Sobre la obligación de estar en forma

Voltaire
estarenforma.jpgNo sé si a los demás les pasa lo mismo, pero percibo que cada año que pasa aumentan los imperativos de llevar una vida sana. Entiéndase bien, no una vida plena, intensa o virtuosa, sino sana en su acepción más básica. Tanto en mi entorno más inmediato como en la sociedad se multiplican las advertencias sobre las calamidades que nos aguardan si renunciamos a mantenernos en forma.

Incluso en según qué ambientes hay quienes le miran a uno de reojo, con desconfianza, como si aquellos que no mostramos el debido respeto por el decálogo de una vida sana fuéramos dementes o farsantes. Ahora que está de moda denunciar el acoso y la discriminación, no está demás llamar la atención sobre una de sus formas más extendidas, la que sufren quienes no cuidan lo suficiente su cuerpo. No habría nada que decir si se tratara de una simple recomendación que respeta la autonomía del sujeto que la recibe, pero el asunto se parece a un mandato, a una obligación. Ignoro si los propagandistas de un estilo de vida sano sienten que deben velar por el cumplimiento del artículo 44 de la Constitución (que dice que “todos los habitantes tienen el deber (sic) de cuidar su salud, así como el de asistirse en caso de enfermedad”), pero lo cierto es que la indiferencia ante el mandato de ser sano tiene cada vez peor prensa.

Empezando por el superior gobierno de la República, cuyas iniciativas para reglamentar algunos hábitos privados que considera dañinos para la salud son bien conocidas. El hecho de que esas iniciativas presidenciales susciten más entusiasmo que resistencias en la sociedad (incluso entre quienes se encuentran en las antípodas de sus posturas políticas), demuestra lo arraigada que está la creencia en que se puede obligar a alguien a llevar una vida sana (o eso que llaman vida sana).

Les propongo un ejercicio (nada sano, por cierto) al que me he entregado durante una media hora: contemplar un par de pausas publicitarias en un canal de televisión. Mi rigor estadístico deja mucho que desear, pero no exagero si digo que más de la mitad de los avisos están directamente referidos a la salud: servicios médicos, consumo de hierbas, ungüentos, medicamentos, vitaminas, bebidas, alimentos, formas de vida que de una u otra forma contribuyen a cuidar el cuerpo, combatir el estrés, mejorar los intestinos, dormir en paz, evitar la caída del cabello, mejorar el rendimiento sexual, la memoria, combatir los hongos y la acidez estomacal y todos los interminables detalles que se puedan imaginar que puede necesitar un cuerpo como se debe. Una buena parte de la otra mitad no está directamente vinculada con la salud, pero los “creativos” publicitarios, sabedores de aquello que deleita o preocupa al público, se las ingenian para introducir el tópico de la salud a través de las imágenes: los avisos publicitarios de un jabón para lavarropas o de un agua mineral suelen incluir a una mujer con buena figura o a un hombre haciendo jogging en un escenario de montañas.

Todo remite ahora al estado de salud (o enfermedad) individual. El individuo es responsable de sus malestares. Dicho está: tiene el deber de cuidar su salud y recurrir a un médico en caso de enfermedad. Y dado que, además, el gobierno terapéutico que votamos normaliza y regula los hábitos que considera nocivos para la salud y el mercado suministra una nutrida batería de bienes y servicios con el mismo propósito (desde el body building hasta el personal trainer, pasando por “la alta tecnología médica”, los alimentos sin calorías y un larguísimo etcétera), sólo un necio o un irresponsable puede elegir no estar en forma. No estar en forma es ahora síntoma de decadencia personal.

Esa prédica y el alarmismo han llegado tan lejos que el British Medical Journal advertía ya en 2002 sobre las campañas dirigidas a sembrar la duda sobre el estado de salud individual. El artículo llamaba la atención sobre la manipulación por parte de la industria farmacéutica de la percepción de cada uno sobre su propio estado de salud. No debería extrañar, pues, que ahora pensemos que desde el cansancio a la pérdida de memoria, pasando por el estado de ánimo pueden “curarse” con una píldora.

