Legisladoras a la fuerza
Voltaire
La Cámara de Senadores acaba de aprobar una ley que obliga a los partidos políticos a incluir, como mínimo, a una mujer cada tres candidatos en sus listas a cargos electivos en las elecciones nacionales de 2014 y las municipales de 2015. Se trata de una iniciativa que en la jerga jurídica se denomina discriminación positiva. La norma aprobada pretende aportar por vía administrativa una solución a un problema que aún está pendiente de demostración: que no hay más mujeres en las cimas de la política porque los hombres se lo impiden.
Las largas negociaciones parlamentarias que precedieron a la aprobación del texto demuestran que, salvo algunos brontosaurios nativos, casi ninguno de nuestros legisladores quería dejar de salir en la foto ni perder la oportunidad de dejar constancia de su corrección política. De modo que lo que algunas feministas presentan como prueba del machismo imperante (es decir las vacilaciones, cálculos y titubeos de la mayoría de legisladores varones, que habrían terminado aprobando la ley a desgano, supuestamente para no quedar “mal parados” ante la opinión pública) bien podría estar demostrando todo lo contrario, es decir que no vivimos en una sociedad tan primitiva como pretenden quienes fueron a presenciar los debates parlamentarios vestidas con ropas negras hasta los tobillos y la cabeza cubierta para sugerir que la condición de la mujer aquí y en Irán es más o menos la misma. Porque si es cierto que los más machos de nuestros legisladores votaron como votaron únicamente para no quedar “mal parados”, eso indicaría que la sociedad, o una buena parte de ella, ve con buenos ojos las iniciativas que supuestamente tienden a mitigar la desigualdad entre hombres y mujeres. Que la referida ley vaya a tener o no semejantes propiedades justicieras es harina de otro costal.
El reclamo de que haya más mujeres en el Parlamento parte del supuesto, ampliamente compartido por el sentido común, de que lo lógico sería que la composición del Parlamento reflejara más o menos fielmente la estructura de la sociedad. Se lo reconozca o no, lo que se viene a decir es que si hay 50% de mujeres en la sociedad, a la corta o a la larga, tendremos que marchar hacia un Parlamento con 50% de mujeres. Lo mismo podría alegarse respecto de los negros o de los homosexuales. Si el 4% de la población uruguaya es negra u homosexual, pues entonces que haya 4% de legisladores negros y 4% de homosexuales. Es esta idea la que pretendo impugnar en estas líneas. La cuotificación en todo caso es un asunto menor… siempre y cuando, claro, se reconozca su carácter discriminatorio (como es el reservar una parte de la representación política a una clase de ciudadanos) y la misma sea provisoria.
Si la política fuera una traducción exacta de la sociedad civil, como pretenden quienes reclaman que cada grupo de la sociedad tenga su propio nicho, si se la concibiera como un edificio dividido en habitaciones en las que cada parte es soberana, se la convertiría en una tarea imposible. Desaparecería como espacio de articulación y síntesis y su lugar sería ocupado por una guerra de todos contra todos, en una mera lucha por espacios de poder, que es la forma de reducirla a escombros. La radical despolitización que esto significa debería llamar a la reflexión, porque el reclamo de que haya más “de los míos” en el Parlamento es, por así decirlo, un reclamo pre-político. Se desentiende de la deliberación o de la exposición de argumentos acerca del bien común o de la razonabilidad o justicia de los proyectos y propuestas. Es un reclamo que considera que existe un derecho a estar representados en la arena política por ser quien se es, ya que supuestamente a cada parte le toca un trozo del todo. Pero a quien está interesado en política –y no en una disputa por un espacio de poder para los suyos-- le tiene sin cuidado el sexo, la raza o la condición social de quien enuncia razones. En el reclamo de la cuotificación, en cambio, está implícito que lo importante es que haya más mujeres legisladoras, con total independencia de sus puntos de vista políticos. Parecería que la idea que late detrás de esta propuesta es que para una mujer no hay nada mejor que otra mujer. Este punto de vista lleva implícita la idea de que, incluso para una mujer de izquierdas es preferible que haya más representantes mujeres conservadoras que legisladores masculinos de izquierda. Esto puede contribuir a arruinar el ya deteriorado espacio político, a clausurar el potencial emancipatorio de la política, porque le otorga preeminencia a la condición o la naturaleza de las personas, a aquello que de alguna manera es inmodificable en ellas. Lo que viene a decir el reclamo de cuotificación es que a mi tribu le corresponde una parcela de poder, no por lo que proponemos a todos los demás o los proyectos que defendemos, sino por lo que somos. Y eso que somos es inmodificable. La política así concebida vendría a ser un mero reflejo de los intereses que existen en la sociedad, los congela en su radical inmediatez. La termina convirtiendo en una feria a la que se concurre a reclamar lo propio. Y cuando se razona de esa manera, es lógico y racional que sólo se confíe en los de la propia “tribu” y se exija que como tal tribu estemos representados.
