Inseguridad
Voltaire
Era previsible que la preocupación por la seguridad iba a continuar. Pero podía suponerse que remitiría la intensidad con que se manifiesta en estos días, que una vez convertida en rutina terminaría adaptándose a la real magnitud del problema. Sin embargo, nada de eso ha ocurrido. Una buena parte del espacio público está hoy ocupada por el miedo generalizado, aparentemente causado por las amenazas a la seguridad personal.
Si de lo que se trata es de elegir al candidato presidencial del Frente Amplio, ¿por qué, en lugar de conspirar en cumbres bilaterales o multilaterales, pero siempre dominadas por el secreto, sus dirigentes no se abocan a organizar unas elecciones internas transparentes, como manda la Constitución y los criterios democráticos que se supone guían el quehacer de una fuerza de izquierda?
La vieja Europa ha olvidado su prédica ilustrada, la que indica que la dignidad de cada ser humano debe estar por encima de cualquier consideración. Se ha dejado por el camino el imperativo categórico de que las personas, a diferencia de las cosas, deben ser fin en sí mismas, que nadie debe ser degradado a la categoría de instrumento para fines ulteriores, que ninguna Gran Causa (trátese del progreso, la patria, la religión o la revolución) justifica reducir a los individuos a la categoría de mercancías.
La Cámara de Senadores acaba de aprobar una ley que obliga a los partidos políticos a incluir, como mínimo, a una mujer cada tres candidatos en sus listas a cargos electivos en las elecciones nacionales de 2014 y las municipales de 2015. Se trata de una iniciativa que en la jerga jurídica se denomina discriminación positiva. La norma aprobada pretende aportar por vía administrativa una solución a un problema que aún está pendiente de demostración: que no hay más mujeres en las cimas de la política porque los hombres se lo impiden.
Este mes es el turno de la llamada rebelión estudiantil de los años 60. En la ritual celebración de aniversarios puede percibirse cierta nostalgia de tiempos heroicos pero también cierta necesidad de sentirnos depositarios de alguna herencia inmaculada o continuadores de un episodio fundacional. Por ejemplo, la gesta artiguista, en el caso de la nación, el 68 en el caso de una buena parte de la izquierda contemporánea. Hubo una época en este país en la que todo había empezado en el 68: el proceso de fascistización, la politización de las masas, la liberalización de las costumbres, la latinoamericanización del país, el compromiso de los intelectuales, la crisis final del sistema.
Terminada la dictadura, entré en la vida política como militante y luego diputada por el Partido Socialista. Entré con el pelo suelto, como feminista y libertaria, a las luchas que por ese entonces daba la izquierda. Libertad, igualdad, fraternidad. Claro que para el PS esos términos debían ser relativizados por esa loca tendencia de nuestros dirigentes que los llevó a saludar la "reelección" del dictador Ceaucescu pocos días antes de que el pueblo rumano lo barriera para siempre. La impronta que le daban y que hasta el día de hoy le dan esos locos despeinados amantes de la libertad, pero igualmente amantes de la dictadura del Partido Comunista de Cuba.
No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero percibo que cada año que pasa aumentan los imperativos de llevar una vida sana. Entiéndase bien, no una vida plena, intensa o virtuosa, sino sana en su acepción más básica. Tanto en mi entorno más inmediato como en la sociedad se multiplican las advertencias sobre las calamidades que nos aguardan si renunciamos a mantenernos en forma.
Sin descender del olimpo donde moran, los magistrados de la Corte Suprema han enviado su veredicto. Siguiendo los pasos de sus homólogos de otras latitudes, sus decisiones sobre la constitucionalidad o inconstitucionalidad de las iniciativas de otros poderes del Estado, implican, de hecho y aunque no lo reconozcan, un dictamen inapelable sobre la legitimidad de las iniciativas políticas.
A fines de diciembre de 2007 se supo que las Fuerzas Armadas habían elegido al Steyr AUG como el nuevo fusil de asalto que portarán nuestros militares. En el mundo de los fusiles de asalto, el Steyr vendría ser algo así como un Mercedes o un Lexus.