La obsesión por la salud tiende a ver todo como un problema médico. Empiezan a pertenecer al campo terapéutico lo que antes era del ámbito del saber vivir: rituales y placeres colectivos se convierten en causa de inquietud, valorados en función de su utilidad o nocividad. Los alimentos ya no se dividen en sabrosos o desagradables, sino en sanos o insanos. Comer ya no es una oportunidad para el goce y estar con otros, sino una actividad calculada en función de cómo mejora la circulación o mantiene en forma el aparato digestivo. Tal vez porque tampoco se trata ya de vivir lo más plenamente el tiempo que nos toca, sino de aguantar lo más posible. Hacer ejercicio físico tampoco es un esparcimiento o un placer, sino un imperativo para mantener las articulaciones en forma o vaya uno a saber qué. Y hasta la propia biografía empieza a recordarse, no en función de nuestras “hazañas”, conquistas, creaciones o alegrías, sino de nuestras enfermedades o de nuestra previsible decadencia física. Pasada determinada edad, nuestros quebrantos de salud, nuestras arrugas, calvicies o próstatas ocupan el centro de nuestros recuerdos y relatos.

Lo paradójico es que las obligaciones que se le prescriben al sujeto moderno para estar en forma terminan pareciéndose demasiado a las mortificaciones a las que se sometían los feligreses de antaño para ganarse el cielo. Al menos yo viviría como una mortificación tener que conciliar cada paso que doy, cada placer que experimento, cada vicio en el que incurro y cada costumbre que sigo con el bienestar de mi sistema vascular, digestivo o nervioso. Además, se trata de una preocupación inútil. En esta carrera por la salud, nunca estaremos suficientemente sanos; algún órgano trabajará mal, algún tubo estará obturado o alguna uña, encarnada. No hay más que ir a la consulta de un médico, como dice un amigo mío, para que el galeno le encuentre a uno una falla, algún desperfecto en la maquinaria corporal.

El asunto está un poco mezclado con la aspiración a mantenerse en un estado de eterna juventud. Ser sano vendría a ser algo muy parecido a mantenerse joven. Al paso que vamos, pronto se nos dirá que uno es el culpable de morirse; que si no fuma, no bebe, no come grasas, hace ejercicio, duerme el número exacto de horas y tiene sexo en las dosis recomendables, tal vez se convierta en inmortal. No hay que descartar que la fe laica en que los buenos hábitos sanitarios e higiénicos alargarán indefinidamente nuestras vidas tenga alguna relación con el hecho de que las promesas en el más allá ya no seducen tanto como antes. Se trata del irresoluble problema de la relación de los humanos con la muerte. “Está prohibido envejecer”, dijo Christian Dior cuando presentó su nueva crema anti-age. Cuando no hay más allá, es probable que la conciencia de nuestra mortalidad se experimente de otra forma, acaso más inquietante, más ansiosamente inclinada a buscar la imposible inmortalidad. Y gracias a Dios tenemos a nuestra disposición una panoplia de píldoras, hierbas, hábitos, deportes, recursos espirituales y recomendaciones médicas para salvarnos. Se nos viene a decir, pues, con un tonito algo acusatorio, que somos responsables de nuestra propia vida y nuestra propia muerte. ¿Pero es acaso tan terrible semejante responsabilidad? ¿Acaso es posible que sea de otro modo? Para la sociedad medicalizada en la que vivimos, sí lo es. Después de todo, la medicina se ha apropiado del nacimiento y de la muerte. Ha expropiado el primero a las mujeres y la segunda a todos. En Occidente sólo se puede nacer y morir de una forma: en la clínica y de acuerdo con las prescripciones (y la comodidad) del sistema de salud y morir lo más tarde posible, no cuando a uno se le antoja.

El imperativo de estar sano y en forma no es un asunto que atañe únicamente al cuerpo. También concierne al alma. La gente huye de la depresión como de la peste. Y sin embargo hay cada vez más deprimidos. En Occidente la probabilidad de que un joven padezca un estado depresivo es el doble que la de sus padres y el triple que la de sus abuelos. Hoy hay 700 millones de deprimidos.

Cuando la religión era el cemento que cohesionaba a la sociedad, el sufrimiento era el salvoconducto para la salvación. En cambio ahora es imperdonable no pasársela bien. Es un auténtico pecado. Cuando a alguien le resultan insoportables sus condiciones de trabajo, no se pregunta qué anda mal en la sociedad, sino que recurre a los tranquilizantes y se pregunta qué estará haciendo mal. Se culpabiliza. No va al sindicato, sino al médico, al psicólogo o al psiquiatra. La tristeza, lo mismo que el desasosiego o la insatisfacción, es hoy improductiva, un estado propio de fracasados (una persona en baja forma anímica no puede ser exitosa) o un “plomazo” para los semejantes. Los deprimidos son gente molesta para quienes están a su alrededor.

