¿De qué hablamos cuando hablamos de política?

Jorge Barreiro
Que la campaña electoral se ha puesto a la altura de un zócalo lo demuestra el hecho de que el eje de las riñas y disputas entre candidatos está siendo básicamente el pasado, como si los despropósitos ajenos cometidos en otros tiempos convirtieran automáticamente a quien los denuncia en la alternativa más razonable para los ciudadanos. Asistimos al triunfo de la política negativa o, si se prefiere, a la renuncia a la política a secas, cuyo horizonte es desafiar el curso espontáneo de la vida, configurar un mundo deseable en oposición a la pura gestión, a la mera adaptación al mundo no político.

La ausencia, una vez más, de un debate entre candidatos a la presidencia, es un síntoma. Preocupante pero apenas un síntoma, que no parece ser motivo de grandes decepciones. Estamos demasiado habituados a que los candidatos estén más inclinados a poner en evidencia las flaquezas de sus contrincantes que a exponer cómo piensan lidiar con los asuntos públicos, casi siempre con una buena dosis de moralismo (porque va de suyo que los que hicieron mal las cosas son los malos y nosotros los buenos). En ese contexto se comprende perfectamente la indiferencia de los ciudadanos ante los “debates”, que en otras circunstancias podrían ser una inmejorable oportunidad de asistir a una deliberación, sopesar argumentos, contrastar propuestas y comparar proyectos.

¿Y si la falta de un auténtico debate sólo estuviera poniendo en evidencia que en el fondo los políticos no tienen demasiadas ideas acerca de qué hacer con nuestro “mundo común”? ¿Y si los políticos no fueran, como suponemos, ignorantes o poco imaginativos, sino que estarían perplejos ante el descontrol del mundo, enfermos de nostalgia de una época en la que desde el Estado se podía diseñar la vida social? ¿Y si la pobreza de ideas que pone de relieve la campaña fuera sólo una señal más de que la política ya no puede dar certezas con tanta ligereza como antes y que todos sin excepción están expuestos a los límites provenientes de fuera de la política? Si estas sospechas fueran ciertas, explicarían la artificiosa inflación de las diferencias entre partidos. Porque, seamos francos, no es que unos propongan el día y los otros la noche ni que un eventual triunfo del Partido Nacional vaya a suponer una contrarrevolución conservadora, entre otras cosas porque el Frente Amplio en el gobierno no emprendió revolución alguna. No es que no haya diferencias entre unos y otros; las hay, pero ya no revisten el dramatismo que tenían antaño y se inscriben en el mismo campo de controversias que hoy pueden separar a los conservadores y los socialdemócratas en los países europeos. Los límites provenientes del mundo no político también rigen para los conservadores.

La sospecha de que los políticos tienen poco para decir (y menos para prometer) acerca de la configuración del futuro común, que es a lo que debería aspirar la actividad política, ya ha hecho un largo camino en la sociedad. Será una sospecha poco elaborada y pensada, pero forma parte del sentido común popular. De modo que resulta entendible cierta desconfianza de los ciudadanos ante una campaña electoral que se degrada a un torneo de promesas a la carta, esto es, un menú diferente para cada interlocutor (las mejores condiciones para los inversores, trabajo para los desempleados, subsidios para los pobres, seguridad para todos). Para colmo, ofertas que a veces son contradictorias entre sí. Un fenómeno que no debería atribuirse únicamente a la impotencia y perplejidad de los políticos, porque también revela, valga la paradoja, la forma anti-política en la que el ciudadano se involucra en política, es decir aguardando de ésta satisfacción a sus necesidades personales como haría un consumidor en el mercado (La afirmación “yo de la política ya no espero nada” es en este sentido reveladora de las motivaciones que mueven a muchos ciudadanos.). De más está decir que la política no tiene una solución para cada tragedia personal, aunque la servil disposición de los políticos a colmar las expectativas de un público cada vez más exigente y decepcionado sugiera lo contrario.

