Los blancos de El País estaban totalmente compenetrados con la idea de excluir a la izquierda, a partir de 1980 y por medio de un mecanismo constitucional, de la vida política del Uruguay. Se extrañaba el editorialista de que hubiera otras opiniones:
"A quienes asi encaramos --estamos seguros que certeramente-- el inmediato porvenir, tiene que resultarnos incomprensibre la posición de aquellos que, contra lo que marca el proceso de restauración democrática, hacen cuestión fundamental de la proclamación de una candidatura blanca y otra colorada para los comicios de 1981". (Editorial, sin firma, 8/11/80)
Era tal el asombro que le causaba el que hubiera todavía demócratas en este país (y a pesar de los denodados esfuerzos del matutino para que no fuera asi), que hasta se burlaba de ellos: