No callar

Sr Director de _la diaria_;

Quiero comentar sobre la carta titulada "No callar" que se publicó en _la diaria_ del lunes pasado, firmado por Jack Couriel, Judith Sutz, Mario Wschebor y otros.

Valoro la osadía de ciudadanos a todas luces de izquierda, que firman una carta criticando no ya al gobierno de Cuba sino directamente al régimen que ese gobierno representa. Ellos la escriben y usted la publica porque viola, en un momento propicio, un tabú tan vigente y tan potente dentro de la izquierda, que provoca agachadas y gambetas infantiles por parte de los legisladores del Frente Amplio para evitar que el Parlamento se expida sobre el tema de los derechos humanos en Cuba. Criticar a Cuba es el Carlanco de viejos militantes.

Digo que es un momento propicio porque un mundo de gente que antes apoyó al régimen cubano, aprovecha la volada y se anima a criticarlo a raíz de la muerte de un preso opositor.

A todos esos que lo hacen les digo que los que cambiaron fueron ellos y no el régimen cubano. Ahi me incluyo. Sin mucha reflexión una vez me consideré "castrista" y pensé que el modelo cubano era justo lo que precisábamos. No me da vergüenza el haber cambiado de opinión sin que mediara cambio alguno en el objeto de mi admiración.

Por eso discrepo tajantemente con los autores de la carta en pretender que lo que está mal hoy antes estaba bien. Desde el mismo momento en que el Partido Comunista de Cuba se erigió como partido único, policía, juez y fiscal, en ese momento eso dejó de ser una revolucion liberadora para convertirse en una dictadura. No es una cuestión meramente de forma sino de contenido. El modelo insurreccional leninsta implantado en una isla caribeña es una curiosidad muy chévere para los coleccionistas de episodios raros de la historia y para los revolucionarios de jardín que la miran de afuera, pero es una realidad penosa para los cubanos que no están de acuerdo con una, dos o todas las cosas que se les imponen. Al cancelar el derecho al pataleo, el régimen cubano nos hizo cargar con el fardo que significa tener que justificar una tiranía al mismo tiempo que reclamamos libertad y democracia en nuestra propia casa.

El régimen cubano es una curiosidad de la historia a la que las izquierdas continentales, en la mayoría de los casos a contrapelo de sus propias convicciones democráticas, apelan como otros apelan al patriotismo, o sea, por fuera de la razón.

Los firmantes de la carta de alguna manera pretenden disculparse, sin ninguna necesidad, sugiriendo que "antes" estaba todo bien con la dictadura cubana (como si el hecho de que ellos eran jóvenes e idealistas de alguna manera modificara a la realidad) pero que "ahora" ya no lo es (supongo que dejó de serlo no en sí misma sino porque ellos se hicieron adultos).

Los logros de la revolución cubana nadie los niega. Por ejemplo, los negros en Cuba son iguales a los blancos, son médicos y doctores y tocan el cello. Me saco el sombrero. Todos los cubanos saben leer y escribir bien, no como acá, y todos tienen un acceso similar a los bienes tangibles e intangibles que proporciona el Estado. Me saco el sombrero. Cuba tiene tantos médicos que no pueden parar de exportarlos por millares. Me saco el estetoscopio. En 1970 el régimen se propuso cosechar 10 millones de toneladas de caña de azúcar, se quedaron cortos por poco. Hoy ni siquiera alcanzan a cosechar cuatro millones. Me saco el machete y me prendo a los dólares que mandan los "gusanos" y que constituyen la mayor riqueza de la isla.

Decía Nicolás Guillén en un poema luego musicalizado por Viglietti: "los turistas en un bar, Cantaliso, su guitarra y un son que comienza a andar. Todos estos gringos rojos, son hijos de un camarón y los parió una botella, una botella de ron". Sustituimos "gringo" por italiano y francés, y nos queda la segunda riqueza de la isla. Cuando estaba Batista, Cuba era el burdel de los yanquis, ahora es el burdel de todos menos de los yanquis. Es en cierta forma una forma de progreso, porque si una cosa nos identifica a los pueblos de la Patria Grande, es que somos antiyanquis.

Las cosas grandes, como las revoluciones, se deben juzgar por lo que producen una o dos generaciones más adelante. No vale la tonta disculpa de decir "me gustaba cuando el pueblo tenía el poder, pero esto no es el pueblo. El pueblo ¿dónde está?"

Publique una respuesta


Please enter the security code you see here