Si esto fuera verdad, explicaría no sólo la ausencia de un debate formal entre candidatos, sino la creciente insignificancia de todas las campañas electorales. Porque los votantes intuyen que la realización de las promesas de los candidatos no depende ya de un ámbito cada vez más desprestigiado, como es el de la política, y que además ha perdido la centralidad que llegó a tener en la vida social. Al menos no de la política tal como está concebida hoy, un asunto de expertos en gestión de asuntos públicos que están detrás de la ventanilla de reclamos. El problema es que no nos tomamos en serio la posibilidad de que la política sea algo más que un evento en el que se legitima cada tantos años a los gobernantes, que no debe confundirse por cierto con la legitimación de las iniciativas que luego tomen.

La democracia representativa está sometida a los tiempos electorales y las estrategias políticas están centradas en ganar o conservar el poder y, por ende, subordinadas a las expectativas cortoplacistas de los votantes, que casi nunca se llevan bien con los tiempos lentos de la deliberación, los proyectos y las reformas. El ciudadano contemporáneo no está interesado en la planificación, quiere respuestas inmediatas o a corto plazo. Conducta que alimentan los propios políticos con su retórica de servidores del votante. Frente a la demanda de seguridad y certezas, los políticos se comportan como bomberos que corren de un lugar a otro a apagar los fuegos encendidos por la cólera y la insatisfacción de los votantes, una reacción carente de visión de conjunto, anti-política.

La dificultad de la política para brindar certezas y dar respuesta a las urgencias no se debe a la falta de imaginación o al cinismo de los políticos, sino a la dinámica de nuestra sociedad, en la que la política ha perdido su función de configurar y asumido la de reparar daños. La fluidez y opacidad de la sociedad contemporánea, en la que el futuro está abierto e indeterminado (lo que, ciertamente, no supone un anuncio de lo peor como piensan los apocalípticos), resultan sencillamente ingobernables para una política entendida como hasta ahora, es decir como ámbito soberano, atado al territorio, capaz de instaurar un orden futuro diseñado por expertos. Según el filósofo Daniel Innerarity*, la política, como se la entiende hoy, tiene cada vez menos posibilidades de imponer o de diseñar el futuro. Afirma asimismo que también ha perdido en parte (y no sólo la política) la capacidad de anticipar lo que va a suceder: en los sistemas complejos e interdependientes en los que vivimos, los riesgos, amenazas y conflictos no son enteramente previsibles. En ellos ya no hay lugar, si no se quiere incurrir en el ridículo, para fórmulas del tipo ‘lo que ocurrirá es lo siguiente y nosotros vamos a intervenir de tal o cual manera'. La política no puede suprimir el riesgo y la incertidumbre, que suscitan aversión en quienes conciben el futuro como destino inexorable pero que son asumidos como inevitables compañeros de ruta por quienes lo entienden como algo indeterminado. ¿No podría ser acaso el reconocimiento de José Mujica del carácter contingente de la política actual la causa de la masiva identificación con su figura? ¿No es posible que la seducción que ejerce se deba a que es percibido como el primero y único que a su manera reconoce que no tiene la más pálida idea de lo que se puede hacer desde la política? ¿No reconocerán los votantes alguna verdad en esas famosas palabras de que “así como te digo una cosa te digo la otra”? Si así fuera, el cualquiercosismo de Mujica sería la metáfora de una época, una expresión de la fase terminal de una forma de entender la política.

Hay quienes creen que no necesitamos a la desprestigiada política o que debemos resignarnos a que siga siendo el quehacer de un grupo de profesionales al que cada cinco años legitimamos y pagamos para que se ocupen de apagar incendios. Pero los problemas que enfrentamos no son superables sin una acción colectiva. A pesar de algunos empeños en boga, no hay soluciones individuales a problemas sistémicos, por decirlo con palabras de Zygmunt Bauman.