En otras palabras, la exigencia de una representación femenina (o de cualquier otra) proporcional a su peso en la sociedad nada tiene que ver con un posicionamiento político o un ideario, el feminismo por ejemplo (en cuyo caso podría entenderse la creación de un partido feminista). Pero no se trata de eso, sino de que haya más mujeres legisladoras a secas, con independencia de cualquier punto de vista político. Se parece demasiado a una querella por espacios de poder. El asunto es que esa lucha por espacios de poder lleva implícita la pretensión de que las mujeres en general tienen un interés como tales mujeres o que hay un punto de vista femenino en política (que no feminista) y eso plantea un problema teórico a mi juicio insalvable: ¿quién encarna o representa ese punto de vista?, ¿dónde está? ¿quiénes son los (habrá que decir las) portadoras del mismo? Porque en lo que atañe a posicionamientos políticos, idearios y propuestas no se percibe nada semejante a un punto de vista femenino. Lo que más bien percibo en la sociedad son plurales y contradictorios posicionamientos (incluida la indiferencia política) de las mujeres, es decir nada que induzca a pensar que las mujeres se sienten más representadas por mujeres.
La política no es posible cuando no hay espacio público, ese lugar donde se ponen en juego los diferentes intereses y deseos, donde se consideran las distintas reivindicaciones, y cuyas síntesis y decisiones casi siempre implican ignorar algunos de esos intereses particulares en aras de lo que algunos llaman “bien común” y otros justicia. Sin ese poner en juego las propios intereses y convicciones no hay política.
Queda, por supuesto, pendiente de respuesta la pregunta de por qué el porcentaje de legisladoras es inferior al de mujeres en la sociedad. Ya está dicho que no tiene por qué haber una correspondencia entre ambos, como no tiene por qué haberla entre el número de legisladores homosexuales o negros y su peso en la sociedad. O de jóvenes o de estudiantes. Pero la pregunta sigue siendo pertinente.
A diferencia de otros países, no hay aquí ninguna disposición legal que impida a las mujeres ser candidatas. Si la hubiera, habría que desterrarla, naturalmente. No se trata tampoco, y conviene decirlo para evitar las descalificaciones y estereotipos en los que se suele incurrir en este tipo de discusiones, a unas inclinaciones naturales de los sexos o a la falta de talento de las mujeres para determinadas funciones, como arguyó sin demasiado pudor algún legislador deseoso de recluir a las mujeres en la cocina. Sospecho que hay que buscar en otro lado las causas del escaso número de mujeres parlamentarias, como el del escaso número de mujeres policías, militares o futbolistas. Sin pretender ingresar en honduras sociológicas, esas causas son, me parece, de carácter cultural, remiten a unas tradiciones, a una educación que han acotado las posibilidades de autorrealización de las mujeres, que las han abocado a cumplir unos determinados roles que una sociedad con aspiraciones igualitarias debería tratar de subvertir. Se trata de las mismas tradiciones y educación que sugieren que los hombres no pueden llorar o que hay tareas o profesiones propias de cada sexo. Esa división sexista del trabajo no se alterará con ninguna ley de cuotificación. Si así fuera, habría que aprobar leyes de cuotificación en la Policía, en los colegios de abogados, de ingenieros y en lo que fuera.
La discriminación positiva que consagra la ley de cuotificación que acaba de aprobarse en el Senado eventualmente podría poner remedio a un mal cuya existencia no me parece que esté suficientemente demostrada: que no hay más mujeres legisladoras porque unos hombres les impiden ser candidatas. Digamos de paso que la demanda presupone un enfoque algo estrecho de la política, acotada al parecer al ejercicio de un liderazgo partidario o un cargo legislativo. En cualquier caso, y con toda franqueza, no termino de ver a masas de mujeres agolpándose a las puertas de los partidos políticos deseosas de ser candidatas y unos porteros varones que les impiden el paso. Me parece, por decirlo en pocas palabras, una monumental simplificación del problema.
Respuestas
Desde que está este tema en el tapete, yo suelo hacerme la pregunta contraria: ¿en base a qué méritos "militantes" llegaron al parlamento nuestras actuales parlamentarias?
Jamás sentí que la "poca representación" (poca en función de qué?) femenina haya sido un acto adrede masculino como forma de mantener a los legisladores de mi género en muy bajo número.
No siento que haya discriminación. Todo lo contrario: creo sinceramente, que si existiera una mujer con el perfil político adecuado, cualquier partido ya la hubiera candidateado a los cargos más altos a los que se pueda aspirar.
