Edukasión
Voltaire
Lejos de la diatriba, el moralismo o el lamento por una juventud supuestamente descarriada, el profesor de la Facultad de Derecho Juan Pablo Cajarville puso algunos puntos sobre las íes del descalabro educativo en nuestro país. Alega que con su renuncia a la cátedra quiere llamar la atención sobre el lastimoso nivel académico y cultural de los estudiantes que ingresan a la Universidad.
Cito apenas un pasaje de la carta de renuncia del profesor Cajarville: “Lamentablemente debo decir que (…) el nivel de la enseñanza ha descendido hasta tal punto que, salvo contadísimas excepciones de algunos estudiantes que por ventura aparecen, las clases deben necesariamente limitarse a una mecánica repetición de conceptos cada vez más elementales y los períodos de exámenes son ocasión de reiteradas y profundas decepciones. Si esto ocurriera sólo conmigo, pues entonces razón de más para renunciar. Lamentablemente, me consta que la misma comprobación la comparten muchos profesores de la casa”.
Como suele decirse, Cajarville puso el dedo en la llaga y advirtió que se negaba en redondo a someterse a la ley del más burro, que es la que se aplica cada vez que el benevolente paternalismo de un profesor se inclina ante la ignorancia o la holgazanería de los educandos. Había síntomas suficientes sobre el pésimo nivel de conocimiento de los bachilleres, pero hasta que no lo dijo una “autoridad” académica, casi todos preferimos hacernos los distraídos.
Los síntomas que describe Cajarville parecen acertados. Sin embargo, sospecho que reduce el problema de la pésima formación de los estudiantes a un asunto interno de las instituciones educativas. El origen del mal residiría a su juicio en el descalabro de la enseñanza media, que habría reducido sus exigencias académicas y puesto el listón para aprobar un curso a la altura de un zócalo. Hay unos cuantos indicios que avalan su afirmación y no seré yo quien lo desmienta.
Sin embargo, aunque tentador, es demasiado cómodo atribuirle todos los males a nuestras instituciones escolares, que son responsables de unos cuantos como para que además les endilguemos aquellos que prosperan fuera de las aulas, que son, me parece, los que nos pueden sumistrar pistas sobre la escasa disposición al estudio, cierta celebración de la ignorancia y el desdén por el saber del que se ufanan muchos jóvenes. La “cultura de masas” de la que se nutren nuestros imberbes circula fuera de las escuelas y liceos y no la han concebido los docentes. Si educar consiste en la preparación para la vida en común de los más jóvenes por los más viejos –una tarea bastante más vasta que la mera formación, aunque en las últimas décadas se haya confundido a una con la otra–, los adultos en general, y no sólo los docentes, somos responsables de la mala educación.
No es que quiera transformarme en abogado de nuestra enseñanza vareliana. Sólo quiero advertir que, si de verdad estamos preocupados por el lamentable nivel académico de nuestros educandos, tal vez debamos reparar en aquellos valores, discursos y mensajes dominantes en la sociedad que contribuyen a llevar agua al molino de la ignorancia y a devaluar la importancia de ser una persona ilustrada. Resulta, por tanto, grotesco rasgarse las vestiduras por la decadencia de la educación y al mismo tiempo ignorar olímpicamente la atmósfera social y cultural en la que crecen nuestros hijos. El sistema educativo formal padece una hiperinflación de exigencias. La enmienda de casi todos los desarreglos gestados en la sociedad es sistemáticamente puesta en la ya extensa lista de deberes de ese sistena.
