Cuando la democracia consiste en contar votos

Jorge Barreiro
Tras la segunda ratificación en las urnas de la Ley de Caducidad el domingo último se han escuchado comentarios de lo más variados, casi todos ellos teñidos de decepción y amargura. Lo que provoca cierta perplejidad es que sean esos mismos decepcionados los más entusiastas de someter a referéndum casi cualquier iniciativa política. También ellos creen que la democracia consiste en contar votos o que las leyes más justas emanan de la pura aritmética electoral.

Cuando se tiene la convicción de que las preferencias individuales de la mayoría son sagradas, no vale impugnarlas cuando el resultado de una consulta no es de nuestro agrado. Si se juega al juego de la democracia electoral hay que aceptar sus muchos inconvenientes. Uno de ellos es que las decisiones del “soberano” quedan legitimadas, aunque las mismas sean manifiestamente injustas.

Dado que sería necio sostener que el 52% de los uruguayos que no apoyaron la anulación de la ley de impunidad toleran la tortura, la desaparición de personas y cuantos crímenes han cometido los dictadores de este país, ¿no habrá que poner acaso en tela de juicio la idea misma de que el ejercicio del voto en las democracias liberales representativas (raramente precedido de una deliberación pública en la que se argumentan las preferencias) conduce a las decisiones más justas? ¿No habrá algo en el diseño de la democracia liberal (y en sus instituciones) que permite tomar decisiones arbitrarias o injustas como la que acaba de tomar, me parece, la mayoría de los ciudadanos?

Si así fuera, no cabría atribuir el resultado del domingo 25 a la insensibilidad o el egoísmo de los ciudadanos o a las trampas de los medios. Porque cuando se considera que la democracia es apenas la versión ampliada de una consultora de opinión pública, es decir que comienza y termina con la contabilización de las preferencias individuales, pueden esperarse los resultados más caprichosos e infundados. El problema, a mi juicio, es anterior: reside en dar por bueno y sin mayor examen el presupuesto inicial. Y en este sentido resulta curioso lo emparentados que están los presupuestos liberales y los de cierta izquierda siempre inclinada a resolver cualquier controversia por el expeditivo método de convocar a los ciudadanos a las urnas.

Hemos abandonado las mejores tradiciones republicanas y abrazado una idea de democracia que es tributaria del pensamiento liberal. Para el ciudadano contemporáneo la democracia es sinónimo de contar votos, porque se supone que los votos traducen preferencias individuales (y su suma, preferencias colectivas). Lo más justo, según este punto de vista, sería contar esas preferencias, porque las que resulten mayoritarias representarían el llamado “interés general”.

Lo que resulta más controvertible de la idea liberal de democracia es que para ella las preferencias de cada uno serían prepolíticas, se formarían en el ámbito privado. Cada uno concurriría a la arena política a hacer valer las suyas, éstas se cuentan y se toma la decisión más acorde con las preferencias de la mayoría. A la salida de este proceso cada uno se vuelve para su casa con la convicción de que sus preferencias (sus gustos, habría que decir a estas alturas) resultaron minoritarios, pero en ningún caso convencidos de que se tomó la decisión más razonable y justa. Las preferencias “políticas” de las que hablan los liberales se parecen demasiado a las de un consumidor: se tendría una preferencia política como se tiene una preferencia cromática. Es decir, no serían susceptibles de argumentarse o defenderse públicamente según criterios de justicia. Mucho menos de modificarse a la luz de buenas razones. Entre otras cosas, porque las preferencias serían sinónimo de intereses… o de gustos. Y los intereses se podrán negociar pero jamás argumentar. En una deliberación pública, por ejemplo, no colaría un “argumento” del tipo ‘se debe tomar tal o cual decisión porque a mí o a los de mi grupo nos conviene’.