Pero sucede que no existen esas damas. A mí me produce escozor ajeno escuchar a unas de las adalides en esta "campaña" (Beatriz Argimón) cuando repite y repite hasta el hartazgo la necesidad de cuotificar. Si esa señora fuera la candidata a presidente del partido que suelo votar, desde ya anuncio mi cantado voto anulado, por que es una cabecita hueca.
Dedico un párrafo aparte a las feministas ridículas que fueron vestidas como musulmanas al palacio legislativo. No sólo son tontas, sino que su accionar demostró desprecio por culturas lejanas a las nuestras. Me cansa ya que consideremos a "nuestra" cultura como la mejor, despreciando todo lo que no sea occidental. Muchas mujeres de esas sociedades portan el velo con orgullo. Es parte de su identidad cultural. Si no fuera así, cómo nos explicaríamos que tantas y tantas mujeres lo usen aún estando lejos de sus países de origen?
Autor: la petisa | Junio 3, 2008 6:20 AM
No entiendo lo de que esta ley es discriminatoria. Me imagino que se dice que lo es con los hombres. Parecería por la critica que se hace, que se cambia una discriminación por otra. Yo no lo veo así. Me parece que empieza a reparar cierta desigualdad.
Autor: luz | Junio 3, 2008 12:33 PM
Esas medidas con forceps me parecen tan ridículas y sexistas! Si no surgieran espontáneamente legisladoras ese cupo obligaria a incluir personas no idóneas para esos cargos. Las mujeres deben ganar y abandonar los espacios que quieran de motu propio y no porque la ley lo imponga. Mejor las amparemos de otros agravios peores, como la trata, la prostitución, el robo de sus hijos para ser dados en adopción cuando son pobres y de todas las atrocidades que la exclusión promueve a ambos sexos.
Autor: emeygriega.blogspot.com | Junio 3, 2008 1:16 PM
Luz, la denominación de discrimnación positiva no es un invento mío. Ya hay antecendentes en otros países. En EEUU con el acceso de los negros a la Universidad, por ejemplo. Cuando a un grupo particular de ciudadanos se le otorga un tratamiento especial (reservarle un tercio de las bancas parlamentarias a las mujeres lo es) se habla de discrminación positiva. No hay por qué escandalizarse, siempre y cuando se reconozca que es una discrminación y que, por tanto, será de carácter provisorio, hasta que se corrija la eventual desigualdad. A esas observaciones agregaría en este caso otras: siempre y cuando "la solución" que propone la ley se adecue a la naturaleza del problema, cosa que no me parece que ocurra en este caso. En segundo lugar, que no se confunda la igualdad de oportunidades con igual número de mujeres legisladoras que hombres. Como digo en el artículo, el sistema más igualitario no es aquel en el que todos se alzan con la misma cantidad de cargos.
Autor: voltaire | Junio 3, 2008 3:36 PM
No es correcto decir que se reserva un tercio de las bancas parlamentarias a las mujeres, lo que hace la ley de cuotas es reservar un tercio de los lugares en las listas de los partidos al sexo minoritario en cada caso.
Es decir, es una ley que afecta a los partidos políticos, no una reforma constitucional.
Acá, el partido Socialista tiene una reglamentación interna con cupos por sexo para conformar sus listas desde 1993. Es el único.
Repito: la ley de cuotas de ninguna manera asegura bancas según el sexo del representante. Simplemente evita que una lista pueda tener más de dos tercios de personas del mismo sexo.
Ahora, si lo que se quiere es más igualdad política, hay que empezar por más igualdad civil y despenalizar el aborto ya.
Autor: manón | Junio 3, 2008 9:30 PM
Es correcta la precisión: la ley de cuotas no garantiza bancas, sino candidaturas, una mujer como mínimo cada tres lugares en las listas. Lo que, salvo que haya unos 15 partidos diferentes que saquen dos senadores cada uno, asegura por esta vía el ingreso de mujeres al Senado.
Quiero decir que el propósito de la ley es hacer ingresar con fórceps a más mujeres al Parlamento por el mero hecho de serlo, lo que no supone, es cierto, que garantice que un tercio de los legisladores serán mujeres.
Autor: Voltaire | Junio 3, 2008 10:03 PM
Hace poco saliò un articulo de Botinelli en un diario y demostraba que la ley tampoco asegura un tercio de mujeres en el Parlamento. Tomaba los resultados de las elecciones de 2004 y los comparaba con la hipotesis de una elecciòn con listas con una candidata mujer cada tres y el resultado era intermedio entre el actual: salían más mujeres legisladoras que hoy, pero menos de un tercio.
De todas formas, aunque no garantice bancas, la discriminación positiva esta en obligar a los partidos a llevar un tercio de mujeres en sus listas.