Para empezar, resulta llamativo, por decir lo menos, que quienes acatan los cánones de la corrección política imperante --de esa corrección política que prescribe instalar a la juventud en el lugar de los santos inocentes--, no establezca siquiera una vaga relación entre el mimo y la condescendencia que se le dispensa a la juventud y la cada vez menor exigencia académica de los docentes. Esa misma corrección política condenará por autoritario y/o elitista a quien sugiera que los educandos también tienen que poner “algo” de sí (aunque sea un poquito) para acceder al conocimiento. Por ejemplo, la disposición a someterse a la traumática experiencia de leer un libro o la dolorosa renuncia a un par de horas de televisión. Incluso el tal Cajarville no puede sustraerse a los vientos que soplan y se apresura a decretar la absolución de los estudiantes y estamparles el sello de “víctimas” del sistema educativo. Salvo que se piense en el estudiante en términos de mero receptáculo pasivo de datos y conocimientos que los docentes deben llenar como se llena un tanque de gasolina, habrá que concluir que no es posible hacer recaer la tarea educativa exclusivamente en estos últimos. Sin embargo, los manuales de Instrucciones para el Adulto Moderno y Progresista no incluyen entre sus recomendaciones el recordarle a los jóvenes que el saber no es un producto que se compra hecho, como los i-Pod o los mp3, que el acceso al conocimiento depende en buena medida del propio esfuerzo y que casi nunca consiste en esa diversión en la que al parecer quieren convertirlo algunos pedagogos. Es posible que esta sensibilidad contemporánea, que ha convertido a los infantes y jóvenes en objeto de culto, mimo y veneración (y oportunidad para el desarrollo de un mercado específico) sea una comprensible reacción a cierta brutalidad y autoritarismo de un tiempo en el que se creía que la letra con sangre entraba. Ya no ocurre eso, afortunadamente. Pero ahora asistimos a la ilusión de que el aprendizaje puede ser una fiesta, con recompensas a fin de curso para los que cumplieron.
Este espanto frente al esfuerzo y el trabajo, inherentes a la tarea de aprender, tampoco debe incluirse entre las fallas del sistema educativo. Es propio del paradigma del consumo que se ha enseñoreado del paisaje cotidiano. Cuando la satisfacción inmediata de cualquier deseo o capricho está socialmente legitimada y ningún esfuerzo vale la pena si no trae consigo un beneficio instantáneo, es normal que los jóvenes también apliquen esos criterios al estudio. Pero acceder al conocimiento es un asunto arduo y complejo, duro por momentos, que lleva tiempo y paciencia y no hay ardides didácticos que pueden convertirlo en un quehacer divertido. Un buen docente puede hacerlo ameno e interesante y un padre podrá suscitar la curiosidad intelectual de sus retoños, pero ninguno de los dos podrá “contarle” la teoría darwiniana de la evolución de las especies o el impacto de la Ilustración en Occidente en los diez minutos de atención que, a lo sumo, están dispuestos a prestarle. Hay objetos de estudio que son complejos y sólo se los puede simplificar al precio de falsearlos.
Tampoco viene a cuento escandalizarse ante el escaso amor por el conocimiento cuando el mensaje que se envía a los jóvenes es que éste es apenas un medio para procurarse bienestar material. La idea de que la educación debe ser tributaria de las demandas del mercado de trabajo ya forma parte del sentido común. Nadie la discute. ¿A qué fingir sorpresa entonces? Si ser una persona culta no es un fin en sí mismo, sino que ha sido degradado a la categoría de mera herramienta, a un medio para fines ulteriores, nadie debería sorprenderse de que los estudiantes apelen a cualquier triquiñuela para superar algo que perciben como un incordiante peaje que hay que pagar para acceder al premio gordo. ¿Por qué no copiar durante un examen? ¿Por qué no estudiar en esos incomprensibles pero sencillos apuntes del vecino? ¿No se les ha dicho hasta el hartazgo que “no hay más remedio” que ir al liceo para que en el futuro se les abran las puertas del mercado de trabajo? ¿No se pone como loco el pater familias cuando escucha que sus hijos quieren estudiar antropología o literatura, que “¿me querés decir para qué carajo les van a servir en la vida?”. No hay con qué darle: nosotros mismos no estamos convencidos de que ser más ilustrados sea un fin en sí mismo y necesitamos encontrarle alguna utilidad a la comprensión de por qué el sol sale cada mañana o de por qué a Aristóteles se le ocurrió escribir su Etica (seguro que no tenía nada útil que hacer). Pero tal vez el conocimiento científico o la sensibilidad estética que nos permiten comprender los misterios de la naturaleza y gozar de una pieza musical o de una buena novela no necesiten justificarse por su incierta utilidad. Útiles, lo que se dice útiles, no son. Y sin embargo nos humanizan, porque nos permiten trascender nuestra condición animal y a la postre nos pueden hacer mejores individuos y ciudadanos. ¿Acaso se necesitan mejores razones para hacer el elogio de la educación?
