Morir en una comisaría

Jorge Barreiro

comisar%EDa.gifHace diez días ocurrió lo que pensábamos eran pesadillas del pasado: un hombre de 27 años fue detenido por la Policía y llevado a una comisaría, de la que salió sin vida. Y no murió de un ataque cardíaco. La justicia demostró que fue salvajemente golpeado y estrangulado por los agentes que lo detuvieron. No es la primera vez que ocurre en plena democracia.

El episodio no debería dejar indiferente a ningún ciudadano, particularmente a quienes alegan estar preocupados por el respeto de los derechos humanos y las libertades democráticas. A mí me hizo reflexionar sobre algunos asuntos.

El primero de ellos, parece una obviedad señalarlo, es la gravedad del hecho en sí. En pleno año 2008, a veintitrés años de recuperada la democracia, aún es posible que un ciudadano ingrese detenido a una comisaría y salga muerto de allí. Es difícil encontrarle un atenuante a semejante monstruosidad. El asunto es más grave que un crimen común y corriente, porque quienes lo cometieron están, o se supone que están, abocados a todo lo contrario, es decir a velar por los derechos y la seguridad de las personas. De modo que, aunque no haya sido un hecho rutinario, la posibilidad de que uno solo de los habitantes de este país muera en una comisaría por la paliza de una patota policial debería hacer sonar todas las alarmas.

Ninguno de los miserables comentarios aparecidos en la prensa acerca de que el detenido tenía antecedentes penales o de que estaba bajo los efectos de alguna droga puede alterar el juicio precedente. Tampoco el autocomplaciente consuelo de que en otros países de América Latina este tipo de horrores ocurren todos los meses. Ni siquiera el mutismo de una oposición siempre lista a citar a un ministro al Parlamento por cualquier nimiedad debería devaluar la gravedad del hecho o reducir este asesinato a un “lamentable daño colateral” de la santificada lucha contra la inseguridad.

En segundo lugar, el episodio desafía los análisis simplistas que remiten el problema a la falta de voluntad política para terminar con los abusos policiales. Este caso fue, obviamente, algo más que un abuso, pero me atrevo a pensar que son las pequeñas prepotencias diarias de la Policía –-desde la pizza gratuita que se "solicita" en el boliche de la seccional hasta el maltrato a los jóvenes en la calle pasando por el cachetazo a un “sospechoso”–- las que, junto a nuestra resignación, alimentan la sensación de impunidad de la que están imbuidos nuestros policías.

En cualquier caso, lo que quiero decir es que la Policía es un problema en sí. Es una institución que, por el monopolio del uso de la fuerza que detenta, sucumbe con harta facilidad a la tentación de autonomizarse y ponerse por encima de la ley. Allí están para certificarlo los muertos a manos de la Policía en todos los gobiernos democráticos a partir de 1985 (no recuerdo ahora que la gestión de Jorge Batlle cargara con uno, pero sin duda todos los demás). Aunque se tenga la más decidida voluntad política no es fácil terminar con el arraigado hábito de la prepotencia policial o, peor, con auténticos grupos mafiosos abocados a chantajear y robar. Razón de más para tomarse el problema más en serio de lo que ha sido tomado hasta ahora. No descarto, más bien estoy seguro, de que los gobiernos sometidos a la ideología de la seguridad, de los que no hay que excluir a los de izquierda, siempre están más dispuestos a hacer la vista gorda frente a los atropellos y “comprender” los abusos policiales. Recuérdese al ex ministro Hierro Löpez regañando a las organizaciones de derechos humanos que, supuestamente, ponían “los derechos de los delincuentes” por encima de “los derechos de las víctimas”, como si los derechos pudieran dividirse como un pastel.

