El gran estupro
Voltaire Spinoza
Tenía que suceder alguna vez. Por no leer diariamente la prensa nacional uno iba a terminar ignorando un acontecimiento trascendente. Y ocurrió. A Uruguay le violaron la soberanía y nos enteramos cuando el hecho ya no tiene remedio. Esperemos que el violador haya usado condón o que en su defecto la soberanía haya tomado las precauciones del caso.
Los abajo firmantes proclamamos en esta declaración nuestro más firme y decidido rechazo a los Estados Unidos de Norteamérica, así, a secas. Esta iniciativa es una respuesta al miserable y oprobioso tratado de inversiones que el gobierno uruguayo acaba de firmar con ese país y que gran parte de la izquierda, como era previsible, ha repudiado, a pesar de haberlo votado y tragado con sapos y culebras adobados.
Las plantas de celulosa que se están construyendo en las cercanías de Fray Bentos están llenando, con razón, muchas páginas de papel y horas de radio y televisión con polémicas furibundas. Los ciudadanos, sin embargo, asisten perplejos a la discusión.
Nuevamente el grito en el cielo. Los partidarios del “orden natural” se indignan esta vez por una iniciativa que juzgan escandalosa: abordar en las clases de historia de la enseñanza secundaria el período de la dictadura en este país. Escandalosa y violatoria de la laicidad. Veamos los cargos que se le formulan a la propuesta.
En 1993, Bolivia eligió a su primer vicepresidente aymara, Víctor Hugo Cárdenas. Feliz por la cobertura positiva que se le había dado a Bolivia esos días, llegué de vacaciones a Cochabamba dispuesto a celebrar la buena nueva con mis compatriotas. Debíamos estar orgullosos de un líder indígena que hablaba seis idiomas y tenía un doctorado de una prestigiosa universidad francesa.
No soy experto ni especialista en materia tributaria ni economista. No represento a ningún grupo de interés, lobby o asociación ni quiero quejarme porque tal vez tenga que pagar más impuestos con la reforma tributaria que pretende implementar el gobierno. No tengo más credenciales que las de ciudadano. En esa condición quiero dar mi punto de vista sobre el proyecto de reforma tributaria.
Lo veo pasar a Zaidensztat con cara de pillo por Eduardo Acevedo y Guayabo, todavía en el mismo coche oficial. Y uno entra a preguntarse, ¿no? Fue entonces que decidí cantarle la justa a Danilo Astori.
Hace muchos años ya, gran parte de la izquierda despotricaba contra los latifundistas, ganaderos y todas las subespecies de propietarios de tierras. No era únicamente su condición de oligarcas −y su insaciable apetito de lucro− lo que los convertía en objeto de tales diatribas. Los estancieros, a los que se les prometía una reforma agraria que les expropiaría hasta las botas que calzaban, eran además, según el punto de vista de la izquierda, un grupo enquistado en el Estado, capaz de someter la política económica a sus planes e intereses. Una especie de clase parisataria, del tipo de la tenia sanginata o algo así.