Oid mortales
Un tipo se pasea en medio de una manifestación en Callao y Santa Fe, con un cartel que dice "Somos el pueblo. No al ejército pago de vagos". A su alrededor, mucha gente bastante producida aporrea buenas cacerolas. Hoy es 16 de junio de 2008. Si le preguntáramos a cualquiera de ellos por qué es que están ahi, la respuesta mayoritaria sería "que se vaya esa yegua".
El progreso es otra de las cosas que ya no son lo que eran. Prueba de ello es la sorpresa que producen, el estupor incluso, algunos políticos que se autocalifican de progresistas; los que deberían serlo mantienen esquemas que no dudaríamos en calificar de cosa del pasado y hay quien sostiene que la idea de progreso ha pasado insensiblemente de la izquierda a la derecha, transformada en una genérica voluntad de modernización, eufemismo de la idea envejecida de progreso.
La primera regla para entender una sociedad aconseja examinar si la retórica coincide con la realidad. Estamos en medio del fuego cruzado de afirmaciones heroicas, llamadas al orden, ofrecimientos de seguridad, dramatizaciones e incluso ejes del mal. En el discurso político no faltan héroes, víctimas, mártires ni culpables, y el campo de batalla se organiza con abrumadora simplicidad entre amigos y enemigos. Pero el actual paisaje político está determinado por un presente menos agitado de lo que el discurso da a entender, un presente tal vez mediocre, quizás desalentador, pero que en cualquier caso no está gestionado por héroes ni decidido por derrotas y victorias.
Parece que se acaban los años de desvarío posmoderno. En todas partes. Hasta París tiene un límite para acoger charlatanes. En la mudanza, no pocos "humanistas" en período de desintoxicación, con el mismo arrobo con que se encandilaron con deconstrucciones y otros delirios, vuelven su mirada hacia las ciencias naturales. Bienvenida sea la marea si deposita algún sedimento de claridad y de cordura.
Vivir en una ciudad significa vivir en compañía de extranjeros. Nunca dejaremos de ser extranjeros: nos mantendremos como tales, sin interés en interactuar, pero, por ser vecinos los unos de los otros, destinados a enriquecernos recíprocamente.
A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: "De lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa". Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha.
No es infrecuente oír decir a dirigentes políticos que sus afirmaciones están avaladas por la opinión pública: la opinión pública exige esto o aquello, que naturalmente coincide con las tesis expresadas. […] Nos hartamos de escuchar argumentos contradictorios fundamentados en las demandas de la opinión pública, y en general cualquier tesis parece justificada con tal de que esté respaldada por ese manantial sagrado de nuestra época.
En cierta ocasión (hace ya un tiempo de eso), me atreví a valorar la importancia que ha adquirido en nuestros días en ambientes filosóficos el debate acerca de la idea de sujeto, afirmando que dicha idea constituye un genuino espacio de intensidad teórica. Así, autores ha habido que, acogiéndose al mal uso que se ha hecho de la idea, al dato -en cuanto tal inobjetable- de que en el pasado sirvió como coartada, pretexto de legitimación o bálsamo engañoso para que a los individuos les resultaran sobrellevables los mayores desmanes (como sucedía con aquel humanismo abstracto perfectamente capaz de coexistir con los daños infligidos a los hombres concretos), han inferido la obsolescencia, cuando no la maldad, de dicha idea.
La fantasmal música de Mastermind lo dice todo. Los intelectuales son criaturas misteriosas, escalofriantes, parecidas a alienígenas en su distanciamiento clínico respecto del mundo cotidiano. Pero también lo podríais ver al revés. Si los intelectuales son temidos como siniestramente cerebrales, también son compadecidos como figuras zumbonas que se ponen los calzoncillos del revés, excéntricos inofensivos que saben el valor de todo y el precio de nada.