Las posibilidades configuradoras de la política se han reducido y hasta entre los ciudadanos más despolitizados aumenta la conciencia de sus límites. Y sin embargo, el futuro no está determinado por las leyes de la historia, la naturaleza o la voluntad divina. Está indeterminado y abierto a la intervención de los hombres, a pesar de que cierto izquierdismo pretenda que la historia (incluida la por venir) tiene algo de inexorable y cierta derecha sólo haya conservado de la modernidad el impulso modernizador, es decir la idea de que más es mejor que menos, que ir más rápido es mejor que ir más lento. A ella le debemos la percepción de que vivimos en un mundo que se mueve a toda velocidad, pero en el que no se modifica nada esencial. Porque para ese espíritu modernizador las posibilidades de la política se reducen a apuntalar la última versión de lo mismo. Denuncia, apropiadamente a mi juicio, que buena parte de la izquierda está enferma de nostalgia, pero el gran cambio que nos propone es instalar la última versión de Windows. A su manera, también ella ha clausurado las posibilidades de la política al degradar la idea de cambio a mera novedad.

Claro que las posibilidades de configurar el futuro no están al alcance de una política que, como la actual, simula ser omnipotente frente a los límites que le vienen impuestos por otras esferas de la vida social, en primer lugar la económica, y que conserva todos los rituales y rutinas de las épocas previas a la globalización.

A título provisorio y de mero inventario, hay que decir que una política que no quiera condenarse a la impotencia o a una mera gestualidad heroica, debería reconocer en primer lugar su carácter contingente, revocable, tentativo. La política debería asumir su quehacer con más modestia de lo que lo hacía en las épocas de los grandes proyectos finalistas, cuando los actores políticos se dividían en héroes y villanos y nuestras acciones pretendían basarse en la certeza de un saber “científico”. Ahora la brecha existente entre unas acciones que tienen un impacto en países y personas que ni siquiera conocen quienes las emprenden (debido a la también creciente interdependencia de nuestras sociedades) y la mucho menor capacidad de anticipar ese impacto, invita a la cautela (piénsese apenas en las aún inciertas consecuencias del uso de algunas tecnologías o en el resultado que los caprichos de los movimientos financieros tienen en países enteros).

También debería aspirar a algo más que a la mera adaptación a la dinámica del mundo no político. Si sigue sometida al discurso modernizador que pretende que su función es someterse a la dinámica del mundo, en lugar de reflexionar sobre el curso deseable de las cosas, la política estará condenada a la insignificancia.

Otro conflicto, aparentemente irresoluble, que deberá enfrentar la política es el que opone la creciente aceleración del tiempo en las sociedades contemporáneas y las urgencias de los ciudadanos a la lentitud inherente a la deliberación y las decisiones políticas. Si no desistir de, al menos atenuar, una forma de hacer política totalmente subordinada a los tiempos electorales, con su mirada cortoplacista que se desentiende de aquello que no da réditos inmediatos y, sobre todo, que confina al ciudadano al papel de espectador.

Otra marca registrada de la política actual que debería ser objeto de reflexión y crítica es su asimilación a la democracia puramente electoral-representativa, que olvida que para los ciudadanos las elecciones de gobernantes sólo legitiman su institución como tales, pero no lo que hagan luego con el poder que les ha sido delegado. La impugnación que hacen los propios electores de las iniciativas de los gobernantes que ellos mismos han elegido es fuente de perversiones, en particular cuando es puramente reactiva u obstructiva, carece de un enfoque de conjunto más o menos coherente o se basa exclusivamente en el interés de los particulares, pero al menos debería servir para tomar conciencia de lo problemática y precaria que empieza a ser la legitimidad puramente electoral.

Si el escaso margen de maniobra de la política frente a las constricciones que le vienen impuestas por otros ámbitos tiene alguna posibilidad de hacerse efectivo no será con toda seguridad, como ahora, con unos políticos en el papel de héroes de los que todo podemos esperar y con unos ciudadanos irascibles, siempre decepcionados, lanzándole injurias por las promesas incumplidas.

Finalmente, la política debería asumir alguna forma transnacional para compensar el brutal desequilibrio que existe entre su condición sedentaria y atada a la soberanía territorial y una economía y sociedades cada vez más globalizadas, fluidas, nómades y desterritorializadas, que condenan a la primera a la impotencia. Los Estados nacionales ya no pueden someter a su lógica a poderes a los que la soberanía territorial les tiene sin cuidado. Va de suyo que esta perspectiva es impensable mientras la política siga sometida al palabrerío vacío de la soberanía nacional. Nadie debería sorprenderse que un ciudadano medianamente informado contemple con estupefacción e incredulidad a unos candidatos que, sin excepción, nos ofrecen un “proyecto nacional”.