A juzgar por lo que se ve y se oye, sí: hacer dinero, la actividad instrumental por excelencia. He aquí el gran mensaje, el gran señuelo con el que pretendemos seducir a nuestros adolescentes para que estudien: acceder al bienestar material, que no necesariamente conduce al bienestar a secas. Pero las evidencias indican que hasta el más lerdo de nuestros adolescentes intuye que nadie se hace rico estudiando (a lo sumo podrá acceder a un puesto de trabajo que le permita sobrevivir… y a veces ni eso). Pero para hacer dinero hay que seguir la vía Paco Casal (por cierto, una encuesta reciente indica que Paco Casal es percibido como el paradigma del empresario moderno). Para tener dinero lo que hace falta son vínculos sociales adecuados, audacia, pocos escrúpulos, viveza, en fin nada que se pueda adquirir en la escuela o en el liceo. Y un buen número de los que pasaron por la universidad también ha descubierto que la academia puede darles satisfacciones de diversa naturaleza pero no materiales.
El relativismo imperante en todo lo que concierne al estatus de lo verdadero y lo falso viene a completar un paisaje desolador que en nada contribuye a convencer a las personas de que en el estudio riguroso y sistemático se pueden hallar explicaciones a las perplejidades del presente o que ser más cultos puede ser una experiencia gozosa que contribuya a la autorrealización de las personas. Cuando me refiero a la verdad no estoy pensando en una verdad mayestática con artículo determinado, que pertenece más bien al reino de la teología. Ni imaginar una respuesta a la pregunta de qué es la verdad, sino, más modestamente, si podemos saber si algo es verdad o no. Si no podemos saberlo, entonces se comprende el escepticismo frente al estudio.
Cuando una opinión o una creencia valen lo mismo que un razonamiento fundado, cuando la superstición es tan respetable como los criterios científicos, cuando se está convencido de que la razón vale tanto como “los sentimientos” o las intuiciones a la hora de laudar sobre la pertinencia de cualquier juicio científico o político o un charlatán goza de la misma atención en la televisión que un sabio y asistimos a la multiplicación de programas en los que el mejor y el peor, lo bueno y lo malo o lo verdadero y lo falso se deciden por votación popular (como en Bailando por un Sueño), la ignorancia puede terminar elevándose a sabiduría alternativa, tan válida como cualquier otra. Hay que avisar que en el terreno del conocimiento no rige la democracia plena, hay jerarquías. No vale lo mismo un saber contrastado (siempre revocable y provisorio naturalmente) que el palabrerío de un astrólogo. Por supuesto que un estudiante universitario de ingeniería o medicina repara en estas distinciones, pero no es el caso de millones de personas, incluidos los futuros estudiantes universitarios, que tienen por principal alimento cultural los zafios programas de televisión.
Me parece propio de ciegos no darnos por enterados de que todos estos fenómenos de civilizada incultura a los que están sometidos nuestros jóvenes y adolescentes tienen mucho que ver con la desvalorización del conocimiento y la cultura en general. En ese contexto, el naufragio del empeño educativo no debería sorprender tanto. No dispongo de ninguna receta para superar el descalabro. Tampoco niego que las instituciones escolares tengan su cuota de responsabilidad y un importante papel que desempañar en la lucha contra la mediocridad cultural, pero no nos engañemos, la escasa seducción que ejerce sobre los jóvenes la perspectiva de convertirse en personas cultas y el lamentable nivel académico del que habla Cajarville no se superarán con una nueva reforma progresista ni con el 45% del PBI para la educación ni con más poder de los sindicatos docentes en la toma de decisiones. Las raíces de esas plagas están en otra parte, casi por todas partes.
Respuestas
concuerdo con prácticamente todo lo que se dice en el texto.
Hace años, cuando la primera oleada migratoria (60), los uruguayos según sus relatos llegaban a los nuevos lugares de residencia y se adaptaban fácilmente amén de ubicarse laboralmente en condiciones ventajosas debido a su formación amplia en sentido de no estar dirigida a objetivos.
Y hablo de torneros o sanitarios que sabían al menos vagamente que hubo un tipo que se llamó Descartes .