Entráis en el gran centro hospitalario y policlínico, os dirigís a las salas de maternidad y pasáis a una de sus dependencias, donde están las incubadoras y las UVI para recién nacidos. Allí encontráis pequeños errores de la productora de hombres. A todos los están manteniendo vivos bajo las campanas de cristal.
A la realidad pertenecen también muchas cosas que no se ven. Tal vez sea esa invisibilidad la causa de que la realidad resulte algo especialmente controvertido. Siempre ha habido una dimensión intransparente o confusa de la realidad que suscita la sospecha, los deseos, la seducción, la intriga y las aspiraciones. Esta dimensión parece haber adquirido una importancia sin precedentes en una cultura que en cierto modo se ha desmaterializado, que se articula en torno a nociones tan poco visibles como el riesgo, la oportunidad, las alternativas y los imaginarios.
Ya sé, ya sé que vivimos un periodo excesivamente abundante en truculencias y alarmas, soliviantado en demasía. Y yo no quisiera contribuir a empeorarlo..., por lo menos no más de lo imprescindible. De modo que en lugar de titular este artículo ¿Quién teme a la filosofía?, como pensé al principio, un rótulo que suena a denuncia y quizá hasta desafío, he preferido encabezarlo en un tono más dubitativo y melancólico. Pero el asunto de fondo no varía: el anteproyecto de la Ley de Educación parece implicar algo así como el aniquilamiento de la filosofía en el bachillerato, o por lo menos su reducción a un tamaño compatible con el de las cabezas patentadas por los jíbaros.
Desde hace cierto tiempo tengo la sensación -y creo no estar solo en esto- de que se me arrastra hacia una de las actitudes más envilecedoras de la libertad humana: la de elegir obligatoriamente entre dos opciones indeseables o responder, sin excusas, a dilemas engañosos.
Según Bauman, hoy cultura es la habilidad para cambiar de tema muy rápidamente: "La belleza ya no es atributo de la obra sino del acontecimiento, por eso se ha vuelto una experiencia momentánea", sostiene.
Ninguna es mía. Me limito a explotarlas, con bastantes licencias, al hilo de declaraciones de destacados líderes socialistas que, a mi parecer, no acaban de tener un trato cómodo con el ideal igualitario: una se refiere a la naturaleza de la igualdad; la otra, a cómo conseguirla.
El mártir se juega su vida por un futuro de justicia y libertad; el suicida con bombas se juega vuestra vida por ese futuro. Pero ambos creen que una vida sólo vale la pena de ser vivida, si contiene algo por lo que merezca la pena morir.
La exposición de algunas esculturas de Arno Breker en la Schleswig-Holstein Haus de Schwerin, en Alemania, suscita una considerable controversia entre los partidarios de exhibir la obra del escultor y los reacios a esta idea. El caso de Arno Breker, el escultor de Hitler, es similar al de Leni Riefenstahl, la cineasta de Hitler, y cercano al de Albert Speer, el arquitecto de Hitler.
Más allá del duelo, morbo y mercancía son las otras caras del memorialismo. Tuve la oportunidad de experimentarlas todas pocos días después del derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York.
Winston Churchill quería detener y fusilar inmediatamente a los máximos dirigentes alemanes. El ministro de Exteriores británico, Anthony Eden, sostuvo en 1942 que debía evitarse a toda costa el "error de no ahorcar al kaiser Guillermo II al final de la I Guerra Mundial y que se abandonara desde el principio cualquier idea de proceder jurídicamente contra los dirigentes del Eje", según cuenta el historiador británico Richard Overy.
De repente las leyes de punto final y de obediencia debida, aprobadas por el Parlamento argentino hace 20 años, se han esfumado. La Corte Suprema las ha declarado inconstitucionales pero el agente real que ha acabado con la impunidad ha sido ese extraño fenómeno compuesto por las Abuelas de la Plaza de Mayo y una mayor sensibilidad respecto al pasado, llamado memoria. 
¿Es controlable Internet? Éste es un debate sempiterno en el que se mezclan los sueños personales, los grados de (des)conocimiento tecnológico, la rutina del poder y la rapidez del cambio de los parámetros de referencia. Tratemos de clarificarlo.
