Where is your fucking Bomberito?
Este canadiense recorre Latinoamerica en motocicleta. Tiene una fugaz pasada por Uruguay sin demasiado interés, aparte de que alguien le dijo que para volver a Argentina tenía que pasar por Tacuarembó porque, con peor intención, también le dijeron que el puente de Fray Bentos está cerrado "por reparaciones". Lo interesante de la historia es que cuando vuelve a Argentina se encuentra con un ejemplo extremo de a lo que ha llegado la corrupción en la hermana república (y de la conmovedora ingenuidad de algunos gringos). Lo traduje parcialmente.
La nota en inglés está en http://www.journeyrider.com/2008/04/uruguay-getting.html
[...] Después de cruzar a Argentina todo iba bien hasta que me pararon en un retén de la policía en la ruta 14, km 341. El policía que me paró me pidió mis documentos y luego me preguntó en castellano si yo tenía el obligatorio matafuegos. No le entendí, por lo que me llevó hasta su auto y me mostró un matafuegos que tenía en el baúl, para luego llevarme a una oficina y mostrarme un formulario que decía que los matafuegos eran obligatorios para los motociclistas.
Me pareció muy dudoso que esto fuera cierto, pero no lo contradije porque pensé que posiblemente me dejara ir con un rezongo. A los cinco minutos me informó que debía pagar una multa. Duespués de discutir como por diez minutos le pregunté de cuanto era la multa, a lo que sacó un papelito que no tenía ninguna cantidad escrita, y en el cual escribió a mano "1200". Le pregunté entre qué números iba el "punto", me dijo que eran mil doscientos pesos (US$400). ¿Que se pensaba este tipo que era yo, con mis manos sucias, mi pelo hecho un desastre y mi campera toda remendada?
Al oír mil doscientos pesos ya no dudé que esto no era una regla de verdad. Le dije al policía que nunca había visto una moto en Argentina con un matafuegos y que me parecía peligroso llevar un recipiente de metal presurizado en una moto. Me respondió haciendo repetidos ademanes de ponerme las esposas. Le pedí que me mostrara alguna identificación a lo que respondió que ya me iba a enterar de su numbre por el sello en la multa que me iba a poner. Le pedí que me mostrara su billetera, lo que rehusó, volviendo a hacer ademanes de esposarme. A esta altura ya me estaba calentando y le pedí que me devolviera mi pasaporte. Me contestó que se lo iba a guardar, además de meterme en cana. Le contesté que nadie, ni los funcionarios de migraciones ni la policía tienen derecho a quedarse con un pasaporte, que es propiedad privada. Cuando salió de la habitación por un momento, alcancé a recuperar mi pasaporte del escritorio.
Cuando volvió me preguntó por décima vez cómo iba yo a pagar la multa. Le contesté lo de siempre, que no tenía dinero, a lo que el tipo volvió a hacer el ademán de esposarme. Como ya me tenía podrido, estiré los brazos para que me esposara, pero que tenía que dejarme hacer una llamada (no estoy seguro si tenés derecho a una llamada cuando te detienen en Argentina, pero me imagino que si). Me contestó que no podía hacer llamadas, y esta vez sacó las esposas como si fuera a ponérmelas, pero cambió de idea y me dijo que me fuera.
Al salir de la garita policial anoté mentalmente la matrícula del auto que estaba en el garage y cuando llegué a mi moto, la apunté en la palma de mi mano. El tipo había estado mirándome todo este tiempo, y cuando me vió, corrió hasta mí y me llevó al baño para que me lavara la mano. En el baño, el tipo entró, tiró mi casco al piso, sacó una pistola y me apuntó a la cara. Aunque estaba seguro de que no me iba a disparar, es bastante jodido que te apunten en la cara con una pistola. Me agaché como para esquivar y proferí unos gemidos truchos, a lo que me dijo que mejor me olvidara de todo el asunto.
Volví a la moto con el número todavía en la cabeza (FVK364, hasta el día de hoy lo recuerdo) y partí suavemente con un cagaso casi perfecto. Decidí esperar un buen rato antes de volver a escribir el número en algún lado. Despues de unos 15 kilómetros me percaté de lo que parecía un camión en actitud sospechosa que me siguió por un largo rato, aunque era difícil saber si se trataba de un amigo del milico o solamente un mal conductor. A las dos hora, finalmente paré en Curuzú Cuatiá y escribí el numero en un papel.