A la impresionante disminución de contenidos (sobre todo de los no utilitarios) de nuestra enseñanza primaria y secundaria, se suma la asunción de los establecimientos como guarderías y depositarios a la vez de la formación académica, de la transmisión de valores etc. Los padres ya no tienen que ver con eso, pueden ver tranquilos el baile del caño o La Lola, porque su trabajo lo hace la escuela.
Lo malo es que no lo hace, no puede hacerlo, la labor familiar es intransferible, los principios éticos no se enseñan en un pizarrón. Se viven.
Y mientras la enseñanza fracasa en eso, también fracasa en llos contenidos, ya que dispone del mismo tiempo para hacer dos cosas.
Otra cosa que me parece gravísima es la prolongación de la infancia . Uruguay hace tiempo ya había logrado extender la juventud (y porqué no la adolescencia) hasta alrededor de los treinta.
Hoy la niñez llega casi hasta los 18 (en algunos sectores, que son los que llegan a la universidad)
En mi infancia en 6º de escuela era casi insultante que te hicieran regalos el día del niño.
Hoy uno ve terribles pelotudos de 15 años comprándose pilchas con las mamás.
Cuando entré al liceo hice todos los trámites solo, y así como yo todos los promitentes estudiantes del liceo Suárez. Ni un padre había en la cola.
Hoy tiene que ir un padre paea cualquier trámite
Esa falta de madurez hace que entren a la universidad como si fueran a entrar al liceo, y por ello uno puede ubicar situaciones antes impensadas (hablo del último año de Facultad), como trencitos, trucos con celular etc.
Los profesores, las instalaciones, los sueldos, son ingredientes de esta sopa, pero la cultura del resultadismo y del mínimo esfuerzo me parece tiene mucho que ver
Autor: el-warren | Marzo 20, 2008 1:16 PM
Muy interesante. Son unas cuantas buenas preguntas que cualquier padre se debe haber hecho alguna vez. ¿Qué es lo que yo le digo (sin decírselo directamente) sobre el estudiar a mis hijos y què serìa mejor haberle dicho?
Mui vueno, bolter
Autor: auster | Marzo 20, 2008 2:09 PM
Eso no quiere decir que esté de acuerdo en todo. A pesar de la mediocridad, creo que Úruguay todavía es un país donde aun se conserva cierta reverencia hacia la "cultura".
Autor: auster | Marzo 20, 2008 2:15 PM
No sé a qué se refiere auster cuando habla de lo que le dicen los padres a los hijos sobre los estudios, pero este ejemplo que sigue seguro que no es el más estimulante: cuando se le ofrece dinero a un menor para que estudie, el mensaje, me parece, viene a ser que "estudiar es tan pero tan horrible y penoso que hasta estamos dispuestos a darte dinero para que lo hagas". Y cuando eso está organizado por las instituciones del Estado, el asunto ya es alarmante.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Nueva/York/premia/buenas/notas/golpe/billetera/elpepisoc/20080318elpepisoc_3/Tes
Autor: Voltaire | Marzo 21, 2008 10:44 AM
Es así, querido Voltaire, si no sabemos inocularles a nuestros hijos la tremenda curiosidad, la pasión por saber, estamos fritos. Ahora, ¿como trasmitir esa pasión? Lo primero, va de suyo, es tenerla...
Muy bueno lo suyo, pero siento que nos estamos convirtiendo en refunfuñones y, por cierto, en aguafiestas de toda una ¿cultura? basada en la satisfacción inmediata.
Autor: Pájaro Rojo | Marzo 21, 2008 10:54 PM
No me cabe la menor duda de que lo primero es tenerla, PR. Lo segundo ya no lo sé. Pero lo primero ya es mucho, porque cuando ese "virus" está en el ambiente, es fácil contraerlo.
Convertirnos en refunfuñones es una perspectiva que no me agradaría nada (no soy de los que creen que toda va siempre peor). Es cierto que andar cuestionando permanentemente los presupuestos sobre los que se erige nuestra más normal cotidianeidad, cansa. Vivir sería aun más arduo si no pactáramos con lo real.
Pero a veces hay que refunfuñar, y en público, para evitar que se instale "el veneno mortal del conformismo".