El liberal justifica las instituciones (y decisiones) que aseguren el mayor bien social, entendido como los deseos del mayor número de individuos, pero no se pronuncia sobre si algunos son mejores que otros. Lo que importaría sería satisfacer el deseo del mayor número de personas, no la calidad de esos deseos. Para el liberal consecuente no habría forma de comparar las preferencias, no habría ninguna mejor que otra, el reclamo de que la sociedad garantice a cada ciudadano un viaje anual a Disneyworld, por ejemplo, sería tan atendible como el de acceder al agua potable. Y si la mayoría se pronuncia a favor de dedicar los recursos colectivos a lo primero, esa decisión se convierte en sagrada. El liberalismo está comprometido con una versión neutra de la democracia y sus instituciones. La democracia sería apenas un procedimiento para tomar decisiones. Para él, no hay decisiones y preferencias más valiosas que otras. La preocupación de la democracia liberal no es, entonces, tomar las mejores decisiones (por ejemplo, las más justas o las que garanticen un mayor autogobierno de la vida de cada cual), sino respetar a rajatabla las preferencias mayoritarias, que, no se olvide, entre otras cosas lleva implícita la posibilidad de la opresión de las minorías, cuyos votos, por definición, siempre cuentan menos. Atados a este paradigma, resulta imposible impugnar la decisión popular de mantener la Ley de Caducidad. Y, sin embargo, no podemos evitar estar persuadidos de que no se tomó la decisión más justa.

Detrás del enfoque liberal de la democracia subyace la idea de que el individuo es un ser calculador y egoísta, atento exclusivamente a la suma y resta de los costos y beneficios de sus acciones. En suma, un individuo congénitamente inhabilitado para la virtud e incapacitado para sopesar un argumento que no le resulte ventajoso. No es de sorprender que semejante pesimismo antropológico desemboque en la idea de que no hay forma de calibrar una preferencia política. De ahí a la estúpida creencia de que todas las opiniones son respetables, apenas hay un paso.

No obstante, hay pruebas suficientes de que los humanos no tenemos una única disposición egoísta. También estamos inclinados a cooperar y a tener comportamientos de reciprocidad cuando detectamos una disposición a la colaboración. No es el lugar para abordar la cuestión, pero hay que decir que el empeño liberal de demostrar que ejercer la ciudadanía es lo más parecido a lo que hace el consumidor en el mercado, al que concurre para maximizar sus beneficios o satisfacer una necesidad (o un deseo), es insostenible.

Va de suyo que no hay ningún mecanismo alternativo a la democracia puramente electoral representativa que garantice que una comunidad política tomará siempre las decisiones más sabias y justas. Pero sí existe uno que tal vez nos dé más posibilidades de que así ocurra: la democracia deliberativa y participativa. No es una ocurrencia propia, sino una condición largamente arraigada en las ideas republicanas.

En una democracia deliberativa y participativa todos pueden expresar sus opiniones, pero también (y ésta es su ventaja) tienen que (están obligados a) defenderlas con buenas razones. La argumentación nos compromete con razones aceptables por todos. En condiciones de deliberación hay que demostrar que lo que propongo es justo. Para la tradición republicana la democracia no es un simple procedimiento (neutro) de reunir preferencias prepolíticas inmodificables. Entiende que los juicios se forman, se modifican y se corrigen en la deliberación y en el proceso de toma de decisiones. No es que para la democracia deliberativa y participativa no haya intereses en conflicto. Los reconoce, pero sostiene que la deliberación permite identificar cuáles son más justos. Los partidarios de la deliberación no sucumben al dogma liberal que no discierne entre intereses más atendibles que otros. Como diría Séneca, no se limita a contar preferencias, sino que las sopesa.

Si sólo se atiende al interés desnudo (o a unas preferencias caprichosas formadas privadamente), si nadie tiene que justificar sus opiniones o la pertinencia de los distintos reclamos o de las propuestas, no hay garantías de que las decisiones democráticas (en el sentido de la mayoría) sean justas.

Si el propósito de una democracia fuera tomar las decisiones más justas, la deliberación tiene además varios beneficios añadidos. En el diálogo con otros (sobre todo con los que tienen opiniones o intereses diferentes) aparecen datos y puntos de vista que difícilmente aparecerían cuando uno se cuece exclusivamente en la tinta de su propia tribu. Además, son más legítimas las decisiones que se toman tras una deliberación. Cuando he sido escuchado, cuando mis intereses han sido tenidos en cuenta y mis razones atendidas es más probable que me sienta comprometido con esa decisión, aunque no sea la que inicialmente defendía.