A lo que voy es a que no hay ningún gobierno, ningún ministro del Interior ni ningún partido oficialista –ni siquiera los más izquierdistas– que esté inmunizado contra el peligro de los abusos policiales o de cualquier otra tentación autoritaria. Si alguna duda quedaba acerca de lo inútil de esta pretensión, el crimen de hace diez días en una comisaría “progresista” la ha despejado de forma elocuente y dramática. Me parece que la aclaración se justifica por la extendida idea de que la izquierda de este país tiene un currículo suficientemente extenso en la defensa de las libertades y los derechos humanos como para que alguien tenga la impertinencia de cuestionar su desempeño en ese terreno. Un subsecretario del Interior del primer gobierno de izquierda de este país, Juan Faroppa, se enojó en su momento cuando alguien se atrevió a interpelarlo por un proyecto de ley que autorizaba los allanamientos nocturnos sin orden judicial y respondió que no se podía poner en duda el compromiso del Frente Amplio con las libertades, porque ya demostró en el pasado que bla, bla, bla. Hay que decir que las cosas no son tan sencillas como las plantean Faroppa y muchos frenteamplistas. Esa condición que reclaman para sí no se obtiene con un examen o un título vitalicio que nos autorizaría a ejercer de demócratas para el resto de la vida. No, ese examen hay que rendirlo cada día.

La tercera cosa que se me ocurre es que la democracia no es un régimen en el que sus funcionarios policiales son ángeles (tampoco aquel en el que los representantes son carmelitas descalzos). La democracia no es asunto de héroes, sino de gente común y corriente, entre la que nunca faltan los que se creen más listos que los demás. Por eso cuando se reduce el problema de la corrupción o los abusos a la falta de ética o a la existencia de “funcionarios infieles” se está introduciendo una mayúscula confusión. El problema no es ético. Es político. Un problema ético tendrán los policías delincuentes o corruptos, pero el resto de los ciudadanos lo que tenemos es un problema político. Es decir, de qué mecanismos nos dotamos para evitar que algunos sujetos con poder se sirvan de él para beneficiarse, un desafío que tiene poco de ético y mucho de político. El gobierno más democrático y más respetuoso de los derechos ciudadanos no será aquel que ostente el imposible récord de no tener un solo policía delincuente, ni aquel que exponga buenas intenciones (o un currículo inmaculado), sino aquel que demuestre una severidad implacable con los criminales de uniforme y tome las iniciativas políticas más apropiadas para tratar de que no se repitan hechos como el crimen de la comisaría (y no solo ése).

Por último, y a diferencia de quienes creen que todo siempre va a peor, pienso que la respuesta al imperdonable crimen de la comisaría nos autoriza a tener un moderado optimismo. Todos los policías que intervinieron en la detención y la muerte del infeliz ratero están procesados y en la cárcel, incluso lo está el comisario que no tuvo responsabilidades en el asesinato pero intentó encubrir a sus subordinados. Sí, apenas moderado, porque si bien el asesinato no demuestra que el gobierno tolera o hace la vista gorda frente a semejantes barbaridades, no es menos cierto que algo tiene que ir rematadamente mal cuando a un ciudadano lo sacan muerto de una comisaría. El gobierno no es el culpable de esa muerte, pero por lo visto su polìtica para terminar con los abusos policiales (si es que la tiene) no parece estar dando resultados. Lo menos que podía esperarse es que rodara alguna cabeza, pero aquí todos los ministros y jerarcas siguen con las suyas en su lugar.


Respuestas

Qué escándalo se hubiera armado si fuera la izquierda la que estuviera en la oposición. Sin embargo, el hecho pasó desapercibido como un episodio más del diario acontecer. No es para menos. La ministra había comentado que lo que le ocurrió a Peirano era "un corte superficial" y que no había que olvidar que Peirano era "un preso más". Una cínica condonación de la violencia que ocurre en las cárceles. Que la víctima sea Peirano no empequeñece el hecho. Pensar que eso se sabía por el apellido de la víctima y que había decenas de víctimas anónimas todos los días, tampoco contribuye a menguar la grave omisión en que están los poderes públicos al ser incapaces de asegurar la integridad física de los presos, llámense ellos Peirano o Mendieta.

