La revolución inconclusa de Juan Ramón Carrasco

Voltaire

Huérfano de hazañas en las que inspirarse, el fútbol uruguayo viene arrastrando hace ya cuarenta años su desafilada garra charrúa por los yermos campos de juego. Desesperanzado, el pueblo futbolero se embriagó con ese fatal cóctel de tradiciones y mercado que impregna al fútbol y a tantas otras esferas de la vida social.

Unas condiciones inmejorables para que crezcan y se multipliquen los profetas y ayatolás, para que pululen las teorías más extravagantes y estrafalarias sobre el fútbol y la vida. Y en eso llegó Juan Ramón Carrasco, a revolucionar el fútbol, a hacer temblar hasta las raíces del césped. A subvertir un orden decadente, sostenido por la ignorancia. Y, como era de prever, una parte de la masa se alistó en las falanges del carrasquismo.

Ahora tenemos a sesudos analistas que nos cuentan que hay un antes y un después de que Carrasco iniciara su larga marcha como director técnico. Los hay incluso que hablan de un Carrasco inmaduro y un Carrasco maduro, como se habla de un Marx hegeliano y un Marx científico. Su escuela fueron las catástrofes de Rocha FC, Fénix y la selección uruguaya, pero en River Plate se habría operado el salto cualitativo y aparecido el Carrasco maduro, el que aprendió la lección.

River Plate ganó durante el campeonato, conviene recordarlo para no perder la perspectiva, a todos los equipos chicos. Nombres insignificantes que tal vez nadie conozca fuera de las fronteras de este país. Bella Vista, Rampla Juniors, Miramar Misiones, Fénix y un largo etcétera, que sólo con buena voluntad pueden llamarse profesionales, sufrieron las goleadas de los dirigidos por ese Lenin futbolístico en el que al parecer quiso transformarse Juan Ramón Carrasco.

Pero las mieles de esos triunfos resultaron un espejismo: una cosa son las escaramuzas previas al asalto del poder y muy otras las batallas decisivas. Por no apartarse de su audaz libreto, el River Plate de Juan Ramón Carrasco perdió sin atenuantes contra aquellos equipos a los que debía vencer para ser campeón: Nacional, Defensor y Peñarol.

Resultó conmovedor asistir a una final en la que unos jóvenes desinhibidos tuvieron a Peñarol contra las cuerdas y le endosaron tres goles, que pudieron ser un par más. Pero cuando la sensatez, el sentido común y la experiencia de los clubes más importantes del mundo recomendaban seguir aquella estrategia leninista de dar un paso atrás para poder dar dos adelante, Carrasco se afilió a la tesis trotskista de la revolución permanente. Como muchos revolucionarios inexperientes, creyó que el asunto dependía de la voluntad. Tras ir ganando por dos goles en medio del silencio de 60.000 incrédulos espectadores, siguió atacando, quién sabe si con la expectativa de ocupar la Bastilla futbolística en medio de fuegos de artificio y su nombre coreado por la multitud. El adversario sumaba atacantes, pero ante el estupor generalizado River Plate defendía con tres hombres, que trataban de multiplicarse para detener la avalancha. Pero su zaga tenía más agujeros que la frontera afgano-paquistaní y el comité central carrasquista no movió un dedo para obturar las incursiones del talibán aurinegro. Tan incomprensible e impotente resultó la actitud de Carrasco que, más que una revolución, parecía estar encabezando una misión de cascos azules. Lo que siguió fue la crónica de una derrota anunciada: Peñarol dio vuelta el partido, como Nacional un mes antes. Y Carrasco con la misma cara de desconcierto que un abadejo atrapado en un trasmallo. Eso sí, riéndose, como diciendo “si me hubieran hecho caso…”. Eso es lo que pasa, que no le hacen caso. Como buen líder revolucionario, Carrasco también alimenta el culto a la personalidad. Los errores son siempre de los demás.

Es que Carrasco (y su coro de admiradores) se ufana de un mérito por demás dudoso: morir con las botas puestas, resistir, jamás cambiar el libreto. O sea, ¡que se agrieten los campos de fútbol, que nos trague la tierra, pero retroceder jamás! Mi credencial es la coherencia. He aquí la consigna de un idiota (sea en su versión futbolera como ciudadana).

La corrección política, que también existe en el universo del fútbol, indica que hay que rendirle tributo al fútbol lírico, ofensivo y revolucionario de Carrasco. Pero a diferencia de la política o la moral, en el fútbol no existe el deber ser ni los merecimientos ni la justicia. En el fútbol el único criterio para el reconocimiento son los triunfos. Y el gran subversivo de las tradiciones futbolísticas que pretende ser Carrasco sólo ha cosechado pequeños triunfos y monumentales derrotas.

El problema, el irresoluble problema, del fútbol uruguayo es que siempre está a la espera de un Renacimiento que le devuelva las glorias pasadas, esas que supo saborear en la prehistoria de este deporte, porque, seamos francos, el primer Mundial y Maracaná pertenecen al Paleolítico. En la era moderna Uruguay apenas conquistó un cuarto puesto en el Mundial de México 70. Y cuando las expectativas son tan desmedidas como para pensar en que Uruguay puede regresar a corto plazo a la élite del fútbol mundial, la masa (convenientemente acicateada por esos nigromantes y prestidigitadores que son los periodistas deportivos) está dispuesta, como también ocurre en política, a creer casi en cualquier cosa. Por ejemplo, en charlatanes como Carrasco, capaz de sacar a un jugador a los diez minutos de haber entrado a la cancha o de ofender el buen juicio futbolístico incluyendo en sus equipos a columnas jónicas como Cono Aguiar y Nelson Abeijón, o estructuras metálicas como Germán Hornos y el “Hueso” Romero, tal como hizo cuando dirigía a la selección uruguaya. El regreso de Carrasco a la selección uruguaya que muchos ansían, bien podría terminar confirmando aquella sentencia de Marx de que la historia suele repetirse, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa.