Que la deliberación va de la mano de la participación no es un mero recurso retórico. Porque para que la deliberación se traduzca en buenas decisiones o en la atención de los reclamos más justos, es necesario que los diferentes intereses, opiniones y razones aparezcan en el ámbito público. Y eso sólo ocurre con ciudadanos participativos, porque, se sabe que, no por maldad, quien no experimenta los problemas suele no percibirlos. A falta de deliberación y participación no hay ninguna garantía de que los individuos puedan ponderar por su cuenta (privadamente) los intereses de todos.

Uno de los reparos que se suele poner a la deliberación es que, por más que uno esté inclinado a persuadir y dejarse persuadir, la dinámica de la política actual está determinada por intereses. Un reparo fundado, por cierto. Pero que así ocurra no significa que no se pueda discutir sobre esos intereses, identificar cuáles resulta más justo atender. La democracia deliberativa no pretende describir la realidad política tal cual es. Es más bien una propuesta de democracia que aumenta (aunque no garantiza) la posibilidad de que se tomen las decisiones más justas tras escucharse todos los intereses y todas las razones. En rigor el reparo sólo puede entenderse cuando se toman las reglas del diálogo y la deliberación como referencia (hasta tal punto es así que incluso quienes se mueven por puro interés, jamás se atreverían a reconocerlo en un debate público). En otras palabras: sólo en la deliberación puede ponerse en evidencia que detrás de determinadas iniciativas y propuestas no hay razones, sino fuerza o interés despojado de argumentos.

En resumidas cuentas, el diseño institucional de la democracia liberal no garantiza las decisiones más justas. La democracia liberal ni siquiera está pensada para fomentar la deliberación, sino para atender las preferencias de la mayoría, aunque no estén bien fundadas o incluso no lo estén en absoluto. Porque, como ya ha dicho alguien antes que yo, la democracia (liberal) es el régimen que garantiza que todos puedan expresar su opinión, incluidos los que carecen de opinión. Las actuales instituciones democráticas parecen abocadas a cualquier cosa menos a fomentar la deliberación.

En suma, cuando el voto no está precedido de una deliberación, no debería sorprender que el resultado sea caprichoso, ininteligible y, lo que es más importante, manifiestamente injusto. Algo de esto ha ocurrido con el plebiscito sobre la Ley de Caducidad: los partidos que apoyaban su anulación no salieron a la escena pública a defender la papeleta del Sí con los muchos argumentos disponibles para hacerlo. Se limitaron a esperar que las preferencias de la mayoría se inclinaran por abolir esa ley. Para colmo de males, la decisión coincidió con una elección nacional, en la que los defectos de la democracia liberal suelen llegar al paroxismo.

Respuestas

Gracias Voltaire por expresar tan claramente lo que comparto en su totalidad. Efectivamente, creo que este hecho es el que me decepciona/duele más de este evento -democrático?

Disculpe don Voltaire, ¿usted conoce algún país donde se ejerza le democracia deliberativa y representativa?
Yo sólo la he visto en funcionamiento en algunas reuniones de amigos. O quizá también, a veces, en la interna de algún grupo político.
Como propuesta me parece magnífica. Ponerla en práctica implicaría una revolución en los vínculos humanos, empezando por la familia, la escuela, la publicidad, y todo lo que se le ocurra.
Desde tiempos inmemoriales las personas mienten cuando defienden sus posiciones políticas. Los discursos políticos se construyen para convencer a las mayorías. Por lo tanto se basan en la retórica, no en la virtud de los argumentos. En bellas palabras hilvanadas para seducir audiencias. Y a medida que la realidad de complejiza la tendencia se afirma. Hoy no hay más ciudadanos, todos somos consumidores, usuarios, clientes, etcétera.
El sinceramiento que usted propone merece todo mi apoyo, y cuente con él.
Pero en mi opinión deberíamos empezar por lo básico: desarrollar pensamiento ciudadano, desde la infancia. Limpiar de basura publicitaria la mente de la humanidad.
Bueno, en realidad no importa mucho por dónde se empiece, el asunto es que suceda, aunque lleve algunas generaciones.
¡Ojo!, no tenemos mucho tiempo como especie para seguir envueltos en la misma pavada.

