y sociales está antes o después de la personalización de la política, pero es evidente que la acompaña como a su propia sombra. Hay quienes no se cansan de repetir que izquierda y derecha son nociones perimidas, pero no nos explican qué será entonces de los partidos políticos, para qué habríamos de necesitarlos. Aún no lo dicen, pero la sugerencia implícita es que bien podríamos convertirlos en clubes a los que pueden concurrir todos los que quieran apuntarse, ya que la laxitud de ideas y proyectos será su principal característica. Luego, los atributos personales del líder, el principal activo “político” de un partido, se encargará de realizar una síntesis en apariencia imposible.
Pero los partidos no son (o no deberían ser) resumideros de la sensibilidad popular. En los partidos no caben todos (la etimología de la palabra remite justamente a parte en oposición al todo), porque no son una feria en la que se exponen todas las voces de la sociedad, sino que, se supone, dotan de coherencia a los diferentes puntos de vista. A pesar de que los miembros de un partido no están obligados a compartir una concepción del mundo, al menos están abocados a compartir un ideario y unas propuestas políticas e institucionales que nos acerquen a él. Es razonable dudar de la capacidad de esos idearios y propuestas de salir indemnes del paso del tiempo o defender la necesidad de inspirarse también en tradiciones políticas ajenas a la propia, pero cuando los partidos terminan en una piñata donde hay recuerdos para todos, tenemos asegurada su inoperancia y esterilidad, porque no hay soluciones neutras a los problemas, que sean mejores con independencia del punto de vista del que se parte. Las soluciones son mejores o peores según un cierto ideario. No estamos ante problemas técnicos o instrumentales, sino políticos. (¿Se encarará de la misma forma el problema de la pobreza, por ejemplo, cuando se piensa que todos los hombres tienen derecho a la autorrealización personal y que para ello deben gozar de las mismas libertades positivas que cuando se cree que la desigualdad es algo consustancial a la condición humana?)
Ciertamente los partidos políticos no han desaparecido en la era de la personalización de la política, pero se encaminan a convertirse en una comisión de fomento de la imagen del líder máximo. Tal vez por eso Oscar Wilde llegó a decir que los partidos son esos lugares donde ya no se habla de política.
* * * *
En el caso de Uruguay, la izquierda ha creído y sigue creyendo que su triunfo en las elecciones de 2004 se debió principalmente a que Tabaré Vázquez era su candidato. Imbuida de las mismas creencias que el espectador más despolitizado, se explica que la izquierda haya insistido hasta último momento en volver a apostarlo todo al líder máximo. El problema con los líderes máximos es que suelen ser los primeros en convencerse de que la política pasa por su protagonismo personal. Y nadie debería sorprenderse si, como en este caso, anteponen la preservación de su imagen de cara al futuro (¿para volver con escenografía napoleónica en 2014?) a las eventuales necesidades electorales de su partido a corto plazo.
Respuestas
No voy a hablar del post (aun lo estoy leyendo) pero queria dejarte un par de blogs que pense que te podian interesar:
http://cronicasbarbaras.blogs.com/
http://fabregas.blogspot.com/
http://www.arcadiespada.es/
http://www.danieltercero.net/
un abrazo desde bcn
Autor: coriun goes to hollywood | Febrero 21, 2008 3:49 PM
Yo diría que esto que lo que anotás es claro especialmente en los partidos de izquierda, que fueron los que tradicionalmente intentaron marcar perfil en base a programas, reformas y hasta revoluciones, al menos hasta que se llegaron o se acercaron al poder y al gobierno. Los partidos de derecha (o los tradicionales) creo yo han apelado mas al carisma del candidato que al programa.
Un saludo
Autor: coriun goes to hollywood | Febrero 21, 2008 4:00 PM
Efectivamente, el cambio es más pronunciado y evidente en la izquierda, que siempre se dedicó a huir del culto a la personalidad. En teoría al menos, porque en la práctica veneró al gran timonel, al caudillo de todos los caudillos, que ahora dice que nunca quiso aferrarse al poder, a Lenin, a Stalin and so on. Me olvidaba de Kim il Sung y Ho Chi Minh.
Pero no es que el asunto no afecte a la derecha, por favor. También ellos descreen de la política y están convencidos de que los rayos que iluminarán el sendero que conduce a un futuro feliz depende de su impronta personal. Vean si no, a Carmelo Vidalín que huyo del herrerismo porque consideró que no se le daba el lugar que sus méritos personales exigían.