Durante los últimos meses la política de este país giró en buena medida en torno a la reelección de Tabaré Vázquez, como si en ello le fuera la vida al gobierno, al Frente Amplio y a la propia oposición. El misterio se desvaneció hace un par de semanas, cuando Vázquez terminó con las ilusiones de sus incondicionales seguidores. No habrá, pues, reelección presidencial, pero vale la pena hablar del tema, porque volvió a poner en evidencia un fenómeno que parece no tener fronteras nacionales ni ideológicas: la personificación de la política.
Al principio pensé que se trataba de alguna de esas notas frívolas con las que los medios nos hastían durante el estío. No saben con qué llenar sus intrascendentes páginas, pensé. Pero el asunto tomó altura y hasta los informativos centrales de TV se hicieron eco del acontecimiento: Jorge Zabalza, un ultraizquierdista de los que ya casi no se ven, ¡descubierto en pleno Punta del Este!
A pesar de las poco sentidas declaraciones de Tabaré Vázquez en las que en repetidas ocasiones y sin ambigüedad afirmó que no aceptaría postularse a una reelección, la izquierda amarilla sigue insistiendo en su deseo de "convencer" a Vázquez para que lo haga. Es un espectáculo desolador para los que creíamos que esta izquierda uruguaya, tan curtida y supuestamente tan madura, era capaz de devolverle a la política el valor de las ideas.
Las relaciones entre Uruguay y Argentina atraviesan el peor momento de su historia: los puentes cortados, los presidentes que no se dirigen la palabra y un clima en el que crecen el rencor y las manifestaciones más primitivas de nacionalismo estúpido. Lo único que sigue fluyendo como de costumbre son los negocios, a los cuales las fronteras nacionales y los puentes les tienen sin cuidado.
Cada aniversario del asesinato del Che Guevara es una ocasión para que se le rinda culto y devoción, incluso para que algunos lo eleven a la categoría de santo. A cuarenta años de su muerte, puede decirse que la figura del Che Guevara ha sido deshumanizada e instalada fuera de la historia, como ocurre con todos los próceres
Que un colectivo como el ‘plancha’ reivindique un espacio propio en la política de este país es toda una sorpresa. Pero si además lo hace para pedir (exigir más bien) su ingreso al alicaído Partido Colorado uno queda sumido en la perplejidad. Porque quienes ahora se muestran interesados en participar de los asuntos políticos son un grupo de jóvenes de barrios pobres cuya identidad compartida no tiene absolutamente nada de política.
En estos días hemos vuelto a recordar a otra víctima de la brutalidad y la ignorancia de los tiranos: el libro. Ya sabíamos que el libro era una compañía indeseable para los dictadores y que sus poseedores eran tratados como acopiadores de armas de destrucción masiva (quién no se vio alguna vez en la necesidad de tener que ocultar un libro como se oculta una desvergüenza). Pero ahora sabemos más: los ministerios de Defensa e Interior acaban de anunciar que en sus depósitos y sótanos se acumulan miles de libros secuestrados durante los allanamientos de aquellos años.
De un tiempo a esta parte, cada vez que encendemos el televisor asistimos a la exposición de un amplio, variado e impune muestrario de banalidades: damas que exponen sus atributos físicos en vivo y en directo, señores que se quejan del ruido del vecino, almaceneros que relatan el enésimo robo, jóvenes que concursan para cumplir el universal sueño de convertirse en una celebridad, políticos que hablan de su vida familiar y sus gustos personales, pseudoperiodistas que desconocen los datos más elementales de los problemas que abordan y cuya materia prima son los prejuicios populares o sus manías personales.
En la retórica de los políticos uruguayos nunca falta una muestra de su recurrente inclinación a visitar el pasado. Están convencidos de que mentando dudosas glorias pasadas deleitan al pueblo llano. Nuestro presidente es el primero en entregarse a esos rituales cada vez que tiene la oportunidad. Esta vez le tocó el turno a la gesta de Maracaná, un hito en el camino de la consolidación de la orientalidad.
Montevideo tendrá dentro de pocos meses una nueva obra de grandes proporciones, la llamada Ciudad de los Niños, que se erigirá junto al Montevideo Shopping, uno de los cuatro grandes templos al consumo con que cuenta la ciudad. Sus promotores sugieren que será un territorio en el que nuestros infantes aprenderán a ser adultos, a interrelacionarse con sus semejantes, a ser ciudadanos, en suma. Tiene un nombre algo sospechoso –el Shopping de los Niños–, pero esto no parece inquietar a casi nadie.