No, no conozco ningún país donde se practique la democracia deliberativa. Al menos como forma hegemónica del quehacer político. Ya lo he dicho, es una forma deseable más que real por el momento.

Se la ejerció antaño, en la polis griega y parece que no funcionaba nada mal. Incluso el muy republicano Thomas Jefferson era partidario de ella y por eso mismo pregonaba la necesidad de una suerte de distribución de la tierra entre todos los ciudadanos, porque pensaba que sin autonomía material no era posible la autonomía de juicio, imprescindible para la deliberación.

Ahora bien, tampoco conozco ninguna democracia actual (esas que olvidaron la deliberación y la participación) que garantice decisiones de calidad, es decir justas. Sin deliberación, las preferencias de los ciudadanos son antojadizas, caprichosas o simplemente guiadas por la confianza que le merezca quien la sugiere.

Sé que hay quienes proponen oponerse a la política guiada por la conveniencia o la fuerza con una fuerza y una conveniencia opuestas. Pero el resultado de esa lucha tampoco garantiza las decisiones más justas. Se trataía simplemente que "venzan" otros intereses y otra fuerza. Una democracia deliberativa pondría justamente en evidencia si una preferencia está fundada en la fuerza y el interés y no en la justicia. No veo otra manera.

Compartiendo las tesis principal de JB, creo que hubiera sido más acertado titular su escrito "Cuando la democracia consiste SOLAMENTE en contar votos".La democracia deliberativa debe articularse o ensamblarse indefectiblemente con la democracia del voto. Tal como lo plantea JB parecería que llegaremos a la decisión justa exclusivamente a través de la deliberación. Pero la deliberación no puede durar eternamente. El tiempo es limitado y los nuevos desafios y necesidades de respuestas a los problemas de la sociedad, a menudo son inaplazables. Es ingenuo pensar que todos los individuos llegarán a modificar sus preferencias y alcanzar juicios compartidos. Al final hay que votar. Más aun en sociedades complejas como las actuales (no dudo que en la Atenas de Pericles las cosas eran más sencillas). La deliberación es valiosa por sí misma. Los ciudadanos que ven que sus razones son atendidas, que sus intereses son objeto de consideración y que ellos mismos han podido ponderar los intereses ajenos, por el hecho mismo de entrar en diálogo, han aceptado que la decisión final de todos será también su decisión. Por el contrario, cuando se vota sin más, la minoria facilmente puede tener la sensación de que sus intereses o razones no son tenidas en cuenta.

Estamos de acuerdo con Espino: no me quedan dudas de que a la larga hay que votar para tomar una decisión. No soy tan ingenuo como para pensar que tenemos todo el tiempo del mundo para deliberar o que, gracias a la deliberación, siempre se llegará a un acuerdo feliz. La deliberación, lo digo a título expreso, no garantiza, sino que aumenta, la posibilidad de que se tomen decisiones más justas. Cuando se vota sin más (como ocurre en la mayoría, si no en todas, las democracias realmente existentes), las preferencias de los ciudadanos pueden ser, y son, caprichosas, puramente interesadas, carentes de fundamentos razonables. ¿Quién no ha visto cómo muchas personas se alinean con un partido o un candidato del mismo modo que con un equipo de fútbol?

En ningún momento se propone en el texto suprimir las elecciones o los plebiscitos. Lo que he pretendido subrayar son los inconvenientes y deblidades de una legitimidad basada exclusivamente en el conteo de las preferencias individuales.

Tal vez el señor Voltaire no sepa que la democracia ateniense era practicada por el diez por ciento de los ciudadanos. Los esclavos que producían riqueza y los metecos (extranjeros) a cuyo cargo estaba el comercio, no tenían la menor participación en la democracia. ¿Es ése el modelo que preconiza Voltaire? No lo aclara en su larga perorata...