Nada resulta más difícil que ser libre, dueño y creador del propio destino. Nada más abrumador que la responsabilidad que nos encadena a las consecuencias de nuestros actos. ¿Cómo disfrutar de la independencia y esquivar nuestros deberes? Mediante dos escapatorias, el infantilismo y la victimización, esas dos enfermedades del individuo contemporáneo.
Amartya Sen, indio de nacimiento, fue premio Nobel de Economía 1998. En esta entrevista aborda, entre otras cosas, las concepciones existentes sobre el desarrollo y algunos lugares comunes sobre la globalización.
Forma parte de nuestro paisaje mediático la discusión recurrente acerca de la utilidad de la filosofía. No reconoceríamos esta sociedad como la nuestra si no hubiera, cada cierto tiempo, un debate suscitado por alguna amenaza ministerial y la correspondiente reacción de los filósofos, una especie, no sé si amenazada, pero sí al menos especialmente obligada a justificarse e incluso a excusarse.
Innenarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza, se propone demostrar en este ensayo que dejar los asuntos políticos en manos de los expertos o recurrir a los referendos consultivos a la siempre volátil opinión pública no suelen ser la mejor terapia para los vicios de la democracia representativa.
Que alguien haya pronunciado palabras inoportunas sobre la superioridad de la cultura occidental es algo secundario. Es secundario que alguien diga algo que considera correcto, pero que lo haga en el momento equivocado, y es secundario que alguien crea en algo injusto, o de todas formas equivocado, porque el mundo está lleno de gente que cree en cosas injustas o equivocadas, incluso un señor que se llama Bin Laden.
En asuntos públicos prodigamos simplezas que debían haberse corregido a lo largo del bachillerato, pero que suelen perdurar hasta el requiescat in pace. Si fueran tan sólo ocurrencias de algunos y sin mayor eco, allá películas. Pero son tópicos que se ganan los aplausos de la mayoría, lugares comunes para colmo tenidos por progresistas, aun cuando en su burdo conformismo fortalecen los enfoques más conservadores.
El convencimiento generalizado e indiscutido de que vivimos en la era de la globalización ha comportado, entre otros efectos teóricos, que se hayan convertido en tópicos las referencias a la homogeneización del mundo, a la uniformización de lo que antes era diversidad o, con los términos más al uso, al aplastamiento de las diferencias.
En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.
Hace unas cuantas semanas -¡parece que ha pasado un siglo!- los ciudadanos españoles con menos horizonte financiero incorporamos a nuestro vocabulario una nueva fórmula de magia económica: stock options. Gracias a este invento milagroso de la ingeniería especulativa, un puñado de los principales accionistas de la compañía Telefónica vieron incentivada su fidelidad a la empresa repartiéndose algo así como cuarenta mil millones de pesetas.
Justo hace ahora cuatro años. La policía de Washington andaba detrás de un francotirador de quien, a ciencia cierta, lo único que sabía era que poseía una furgoneta blanca, varios rifles y un manual para francotiradores. Entre los cuatro millones de habitantes de la ciudad, sólo 10 cumplían los requisitos. Eso quería decir que nueve de ellos eran inocentes.
Hablar del progreso no está de moda. El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Piensa mal y acertarás: no me parece un dogma de recibo. Estoy harto de los que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Los predicadores de la decadencia adolecen de una nostalgia injustificada.
A estas alturas, todos tienen su opinión sobre la globalizacion. Éste es el principal mérito del movimiento global contra la globalización: el haber puesto sobre el tapete del debate social y político lo que se presentaba como vía única e indiscutible del progreso de la humanidad.
Durante toda la época industrial, el trabajo gozó de una posición incomparable. Se hallaba en el fundamento de la vida social y en el corazón de un conflicto donde las dos partes pretendían controlarlo: los obreros, que afirmaban poder prescindir de los patronos para organizarse, y los dueños de las fábricas, que pretendían por el contrario que sin ellos la producción dejaría de estar asegurada en condiciones satisfactorias.