La ‘muerte de Dios’, el desencantamiento del mundo que trajo la modernidad desembocan en la soledad del individuo en el sentido que le atribuía Kant. A la pregunta de qué es la Ilustración, éste respondía: es la pérdida de la minoría de edad. Y agregaba que el individuo sería de ahí en más el culpable de su minoría de edad por no atreverse a pensar y vivir sin someterse a una autoridad (divina o terrenal) que está por encima suyo. Si el fin de la religión arrojó al hombre en el desosiego que produce saberse solo en el mundo, ¿por qué no volver a ella, aunque no sea en la forma ortodoxa que conocimos alguna vez? Esta pregunta puede contribuir a explicar que el imperativo de ser feliz y estar en forma vaya de la mano de vagas apelaciones religiosas. En el catálogo de sugerencias para alcanzar el buen estado físico y espiritual tenemos ahora el buceo en el budismo o el zen. U otras formas berretas, como la astrología (“No salga a la calle sin consultar lo que le tiene reservado su horóscopo”). Carente de coartadas religiosas, el dolor, el sufrimiento sobran, hay que espantarlos como a las moscas (aunque se trate, recordémoslo, de experiencias inherentes a nuestra condición humana). También aquí el individuo se culpabiliza si no consigue ser feliz y apartar la melancolía o la tristeza que en algún momento de nuestras vidas todos experimentamos. Pero como nos convencimos de que estamos en este mundo para ser felices, algo debe de andar mal si no estamos en estado de euforia perpetua.


Respuestas

No pareciera, a simple vista, una tendencia nociva, si no se basara vacuamente en la obligación de ser bellos y jóvenes. Podría la moda incluir tambien la gimnasia del pensamiento y la educación, que es altamente benefiosa para la salud y aumenta las posibilidades de extender la vida, hacer el amor y apreciar el mundo y la época más que un lifting, un jugo de zanahorias o unas protesis mamarias. Dieta y deporte, más libros, música e inteligencia parece un buen cóctel para llegar a los 100. No?

¿Pero el objetivo es llegar a los 100? O el objetivo es tener una vida plena y la cantidad de años que se viva está subordinado a ese objetivo? Me parece que esta última es la verdadera pregunta.

Estoy de acuerdo en que parece que el paradigma de salud ahora es el de ser joven y bello. Pero sería aceptable si fuera uno más amplio? No lo creo, no creo que tengamos que marchar uniformemente detrás de un criterio de salud.


¿cuál es la novedad de la prédica de que es mejor ser sano que enfermo, bello que feo, atlético que fofo, etc.?

¿Ahora es una idea más poderosa que antes, está más extendida?
No es muy evidente... ¿Qué ejemplos hay de la supremacía de la prédica contraria, o al menos del desinterés por el tema?

La gimnasia, la cosmética, la medicina,la farmacéutica, ¿no son viejas y poderosas desde hace mucho?

Ahhh no, yo no creo que se trate de lo mismo de siempre, de preferir estar sano en lugar de enfermo. Ni creo que la actual obsesión por la salud sea apenas un asunto de grado (que lo es también), como si fuera lo mismo que antes pero más. No, ahora me parece que es una especie de imperativo moral. Obvio que la gente siempre prefirió estar sana que enferma. Pero me parece que antes era justamente un asunto de su elección y ahora parecería que "no tiene derecho" a elegir no estar sano (o en forma, que no es exactamente lo mismo), que eso está mal La prédica rompe la vista. ¿Cuántas personas te impedían hace dos décadas que fumaras en su casa?, ¿cuántos albergues transitorios querían atraer clientes en sus avisos con el "mensaje" de que el sexo es física y espiritualmente sano?, ¿cuántos avisos de emergencias móviles, medicamentos, alimentos light, centros de adelgazamiento, vitaminas, bebidas sin calorías o advertencias de que se haga ver por su médico había hace veinte años?.

Hay algunos (neoliberales, pero no solo) que justifican la ofensiva sobre los "insanos" por los gastos en que entraría "la sociedad" si la gente no se cuida.