Autor: voltaire | Marzo 22, 2008 6:51 PM
lo qe plantea el-Warren es tal cual: la infantilización de la juventud, cada vez se es adulto màs tarde y no hay que descartar que eso tamnién tenga relaciòn con la inmadurez intelectual. A los 21 años antes se era un adulto hecho y derecho, ahora todo empieza más tarde, te vas de tu casa màs tarde (o no te vas nunca). Probablemente esto es diferente según la clase social, pero el afán de posponer la adultez y mantenerse en una eterna juventud es un "valor" que está por todas partes. Y también tiene relación con todo esto, me parece.
Lo de Nueva York es alucinante: que le paguen a los chicos si sacan buenas notas es alucinante. Y después se asombran de que los estudiantes no aprecian la cultura. Si todo se puede comprar o vender, para qe me voy a esforzar.
Autor: ARF | Marzo 24, 2008 12:35 PM
Una observación que olvidé incluir en el post original y que me parece muy significativa: el lamento de Cajarville y otros muchos sobre la escasa inclinación al estudio y la caída en picada del nivel académico y cultural de los estudiantes se escucha por todas partes, en todos los hemisferios y en todos los países. SOBRE ESE PUNTO no parece haber diferencias entre países ricos y pobres, desarrollados o no desarrollados, entre los que dedican un alto y un bajo presupuesto a la educación o entre aquellos sistemas educativos con mayor o menor presencia de la Iglesia y las instituciones privadas.
Me parece que esta constatación es un argumento más para no remitir el problema a los defectos y limitaciones de los sistemas de enseñanza. Hay, por lo visto, algo que escapa a todos ellos y que remite a ciertos rasgos de nuestra cultura global.
Autor: voltaire | Marzo 24, 2008 4:51 PM
ok. el problema es global.
Y el análisis del problema, más allá de la "pérdida de valores", (algo que escuchamos desde el vamos de parte de los conservas)?
Autor: rafika | Marzo 26, 2008 1:32 AM
Cito a Voltaire: "Para tener dinero lo que hace falta son vínculos sociales adecuados, audacia, pocos escrúpulos, viveza, en fin nada que se pueda adquirir en la escuela o en el liceo".
Es un poco fuerte escuchar esto. No sé si este "mensaje" es el que transmite Voltaire a sus hijos. Sobre todo lo de los escrúpulos. ¿Quiere esto decir, que las personas que han alcanzado un buen poder adquisitivo o han acumulado fortuna material, indefectiblemetne ha sido gracias a sus pocos o nulos escrúpulos? No sé si esa lista que enumera Voltaire como factores que favorecen el bienestar material, tienen todos ellos resonancias negativas o qué. Porque los vínculos sociales adecuados se pueden, en muchos casos, construir, eso sí con perseverancia. No todo es herencia. La universidad o cualquier centro de formación de calidad incluye dentro de sus contenidos académicos, las habilidades requeridas por los jóvenes para insertarse en el mundo laboral y entre ellas figuran, la construcción de redes virtuosas que favorezcan las conexiones relevantes para la integración en el mercado de trabajo. Evidentemente que hay otros vínculos que se heredan, que duda cabe, pero no le quepa duda que también se necesitan habilidades para mantenerlos y actualizarlos. Muchos "hijos de papá" poco atentos, se dedican a dilapidarlos en poco tiempo como muesta la experiencia. Por fin, queda la "viveza" sobre la que no puedo opinar porque no sé bien de que se trata.
Autor: espino | Abril 3, 2008 11:18 AM
Es muy cierto que el viraje de conciencia en cuanto a la consideración a niños y adolescentes - necesario, por cierto - ha devenido en una suerte de pleitesía que en nada beneficia a la juventud. Y como los sistemas educativos están inmersos en la sensibilidad y tendencias de cada época, no se puede permitir, por ejemplo, que un niño de primer año repita el curso so pena de frustrarle para siempre (¿a él o a sus papás?). En la misma linea está el imperativo de convertir la enseñanza en un show para que los pobrecitos educandos no se aburran y nos abandonen. Claro que es mejor una clase entretenida, pero es mucho mejor todavía que el estudiante admita que no todo, siempre en la vida deberá estar diseñado para su esparcimiento, y que el entrenamiento de la mente también requiere concentración, continuidad y esfuerzo.