El tema central de este ensayo del filósofo español no es otro que el de la libertad humana y sus vínculos con el desencanto de la política. Paradójicamente muchos ex revolucionarios son los primeros en declararse desencantados de la política para así justificar su resignación y pasividad frente a lo dado. El origen de esta declaración de desencanto es, según Cruz, una idea equivocada acerca de la libertad humana y de sus posibilidades de modificar lo real.
Ante las perplejidades e incertidumbres del presente imperfecto, parece ser que no nos queda otra meta que mirar hacia atrás en busca del paraíso perdido por culpa de la modernidad. Así que, en palabras de Karl Kraus, “mi meta es el origen”.
Lady Mary Montagu es, sin duda, la figura femenina más interesante de la primera mitad del siglo XVIII inglés. Consiguió una buena cultura en la biblioteca de su padre, el duque de Kingston, y luego contrarió a su ilustre progenitor casándose a escondidas contra su voluntad.
Hacer sentido: la expresión quiere decir encontrar la clave de acontecimientos cuyo significado no es evidente. También quiere decir que se establecen conexiones, que se hace un sentido, precisamente como se hace algo nuevo a partir de materiales que se han encontrado o que se han impuesto.
Y los atenienses dijeron a los melios: «Vuestra amistad sería una prueba manifiesta de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza».
Kermit, la rana sabia de los teleñecos, cantaba una balada inolvidable: "No es tan fácil ser verde". Aunque más sencillo, también tiene su intríngulis que te pongan verde, es decir, practicar el arte de desagradar. Me refiero a quienes por una u otra vía hacemos públicas nuestras opiniones y tomas de posición en asuntos de interés general.
Con la fragmentación del espacio público, hace tiempo que nadie pretende ser hoy el portador del interés general (y todos respiramos más tranquilos, aunque sabemos que esto genera a su vez nuevos problemas). Lo que va ganando terreno es una especie de "particularismo generalizado" de grupos que se organizan en torno a intereses específicos.
El otro día vi las imágenes de la visita del primer ministro japonés Junichiro Koizumi al santuario sintoísta de Yasukani, en Tokio, para rendir homenaje a los soldados muertos en actos bélicos y también a algunos ejecutados como criminales de guerra después de la Segunda Guerra Mundial.
En un artículo reciente, Carlos Fuentes hace reflexiones interesantes, como suelen ser las suyas, acerca de la vigencia y tareas de quienes se reclaman de una orientación política de izquierdas, tras la caída del muro de Berlín, de las Torres Gemelas y sobre todo tras tantas iluminadoras caídas paulinas en la ruta a Damasco como hemos tenido en los últimos años.
Cuanto más sabemos del comportamiento humano, más primitivas e injustificadas parecen nuestras instituciones políticas y económicas. Que el funcionamiento de éstas se maneja con reglas bastante simples resulta especialmente evidente cuando prestamos atención a las políticas económicas y a las leyes penales que rigen en nuestras comunidades.
Hubo un tiempo en que los tesoros no estaban localizados en los parqués de la Bolsa ni en los platós televisivos ni en las oficinas bancarias ni en las múltiples "cuevas del poder", sino en islas perdidas, bosques sagrados o en remotos pozos casi inaccesibles, y los caminos que llevaban a ellos, lejos de estar iluminados con luz cegadora, eran difíciles y secretos, únicamente dibujados en mapas a los que se accedía a través de la imaginación.
Las modas intelectuales son una recurrente plaga que supongo universal (al menos en la modesta porción del universo que yo conozco) e inevitable. Lo cual no las hace menos fastidiosas ni en algunos casos menos dañinas. Lo peor de ellas es que frecuentemente sirven para adoptar un lema doctrinal tan evidentemente compartido que nos dispensa de ulteriores reflexiones o cautelas.