Autor: ARF | Febrero 21, 2008 5:16 PM
Ahora, con tanta superficialidad imperante, con tanta despreocupación por la política y tan poca cultura cívica como vos mismo decís, con individuos que no se sienten ciudadanos, ¿te parece que es posible revertir este asunto de reducir la política a elegir un nombre?
Lo veo como una tendencia irreversible.
Autor: diderot | Febrero 22, 2008 2:50 PM
Gracias, Coriun, por los links.
Diderot, no sé si es irreversible o no la personificación de la política. En principio me parece que en política no hay nada irreversible. Como ámbito de intervención humana, y a diferencia de la naturaleza, creo que los hombres pueden modificar lo que ellos mismos han hecho. No hay tendencias ni instituciones irrevocables.
Ahora, si me preguntás si es un fenómeno arraigado, creo que sí, que el asunto va cada vez a peor. Y para detenerlo hay que tomar cartas en el asunto. Sólo no va a cambiar.
Autor: voltaire | Febrero 23, 2008 4:02 PM
Admitiendo que la política no se reduce a "elegir a la persona adecuada", hay una dimensión de la personalización que me parece que es digna de ser considerada. Al final, son las personas las que gobiernan, prometen, gestionan, comunican. Nos interesan y mucho los comportamientos, las coherencias y las actitudes de las personas que llevan la cosa pública. No todo debe ceñirse a partidos, aparatos y estructuras. En esto los anglosajones mezclan mejor lo individual y lo partidario que los latinos, demasiado precouapdos por los líderes maximos y los caudillos. Un asunto más. No siempre la reelección de los gobernantes es negativo. Cuando los gobernantes (individuos) saben que no pueden ser reelegidos, probablemente se sientan menos inclinados a rendir cuentas sobre lo realizado. También se verán menos inclinados a abordar obras de medio plazo y serán más proclives al corto plazo. El argumento de que la no-reelección evita el enquistamiento en el poder o reduce las posibilidades de corrupción, es toda una declaración sobre la escasa confianza en la politica.
Autor: espinio | Febrero 25, 2008 1:23 PM
En un esfuerzo por impedir la inserción de comentarios maliciosos por parte usuarios malévolos, se ha habilitado una función que obliga al comentarista del weblog esperar un tiempo determinado antes de poder realizar un nuevo comentario. Por favor, vuelva a insertar su comentario dentro de unos momentos. Gracias por su comprensión.
Había escrito un comentario nada malicioso ni malévolo, pero se me perdió al salir ese cartelito fascista que copio. Uds. se lo pierden
Autor: El Mulato de la Playa | Febrero 27, 2008 1:08 AM
vamos, mulato, no sea vago, intentelo de nuevo, así nos enteramos de sus reflexiones. Y si no lo logra, presente una demanda contra Curzio en el Area de Defensa del Consumidor (que suya y sólo suya es la falta)
Autor: voltaire | Febrero 29, 2008 4:06 PM
No veo ninguna evidencia de sus dificultades, Mulato ¿no se habrá insolado en la playa y se equivocó de blog?
Autor: curzio | Marzo 1, 2008 10:21 PM
Pah! Ya ni me acuerdo... Y con estos días de lluvia que me tuve que guarecer entre los tamarises, ya no sé si Uribe es bolivariano o si el presidente gallego es un zapatero.
Como siempre expresaba mi más profundo y visceral rechazo a toda forma de personalismo en todo campo de la actividad humana, como no sea sin fines de lucro.
Hace unos años Curzio iniciaba una antología de los disparates de Tabaré, no sé si la completó ya. Avisen, che. Pero pensar que a ese mozo que hubiera sido un muy buen médico se le ocurrió ampliar su espectro de intereses y no sólo eso, si no que grandes mayorías lo siguen considerando el salvador de la patria, me demuestra lo ayuno de ideas e ilustración que estamos los uruguayitos de hoy. Lean la carta del Dr. Cajarville al renunciar a la Facultá de Derecho conocida hoy. Nuestro descenso mental es ininterrumpido. Hagamos algo.
Autor: El Mulato de la Playa | Marzo 7, 2008 2:32 PM
Es cierto, Mulato, abandoné esa brillante idea en favor del ocio. Pero para que no se contagie ¿por qué no comparte la carta de Cajaraville con nosotros? (la pereza me impide buscarla) Gracias.
Autor: Curzio Moore | Marzo 7, 2008 4:52 PM