En cuanto a la concepción meramente instrumental de la enseñanza, no sólo reduce al joven a una dimensión (pequeña), la de trabajador, sino que le promete un porvenir que por cierto escapa a los poderes de la educación, falacia que pronto hará que el muchacho se sienta burlado.
Si los padres, como bien dice Voltaire, se sienten escandalizados ante la decisión poco sabia de los hijos de dedicarse a estudios sin porvenir remunerativo, igualmente siguen insistiendo en un certificado terciario, y acá viene, creo, lo más antipático y políticamente incorrecto de mi comentario:la aspiración a una educación universal de tipo académico ¿no nos ha llevado a exigirles a muchos jóvenes caminos que no son para ellos? ¿y a demandar de los educadores que realicen tareas imposibles en aulas superpobladas? Lo primero lleva, en el mejor caso, a la deserción del estudiante, y en el peor, a esos universitarios que ansían el momento de recibirse "para no abrir un libro nunca más".
Creo que un eventual 45% del PBI para el sistema educativo sí mejoraría muchas cosas, puesto que se podría brindar condicines incomparablemente mejores para educandos y educadores y eso traería aparejada una enseñanza de calidad y mayor exigencia a la hora de evaluar.
Hay algo de lo que sí tiene la culpa la enseñanza: del descuido del idioma que va indisolublemente ligado al pensamiento y su consiguiente cultivo o pobreza. Pensamos en palabras. Demasiado pocas.
¿Qué haremos, Voltaire?
Autor: María | Abril 9, 2008 12:39 AM
Pavada de pregunta formula usted al final, María. Supongo que pretende que le diga qué hacer. Hmmm. Le confieso que no tengo un plan de reforma educativa para enmendar todos los males. Más bien me inclino por una labor microscópica de los involucrados en la tarea de educar, es decir todos los adultos, para superar el estado actual de cosas.
Objetará usted que son precisamente esos adultos los que han hecho de la educación y la “cultura” lo que son en la actualidad. Pues entonces habrá que empezar por discutir qué es educar, para qué se educa, pues creo que hay aquí demasiados sobreentendidos. La mayor parte de las personas piensa que educar es transmitir saberes técnicos, instrumentales “para desenvolverse en la vida”, como si desenvolverse en la vida se redujera a tener un trabajo. Soy decididamente pesimista en este punto. Me siento incapaz de persuadir a quien está convencido de que educar es una larga carrera que conduce a un título. No sé cómo se hace. Uno tiene en contra a todo el sentido común, a expertos, padres y hasta a un buen número de educadores. También juega en contra nuestro la incertidumbre reinante acerca del curso que tomarán nuestras vidas en un mundo cuyas principales características son precisamente la inseguridad y la incertidumbre. Y juega en contra nuestra porque la mayoría de las personas quiere pensar que “en la formación para el mercado de trabajo” encontrará la seguridad y las certezas que hasta ahora le han sido esquivas. Y por eso mismo se aferra con uñas y dientes a la ilusión de “darle una buena formación a los hijos” y quiere que desde bien chiquititos reciban mucha computación, matemáticas, inglés (créame que no hay nada personal aquí,).
De más está decir que quien tiene una buena formación (¿qué es una buena formación?) está en mejores condiciones de competir en el mercado de trabajo que quien no la tiene. Desde el punto de vista individual, pues, funciona el estímulo de la formación, pero miradas las cosas desde el punto de vista colectivo, hay que decir, que aunque haya, por decir algo, 500 puertas abiertas en la sociedad y todos tengan “las mismas posibilidades” de traspasar una de ellas, los aspirantes a entrar son muchos más que las 500 puertas. De modo que no hay lugar para todos. La teoría de la igualdad de oportunidades está muy bien, pero está basada en que muchos quedarán afuera, sencillamente porque no hay lugar para todos. Entonces la competencia se vuelve más histérica aún y los padres conciben planes para hacer posgrados, masters, doctorados y más matemáticas y computaciones e idiomas y cursillos. Aunque llegáramos a la más perfecta igualdad de oportunidades para todos los jóvenes, y concurriera a la universidad el 100% de los que están en edad de hacerlo, lo cierto es que no habrá lugar para todos. Entonces la competencia por no ser uno de esos muchos que inevitablemente quedarán afuera es cada vez más feroz.
