No pregunto cuántos son
Habría que ser muy ingenuo para pensar que la renuncia de Vázquez al PS no anuncia el nacimiento de una suerte de partido vazquista. Vázquez es un animal político (o por lo menos un animal que se ha vuelto irremediablemente político) y sus profundos silencios, sus guiñadas al reeleccionismo, su paso mayestático, no pueden dejar lugar a dudas acerca de sus intenciones. Está en una senda que sólo puede tenerlo como protagonista a él mismo. Si lo de la reelección colaba, él (o debería decir Él) se hubiera vestido de luces para la corrida. No coló, la corrida se habrá pospuesto, pero el traje de luces no se lo ha quitao.
Tabaré Vázquez quiere volver como salvador de la izquierda y a caballo de su propio partido. Como aquellos generales que se creyeron su propio cuento, Vázquez se cree capaz de formular una propuesta mayoritaria dentro de la izquierda por ser capaz de crear consensos (aunque se olvida que esos consensos son criaturas del cálculo electoral). Se cree capaz de iniciar una tradición propia y que los caudillos de antaño, José Batlle y Ordóñez, Aparicio, Herrera, lo hicieron como pretende hacerlo él, a golpe de retrato. Se equivoca. Esos caudillos, o arrastraban tras de sí toda una tradición, o tenían algo nuevo que ofrecer, ideas. Ideas nuevas, reformas que hicieron temblar los cimientos de ese Uruguay que sigue siendo introspectivo. Vázquez no es más que un jinete que cabalgó en ancas de los viejos partidos y de las viejas tradiciones de la izquierda, y que sin ellas, no es nada. No aportó nada nuevo, o más bien, aportó lo necesario para empañar suficientemente los sueños de los Socialistas, pero no de los socialistas con minúscula.
¿De qué tradición se nutre el vazquismo? ¿de qué ideas? Admitamos que existe una tradición populachera del Club Arbolito, del Club Progreso, de la mirada firme, de la voz que no se alza, del dotor. Admitamos que por eso mucha gente lo admira, aunque no muy diferentemente de como ese mismo pueblo admiró a Jorge Pacheco Areco, al que casi llevó a ganarle la pulseada a la Constitución. Las comparaciones no son siempre odiosas.
Vázquez, para florecer, tendría que fundar un partido, una cuarta posición que le disputara a la izquierda un cierto aroma a batllismo temprano, y a los blancos, el gris pizarra del catolicismo atenuado del uruguayito. Como dijo él en el propio recinto de la asamblea general de la ONU "difícil para Sagitario" (y difícil para los intérpretes). ¿Y quiénes serían sus capitanes? Burócratas y alcahuetes que no juntan una idea clara ni aunque se junten todos los días.
Siempre hay un borde plateado en cada nube negra. Con la derrota (porque no se trata de otra cosa) del movimiento reeleccionista, también se separa la paja del heno. Daisy Tourné, el "pelado" Martínez, Marita Muñoz, y todos los otros alcahuetes se han topado con el final de sus carreras políticas. Es lo que vendría a ser el "plus" de la intentona vazquista: librarnos casi sin costo del lastre circunstancial que representan las ministras izquierdistas vanguardistas que no se animan a llevarle la contra al dotor y desafiar su proyecto absolutista. Ni ahí. Siguen en el Gabinete como si nada hubiera pasado. Será porque Tabaré Vázquez por fin eliminó la pobreza, la injusticia.
Me decía un laburante hoy que siempre había votado al Frente pero que a Astori "no lo voto". Le pregunté por qué, y la única respuesta que encontró (aparte de las que están en toda almita proletaria que desconfía, con algo de razón, de los pocitenses) fue que "se hizo el vivo en el 99 tirándose contra Tabaré." Ni que hubiera consultado al Oráculo de Delfos. Ese ingenuo Astori del 99 actuó por todos nosotros tratando de cerrarle el paso a quien, al decir de Botinelli es un "cuerpo extraño" dentro de la izquierda.