El progreso de la ciencia nos revela cómo funcionan nuestros cuerpos y de ahí se derivan las múltiples advertencias sobre lo que debemos hacer o dejar de hacer. Se nos alarga la vida, aunque uno a veces uno se pregunta si las condiciones de este tiempo extra valen la pena. Y se elaboran medicinas o sustancias que pasan por ellas, para provecho de quienes las venden. Y se refinan las técnicas de convencimiento, y se pone una carga moral sobre el díscolo que rehúsa consumir los remedios a sus males...
En cuanto al sufrimiento y su aceptación, no sé. La cultura judeocristiana ha dado un valor masoquista al sufrimiento ¿Por qué hay que flagelarse si lo podemos pasar mejor? No parece mal que el dolor y el sufrimiento "sobren" si hay algo que los pueda mitigar.

Por supuesto que todo lo que mitigue el dolor y el sufrimiento es bienvenido. Pero yo no olvidaría que ambos son de este mundo, que no hay nada "raro" (y mucho menos "loco" o "enfermo") en padecerlos.

Sobre todo en mi entorno más inmediato, sufro las sorna de quienes al verme con una copa de cocacola helada y llena de gas, así es como me gusta, no pueden sujetar la imperiosa necesidad de manifestar su condena por tan despreciable conducta, les explico que soy bebedora social pero por supuesto no cambio en nada su rechazo.
Toda esta perorata para decirte que la cosa ES seguir rigurosamente la conducta del GRUPO ( en su doble acepción ) si te salís un pelito, se tomará como un insulto y la pena será dura. Los defensores de la antiestigmatización tampoco disfrutan de la diferencia. ( hablo del otro pero seguramente debería incluirme por pertenecer a la raza humana, ya lo dijo don cristo, es mucho más fácil ver un par de vigas en el ojo ajeno que una pequeña basurita en el propio).
Me parece que educar para una vida sana es una buena tarea, básica, ética; y que activar la industria del fármaco, es otra cosa no menos lamentable que azuzar a las personas a comprar cigarros con la promesa de una vida envidiable, así que para mi es una verdadera alegría saber que en algunas partes del planeta, está terminantemente prohibido contratar creativos publicitarios para semejante empresa, es más, sueño que suceda lo mismo con el tema de los medicamentos, sufro pensando en la cantidad de cándidos que dejan parte de su sueldo en las arcas de farmaton solamente por tener una pobre educación.

Salud!


alvaro: no entiendo qué querés decir con que estar sano o enfermo era un asunto de elección para la gente. creo que en general nos enfermamos a nuestro pesar.

como sea, insisto en que no veo una mayor preocupación por la salud que antes, lo que dice voltare del British journal yo lo leo más bien como una preocupación de los médicos, que pierden poder al ser las compañías farmacéuticas las que deciden qué síntomas son preocupantes y cómo eliminarlos. acá mismo hay una farmacia, que no entiendo cómo autorizan a que lo haga, que ofrece consejos médicos a sus clientes. yo pensaba que para recetar había que tener título, pero parece que no hace falta.

el aumento de los depresivos es otro triunfo de la industria farmacéutica aliada a la bobera estadística, que le pasan por arriba a la atención personalizada de los pacientes.

pero la importancia de la salud nunca se puso en tela de juicio, hasta los más destroy cuando las papas queman corren al hospital.

también estoy en desacuerdo con la interpretación de v cuando dice que es la pérdida de valor del sufrimiento que va con la pérdida de dios la que lleva a esa ansiedad por ser feliz. sólo los individualistas a ultranza, los iluminados, se creen realmente solos en el mundo, cualquier otro reconoce a sus iguales y los busca. lo que está condenado en la actualidad es la acción colectiva, el sentido de comunidad, y no por preceptos kantianos, sino porque es funcional al capitalismo, el reino del homo homini lupus.

no se puede modificar la realidad, esa es la prédica malsana de la actualidad. entonces sólo podemos modificarnos a nosotros, perder unos kilos, ganar unos añitos, estar más alegres para asegurarnos nuestro puesto de trabajo, sonreír.

sí, acá se jodió mucho con la alegría, con que hay que estar alegre y feliz. lo peor es que si uno está triste o caliente, es inmediatamente condenado, no sólo por su entorno más cercano, por la sociedad toda. la gente ya ni siquiera se pelea, porque es más saludable tolerar o al revés, censurar por intolerancia, por incapacidad para debatir.
acá hay gran experiencia al respecto.

bueno, voy a ver con qué me mato esta noche, a escondidas, claro.


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