Una grande entre las grandes reivindicaciones de la izquierda es la descentralización del Estado. Mientras sus líderes se contentan con mantener el tema de la devolución del poder a la periferia en el brasero de las declaraciones, la descentralización de la toma de decisiones se va convirtendo en uno de los jugos que nutren a las bases de poder del Frente. Esto no es simple retórica, sino una conclusión insoslayable de la nacionalización de la base frenteamplista, que hoy abarca a todo el territorio nacional e incluye a ese "interior" que siempre pareció tan lejano y sin el cual no se pueden ganar elecciones.
De nuevo se alzan voces indignadas contra la osadía de impugnar las sagradas tradiciones. Qué raros que son los conservadores uruguayos, tan pretendidamente modernos, tan “abiertos al mundo” y tan dados al escándalo porque uno de los clubes más tradicionalistas de la nación (la bancada de legisladores del Frente Amplio) toma debida nota de los cambios de costumbres sexuales y formas de convivencia y se atreve a adaptar la legislación a esas nuevas realidades.
El tamaño de las alas de la gorra del teniente general Bonelli es inversamente proporcional al poderío de la FAU, pensé, mientras le escuchaba la misma cantilena de todos los comandantes en jefe. Confieso que esperaba algo más original de este joven oficial.
Es sabido que en política tenemos que vérnoslas a menudo con gente sobre la que no tenemos la mejor impresión. Discutir y dirimir los problemas colectivos en el ámbito de la política supone tratar con personas con las que discrepamos, a veces radicalmente, acerca del juicio que nos merece el mundo en el que vivimos y sobre qué respuestas darle a los problemas que enfrentamos. La visita del presidente de Estados Unidos a Uruguay es un buen ejemplo de los dilemas que nos presenta la relación con sujetos que están en nuestras antípodas en materia política.
En diciembre de 2006 Tabaré Vázquez anunció que el Uruguay adoptaría la propuesta de la ONG americana Un Laptop por Niño (OLPC, por sus iniciales en inglés) y que la implementaría en su totalidad. Abrazar esta propuesta implica, tal como lo dejó en claro el presidente, dotar a cada niño de primaria con una computadora portátil, hoy conocida como la XO, para su uso personal, siempre y cuando esa computadora (y ese niño) trabajen dentro de los parámetros del proyecto.
¿Cómo explicarle a un lector que no vive en esta provincia el último gran episodio de corrupción que ha tenido lugar en la Banda Oriental y que ha monopolizado las portadas de los periódicos, los noticieros de TV y los indignados discursos de los tribunos en la Asamblea?
Nunca se sabrá qué pasó por el cerebro de nuestro presidente cuando decretó que el aniversario del nacimiento del “libertador” José Artigas era una fecha inmejorable para crear el día del “Nunca más”. Si ese “Nunca más” al que se refiere Tabaré Vázquez fuera un nunca más a la dictadura (cosa de la que jamás podremos estar seguros), debería explicarnos cómo se las ingenió para mezclar el agua con el aceite.
Tengo dos compañeros de trabajo separados por casi todo –edad, gustos musicales, preferencias políticas– pero hermanados en su común fastidio por la nueva reforma tributaria que se discute en el Parlamento. No hay caso: cuando de pagar impuestos se trata desaparecen las razones e irrumpe el interés descarnado, dejamos de interesarnos por la justicia (o la injusticia) de las iniciativas políticas y nos transformamos en almaceneros. 
Desde hace unos años se difunde el rumor de que izquierda y derecha son categorías periclitadas, inútiles para explicar lo que acontece en las sociedades del siglo XXI. La izquierda, es cierto, va a los tumbos, como borracho después de una juerga, lo que aumenta la tentación de sumarse a los funerales de este dúo heredado de la Revolución Francesa. Pero la derecha, la misma que proclama que ella ya no existe, goza de tan buena salud que es capaz de embestir con uñas, dientes, paros y discursos. El “cadáver” que dice ser, vive y lucha.