Exactamente, Eduardo Olivera dio en el clavo. Lo que propongo es restaurar la esclavitud en el siglo XXI. No se trata de ver qué inspiración podemos extraer de la democracia que practicaba la minoría de ciudadanos de la polis griega, sino de extender la práctica de la esclavitud en la que estaba sumida una buena parte de la población. No me imaginaba que pudiera exponerse una síntesis tan perfecta de lo que pienso.

Cada vez que alguno de los cientos de autores que en los últimos siglos reflexionaron sobre los problemas de la democracia contemporánea y se refirieron a la democracia ateniense, nunca faltó un Olivera que apostillara: "pero mire que en Grecia había esclavos". ¡Qué lucidez! Un aporte grandioso en el que seguramente no reparó ninguno de esos autores o, peor, que reparó pero a continuación agregó: "¡qué buena idea la combinación de democracia con esclavitud!".

JB responde con una mofa arrogante porque no tiene razones que exponer. Repite como una letanía el viejo mito liberal de la "democracia" ateniense sin caer en la cuenta de que está calificando como tal una sociedad esclavista y profundamente oligárquica.
Mi cuestionamiento no apunta a que la sociedad ateniense del siglo de oro "tenía esclavos", sino a que era un régimen eminentemente oligárquico en el cual la clase dominante ensayaba ciertos procedimientos que ellos llamaron democráticos. Pero lo que esa palabra significaba hace veinticinco siglo era _esencialmente_ diferente de lo que denota hoy.
El tema daría para un debate más profundo sobre la génesis y la esencia de la democracia, que poco tiene que ver con el siglo de Pericles, pero no es posible discutir con un contendiente que se siente tan superior.

¿De qué estamos discutiendo? Como (fer) Olivera no tenía de dónde agarrarse y quería pleitear tomó una frase (una), no de mi artículo, sino de un comentario a un comentario de Cándido. EN TODO MI ARTICULO NO HAY UNA SOLA REFERENCIA A LA DEMOCRACIA ATENIENSE, ni a Pericles, ni a nadie que haya nacido antes del siglo XX. Pero Olivera quiere hacerme decir que yo quiero resucitar la democracia ateniense (con esclavismo incluido). ¿Dónde afirmo que la democracia ateniense debe ser un modelo a seguir en nuestro tiempo? Que le indique a los lectores dónde afirmo semejante cosa. ¿De qué se agarró Olivera para montar este pleito absurdo? De una respuesta de quince palabras a una pregunta de Cándido acerca de la democracia deliberativa. Mi respuesta fue “Se la ejerció antaño, en la polis griega y parece que no funcionaba nada mal”. Juzgue el lector si alguien más que no sea Olivera puede deducir de esta frase lo que ella deduce. Uno hubiera esperado un cuestionamiento a la tesis central del artículo (eso hubiera permitido discutir), pero nótese que el comentario de Olivera NO DICE UNA SOLA PALABRA DEL ARTICULO. Fue a buscar con lupa en la letra chica de los comentarios para hacerme decir algo que, para colmo, ni siquiera digo.

Qué capacidad de ver, no digamos el árbol, sino la rama (o la hoja), en lugar del bosque.

¡Atención! ¡Los comentarios de JB no se pueden cuestionar! Sólo el artículo, según el último úkase de este demócrata.
Me olvidé de comentar que mi mensaje del lunes fue respaldado por un lector que envió un mensaje de apoyo.
Pero ese texto, que había sido publicado, fue borrado del blog por la censura.
¡Sigamos debatiendo democracia!


Veo que este blog mantiene su antiguo hábito de ahuyentar (o borrar) a los comentaristas que discrepan o que no se atienen al llamado "tema central".

Constato además que la paranoia es un rasgo característico de los autoritarios.

Sobre el artículo no tengo nada que decir. Mis pasajes por este espacio son un mero ejercicio: si coincido con lo que dice Voltaire / JB, es muy probable que yo me haya equivocado: esa sospecha me obliga a repensar las cosas, que siempre es saludable.

Aguante, Olivera! Mis respetos.

Saluditos, fer

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