Desde el punto de vista individual el comportamiento es bastante racional (aunque frustrante para muchos). Me pregunto si como sociedad no deberíamos repensar esta locura.
La competencia se ha hecho tan intensa que la exigencia se traslada a la educación básica. Puedo comprender perfectamente que se concurra a la Universidad con la expectativa de conseguir un trabajo que contribuya a nuestra autorrealización, que nos permita escapar a la condena de la mera supervivencia. Pero cuando se atribuye ese papel también a la enseñanza media (como es el caso en la actualidad) terminamos, como usted bien dice, reduciendo a los jóvenes “a una dimensión (pequeña), la de trabajador”. Si a la enseñanza media o incluso a la primaria le atribuimos la función de formar a los estudiantes para el mercado de trabajo (una tarea de Sísifo, le diré, porque en el mundo actual hay que empezar permanentemente de nuevo), me pregunto quién y cuándo educa, quién y cuándo les dice a los estudiantes que ser cultos es un fin en sí mismo, quién y cuándo los educa para ser ciudadanos y no competidores de una carrera demencial. Hace unos años contemplé por televisión el aviso de un colegio privado que prometía a los padres preparar a sus hijos “para un mundo cada vez más competitivo”. En ese momento me pregunté y sigo preguntándome quién les enseñará a cooperar en lugar de competir.
Estoy completamente de acuerdo con usted en que “hay algo de lo que sí tiene la culpa la enseñanza: del descuido del idioma, que va indisolublemente ligado al pensamiento y su consiguiente cultivo o pobreza. Pensamos en palabras”. No es de recibo aquello de que “entendí todo muy bien pero no sé explicarlo”. Tenía un profesor de español en el liceo que me decía: “si no lo puede explicar quiere decir que no comprendió nada. Si lo entendió lo tiene que poder explicar”. Creo que fue Wittgenstein quien dijo que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestra mente. Quien tiene un lenguaje acotado, tiene una mente acotada. O como dijera un amigo mío, una expresión confusa revela una mente confusa. La pobreza expresiva reinante es pavorosa. Y no sólo la de los estudiantes, sino la de muchos profesores y maestros. Cuando se tienen diez palabras para decirlo todo, entonces lo que se tiene para decir es miserable. O cuando una palabra es un comodín que sirve para casi todo, entonces no sirve para nada.
Desde ya que la acusación de elitismo, cada vez que alguien demanda una mayor exigencia académica alimenta todo este fenómeno. Usted, por ejemplo, es una elitista. ¡Pretender que un niño repita un año escolar!!! Faltaba más… ¿lo quiere traumar acaso?
Lamento haberle respondido a su pregunta final con otra pregunta (¿qué es educar?), pero tal vez de estos intercambios puedan surgir nuevas preguntas, que en el fondo tal vez sea mucho más fértil que la acumulación de respuestas. Hay un buen libro de Fernando Savater (“El valor de educar”, editorial Ariel) que puede ser un estímulo para seguir interrogándonos
Autor: Voltaire | Abril 9, 2008 2:45 PM
¿De qué escuela hablan Voltaire y María?
Luis Yarzábal, 6 feb. 2008, en La República:
L.Y.-“En Primaria hay un alto índice de repetición en el primero y segundo año, y esto tiene que ver con la marginación y la pobreza.”
....
¿Desde cuando se arrastra el problema de la repetición en nuestro país?
L.Y. Se observa como un gran problema en todo el trayecto después de la recuperación democrática. Se han instalado índices de repetición muy altos tanto en Primaria como en Secundaria.
http://www.larepublica.com.uy/comunidad/297069-nuestra-meta-es-reducir-la-repeticion-en-un-40
Autor: anónimo | Abril 9, 2008 10:20 PM
No hablo de la tasa efectiva de repetición (que desconozco), sino de la consideración negativa que tiene mandar a repetir un curso. He escuchado la argumentación de que el esfuerzo debe ser premiado y que el mal que se le inflige a un niño haciéndole repetir un curso es la peor alternativa, criterios que, de generalizarse, obligarían a darle la licencia de manejar coches (o aviones) a quien haya demostrado que hizo el esfuerzo de intentarlo.
Autor: Voltaire | Abril 10, 2008 12:33 AM