Autor: arf | Junio 4, 2008 8:13 PM
No se trata de que a través de la discriminación positiva (prefiero "acción positiva o afirmativa) las mujeres "representen" a las mujeres. Esa es una idea de un multiculturalismo ya bastante superado. La mayor presencia de determinados grupos sociales o culturales subrepresentados en determinadas instancias de la sociedad (sobre todo, de aquellas instancias de poder, tanto político como económico)como objetivo de mayor equidad, se debe a que se supone que existen discriminaciones que impiden esa mayor participación. pero una vez que esos grupos discriminados mejoran su participación en esas instancias, ello no supone que pasan a representar a los suyos. Voltaire diluye la explicación (aunque nos advierte que no entrará en honduras sociológicas)al eufemismo (eso sí, profundamente machista) de "una educación que ha acotado las posibilidades de autorrealización de las mujeres" y la equipara a la misma tradición que hace "que los hombres no pueden llorar". Lo que es de "llorar" es la explicación. Lo que verdaderamente existe es una discriminación histórica y profundamente arraigada en las llamadas relaciones de género, que son... en síntesis... relaciones de poder. No de un poder explícito como parece sugerir de forma ingenua Voltaire (hombres impidiendo el paso a las mujeres, etc.)sino de un poder sutil e indirecto que es el que más daño hace. El que discrimina no es consciente que lo hace y jura y perjura que no discrimina a nadie (sobre todo los hombres de izquierda). Además, no son solo los hombres lo que practican la discriminación contra las mujeres, sino que a menudo son.... las propias mujeres a partir de estereotipos y prejuicios. Que duda cabe que la idea arraigada y poderosa de que los hombres son mejores para mandar y dirigir la comparten muchas mujeres. Por ejemplo la petisa (supongo que es una mujer, aunque por lo que afirma me cuesta creerlo) cuando afirma que "creo sinceramente, que si existiera una mujer con el perfil político adecuado, cualquier partido ya la hubiera candidateado a los cargos más altos a los que se pueda aspirar". En ella se supone que los hombres, es decir la mayoria de los que ocupan cargos politicos, senadores, diputados, etc., por el hecho de estar alli, sí que reunen el perfil político adecuado. Es mucho suponer, no cree?
Esta inequidad de género, que hace que existan pocas mujeres que se candidateen, en parte también se debe a que los hombres son los que históricamente se ocupan de los asuntos públicos, las mujeres a la cocina, a la reproducción doméstica, a los hijos. No queda tiempo para dedicarse a otros asuntos.
Me sorprende que Voltaire, tan aplicado a la hora de buscar soluciones políticas e intervenciones públicas para compensar los desaguisados que el mercado produce si lo dejamos a su libre movimiento, en este caso nos diga que si las relaciones desiguales de género, son asi, no merece la pena intentar enmendarlo a través de la política. Sin duda que la política por sí misma no soluciona este entuerto que viene del principio de los tiempos. Pero sin duda que ayuda. Y además cumple un papel demostrativo y ejemplar, es decir para mostrar que eso no es natural, que no es consustancial a la humanidad.
La otra línea de reflexión tiene que ver con la llamada discriminación o acción positiva, algo propio e inherente a las politicas públicas. Se parte de la base de que hay colectivos sociales, sectores de la población, zonas o barrios de las ciudades que sufren un déficit histórico o constitutivo que habría que compensar. Cuando estos déficits existen el estado ofrece una especie de ventaja compensatoria. Por ejemplo, se puede tratar de exonerar de impuesos a empresas para que inviertan en una determinada zonas que padecen determinados déficits. De hecho, se trata de hacer "jugar la desigualdad" de trato, al servicio de la igualdad de resultados. Es a esto lo que denominados discriminación positiva ("affirmative action", en el mundo anglosajón, que es donde se origina el planteamiento). Sea para el caso de discriminación positiva para determinados grupos sociales, sea para territorios desfavorecidos, la política de la "affirmative action" no puede perennizar ese tratamiento derogatorio del derecho común, sin correr el riesgo de crear un doble régimen jurídico. La estrategia de la política pública consiste en acercar a los desfavorecidos a la media, en la medida que se considera que, librados a las fuerzas "espontáneas" de la sociedad (o del mercado) estos sectores, grupos o territorios, estarían siempre discriminados o desfavorecidos. Esa es la idea.
Autor: espino | Junio 11, 2008 8:09 PM
Sin dudas la cuotificación en las listas es una medida reformista si lo que se trata es de eliminar la desigualdad.
Pero es preocupante que se requiera de una demostración de tal desigualdad.
Las mujeres no son una minoría, son más de la mitad de la población mundial, e independientemente de su clase social, de su ideología política y de cualquier otro rasgo cultural, constatan que se las discrimina por el solo hecho de ser mujeres.
Creo que el machismo de Voltaire lo hace reclamar algo que, si bien no es pre- político, es trans-político e indeseable: la demostración externa al debate político de lo que les ocurre a los ciudaddanos.
Autor: manón | Junio 13, 2008 8:53 PM