Me preocupa también que la oposición, siempre presta a armar barullo (como toda oposición hace) por un "quita de ahí esas pajas", ahora no haya dicho nada sustantivo ni ruidoso. Pareciera que como a ellos les ocurrió en el pasado, esta vez, quisieran disculpar a los que debutan en el triste papel de gobernar con carceleros homicidas. Me queda la duda sobre la autencidad de los sentimientos a favor de la vida de muchos izquierdistas. Ayer cuando le pasaban estas cosas a los blanquicolorados, protestaban por sensibilidad humana o sólo por deseo de sacar rédito político? Quizá mi duda ofenda, pero está justificada.

Parece que los uruguayos están anestesiados respecto al valor de la vida humana. Provocó más polvareda el sacrificio de un ternero enloquecido que se fugó del puerto y terminó su estampida con un balazo frente al Colegio Armenio, que la muerte de un ser humano. Por más ratero que fuera...

Saludos y gracias por seguir opinando y haciendo opinar.

Es cierto lo que dice El Mulato, qué escándalo que se hubiese armado con esa muerte si el FA estuviera en la oposiciòn. Y bien armado que hubiese estado.

Lo interesante del caso es que muestra algunas cosas contradictorias. Si nos escandalizamos (o en este blog nos escandalizamos) es porque esto es una excepción (no es una rutina, como dice Voltaire). En otros países de América Latina pasa todos los días, o todos los meses, y por eso nadie se inmuta ya. El escándalo sería un buen síntoma. Pero el riesgo es entrar en la autocomplacencia: "somos diferentes al resto de la región, esto es una excepción y por eso nos indignamos". Una señal para prender las lucecitas de alarma es que como justamente nos consideramos excepcionales en ese plano, ya empezamos a no indignarnos tanto. A mí me parece que para la gravedad del hecho no pasó absolutamente nada. Unas pocas líneas en la prensa y nada más. En el terreno político no pasó nada. Nadie se hizo cargo de nada.

Un breve comentario para recordar que este tipo de cosas no solo pasa en "la región" sino que es frecuente en Estados Unidos y ocasionalmente también en Europa (en ésta última, aunque no llegue al asesinato, las vejaciones a inmigrantes por parte de la policía son pan diario). No es para justificar nada ni para autocomplacernos, sino para aclarar que la brutalidad no es monopolio de los pobres.

Saludos

El problema es la policía, dice el amigo Voltaire, y tiene razón. (Y escribo policía con minúscula porque me refiero a toda la policía, de aquí a Madagascar.)

Como institución armada dedicada al mantenimiento del stau quo, siempre está en el filo de la navaja, siempre al borde del abuso. A las órdenes de cualquier gobierno y en cualquier circunstancia siempre es un peligro para el ciudadano, y más cuando éste es percibido como de «segunda».

A un vecino que tiene su casa cerca del camino unos «sirviendo a la sociedad» le rastrillaron una garrafa, la soldadora eléctrica y otras herramientas de mano. Cargaron todo en el patrullero y se fueron despacito. Fue de mañana y había testigos, así que el vecino hizo la denuncia en la comisaría. Al otro día llegaron los de Radiopatrulla a meterle la pesada. Como el canario no se achicó y los mandó a cagar, de tarde apareció un milico conocido a transar. Que le devolvían algo si retiraba la denuncia, que cómo podían arreglar… la clásica. Esto pasó hace casi un año, y quedó impune.

El hábito de la impunidad es un plus para comprender el funcionamiento «normal» de la policía en estos países pobres. Pero los abusos también existen en los países ricos. Tengamos en cuenta que Israel permite la tortura de los prisioneros, en Estados Unidos hubo casi mil personas desaparecidas al amparo de la ley patriótica, también está Guantánamo. En fin, cuando las papas queman, o cuando le parece necesario, ningún Estado se abstiene de usar el poder que tiene a mano, sea legal o no.

Por eso creo que el problema de fondo es la existencia de la policía. Claro que se puede atemperar con un buen departamento de asuntos internos (algo de eso creo que pretende hacer este gobierno), o con una policía judicial. Pero mientras siga siendo necesaria la policía, lo único que se me ocurre para controlarla realmente es la acción de cada uno de nosotros, concertadamente. Hacer todos lo que hizo mi vecino: enfrentar, denunciar, no dejar pasar; aunque nos liguemos algún palo.

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