El fútbol moderno que se supone practica Carrasco desconoce el abecé de ese deporte, que sí dominan el Manchester United, el Chelsea, el Real Madrid o Boca, equipos que cuando tienen que defender porque van ganando, defienden. Y cuando pueden contraatacan. Entre otras cosas, Carrasco no ha aprendido aún que para atacar hay que tener la pelota, que no basta con acumular delanteros. Tampoco se dio por enterado de que nadie juega del mismo modo contra el Livorno que contra el Milan, ni contra Bella Vista como contra Peñarol. Quiso inventar la pólvora y el invento le explotó en la cara. Carrasco se quedó a las puertas del Palacio de Invierno. Con cara de abadejo desconcertado.


Respuestas

Pobre Carrasco... la historia lo absolverá. Pero al igual que usté deseo que sea lo más tarde posible y nadie tenga la peregrina idea ed postularlo de nuevo a la selección. Disfruté mucho su texto mordaz...

Al parecer a usted también, al igual que a la mayoría de los “futboleros”, le cuesta discernir entre lo que representa “J.R Carrasco” como personaje masivo y mediático y lo que representa su juego plasmado en una cancha de fútbol, porque de seguro que si fuese el Gran Maestro Tabárez (tan correcto, centrado, humilde, “progre”, etc) el que estuviese regalándonos estas panzadas de buen fútbol la historia y las críticas serían otras. Algo más o menos comparable, salvando las distancias, es lo que pasa con “Maradona jugador” y “Maradona personaje”, el primero demonizado y castigado por el segundo por simple confusión de la gente. Nadie me podrá discutir que Maradona fue, es y será el mejor jugador de todos los tiempos, lo que no deja de afirmar que luego de su retiro de las canchas no ha hecho otra cosa que decir y hacer estupideces transformándose en una persona detestable. Creo que es importante diferenciar estos dos aspectos, en el caso de “J.R” me parece hasta cómico y habría que tomarlo con menos importancia, mientras que en el caso de “El Diegote” me invade la tristeza y algo aún peor : lástima.
Asombra un poco el pedestal donde son colocados equipos europeos tales como el Chelsea, el Real Madrid o el Milán, los cuales se dedican a jugar partidos, en su gran mayoría, aburridos, de resultados patéticos con un número de goles no mayor a 2, y que en la historia de enfrentamientos intercontinentales no han hecho otra cosa que balancear la estadística para el lado americano, continente bien representado por el juego de Carrasco y el que mucho se asemeja al de nuestros vecinos Brasil y Argentina.
Al igual que usted, deploro la estúpida terquedad del entrenador de no poder/querer defenderse cuando hay que hacerlo y contraatacar cuando el equipo así lo necesite; parece ser que a Carrasco le de remordimiento o “vergüencita” jugar por algunos minutos a “la uruguaya”, metiéndose en el fondo y reventándola cuando sea necesario.
Desesperanza creer que la masa se entusiasma solamente en charlatanes como Carrasco y no en el juego que propone, en salames de pelo batido como Tabaré Vazquez y no en lo que propone el partido y la ideología a la que dice pertenercer; porque al fin y al cabo lo que se le pareció olvidar en todas éstas lineas sobre revolución fue eso: esperanza. Esperanza a que ocurra el gran cambio.
Ah, y una mas, UTOPÍA.

Don Voltaire,

Hace unos días que tengo este mensaje en mi buzón con ganas de
mandarte un saludo.

Extraño por estas tierras de "los mundiales" la calidad de los
comentarios futbolísticos del Río de la Plata, extraño incluso a la
pedantería de los "Totos" y compañía.

En los partidos televisados aquí estoy obligado a buscar la tecla de
"mute" porque lo más profundo que se les ocurre decir es "le pegó
fuerte y se le fue afuera", cuando lo acabás de ver. Y no se callan,
tienen que decir alguna inconsecuencia en cada jugada. En la radio
pecan de lo contrario, empiezan una conversación entre ellos y de
repente alguno tiene que decir "le pegó y ¡gol!" porque se comieron
toda la jugada.

En los taxis pasa otro tanto, ni hablar en la peluqueria, no se
encuentran esos doctores en fútbol que ustedes tienen por ahí
esperándote en todos lados.

En fin, disfruten entonces de la dialéctica Menotti/Bilardo o su
equivalente oriental de JR contra todos los demás.

La añoranza de Don Walter por la fauna períodística deportiva del Uruguay se debe seguramente a su larga ausencia del país. De otro modo, resulta inexplicable. Sobre todo si piensa en esa tertulia encabezada por Sánchez Ladilla en la que el deporte sólo aparece en los labios de los interlocutores. Ni una sola imagen, ni un solo gol en pantalla. Todo sazonado con Grappamiel Vesubio, saladitos y prominentes abdómenes. Es decir nada que evoque al fútbol.

Hola, soy Rodrigo Vilariño. Me comentó lucas acerca de la página y de este artículo, muy divertido. Me quedó con "columnas jónicas como Cono Aguiar y Nelson Abeijón, o estructuras metálicas como Germán Hornos y el “Hueso” Romero".
Yo escribo con un amigo en una página también y hace un tiempo hicimos un artículo y un video acerca de Carrasco. Te dejo el link por si lo querés vichar:

http://pernigoti.blogspot.com/2008/04/tiki-tiki.html

y el video aca:

http://pernigoti.blogspot.com/2008/04/carrasco-se-parece-quico-y-toma.html


Saludos!

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