Tantos años de lucha por conocer la verdad de lo ocurrido con las víctimas de la dictadura en este país parecen estar dando sus frutos. Gracias al semanario Búsqueda, el programa Zona Urbana y el verbo del secretario de la presidencia, Gonzalo Fernández, nos enteramos al fin de que la dictadura uruguaya no tuvo absolutamente nada que ver con los asesinatos de dos de sus opositores más emblemáticos, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.
La discusión sobre si hubo o no un pacto entre el gobierno y los militares para ser juzgados aquí e ir a una prisión especial es totalmente inútil. ¿Qué clase de pacto es necesario para obligar a las dos partes a hacer lo que de todas maneras hubieran hecho?
Nuevamente el grito en el cielo. Esta vez los partidarios del orden establecido se indignan porque el profesor Carlos Demasi, responsable de un curso de entrenamiento para docentes que dictarán clases de historia reciente a los estudiantes de Secundaria, hizo una serie de afirmaciones que consideran intolerables. Los defensores de nuestras tradiciones piden la cabeza de Demasi.
En los 60 la izquierda de esta parte del mundo se deslumbraba con la revolución cubana; en los 70 polemizaba sobre la exportación de la revolución al resto de América Latina; a fines de los 80, y ya desaparecida la Unión Soviética, se preocupaba por la supervivencia del régimen. Hoy parece que sus desvelos se concentran en los partes médicos sobre la salud del líder máximo, Fidel Castro.
Y finalmente el gobierno le dará pasto a las fieras. Tanta demanda de seguridad, tanto clamor de orden terminaron dando resultado. El gobierno apronta un proyecto de ley para autorizar los allanamientos nocturnos sin orden judicial, una medida anti-constitucional por donde se la mire y que atenta contra los derechos democráticos.
Parece que los hombres siempre necesitarán inventar algún chivo expiatorio para calmar sus miedos y ansiedades. Las brujas y herejes, los disidentes políticos, los extranjeros fueron en algún momento de la historia objeto de la ira popular cada vez que la tragedia o lo simplemente inexplicable hizo acto de presencia. Todo indica que aquí y ahora el nuevo chivo expiatorio es la pasta base.
El ministro de Ganadería y Agricultura, José Mujica, volvió estos días a la carga con su pedido/exigencia (incluida la amenaza de renuncia) de que se perdone una buena parte de las deudas que desde hace años mantienen los llamados "productores rurales" con los bancos del Estado. Me pregunto si mañana, en el caso de quedar desocupado o mis ingresos se vayan al garete, mis plegarias serán atendidas por algún secretario de Estado.
El lamento por la pérdida de valores como la solidaridad, el altruismo y la tolerancia y la denuncia del individualismo y la desenfrenada búsqueda del éxito se han convertido ya en lugares comunes. No por extendida la queja deja de ser llamativa, ya que no hay causa humanitaria que no concite masivos fervores solidarios.
El recuerdo de la imagen del dueño de Aranjuez fumando frente a las cámaras de Telenoche me sigue conmoviendo. Por más que un abismo me separe de Esteban Silva, la nobleza de su gesto jacobino es conmovedora. ¿Por qué un gesto tan izquierdista tenía que venir de un facho? 
Y el gobierno de izquierda cumplió, finalmente, su primer año. No se sopló ninguna velita, no hubo torta ni saladitos, pero el paso del tiempo es irrevocable. Dispone de 365 días menos para poner en práctica sus promesas de cambio, que nadie sabe en qué consistieron, porque el programa electoral del Frente Amplio fue un programa de fantasía, maleable como un chicle. Es difícil, pues, comparar lo que se dijo con lo que se hizo.
A las ya numerosas controversias que ha suscitado la infame dictadura que padecimos en este país se suma ahora la exigencia de que los militares pidan perdón. Aunque algunos, como el ex presidente Luis Alberto Lacalle, consideran que la misma forma "parte de un hostigamiento a las Fuerzas Armadas", merece que se le dediquen algunas líneas.
Hay palabras y conceptos de la retórica política que han perdido el fundamento que justificaba su uso y que sobreviven exclusivamente a causa de la rutina o la dudosa creencia de que suscitan el entusiasmo del pueblo. En este país existe, por ejemplo, una generalizada inclinación a declararse artiguista a cada paso, aunque nadie esté en condiciones de explicar en qué podría consistir semejante adscripción en el siglo XXI.