* Les recomiendo su último libro, "El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política" (Ediciones Paidós).

Respuestas

Buen artículo. Se nota el diálogo con Innerarity y la cuestión de la contingencia y el riesgo. Muy buena la hipótesis sobre Mujica y la constatación de la monótona chatura de esa campaña electoral.

El único problema es que si eso pasase en el Brasil no sería tan serio, hay una sociedad dinámica. Pero en un pais en donde el Estado ocupa tanto lugar e influye tanto, ¿constatar un estado terminal de la política no implica constatar el estado terminal de un país?

¡Ah, don Voltaire!, encarnizado como siempre. Lo felicito por su furor.
Discrepo en un par de cositas que detallo a continuación.
Confieso que me preocupa más que a usted un triunfo electoral de la derecha (sobre todo de esta derecha). Por más baba fría que sea esta izquierda, representa al menos simbólicamente los intereses de la mayoría de la sociedad. La derecha está vinculada orgánicamente con el afán de lucro, y en general es más retrógrada y autoritaria (al menos eso es lo que vende cuando habla de “seguridad”).
La segunda pequeña discrepancia se refiere a las funciones que le atribuye a la política. Estoy totalmente de acuerdo con usted en que debería ser un arte. Articular los diferentes intereses de una población, sea ésta nacional o planetaria, es un trabajo de artífice. Los individuos suelen ser clave en esto de administrar los conflictos, y no es pa’ todos la bota ’e potro.
Ahora bien, insisto en mi peregrina idea: la política sin elaboración teórica, sin ideología, es como la tortuga en el aljibe. No le pidamos al cantante que también escriba la partitura. Para tener la lúcida voluntad de configurar "un mundo deseable”, como usted dice, no sólo se necesitan políticos. ¿Cuál es el mundo deseable? ¿Debo esperar que algún representante de ésos elabore un proyecto que oriente a la humanidad en “el curso deseable de las cosas”?
No tienen gente idónea en el equipo. Se han quedado solos, sin pensadores. Los otrora llamados intelectuales los han abandonado, pobrecillos. Los paradigmas de la izquierda se pulverizaron, por suerte; sólo quedó un sentimiento.
La humanidad está desperdiciando conocimiento acumulado por las ciencias sociales en los últimos cincuenta años. Algunos se animan, claro, pero lejos de la política. Y la política se queda sin más proyecto que administrar lo que hay. Por eso no hay debates. A muy pocos políticos les sirven los concursos de histrionismo.
Disculpe estos desordenados pensamientos. Hay mucho viento esta mañana, y se me disipa el aura.

Don Cándido, no dije que sea lo mismo que gane la izquierda que la derecha. Sólo dije que las diferencias entre ambas no revisten el dramatismo de antaño. Si fuera así, votaría en blanco, cosa que no pienso hacer. En principio… porque si Mujica sigue con su incontinencia verbal, tal vez termine haciéndolo.

No llego a identificar claramente la segunda discrepancia, pero por las dudas le digo que cuando me refería a un “mundo deseable” lo hacía por oposición a quienes creen que la política debe ser subsidiaria del rumbo de otros ámbitos de la sociedad, principalmente de la economía. Es decir, en oposición a quienes creen que su función debe ser meramente adaptativa. Por supuesto que el curso deseable de las cosas es un asunto que debe ser objeto de deliberación y discusión en el espacio público. Uno supone que aquí habrá visiones enfrentadas, algo inherente al carácter pluralista de las sociedades contemporáneas, y que difícilmente tendrá una resolución definitiva. Pero si estamos de acuerdo en esto, estamos de acuerdo en algo fundamental: que la política no es una esclava de la economía, sino que puede decir algo acerca de cómo configurar nuestro mundo compartido. Después nos pelearemos respecto de qué es lo deseable, que en eso consiste, después de todo, la política.

Comparto plenamente su pesar por la huída de los intelectuales de la política. Está tan desprestigiada que los intelectuales le huyen como a la peste, lo que ha convertido a la política en un antro de mediocres.

Mientras el viento le disipe el aura y no las ganas de discutir, está todo bien.

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